Resulta indudable que Jean Rollin es mucho más conocido entre el público y la prensa por sus numerosos trabajos en el universo vampírico que por esas otras facetas profesionales que supo cultivar durante su extensa y variopinta carrera de cinco décadas, exploraciones del acervo de los chupasangres que incluyen aquella recordada tetralogía inicial de alcance surrealista e impulso muy lírico, la de Le Viol du Vampire (1968), La Vampire Nue (1970), Le Frisson des Vampires (1971) y Requiem pour un Vampire (1972), sus dos maravillosas propuestas del período intermedio de los años 70, Lèvres de Sang (1975) y Fascination (1979), y sus regresos tardíos a dicho esquema terrorífico nocturno en ocasión de Les Deux Orphelines Vampires (1997) y La Fiancée de Dracula (2002), suerte de respuestas indies y etéreas de parte del maestro a la pomposidad de Drácula (1992), de Francis Ford Coppola, amén de ingredientes aislados de muchas otras películas que por supuesto incluyen a las dos últimas antes de su fallecimiento en 2010 luego de una larga batalla contra el cáncer, La Nuit des Horloges (2007), autohomenaje en el que repasa casi toda su trayectoria, y Le Masque de la Méduse (2009), reinterpretación de la archiconocida entidad telúrica de la mitología griega que convierte en piedra a aquellos que la miran directamente a los ojos. Más allá de corrientes profesionales bastante fallidas como sus intentos en la comedia o en los dramas criminales y hasta su catarata de films pornográficos bajo los seudónimos de Michel Gentil y Robert Xavier, de entre los cuales por cierto sobresale el único que firmó con su nombre real por los méritos del caso, Phantasmes (1975), Rollin también se destacó por rarezas como La Rose de Fer (1973), Les Démoniaques (1974) y La Nuit des Traquées (1980), todas muy atendibles según la singularidad de cada una y dentro de un espectro discursivo y/ o temático que va desde la necrofilia y los piratas hasta el Alzheimer y el ecologismo radical, y especialmente por sus tres exponentes explícitos en el terreno de los zombies, hablamos de Las Uvas de la Muerte (Les Raisins de la Mort, 1978), El Lago de los Muertos Vivientes (Le Lac des Morts Vivants, 1981) y La Muerta Viviente (La Morte Vivante, 1982), exquisitas aberraciones de su patrón artístico e hiper alucinado estándar.
Desde ya que los legos pueden confundir las diversas ramificaciones y poner todo en la misma bolsa de manera apresurada, algo que el mismo Jean tiende a incentivar porque en su cine a los chupasangres se los suele denominar, precisamente, muertos vivientes, sin embargo las diferencias saltan a la vista cuando pensamos los rasgos particulares de su faceta zombie, a saber: mientras que en La Muerta Viviente sí se podía trazar una clara analogía con el lesbianismo vampírico símil Carmilla (1872), la novela corta de Sheridan Le Fanu que tanto fascinó a Rollin, porque estábamos ante la historia de una aristócrata, Catherine Valmont (Françoise Blanchard), que resucitaba por el accionar de dos ladrones de tumbas, desechos tóxicos y un terremoto al extremo de que debía beber sangre para recuperar su consciencia, tocar el piano o mantener charlas con su querida amiga Hélène (Marina Pierro), El Lago de los Muertos Vivientes, en cambio, ya no tenía nada que ver con el ideario promedio del francés porque en esencia fue un proyecto de un Jesús Franco que se retiró de la producción después de una pelea con la compañía distribuidora, Eurociné, por el escaso presupuesto, nos referimos por un lado a un trabajo por encargo codirigido con Julián de Laserna, bajo el apodo en conjunto de J.A. Lazer, y por el otro lado a una de las propuestas más delirantes y graciosas de la historia del subgénero zombie que trata sobre un lago con la capacidad de resucitar a los difuntos, algo que se remonta a sacrificios y misas negras de la Edad Media, en el que miembros de la Resistencia Francesa arrojan muchos cadáveres de soldados alemanes que tiempo después resurgen de entre las aguas en plan de venganza y así obligan al alcalde del pueblito de turno (Howard Vernon, gran actor fetiche de Franco que trabajó también con Jean-Pierre Melville) a incinerarlos con napalm y lanzallamas, todo para colmo vía una subtrama de un zombie germano humanista (Pierre-Marie Escourrou) en pos de su hijita. Las Uvas de la Muerte no sólo es el mejor eslabón de la trilogía zombie sino una de las joyas de Rollin a secas y de su apego por una fotografía sugerente, obra en la que abandona en parte el tono onírico de sus vampiros para ofrecer una epopeya de terror tradicional que conserva el ritmo narrativo apaciguado y arrebatador.
