Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven)

Nos dedicamos al plomo

Por Emiliano Fernández

Se podría decir que Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven, 1960), del infatigable John Sturges, es una de las pocas realizaciones del Hollywood Clásico que se sostiene de maravillas en nuestro presente a pesar de las décadas y décadas transcurridas desde su estreno y a pesar de acumular prácticamente todos los clichés habidos y por haber de su época en términos narrativos, a lo que se suma además el hecho de que constituye una de las poquísimas remakes encaradas por los yanquis, en este caso de Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa, que consigue abrirse paso por cuenta propia y hasta resulta una propuesta muy disfrutable, pensemos que aquí en lugar de copiar al original escena por escena y agregar alguna que otra estupidez mainstream, precisamente como la gran industria cinematográfica actual suele hacer, se opta por recuperar el espíritu aventurero primigenio, por apenas adaptarlo a los cánones norteamericanos y por darle tiempo de pantalla suficiente y cuasi equitativo a todos los personajes, una verdadera locura en un gremio tapizado de egos ultra inflados en permanente lucha. Sturges fue un artesano polirubro que empezó dirigiendo faenas Clase B y films de instrucción para las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial hasta que de a poco fue especializándose en el western, no cualquiera sino uno de transición entre el clásico de derecha de fascistas como John Ford, Howard Hawks y John Wayne y su homólogo de izquierda que llegaría a partir de los 60 y 70, ese que reemplazó a la discriminación hacia los mexicanos, las mujeres y sobre todo los indígenas, éstos vistos casi siempre como unos salvajes a los que había que exterminar para asfaltar la senda del progreso falaz de una nación empardada al hombre caucásico, protestante y urbano, con un retrato más complejo y abarcador de las minorías étnicas, los vecinos del sur y la fauna femenina, enfatizando una y otra vez que la bondad, el delirio y la maldad anidan en los corazones de todos y que el maniqueísmo estándar hollywoodense de antaño ya no tiene cabida porque todos y cada uno de los personajes son capaces de cualquier cosa en el tiempo del ocaso de los pioneros contradictorios del devenir nacional, a veces unas víctimas y en otras ocasiones victimarios.

 

Responsable de una catarata de westerns crepusculares que supo incluir a obras como La Fuga del Fuerte Bravo (Escape from Fort Bravo, 1953), Conspiración de Silencio (Bad Day at Black Rock, 1955), Padre contra Hijo (Backlash, 1956), Duelo de Titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), El Tesoro del Ahorcado (The Law and Jake Wade, 1958), El Último Tren de Gun Hill (Last Train from Gun Hill, 1959), Cómo casi se Perdió el Oeste (The Hallelujah Trail, 1965), La Hora de las Pistolas (Hour of the Gun, 1967), Joe Kidd (1972) y Los Caballos de Valdez (Valdez il Mezzosangue, 1973), esta última codirigida con un Duilio Coletti que se encargó de algunos inserts y de la refilmación de varias escenas a instancias del productor Dino De Laurentiis, Sturges tuvo que soportar que el principal artífice/ propulsor del proyecto, Yul Brynner, se pelease primero con Anthony Quinn, con quien había planificado buena parte del convite para luego hacerlo a un lado, y después con el ascendente Steve McQueen, eje de una áspera e interminable disputa durante el rodaje ya que McQueen, todavía en la etapa inicial de su carrera aunque muy ambicioso, presionó para que su personaje tuviese más líneas de diálogo y mucho más tiempo de pantalla pero el tremendo Yul no lo permitió, así las cosas Steve hizo todo lo posible para sabotear -desde una hilarante malicia- todas las escenas que tenían a Brynner como la estrella indiscutible, llevando a refilmaciones cíclicas que asimismo enervaron al resto del elenco, plagado de futuras luminarias de una masculinidad de pocas pulgas. La historia es minúscula y sigue el calvario de un pueblito mexicano que es saqueado sistemáticamente por una pandilla de 40 bandidos liderada por Calvera (Eli Wallach), por ello los aldeanos viajan a Estados Unidos y allí contratan a siete mercenarios no sólo para que los defiendan sino para que les enseñen a valerse por ellos mismos con las armas, hablamos del raudo líder Chris Adams (Brynner), el vagabundo y su mano derecha Vin Tanner (McQueen), el jovenzuelo atolondrado Chico (Horst Buchholz), el mestizo de buen corazón Bernardo O’Reilly (Charles Bronson), el borrachín siempre al borde del delírium trémens Lee (Robert Vaughn), el eterno buscador de fortuna Harry Luck (Brad Dexter) y el experto adusto en cuchillos Britt (James Coburn).

