La Casa de Arena y Niebla (House of Sand and Fog)

Odio entre marginados

Por Emiliano Fernández

Películas sobre la farsa ya extinta detrás del “sueño americano” sinceramente hay muchas, porque Hollywood suele moverse como una industria cultural homogénea y pauperizadora aunque mirándola bien de cerca ofrece una variedad temática y estilística de la que carece gran parte de las cinematografías nacionales del resto del globo, por ello lo verdaderamente raro es encontrar un exponente como La Casa de Arena y Niebla (House of Sand and Fog, 2003), maravilloso debut en la realización del ucraniano Vadim Perelman y por lejos la mejor película de su carrera, que además de pegarle a la mentira del progreso mágico por cuentapropismo en yanquilandia también analice los típicos padecimientos de los habitantes del Tercer Mundo, incluso yendo más allá porque el film que nos ocupa se mete con las peculiaridades del Irán moderno, específicamente ese muy agitado trayecto histórico que va desde el Golpe de Estado de 1953 planificado por la CIA y por los servicios de inteligencia británicos contra el líder nacionalista y Primer Ministro Mohammad Mosaddeq, quien pretendía nacionalizar los recursos petrolíferos y echar a los conglomerados capitalistas occidentales, pasa por la animadversión popular contra la monarquía subsiguiente alrededor de la figura del sah, contra las potencias foráneas que se beneficiaban de las exportaciones de crudo y contra la policía secreta utilizada para la represión de los opositores políticos, la SAVAK, y finaliza de la mano de la Revolución Iraní de 1979 que derrocó al último sah, Mohammad Reza Pahleví, y llevó al poder al Ayatolá Ruhollah Musavi Jomeiní, cabeza en el exilio de la resistencia contra el régimen, desde que la monarquía reconociese a la lacra de Israel, y principal responsable de la instauración de allí en adelante de una teocracia islámica y antioccidental en Irán que se extiende hasta nuestros días, un aparato estatal tan autoritario como el anterior que despierta la condena del imperialismo de Estados Unidos.

 

Con un guión del propio Perelman y el escritor Shawn Lawrence Otto que adapta la novela homónima de 1999 de Andre Dubus III, el film se centra en Kathy Nicolo (la bella Jennifer Connelly), una ex alcohólica que cayó en la depresión luego de que su marido se marchase porque no la quería lo suficiente como para tener hijos con ella, el deseo íntimo de la mujer, y en el Coronel Massoud Amir Behrani (Ben Kingsley), un militar que tuvo que exiliarse en Estados Unidos después de la Revolución Iraní por haber formado parte del círculo de extrema confianza del sah, para quien dice haber comprado aviones bélicos aunque lo más probable es que haya integrado las filas de la SAVAK como dice su mujer, Nadereh “Nadi” Behrani (Shohreh Aghdashloo), con la que tuvo dos hijos, el adolescente Esmail (Jonathan Ahdout) y la veinteañera Soraya (Navi Rawat), una chica que se casó con un muchacho de la comunidad musulmana de San Francisco. El conflicto entre ambos personajes, unos marginados evidentes dentro de la plutocracia estándar de Occidente, se produce cuando Nicolo, quien trabaja limpiando casas de burgueses de la zona y no le presta atención a su correo, es echada de su hogar, herencia familiar por parte de su padre, debido a una deuda impositiva de 500 dólares que lleva al remate de la propiedad y a la compra de la misma por parte de Behrani, el cual trabaja de día pavimentando rutas y de noche como cajero en una estación de servicio. Mientras que el ex coronel sueña con revender la residencia de turno como inversión, ya que de hecho pagó una cuarta parte del valor real de la vivienda y acumula bastante experiencia en el mercado de bienes raíces, Kathy se desespera porque dentro de poco recibirá la visita de su madre y su tía, quienes no saben que perdió la casa y creen que aún vive con su pareja del mismo modo que Massoud lleva años de autoengaño mediante una vida de lujos delirantes para no perder el respeto de otros iraníes en el exilio.

