Christiane Vera Felscherinow, nacida en 1962, vivió sus primeros años de vida en el cordón urbano humilde de Hamburgo hasta que su familia se mudó a la zona occidental de Berlín en 1968 porque su padre pretendía establecer un negocio, lo que resultó en un fracaso que agravó los problemas preexistentes del susodicho como el alcoholismo y un quid violento, llegando al punto de golpear a Christiane, su hermana menor y la madre del clan, la cual forzó la separación de la pareja en un contexto en el que para colmo cada cual ya tenía su propio amante. Mientras que la hermana prefirió quedarse con el padre y su mujer y la progenitora estaba obsesionada con su apariencia y su nuevo novio, Christiane, de escasos 13 años, quedó cada vez más y más sola en esos bloques deprimentes de departamentos de la capital germana y así comenzó a frecuentar con una compañera del colegio primario, Kessi, la discoteca de moda de la época, Sound, donde conoció al que pronto sería su novio, Detlev, un joven apenas mayor que ella que trabajaba de taxi boy y vivía con un tal Axel y que formaría parte de la comunidad de adictos zombificados y menesterosos de Berlín. De las drogas legales, el tabaco y el alcohol, luego pasó a las ilegales leves, léase la marihuana y el LSD, y a los ansiolíticos, las metanfetaminas y finalmente la heroína, algo novedoso por aquel entonces que solía ser denominado “H”. Luego de un recital de su ídolo, David Bowie, la mocosa inhala por primera vez el famoso veneno y en el día de su cumpleaños número 14, en un baño de la Estación del Jardín Zoológico de Berlín, se lo inyecta en lo que será el comienzo de un rápido declive hacia el delito, la apatía, el negocio de la venta de sangre y la prostitución, primero masturbando a pederastas y practicándoles sexo oral y después ya teniendo relaciones cuando el dinero obtenido en su hogar o mendigando no cubría la necesidad de tres pinchazos por día. Después de ser detenida en 1977 por tráfico y consumo de drogas terminó siendo testigo en un juicio contra un cliente pedófilo habitual que pagaba el coito con dosis de heroína, donde captó la atención de los periodistas Kai Hermann y Horst Rieck, quienes durante dos meses realizaron una serie de entrevistas a la chica que derivaron primero en una retahíla de artículos para la revista Stern y luego en un libro símil autobiografía indirecta que cubría la vida de la protagonista entre 1975 y 1978, Christiane F.- Los Niños de la Estación del Zoo (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1979), retrato descarnado de la génesis de la escena pueril drogodependiente europea.
El éxito de ventas del libro despertó la atención del joven productor Bernd Eichinger, quien le encargó el guión a un amigo de sus años como estudiante de cine en Múnich, Herman Weigel, no obstante el director original, Roland Klick, tuvo que ser reemplazado por Uli Edel, otro colega estudiante del productor y el guionista, después de una fuerte pelea entre Eichinger y Klick, panorama que desencadenó una propuesta igualmente cruda y tenebrosa que alcanzó gran popularidad y se convirtió de inmediato en una obra de culto en todo el planeta ya que ponía en primer plano el olvido institucional en sociedades de ese supuesto Primer Mundo, la “minoridad en riesgo” que imitaba los peores comportamientos de los adultos y sobre todo la tendencia del mercado a romantizar cualquier cosa con tal de crear una moda, en este caso las drogas, en el segundo lustro de los 70 aún arrastrando cierto aire del idealismo correspondiente a los 60 y una imagen social petrificada de consumidores de avanzada edad y de izquierda, no estos purretes apolíticos de trasfondo proletario o de clase media baja, como era el caso de Christiane, que no conocían casi nada del mundo real, no tenían contención alguna por parte de sus padres, hacían de la abulia y el comportamiento mimético sus banderas y encima -como casi todos los chicos y chicas- abusaban de una autoconfianza que empeoraba el asunto al creerse capacitados para lidiar con el monstruo de la heroína y el monstruo complementario de la prostitución semi forzada para mantener el hábito y no padecer el lúgubre síndrome de abstinencia; de allí que esta comunidad de preadolescentes adoptase uno de los puntos de mayor confluencia de pasajeros y uno de los centros neurálgicos improvisados de la marginalidad y de la contracultura del Berlín de los años 70, la Estación del Jardín Zoológico, luego de la Segunda Guerra Mundial la única ferroviaria con servicios de larga distancia en la zona occidental de la metrópoli, privilegio que perdería ya entrada la reunificación del país en 1990 a partir de la inauguración en 2006 de la gigantesca Estación Central de Berlín, por cierto la más grande de la Unión Europea. La Felscherinow de carne y hueso jamás se recuperó del todo de la adicción a la heroína, tuvo un hijo en 1996, Jan-Niklas, contrajo hepatitis C por una aguja hipodérmica infectada, editó sus memorias, Mi Segunda Vida (Mein Zweites Leben, 2013), y mutó en una especie de celebridad, llegando a salir con Alexander Hacke, de la banda industrial Einstürzende Neubauten, y a actuar en Decoder (1984), clásico freak de Jürgen Muschalek alias Muscha.