 

Si bien la epopeya de Kurosawa, de casi tres horas de duración, era en general más realista sucia que la remake y fue la que introdujo la revolucionaria idea de fondo (revolucionaria para el séptimo arte), eso de la gesta colectiva a cargo de un grupo especialmente armado para determinada y muy difícil misión cual eco lejano de Los Tres Mosqueteros (Les Trois Mousquetaires, 1844), la célebre novela de Alejandro Dumas, lo cierto es que Los Siete Samuráis incluye una serie de recursos más que clásicos del folletín de aventuras como por ejemplo la subtrama del “reclutamiento” de los miembros de la pandilla protagónica, la típica historia de amor entre el exponente más joven y una ninfa hermosa que encuentra por ahí, la presentación de personajes mediante una tarea arriesgada independiente, la cobardía semi imprevisible del pueblo ante las amenazas externas, la construcción de fortificaciones y trampas, la espiral de muertes de los distintos personajes en el frenesí de las batallas y finalmente la figura del antihéroe o de los héroes reticentes que aceptan la misión más por conveniencia pragmática que por motivos ideológicos o apego a la causa de la libertad y la justicia, lo que por supuesto implica una metamorfosis identitaria porque luego aprenden el valor de la solidaridad. El guión de Walter Bernstein, Walter Newman y William Roberts recupera todos estos ingredientes en un relato que se diferencia de obras similares aunque retrógradas e hiper conservadoras, como Río Bravo (1959), de Hawks, a su vez un patético intento de refutación de A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, y se acerca a joyitas posteriores como Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), de Robert Aldrich, y La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), de Sam Peckinpah, pero sin llegar al nivel de las carnicerías enrojecidas señaladas ya que Sturges era un realizador un poco más medido en la comarca gore y en esencia estaba muy interesado en el desarrollo de los personajes, de hecho Los Siete Magníficos trabaja de manera brillante y respetuosa las idas y vueltas no sólo de los mercenarios yanquis, lamentando la falta de hogar, esposa e hijos aunque también celebrando semejante autonomía, sino del mismo pueblito azteca, pasando de la pusilanimidad a la sutil valentía para volver a caer en el nerviosismo y la indecisión.

 

Visto hoy todo a la distancia, en función del generoso volumen de secuencias que acumula Chico y el privilegio de ser el único con un interés romántico, Petra (Rosenda Monteros), resulta evidente que Brynner y Sturges apostaron a la futura condición de “estrella púber” del alemán Buchholz a lo James Dean o Marlon Brando, algo que claramente no ocurrió, no obstante ambos emparejaron la propuesta con una sabiduría esplendorosa que permitió el lucimiento de todo el elenco, así cuando la película resultó ser un mega éxito planetario los diversos actores se transformaron en estrellas por derecho propio al punto de superar por mucho al único verdaderamente conocido a comienzos de los 60, Yul; tengamos presente la trayectoria futura de McQueen, Bronson, Coburn, Wallach y Vaughn y la certeza de que volver a reunirlos hubiese sido imposible apenas unos años después del estreno de Los Siete Magníficos, catalizadora de una horrible remake en 2016 a cargo de Antoine Fuqua, de tres secuelas directas apenas potables, El Regreso de los Siete (Return of the Seven, 1966), de Burt Kennedy, Vuelven los Siete Magníficos (Guns of the Magnificent Seven, 1969), de Paul Wendkos, y La Furia de los Siete Magníficos (The Magnificent Seven Ride!, 1972), de George McCowan, y de una serie televisiva tardía, aquella homónima de CBS emitida entre 1998 y 2000. Más allá de la excelente y bombástica música de Elmer Bernstein y la enorme influencia que tuvo el opus en una infinidad de obras por venir, desde Batalla más allá de las Estrellas (Battle Beyond the Stars, 1980), de Jimmy T. Murakami, hasta Brigada A (The A-Team, 1983-1987), legendaria serie de la NBC, el film que nos ocupa, alabado incluso por un Kurosawa que le hizo llegar a Sturges una espada ceremonial de regalo, provocó un cimbronazo en el Hollywood de aquel tiempo debido también a que recuperó la chispa y el encanto de las aventuras en pandilla negando a escala implícita el individualismo fanático del mainstream estadounidense, cine en el que históricamente el héroe singular se enfrenta al sistema opresor a pesar de que así jamás lo modificará, por ello el inusitado colectivismo militar y existencial de estos adalides del plomo y la astucia del buscavidas sigue resultando una anomalía deliciosa en el reino del capitalismo cultural de yanquilandia y su egoísmo…

 

Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven, Estados Unidos, 1960)

Dirección: John Sturges. Guión: Walter Bernstein, Walter Newman y William Roberts. Elenco: Yul Brynner, Steve McQueen, Eli Wallach, Horst Buchholz, Charles Bronson, Robert Vaughn, Brad Dexter, James Coburn, Rosenda Monteros, Vladimir Sokoloff. Producción: John Sturges. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 9