Lejos de las semblanzas e ironías sociales de George A. Romero y de la prolijidad formal/ clasicista de Jacques Tourneur y a todas luces anticipándose a la Trilogía de las Puertas del Infierno de Lucio Fulci, aquella de Miedo en la Ciudad de los Muertos Vivientes (Paura nella Città dei Morti Viventi, 1980), El Más Allá (E tu Vivrai nel Terrore! L’Aldilà, 1981) y La Casa Cercana al Cementerio (Quella Villa Accanto al Cimitero, 1981), Las Uvas de la Muerte, muchas veces considerada la primera odisea gore del cine galo, entrega una lectura muy inusual del rubro de los muertos vivientes porque el interés de Jean vuelve a pasar por el hecho de no transformar a los resucitados en simples animales rabiosos y de dotarlos de una capacidad cognitiva y una lucidez que por momentos hasta parecen superar a las de los seres humanos “normales”, pensemos en este sentido que en el film que nos ocupa los zombies hablan para comunicar su malestar, pedir una rauda eutanasia o alertar a los sanos sobre el peligro que se cierne sobre ellos si continúan cerca de unos infectados que parecen respetar los pasos de aquellos de obras como The Crazies (1973), de Romero, y Rabid (1977), de David Cronenberg, o 28 Days Later (2002), de Danny Boyle, y The Girl with All the Gifts (2016), de Colm McCarthy, extremos históricos de una corriente muy específica del subgénero de los cadáveres caminantes y semejantes. Así como La Muerta Viviente reinterpretaba elementos del cine de influjo lovecraftiano de Fulci y El Lago de los Muertos Vivientes era un rip-off maquillado de Shock Waves (1977), otro desvarío mayúsculo pero en este caso de Ken Wiederhorn, Las Uvas de la Muerte, por su parte, se inspira en los pilares retóricos de No Profanar el Sueño de los Muertos (1974), de Jorge Grau, y gira en torno a una infección por un pesticida creado por un tal Michel (Michel Herval) para rociar su viñedo de destino vitivinícola, lo que provoca un sinfín de contagios y asesinatos en el interior bucólico francés y muchos dolores, fiebre, convulsiones y horribles llagas y úlceras sangrantes en los infectados. La protagonista en sí es Élisabeth (la siempre correcta Marie-Georges Pascal), prometida de Michel que viaja en tren hacia Roubelais para encontrarse con su pareja, se topa con uno de los pobres enfermos y se baja de repente de la formación.
Dejando de lado la serie de truculencias y explosiones melodramáticas, esas que retomaría luego en sus otros dos opus zombies, y la ausencia casi total del erotismo marca registrada de Rollin, hoy colaborando en el guión con Jean-Pierre Bouyxou y Christian Meunier y ofreciendo como gran excepción sensual a Brigitte Lahaie, asimismo colaboradora del galo en Fascination, La Nuit des Traquées, Les Deux Orphelines Vampires, La Fiancée de Dracula y la bizarra Les Paumées du Petit Matin (1981), Las Uvas de la Muerte aprovecha toda la sutileza de la música cuasi electrónica de Philippe Sissman y mantiene un registro naturalista y racional que se conecta a la distancia con los periplos nocturnos enajenados de las faenas de chupasangres de Jean a lo descenso hacia un plano surrealista paralelo en la tradición de Alice’s Adventures in Wonderland (1865) y Through the Looking-Glass and What Alice Found There (1871), ambas de Lewis Carroll, basta con pensar que el núcleo minimalista del relato es de hecho el viaje a campo abierto de Élisabeth y sus encuentros con personajes cada vez más peligrosos e imprevisibles, empezando por un hombre adusto llamado Pierre (Patrice Valota) y su hija Antoinette (Patricia Cartier), continuando con una adolescente ciega que responde al nombre de Lucie (Mirella Rancelot), obsesionada con hallar a un tal Lucas (Paul Bisciglia) con el que vive, y finiquitando con una señorita bella y maquiavélica (la platinada impagable de Lahaie) y con un par de obreros de la construcción que andan de aquí para allá con una escopeta reventando a las hordas de zombies y sus rituales comunales de acoso y violencia, Paul (Félix Marten) y Lucien (Serge Marquand), el primero matando en última instancia a Michel y así haciendo que Élisabeth le devuelva el favor -a él y a su socio- cuando la locura consigue dominar la mollera de la protagonista. Aquella metáfora de la muchacha no vidente en pos de su eventual verdugo, Lucas, alegoría que puede trasladarse a la misma Élisabeth en relación a Michel, engalana esta gesta de amor, histeria y devastación social en el subgénero de esas enfermedades cinematográficas hermosas que desde el nihilismo y la sabiduría solipsista enfatizan que siempre terminamos solos con nuestros sueños y lo que nos resta de vida, aparentemente muy poco por cierto…
Las Uvas de la Muerte (Les Raisins de la Mort, Francia, 1978)
Dirección: Jean Rollin. Guión: Jean Rollin, Jean-Pierre Bouyxou y Christian Meunier. Elenco: Marie-Georges Pascal, Félix Marten, Serge Marquand, Mirella Rancelot, Patrice Valota, Patricia Cartier, Michel Herval, Paul Bisciglia, Brigitte Lahaie, Olivier Rollin. Producción: Claude Guedj. Duración: 91 minutos.