Las pocas buenas películas del ámbito internacional contemporáneo suelen quedar tapadas bajo la catarata de bodrios, basura maloliente y productos ultra olvidables con los que nos inundan el mainstream y el indie de hoy en día, en simultáneo en salas tradicionales y en el streaming, algo que se explica tanto por la uniformización e intercambiabilidad con las que se planifican todos los malditos proyectos cinematográficos como por la mediocridad promedio de un ecosistema cultural que en gran medida perdió la capacidad de interpelar a un presente con problemas muy angustiantes en prácticamente todo el planeta, optando en cambio por ofrecer un entretenimiento cada día más insignificante, el cual recurre a la fantasía como evasión en lugar de aprovechar sus implicancias alegóricas, o por sumergirse en una nostalgia mal entendida que le quita el sustrato revulsivo, irreverente o anárquico a las obras del pasado más o menos lejano para dejar en pie sólo el gesto banal o infantil de rescatar lo considerado cool ya irreproducible. Old Henry (2021), joyita de Potsy Ponciroli, constituye una maravillosa excepción debido a que por fin tenemos ante nosotros una realización que toma un género histórico y hasta en cierto punto anacrónico para con el cine y la cultura actuales, el western, y lo reconduce a un nivel de excelencia muy pocas veces visto en las últimas décadas gracias a la jugada de abandonar toda idiotez correspondiente a la corrección política y de concentrarse en un realismo seco que privilegia, precisamente, la narración, los personajes y esos resortes del género como tesoros a proteger y a maximizar.
Temáticamente similar a Los Imperdonables (Unforgiven, 1992), el recordado western de Clint Eastwood, del mismo modo que ésta se había inspirado explícitamente en Yo Soy la Ley (Lawman, 1971), odisea del querido Michael Winner que la fauna cinéfila mierdosa contemporánea del público y la crítica ni siquiera conoce, Old Henry empieza con un prólogo a toda pompa -muy en la tradición del acervo hollywoodense de las aperturas a lo folletín de aventuras- en el que un pistolero (Kent Shelton) está siendo perseguido por un trío de aparentes ayudantes del sheriff, ese del cabecilla Ketchum (Stephen Dorff) y sus secuaces Stilwell (Max Arciniega), un mexicano que hace de rastreador, y Dugan (Richard Speight Jr.), un matón de pocas pulgas y menos paciencia. Ketchum demuestra ser el peor del grupo porque tortura a la presa herida para que le diga lo que quiere oír antes de ahorcarlo, así se entera que otro pistolero, un tal Curry (Scott Haze), se llevó el botín de un asalto a un banco y se dirige hacia territorios indígenas. Es Henry (Tim Blake Nelson), un granjero viudo desde hace una década que vive junto a su hijo adolescente, Wyatt (Gavin Lewis), quien se tropieza con el baleado Curry luego de hallar su caballo ensangrentado, por ello lleva al hombre, su revólver y el bolso con los billetitos a su humilde rancho en una jugada que le ganará el interés insistente de Ketchum y el resto, quienes sospechan que tiene al fugitivo y eventualmente toman de rehén al cuñado de Henry, Al (Trace Adkins), demostrando que no representan a la mafia legal sino al hampa errante de aquel entonces.
Ponciroli, señor que hasta este momento no había hecho nada particularmente memorable porque apenas si acumulaba alguna que otra serie de TV, una concert movie y una comedia bastante hueca, aquí redondea su primera película enteramente personal y de inmediato consigue abrirse camino en el western crepuscular retomando motivos muy paradigmáticos como el del forajido que se hartó de huir y formó una familia con un claro estilo de vida sedentario, Henry, el del vástago que anhela aventuras y no entiende la prohibición de su padre con respecto a portar armas, Wyatt, y finalmente ese que homologa a ladrones y representantes institucionales al punto de que resultan mutuamente sustituibles, pensemos que el villano y los suyos robaron placas de sheriff y se dedican a engañar con identidades falsas aunque también Curry es un mentiroso de los que ocultan información porque es un alguacil que se unió a la pandilla de Ketchum y encima lo traicionó antes de que él lo traicione a él por su condición de oficial de la mugrosa e hipócrita ley. La película se caga olímpicamente en el público biempensante y lelo actual y en los segmentos a los que no está dirigida, así no tenemos ni un personaje femenino, se mata a la minoría étnica de turno, el mexicano, los diálogos son escasos y evitan toda sobreexplicación, la relación entre padre e hijo adquiere un rol central, el gore y la crueldad resultan generosos y se acercan al nivel de la “variación terrorífica” del weird west e incluso se recupera la figura de Henry McCarty alias Billy the Kid, resituando el planteo ideológico revisionista en primer plano.
Como toda película de acoso escalonado en donde la premisa minimalista necesita de una ejecución siempre impecable para lograr atrapar al espectador, Old Henry echa mano de una fotografía escueta y precisa, hoy a cargo de John Matysiak, y del estupendo trabajo de todo el elenco con los inoxidables Dorff y Nelson a la cabeza, el primero componiendo a un malhechor brutal de antología y el segundo consiguiendo lucirse en uno de los poquísimos roles protagónicos que tuvo en una carrera de más de tres décadas y cien títulos, camino muy auspicioso que ya había sido marcado por La Balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, 2018), de los hermanos Joel y Ethan Coen, y por Watchmen (2019), la interesante miniserie de Damon Lindelof para HBO basada en la célebre novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons de 1986 y 1987. Ponciroli, por supuesto, no revoluciona absolutamente nada pero logra la doble proeza de revivir un género que suele desaparecer por períodos, por un lado, y de construir una faena muy admirable en medio del desierto cualitativo del nuevo milenio y su cultura del refrito melancólico sin alma, garra o razón de ser, por el otro lado, por ello la integridad artística y el ritmo clasicista -tan respetuoso como eficaz- del film que nos ocupa se unifican tan bien con el humanismo de fondo de la historia y con la búsqueda de paz del personaje de Nelson, un granjero mañoso de armas llevar que no cree en la redención pero sí en el consuelo de la parentela propia y el derecho a defenderse cuando llegan energúmenos, con o sin placas, que amenazan su tranquilidad…
Old Henry (Estados Unidos, 2021)
Dirección y Guión: Potsy Ponciroli. Elenco: Tim Blake Nelson, Scott Haze, Gavin Lewis, Trace Adkins, Stephen Dorff, Max Arciniega, Brad Carter, Kent Shelton, Richard Speight Jr. Producción: Michael Hagerty y Shannon Houchins. Duración: 99 minutos.