Antes de llegar al estrellato estadounidense Lucille Ball tuvo una extensa carrera primero como modelo y luego como actriz de películas Clase B que en ocasiones también incluían obras con mayor presupuesto y mayores expectativas comerciales, logrando participar en producciones de la década del 30 protagonizadas por Los Tres Chiflados, los Hermanos Marx y hasta Fred Astaire y Ginger Rogers aunque sin conseguir despegar del todo como actriz dramática, un sueño/ anhelo de toda la vida que homologaba al respeto intra gremio del espectáculo, porque rápidamente todos a su alrededor se dieron cuenta de su destreza como comediante y de un desparpajo poco común para las féminas recatadas de la época que en términos prácticos la igualaba a los hombres en el terreno del slapstick o comedia física, ademanes mujeriles adicionales de por medio. Ya estaba resignada a trabajar más en radio que en cualquier medio audiovisual por su ampulosidad y su talento vocal, durante buena parte de los años 40, cuando la CBS le propone trasladar un célebre programa del medio, My Favorite Husband, a la televisión en lo que sería el puntapié inicial de Yo Amo a Lucy (I Love Lucy, 1951-1957), la sitcom más famosa, exitosa y revolucionaria -y para muchos la mejor- de la historia de la TV, serie que fue producida por la propia Ball junto con su marido, el actor y músico cubano Desi Arnaz, vía Desilu Productions, compañía que no sólo los hizo sus propios jefes sino que retuvo los derechos del programa porque los imbéciles de la CBS se los cedieron para que se hagan cargo del costo de rodar en fílmico con el objetivo de que el show pueda transmitirse en buena calidad en todo Estados Unidos, algo que no ocurriría si se grababa con el típico kinescopio de la época, práctica que fue vetada por el patrocinador principal, la tabacalera Philip Morris, permitiéndole a Lucille y su esposo ganar millones de dólares con los años mediante las retransmisiones, una práctica poco habitual en aquellos comienzos de la televisión pero que se masificaría de allí en más.
Yo Amo a Lucy también ayudó a legitimar culturalmente a los latinos por la intervención de Arnaz como coprotagonista en calidad de esposo en la ficción, condición sine qua non que impuso la comediante para participar y producir el programa, hizo lo propio con el rol de las mujeres en general, en este sentido Ball incluso compraría la parte de la empresa de Desi a posteriori de su divorcio en 1960, y establecería los métodos de filmación para todas las comedias de situación por venir, léase la grabación con tres cámaras, público en vivo y coreografías muy precisas y usando sets adyacentes dentro del mismo estudio con sombras inadecuadas pintadas de gris o blanco según las necesidades de iluminación de cada escena, todo para evitar cortes pronunciados en el rodaje y garantizar el flujo cómico a ojos de los espectadores de carne y hueso, cuyas risas eran reales y no las grabadas habituales de otras sitcoms, amén de que el show en sí fue filmado en estudios propios en Hollywood y no en esa Nueva York que concentraba buena parte de la industria televisiva del período debido a que el matrimonio de protagonistas y productores no deseaba abandonar su residencia en Los Ángeles para mudarse al otro extremo del país, provocando de sopetón la reconversión hollywoodense hacia la TV símil complemento del séptimo arte ya que Desilu llegaría a producir series como Los Intocables (The Untouchables, 1959-1963), Viaje a las Estrellas (Star Trek, 1966-1969) y Misión Imposible (Mission Impossible, 1966-1973). La figura de Ball es tan admirada dentro del ecosistema cultural norteamericano que cualquier intento de abarcarla siempre estará inevitablemente condenado al fracaso, por ello no es de extrañar que el primer film a toda pompa sobre la actriz, Being the Ricardos (2021), resulte una obra frustrante ya que se nota mucho que su director y guionista, Aaron Sorkin, no se decide por una arista conceptual concreta y se la pasa divagando por la multitud de “capas” de Lucille a puro caos, redondeando en última instancia un producto olvidable o quizás apenas ameno.
Sorkin, aquí ofreciendo su tercera película seguida inspirada en hechos reales después de Apuesta Maestra (Molly’s Game, 2017), sobre la reina del póker ilegal para el jet set Molly Bloom, y El Juicio de los 7 de Chicago (The Trial of the Chicago 7, 2020), acerca del farsesco proceso judicial que se les siguió a los líderes de la izquierda norteamericana luego de la protesta y la represión policial con motivo de la Convención Nacional Demócrata de 1968, hoy cubre a escala muy ficcional la semana de producción del episodio de Yo Amo a Lucy intitulado Las Chicas Entran en los Negocios (The Girls Go into Business, 1953), el número 68 de la tercera temporada de los 180 totales, capítulo famoso porque Arnaz antes del comienzo del rodaje, en lugar de sus palabras tradicionales jocosas al público presente, salió a defender a su esposa de las acusaciones de comunista que estaban cayendo sobre la mujer desde la prensa carroñera con la famosa frase “lo único rojo de Lucy es su cabello e incluso eso es falso”, referencia a su pelo originalmente castaño, en esencia hablamos de uno de los aprietes más patéticos y leves de la caza de brujas del Comité de Actividades Antiestadounidenses de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos porque había pruebas y testimonios cuantiosos de que Ball estuvo afiliada al Partido Comunista durante los 30 por influencia de su abuelo socialista pero todo el asunto quedó en la nada ya que tanto J. Edgar Hoover, el director del FBI, como Hedda Hopper, la columnista chimentera de derecha más poderosa de Hollywood, eran fanáticos acérrimos de Yo Amo a Lucy y para colmo la segunda tuvo un cameo en el show. Being the Ricardos sistematiza en simultáneo los conflictos en la pareja, ahora con Lucille (Nicole Kidman) acusando de infiel a Desi (Javier Bardem), entre el matrimonio y los actores secundarios, aquellos Vivian Vance (Nina Arianda) y William Frawley (J.K. Simmons), y los del dúo con los ejecutivos de la CBS y con su mano derecha creativa, Jess Oppenheimer (Tony Hale y John Rubinstein).
