Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top)

Pros y contras de trepar

Por Emiliano Fernández

Cuando Jack Clayton encara su ópera prima como director, Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, 1959), el británico ya llevaba casi tres largas décadas preparándose porque había dado sus primeros pasos en el ámbito cinematográfico allá en los años 30 como asistente de dirección, trabajando en clásicos como Nubes sobre Europa (Q Planes, 1939), opus de Tim Whelan, El Ladrón de Bagdad (The Thief of Bagdad, 1940), de Whelan, Michael Powell y Ludwig Berger, y La Comandante Bárbara (Major Barbara, 1941), de Gabriel Pascal, y para los 50 ya había mutado en productor y hasta supo colaborar en repetidas ocasiones con el inmenso John Huston en realizaciones como Moulin Rouge (1952), La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953) y Moby Dick (1956), las cuales le dieron el impulso suficiente para llegar al terreno del cortometraje y encarar El Abrigo a Medida (The Bespoke Overcoat, 1955), film que ganaría el Oscar al Mejor Cortometraje en una situación que anticipaba la catarata de nominaciones y premios que recibiría su debut en los largos. Precursora tanto del “kitchen sink realism” como de la naciente Nueva Ola Británica, movimientos que junto a su poco conocida e interconectada pata documental, el Free Cinema, introdujeron el obrerismo más descarnado y todo aquel ideario de las clases populares en el cine del Reino Unido al tiempo que proponían un tratamiento muy franco de temáticas hasta ese momento vedadas en el mainstream vernáculo -y ni hablar en Hollywood- como la hipocresía sexual, las frustraciones comunales, la discriminación, la mojigatería seudo religiosa, el olvido institucional para con los menesterosos, el férreo sistema de clases y/ o de estratos, el rol banalizador de los medios de comunicación y los deportes masivos, la sutil alienación de las metrópolis y los secretos sucios del ámbito hogareño o familiar, Un Lugar en la Cumbre en sí no sólo constituyó un puntapié conceptual que anticipaba la meticulosidad artística y retórica del Clayton futuro, autor maldito del séptimo arte hasta la médula, sino que además se convirtió en una de las fábulas de ascenso social por antonomasia del campo cultural anglosajón, suerte de modelo para todos los relatos posteriores en torno a esos trepadores sociales más preocupados por subir la escalera de la cruel pirámide plutocrática del modo que sea que por la ética, el trasfondo caníbal de sus acciones o las consecuencias de éstas en un contexto en donde el maquiavelismo y la ceguera de a poco se comen a la conciencia.

 

El gran guión de Neil Paterson, con una colaboración no acreditada por parte de Mordecai Richler y basado a su vez en la novela homónima de 1957 de John Braine, al igual que muchos clásicos de la Nueva Ola Británica de fines de los 50 y comienzos de los 60 sigue los lineamientos generales del melodrama y se centra en Joe Lampton (Laurence Harvey), un joven de 25 años, muy ambicioso y huérfano desde la Segunda Guerra Mundial por un bombardeo, que en 1947 se muda desde Dufton, un pueblito lúgubre del interior inglés, a Warnley, ciudad también ficcional aunque de nivel medio que sin llegar a la voluptuosidad de Londres tiene su propio agite febril y vida nocturna independiente. Incorporándose como empleado contable en el ayuntamiento, Lampton consigue una habitación en la Cumbre, el vecindario de moda de la metrópoli, gracias a la intervención de un compañero de trabajo que rápidamente se transforma en su primer amigo en el lugar, Charles Soames (Donald Houston), el cual oficia de “maestro de ceremonias” en el ecosistema hermético de la clase media y a veces clase alta de Warnley, donde identifica a Alice Aisgill (Simone Signoret), una francesa casada y diez años mayor que forma parte de un grupo de teatro amateur al igual que una tal Susan Brown (Heather Sears), nena mimada de la alta burguesía e hija del principal magnate industrial de la región, el Señor Brown (Donald Wolfit), casado con la petulante y también sobreprotectora Señora Brown (Ambrosine Phillpotts). El protagonista pretende escalar socialmente cuanto antes y para ello trata de enamorar a Susan, señorita que siempre está acompañada por un esnob y ex oficial de la Fuerza Aérea que asimismo la codicia, Jack Wales (John Westbrook), sin embargo inesperadamente termina prendido de Alice, ama de casa veterana, hiper sincera, sin hijos y atrapada en un matrimonio sin amor con George Aisgill (Allan Cuthbertson), marido soberbio de buen pasar económico que la engaña con su secretaria. Después de una pelea fugaz con la gala, Joe descubre que Susan sí está interesada en él y al desvirgarla la deja embarazada, percance del que se entera luego de recuperar el afecto de una Alice dispuesta a divorciarse, no obstante George amenaza al amante con arruinarlo a nivel financiero si pretende llevarse a su esposa. Un Lampton por demás cobarde acepta casarse con Brown, bajo insistencia de sus padres, luego de descubrir que Aisgill murió con motivo de un accidente automovilístico con ingredientes de suicidio.

