Hombre Mirando al Sudeste

Viene de muy lejos

Por Emiliano Fernández

Hombre Mirando al Sudeste (1986), segunda película ficcional de Eliseo Subiela luego de la apenas amable La Conquista del Paraíso (1981), abre la década de oro del director y guionista, esa que concentra lo mejor de su larga producción artística, y el período en el que mejor se llevó tanto con la crítica de cine como con el público en general y el circuito de festivales internacionales, pensemos en recordadas propuestas como Últimas Imágenes del Naufragio (1989), El Lado Oscuro del Corazón (1992) y aquella No te Mueras sin Decirme Adónde vas (1995), todos trabajos que supieron patentar su realismo mágico y sensible marca registrada de inclinaciones poéticas, filosóficas y religiosas basado en una especie de cruza entre la tradición lírica apesadumbrada argentina y un ecosistema narrativo derivado del fantastique o la introducción de ingredientes sobrenaturales en una coyuntura realista. Ya para la época de No te Mueras sin Decirme Adónde vas todo el mundo le conocía cada uno de los tics y devaneos creativos a Subiela porque hacía más o menos siempre lo mismo, entre semblanzas sobre la eterna crisis de la sociedad argentina, protagonistas bohemios fascinados con -y/ o hastiados de- las mujeres, muchos recitados elegíacos de fondo, unas cuantas prostitutas, bastante masoquismo emocional implícito o explícito y por supuesto detalles surrealistas al paso que hacen extraordinaria a la cotidianeidad más ordinaria o gris del suburbio metropolitano porteño, no obstante la carrera del señor comienza a venirse abajo en serio mediante aquel díptico de Despabílate Amor (1996), una suerte de intentona bien realista y nostálgica, y Pequeños Milagros (1997), una vuelta a los apurones al registro mágico ahora acerca de una chica que creía ser un hada, Rosalía (Julieta Ortega), film que demostró a la par el cansancio del formato estándar del realizador y su evidente renuencia a hacer otra cosa o siquiera mutar en términos artísticos, como consecuencia de ello tanto Las Aventuras de Dios (2000) como El Lado Oscuro del Corazón 2 (2001) significaron sus últimos verdaderos intentos de llegar al gran público y recuperar el favor de la prensa y los festivales del exterior, sectores que lo expulsaron hacia una retahíla de trabajos televisivos y progresivamente hacia el triste olvido hasta su fallecimiento en 2016 a la edad de 71 años.

 

A diferencia de buena parte de los desvaríos idealistas o autoindulgentes de sus películas posteriores, casi todas centradas en alguna variación del intelectual burgués inmolándose en nombre de su arte en una sociedad boba, autoritaria, mediocre y reaccionaria como toda la latinoamericana en su conjunto, Hombre Mirando al Sudeste puede incluso ser leída como una obra de género, por más que sea -como se suele decir- una cruza entre la ciencia ficción de índole mesiánica y existencialista de El Hombre que Cayó a la Tierra (The Man Who Fell to Earth, 1976), joya siempre enigmática de Nicolas Roeg, y la furia antiinstitucional de manicomios de Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), de Milos Forman, ya que además posee una inmediatez que gran parte de la producción posterior de Subiela perdería y que evidentemente aquí funciona como un efecto de aquella militancia en la Juventud Peronista y Montoneros, donde los floreos discursivos de izquierda se daban la mano con una demagogia populista fundamental para construir un relato masivo en el séptimo arte, ecosistema de militancia radical ingenua que incluso lo llevó a participar del film experimental y colectivo Argentina, Mayo de 1969: Los Caminos de la Liberación (1969), encarado junto a Rodolfo Kuhn, Pablo Szir, Pino Solanas, Octavio Getino y Jorge Cedrón, entre otros. La trama transcurre en el Hospital Psiquiátrico José Tiburcio Borda de la Ciudad de Buenos Aires, donde de un momento a otro se aparece Rantés (el perfecto e impasible Hugo Soto), quien asevera ser un extraterrestre holográfico incapaz de sentir que llegó a nuestro planeta para estudiar la idiotez y el cerebro del ser humano y utilizar sus poderes telequinéticos para alimentar a los hambrientos, dar abrigo a los que padecen frío y escuchar a quienes no son escuchados, precisamente los otros pacientes, los cuales lo toman de líder y lo respetan como dice un viejito de una cama vecina a la suya, “es un hombre muy bueno y viene de muy lejos”. Rantés queda al cuidado del Dr. Julio Denis (un medido Lorenzo Quinteros), psiquiatra divorciado y cínico sin apego hacia sus dos hijos pequeños que lo ve todos los días pararse en el patio del hospital observando el vacío, en dirección sudeste, en lo que el paciente considera como un intercambio de datos cual antena cósmica.

 