La realización de Edel, como decíamos, no ofrece mucho background de peso en materia del alcoholismo y las palizas del padre, la pasividad individualista de la madre y la soledad patológica de la protagonista, críticas puntuales retrospectivas de la propia Christiane, pero sí funciona como una transposición perfecta en imágenes del grueso de aquel calvario de la mocosa según sus declaraciones para el volumen en primera persona de Hermann y Rieck, interpretada en pantalla por la genial Natja Brunckhorst, quien tendría una mínima carrera cinematográfica -entre diversos trabajos para la TV- de la mano de secundarios en Querelle (1982), de Rainer Werner Fassbinder, y La Princesa y el Guerrero (Der Krieger und die Kaiserin, 2000), opus de Tom Tykwer. Aquí Christiane efectivamente ingresa en el círculo tradicional de los sábados a la noche de Sound diciéndole a su madre (Christiane Lechle), ya divorciada y en pareja con Klaus (Uwe Diderich), que pasa el tiempo con su compañera favorita de escuela, Kessi (Daniela Jaeger), club con un microcine en el que se proyectan clásicos como Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens, 1922), de F.W. Murnau, y La Noche de los Muertos Vivos (Night of the Living Dead, 1968), de George A. Romero. El guión de Weigel, a diferencia de tantas obras semejantes futuras, no demoniza a nadie porque hasta el principal “instigador” de la adicción a la heroína de Christiane, su novio Detlev (Thomas Haustein), es un pobre diablo que en reiteradas oportunidades le advierte del peligro detrás de la droga aunque sin lograr asustarla por esa necesidad de pertenecer a un grupo cohesivo que caracteriza a la infancia y en especial a la adolescencia de los seres humanos en sociedad, de allí que la contradictoria chica pase del LSD y de la condena a la heroína a su eventual uso por miedo a perder al varón, quien ya estaba irremediablemente enganchado y se mostraba con otra ninfa, consolidándose la relación de hecho en el instante en el que ambos comparten la dependencia y el recurso de la prostitución para solventarla. A pesar de un intento de limpieza/ desintoxicación con ansiolíticos y alcohol para controlar en parte el síndrome de abstinencia, e incluso la muerte escalonada de allegados como Atze (Andreas Fuhrmann), Axel (Jens Kuphal) y Babsi (Christiane Reichelt), la amiga callejera crucial de la protagonista, ésta termina robando dinero en su hogar, comienza a trabajar con clientes patéticos sadomasoquistas, le sustraen una dosis en un baño público y se separa de Detlev cuando el muchacho se muda con un homosexual veterano como su amante oficial.
Edel, un director impersonal aunque sutilmente especializado en la polémica dentro de un rango que va desde lo interesante, Última Salida a Brooklyn (Last Exit to Brooklyn, 1989), pasa por lo fallido, Brigadas Rojas (Der Baader Meinhof Komplex, 2008), y termina en lo desastroso, El Cuerpo del Delito (Body of Evidence, 1992), El Pequeño Vampiro (The Little Vampire, 2000) y Los Tiempos te Cambian (Zeiten ändern Dich, 2010), en esta oportunidad utiliza de modo brillante la música de un Bowie que incluso participa gracias a un concierto neoyorquino que muta en germano para el film, el cual transcurre entre 1975 y 1977, por ello los álbumes abarcados son en concreto el segundo y último de la etapa del plastic soul del artista inglés, Station to Station (1976), y la trilogía berlinesa en su conjunto, aquella de Low (1977), Heroes (1977) y Lodger (1979), este último una prototípica “licencia artística” dentro de un repertorio extraordinario que cubre canciones como una Heroes en inglés y otra en alemán, Look Back in Anger, Stay, Sense of Doubt, Warszawa, Boys Keep Swinging, V2 Schneider, TVC15 y Station to Station, varias cocompuestas con Brian Eno. Suerte de pesadilla altisonante o quizás cuento de precaución para la burguesía del Primer Mundo en torno a la lastimosa displicencia paterna y la soberbia y precocidad de los críos, Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981) se mueve con comodidad y astucia entre el documentalismo neorrealista y el exploitation solapado sobre adictos terminales, siempre jugando con los períodos dolorosos de transición entre el LSD y la heroína, entre la curiosidad/ ingenuidad inicial y la compulsión destructiva subsiguiente, entre la virginidad y los celos románticos del comienzo y el pragmatismo desesperado del drogón que recurre a la prostitución, y finalmente entre unas juventud y adultez que quedan reflejas en detalles simbólicos muy importantes como por ejemplo esos zapatos de mujer que reemplazan a las zapatillas de nena justo antes de ingresar a Sound, la decisión de vender los queridos discos de Bowie para mantener el flujo de la droga o las mismas fechas conmemorativas alrededor de la drogodependencia, la del recital del cantante en Berlín y la del cumpleaños número 14 de la muchacha. La fotografía de Jürgen Jürges y Justus Pankau y el guión de Weigel, quien luego escribiría La Historia sin Fin (Die Unendliche Geschichte, 1984), joya de Wolfgang Petersen, no temen meterse con adictos y trabajadores sexuales reales ni sumergirse en la orina, los vómitos y la sangre que la trama reclamaba para apuntalar su cruel autenticidad…
Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, República Federal de Alemania, 1981)
Dirección: Uli Edel. Guión: Herman Weigel. Elenco: Natja Brunckhorst, Thomas Haustein, Uwe Diderich, Andreas Fuhrmann, Daniela Jaeger, Jens Kuphal, Christiane Reichelt, Peggy Bussieck, Lothar Chamski, David Bowie. Producción: Bernd Eichinger, Hans Weth y Bertram Vetter. Duración: 131 minutos.