 

Apelando a esa mixtura de vitalidad, melancolía y visceralidad que marcaría más adelante a otros trabajos de Clayton como Esclava y Seductora (The Pumpkin Eater, 1964), El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 1974) y su recordada Trilogía de los Niños, aquella compuesta por Los Inocentes (The Innocents, 1961), Todas las Noches a las Nueve (Our Mother’s House, 1967) y La Feria de las Tinieblas (Something Wicked This Way Comes, 1983), Un Lugar en la Cumbre por un lado juega muy astutamente con el viejo adagio “cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad”, lo que sin duda constituye otra forma de decir que la estupidez humana tiende a generar situaciones utópicas que no miden los sacrificios de turno y en especial los efectos colaterales desastrosos de cada uno de los peldaños que se deben atravesar para alcanzar el mentado objetivo al final del arcoíris, en este caso una situación ultra idílica de casamiento con una fémina tan bella como rica que garantice la opulencia inmediata y elimine el laberinto burocrático de este ratón contable del Estado de Bienestar, Lampton, y por el otro lado piensa el remolino de las afinidades electivas dentro del esquema ancestral del folletín aunque siempre teniendo presente las miserias, miedos y máscaras más nauseabundas de la sociedad involucrada, aquí un enclave británico en el que el principal deporte de la aristocracia y demás parásitos parece ser -y lo es en la realidad- no sólo diferenciarse sin cesar de los estratos inferiores sino ningunearlos, cosificarlos y atacarlos en toda oportunidad que se presente para tal fin, especie de ratificación simbólica de su poder que encuentra en la paranoia y en el sentimiento de inferioridad de Joe claros indicios de hasta qué punto todo este andamiaje de humillaciones es consensuado a pesar de las rabietas del caso, por ello asimismo Wales se la pasa basureándolo en tanto competencia de menor valía por el corazón de Susan y los padres de ésta no se quedan atrás haciendo lo posible para boicotear la relación al enviarla de vacaciones a Francia y/ o consiguiéndole al varón un puesto de trabajo en su Dufton natal, ejemplo de esta noción repetida dentro de las elites excrementicias del extraordinario film en lo que atañe al hecho de que conservar los privilegios exactamente como están es sinónimo de paz y felicidad, de este modo la cruzada de ascenso plutocrático del protagonista se asemeja a un acto de terrorismo contradictorio, en esencia de índole extremadamente hedonista y cómplice para con este estado de cosas.

 

Pocos lo saben pero la joya que nos ocupa tuvo tres continuaciones explícitas, La Vida en la Cumbre (Life at the Top, 1965), de Ted Kotcheff, la serie televisiva Un Hombre en la Cumbre (Man at the Top, 1970-1972), creada y escrita por Braine, y el largometraje y spin-off de la anterior Un Hombre en la Cumbre (Man at the Top, 1973), film de Mike Vardy, e incluso una suerte de remake reciente en formato de miniserie, Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, 2012), emitida por la BBC y dirigida por Aisling Walsh, pero ninguno de estos corolarios y reversiones floridas o camufladas consiguieron llegarle a los talones al opus primigenio porque su retrato impiadoso del atolladero comunal de su época continúa movilizando las entrañas a posteriori de tantas décadas desde su estreno, identidad que se vincula directamente con su homóloga de nuestro presente mediante rasgos compartidos como la enorme mediocridad laboral, cierta impulsividad siempre pueril, la costumbre de autoengañarse sin sentido y la misma explotación capitalista permanente y los mismos rituales de diferenciación colectiva vía capas irreconciliables. Harvey está muy bien como el advenedizo obsesionado con un idilio romántico que satisfaga sus bolsillos mientras en paralelo cae en otro idilio aunque mucho más pasional y verdadero, el que mantiene con la Alice de una Signoret magnífica y todo terreno que sabe a la perfección cómo construir a una mujer que conoce las amarguras de la vida y que deduce que la felicidad es temporal cual burbuja pronta a romperse, de allí que Brown no resulte la figura antagónica real sino el mismo Lampton, ya que la idiotez e ingenuidad de la muchacha son evidentes en su rauda metamorfosis desde el histeriqueo del comienzo bajo la sombra paterna hacia las quimeras románticas que se autoedifica luego de tener sexo y de quedar embarazada, por cierto permitiéndole a Sears un buen trabajo que de todos modos termina opacado por lo hecho por la francesa y Hermione Baddeley como Elspeth, la amiga de Aisgill y propietaria del “nidito de amor” de los amantes clandestinos a espaldas de George. En tanto repaso por los pros y los contras de trepar y por un triste despertar de la conciencia cuando ya es muy tarde y el daño está consumado, Un Lugar en la Cumbre funciona como una de las obras maestras inconmensurables del cine británico en su conjunto, un trabajo apasionante que pone en interrelación la angustia particular y las inequidades e injusticias del todo social…

 

Un Lugar en la Cumbre (Room at the Top, Reino Unido, 1959)

Dirección: Jack Clayton. Guión: Neil Paterson. Elenco: Simone Signoret, Laurence Harvey, Heather Sears, Donald Wolfit, Donald Houston, Hermione Baddeley, Allan Cuthbertson, Raymond Huntley, John Westbrook, Ambrosine Phillpotts. Producción: John Woolf y James Woolf. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 10