Más allá del sustrato insólito e inteligente de una propuesta tan minimalista, underground y abstracta como la presente en medio de unos 80 que estaban presos a nivel del consumo cinematográfico mundial del gigantismo imperialista norteamericano a posteriori de aquel bello experimento contracultural del Nuevo Hollywood de los 70, esquema retórico que por cierto fue copiado de manera tácita y burda en ocasión de K-Pax (2001), de Iain Softley, y de modo abierto y un poco más loable en Sr. Jones (Mr. Jones, 1993), de Mike Figgis, la indudable obra maestra de la trayectoria de Subiela cuenta con suficientes méritos propios para escapar de la simple rareza en un contexto productivo latinoamericano en donde la influencia europea aún era más fuerte que la yanqui, equilibrio que se invertiría a partir de los 90 con la globalización o victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría, lo que trajo la unificación y el achatamiento simbólico pauperizador de nuestros días, basta con pensar en el motivo de los hologramas de La Invención de Morel (1940), novela de Adolfo Bioy Casares referenciada en la película, los juegos con los espíritus errantes, la esquizofrenia y la ocasional institucionalización psiquiátrica de La Transmigración de Timothy Archer (The Transmigration of Timothy Archer, 1982), última novela publicada en vida de un Philip K. Dick que es homenajeado vía el personaje de Beatriz Dick (Inés Vernengo), supuesta evangelista que resulta ser otra alienígena como Rantés aunque ahora corrompida por el Planeta Tierra y muy gustosa de sentir, y una dimensión política subrepticia similar a la de Historias de Cronopios y de Famas (1962), de un Julio Cortázar que también es citado en la realización mediante el nombre del doctor, un viejo seudónimo del escritor de la década del 30, pensemos en unos cronopios/ marginales que se homologan a Rantés y los pacientes del Borda, por un lado, y en unas famas/ alta burguesía parasitaria y explotadora que desde ya se asemejan al personal del hospital -enfermeras, médicos, investigadores, burócratas, etc.- y demás representantes institucionales en el relato, por el otro lado, como esa policía que reprime la rebelión de internos durante el famoso montaje paralelo del extraterrestre tomando la posta para dirigir una orquesta en un anfiteatro, instante retomado en Sr. Jones.

 

Llegado el último acto, cuando ya aparecen con toda su fuerza los variopintos paralelismos católicos porque el adalid de la solidaridad y el pacifismo es medicado con un haloperidol inyectable que, a diferencia de los comprimidos, no puede esquivar y lo convierte de a poco primero en un luchador social, encarando una férrea protesta contra la nauseabunda comida del manicomio, y luego en un vegetal que termina muriendo de un paro cardíaco cuando le aplican electroshocks para sacarlo de la catatonía, Subiela evita resolver el dilema a ojos de Denis, quien se ubica en las antípodas con respecto a nosotros, los espectadores, ya que en el final todavía sigue dudando acerca de la naturaleza alienígena del protagonista, y termina de volcarse hacia el trasfondo conceptual pasoliniano de la faena, deudor de los distintos modelos de mesías que construyó el italiano en sintonía con aquel popular paradójico de Accattone (1961), el cristiano en su acepción comunista de El Evangelio según San Mateo (Il Vangelo Secondo Matteo, 1964) y el irónico burgués de resonancias psicosexuales de Teorema (1968). Este dejo cercano a la Teología de la Liberación, basado en la defensa de los pobres, el autosometimiento al suplicio y las privaciones y la denuncia de la hipocresía social del que desconoce el dolor del prójimo a pura comodidad de la ceguera a conciencia, también se enmarca en todo el cine de la Primavera Democrática hispanoamericana que en Argentina empieza con el colapso de la última dictadura cívico militar por el fracaso en la Guerra de Malvinas y con la vuelta a la democracia en 1983, por ello mismo Rantés acusa a toda la comunidad vernácula de indiferente ante el horror de la otrora represión y frente a las presentes desigualdades/ injusticias/ inequidades del capitalismo salvaje posmoderno al tiempo que señala por lo bajo la complicidad abierta o connivencia mafiosa de los esbirros estatales como el propio Denis, los cuales colaboraron de manera activa en el orden, el statu quo y la partición bélica delirante de un “ellos” y un “nosotros”, antes los subversivos y los milicos genocidas y ahora los lunáticos prestos a ser encerrados y los supuestos cuerdos que se abogan el derecho de decidir a quién le falta un tornillo y a quién no, planteo al que se suma la manía del médico con descubrir la identidad real del supuesto humano común y corriente que tiene delante suyo de la misma forma que los represores castrenses del pasado nacional inmediato torturaban a sus cautivos para que revelen información de su vida y sus afinidades familiares, ideológicas, militantes, románticas y barriales. A pesar del desnivel actoral, con unos Soto y Quinteros que ponen un poco en vergüenza a una Vernengo que hace lo que puede en su calidad de debutante, y de ciertos problemas que más adelante serían recurrentes en el cine de Subiela, como por ejemplo una mezcla de sonido bastante deficitaria que suele tapar los diálogos con la igualmente estupenda música de Pedro Aznar, plagada de sintetizadores ochentosos y muchos saxos de Andrés Boiarsky porque ese es de hecho el hobby del matasanos, y una profusión por momentos un tanto redundante o hasta intrusiva de soliloquios poéticos, científicos y filosóficos en detrimento del poder en sí de las imágenes del film, Hombre Mirando al Sudeste logra compensar estos inconvenientes gracias a la excelente fotografía de Ricardo De Angelis y a la potencia, el misterio y esa crudeza cuasi lírica de su desarrollo discursivo, uno que recurre a la metáfora del mártir y señala la dignidad batallante de los excluidos aunque también la soberbia institucional y su oportunismo pusilánime, hoy simbolizado en la obsesión del doctor con acostarse con Beatriz para después echarla y lamentar su impulsividad cuando se entera que asimismo es una extraterrestre que con su sola presencia pone en ridículo a la profesión psiquiátrica y a toda la humanidad, esa que mira para otro lado mientras la hambruna y los desnutridos de nuestra especie se acumulan por un sistema que todos legitiman o naturalizan en silencio…

 

Hombre Mirando al Sudeste (Argentina, 1986)

Dirección y Guión: Eliseo Subiela. Elenco: Hugo Soto, Lorenzo Quinteros, Inés Vernengo, Cristina Scaramuzza, Tomás Voth, David Edery, Rúbens Correa, Rodolfo Rodas, Jean Pierre Reguerraz, Violeta Scarponi. Producción: Luján Pflaum. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 10