La película de Sorkin tiene sus aspectos interesantes, como por ejemplo el retrato de Ball como una visionaria cuasi dictatorial con una maestría increíble para el humor y de Arnaz como un marido que acompaña e impone su voluntad cuando la legitimidad de la hembra está en entredicho por su mera condición de mujer, a lo que se suman segmentos en blanco y negro para las “opciones mentales” de Lucille acerca del devenir cómico del programa y flashbacks que cubren los primeros encuentros de la pareja, las aspiraciones desechas de trayectoria dramática de ella después de participar a la par de Henry Fonda en Adoración (The Big Street, 1942), de Irving Reis, y fundamentalmente la génesis de Yo Amo a Lucy y de los problemas románticos previos y posteriores provocados por la distancia debido a las giras musicales intermitentes de Arnaz y los rodajes cíclicos y participaciones radiales de Ball, sin embargo hay detalles que se sienten forzados porque las crisis se superponen a lo hipérbole permanente que en este caso incluye además la revelación de que Lucille está embarazada, otro punto de conflicto con la gerencia de la cadena de TV que se añade a las acusaciones de simpatizante soviética, y como si todo lo anterior no fuese poco asimismo está el planteo cuestionador de una guionista amiga de ella, Madelyn Pugh (Alia Shawkat), en relación a la falta de una perspectiva feminista en Yo Amo a Lucy y de una protagonista más inteligente, reparo que es frenado de lleno por una Ball que privilegia la comicidad por sobre cualquier estupidez ideológica ya que si el show no es hilarante y ella no cumple su rol de bufón adorable non stop todos terminarían desempleados en un santiamén. Being the Ricardos funciona como un buen pantallazo por la cruel dinámica del éxito, la mediocridad y prejuicios de la patronal capitalista, la discriminación contra los latinos, la lenta eclosión de las mujeres en estratos de poder, los vaivenes de las parejas profesionales y del corazón, el surgimiento del humor de diferencias culturales muy marcadas y por supuesto el carácter envilecedor del dinero, la egolatría y una ética exasperada y demasiado rigurosa de trabajo, no obstante el quid convulsionado y ciclotímico de la propuesta a nivel discursivo le impide crecer hacia mayores alturas artísticas que definitivamente se podrían haber alcanzado si se dejase de lado la típica ambición del que pretende abarcar mucho pero aprieta poco. Como si se tratase de una obra de teatro que fue ampliada algo mucho caprichosamente hacia el formato del largometraje estándar de Hollywood de la mano de un traspaso que lastimó el espíritu lúdico y verborrágico del opus original, el film cuenta con buenas intenciones y actuaciones magníficas de Javier Bardem, verosímil como un cubano de temperamento avasallante, y de Nicole Kidman, en esta oportunidad copiándole al dedillo cada uno de los modismos, tics y entonaciones a Ball, aunque se queda a mitad de camino entre el estudio del canibalismo atemporal de la industria televisiva y un homenaje afectuoso a un período en pañales del emporio del espectáculo hogareño en el que todavía brillaba una factoría artesanal que viabilizaba batallas bien prosaicas entre creadores individuales con opiniones muy diferentes acerca de cómo debería ser el producto final y cómo éste se debería adaptar a los imprevistos que van surgiendo en la existencia mundana, diálogo por antonomasia de una faena autorreferencial que pretende utilizar a la ficción para explorar la frontera en la que la realidad se funde con las ilusiones y en la que las diversas aristas de la sociedad de Ball y Arnaz van a parar a su homóloga de Lucy y Ricky Ricardo de aquella caja boba…
Being the Ricardos (Estados Unidos, 2021)
Dirección y Guión: Aaron Sorkin. Elenco: Nicole Kidman, Javier Bardem, Nina Arianda, J.K. Simmons, John Rubinstein, Alia Shawkat, Jake Lacy, Tony Hale, Linda Lavin, Ronny Cox. Producción: Lucie Arnaz, Desi Arnaz Jr., Todd Black, Jenna Block, Jason Blumenthal y Steve Tisch. Duración: 131 minutos.