 

Donde tantas otras epopeyas melodramáticas del presente fallan, en la semblanza humanista alrededor de los puntos en común entre sujetos y culturas en apariencia muy distintos, La Casa de Arena y Niebla no sólo logra su cometido, léase esto mismo de construir espejos que vayan más allá de lo superficial y cubran el interior de las personas y sus idénticas tragedias, angustias y decisiones, sino que crea una parábola acerca del odio entre excluidos fogoneado por un sistema comunal/ económico/ administrativo injusto que en pantalla es sintetizado en la ridícula premisa de fondo, la expropiación por unos míseros 500 dólares, algo muy factible en la coyuntura de esa furia desalmada capitalista de yanquilandia y la dictadura de la especulación, los bancos, el fisco y la oligarquía empresaria. Dejando de lado todo maniqueísmo barato mainstream, el opus de Perelman explora con paciencia y humildad las paradojas de los personajes, pensemos que ella toma conciencia tarde de las consecuencias de su apatía y pasa de depender de su abogada, Connie Walsh (Frances Fisher), quien mucho no puede hacer en lo inmediato porque Behrani se niega a revender la propiedad a los mismos burócratas estatales sarnosos a los que se la compró, a poner sus esperanzas en un flamante interés romántico, el Ayudante del Sheriff Lester Burdon (Ron Eldard), nada menos que el policía que la desalojó y que comienza a presionar a los iraníes con corolarios fatales, un hombre que está casado con la manipuladora a nivel sentimental Carol (Kim Dickens), fémina con la que tuvo dos vástagos al igual que el tiránico aunque sensato Massoud, señor que maneja a su clan con mano de hierro y se sacrifica a escala diaria porque debe reunir una suma importante de dinero para la educación universitaria de Esmail y continuar aparentando bienestar económico ante Soraya y su parentela política de turno, esa a la que poco ve como Kathy en relación a su mamá y su lejano hermano mayor.

 

La fotografía de Roger Deakins, colaborador de Denis Villeneuve, Sam Mendes y Joel y Ethan Coen, es extraordinaria y el desempeño de Connelly, Kingsley y Aghdashloo, tres veteranos de larga data, constituye un milagro de visceralidad expresiva dentro de la mediocridad y redundancia del cine del nuevo milenio, sin embargo es el propio Perelman el que no esquiva un desenlace símil catástrofe mundana de la Antigua Grecia que arranca con el doble intento de suicidio de Kathy, con el arma del oficial y después con pastillas, y sigue con una toma de rehenes por parte de Burdon que deriva en la muerte de la familia Behrani, primero un Esmail fusilado por balas policiales y luego sus padres en un suicidio por el dolor. Indagando también en el racismo antiárabe en Estados Unidos posterior a los Atentados del 11 de Septiembre del 2001, mediante los tristes trabajos a los que puede acceder el coronel, y en la gentrificación, la falta de vivienda y la usura inmobiliaria, vía la movida del militar con la propiedad, la película utiliza a la casa del título como metáfora de la decadencia existencial porque Behrani en Irán tuvo una vivienda paradisíaca frente al Mar Caspio e hizo talar unos árboles que le impedían ver el paisaje, ataque directo contra la naturaleza que simboliza su soberbia y los caprichos del poder, pero en yanquilandia debe conformarse con la residencia demacrada de Nicolo y el construir un mirador precario que encima no le permite ver las aguas a la distancia porque allí no puede eliminar los árboles de los vecinos, alegoría del declive hegemónico y de unas ambiciones marchitas que los locales, como la misma Kathy, jamás tuvieron por su ignorancia y banalidad. Lejos de las apenas correctas La Vida ante sus Ojos (The Life Before Her Eyes, 2007) y Lecciones de Persa (Persian Lessons, 2020), la propuesta logra homologar la violación de domicilio con el atropello identitario y un desamparo que todo lo consume porque tiende al canibalismo…

 

La Casa de Arena y Niebla (House of Sand and Fog, Estados Unidos, 2003)

Dirección: Vadim Perelman. Guión: Vadim Perelman y Shawn Lawrence Otto. Elenco: Jennifer Connelly, Ben Kingsley, Shohreh Aghdashloo, Ron Eldard, Frances Fisher, Kim Dickens, Jonathan Ahdout, Navi Rawat, Carlos Gómez, Jaleh Modjallal. Producción: Vadim Perelman y Michael London. Duración: 126 minutos.

Puntaje: 10