Cualquier cosa que se pueda escribir o argumentar sobre Dennis Hopper no le hará justicia porque el susodicho fue uno de esos artistas más grandes que la vida misma, un desquiciado irreductible a cualquier intento de comprenderlo al cien por ciento porque su quid superaba con creces el clásico “envase vacío” del oficio actoral: guionista, director, fotógrafo, pintor y escultor, el señor comenzó su carrera como intérprete televisivo para luego saltar al cine mediante dos colaboraciones con su amigo e ídolo James Dean, Rebelde sin Causa (Rebel Without a Cause, 1955), de Nicholas Ray, y Gigante (Giant, 1956), de George Stevens, no obstante su primer protagónico auténtico sería Marea Nocturna (Night Tide, 1961), aquella enigmática película de Curtis Harrington en torno a una sirena asesina que pavimentaría de a poco un largo camino hacia el estrellato esquivando su fama de sujeto iracundo, drogón y ciclotímico extremo, por ello durante buena parte de los años 60 estuvo trabajando para la televisión con excepciones variopintas para la pantalla grande, en sintonía con Los Hijos de Katie Elder (The Sons of Katie Elder, 1965), opus de Henry Hathaway, El Viaje (The Trip, 1967), de Roger Corman, La Leyenda del Indomable (Cool Hand Luke, 1967), de Stuart Rosenberg, La Marca de la Horca (Hang ‘Em High, 1968), de Ted Post, Cabeza (Head, 1968), de Bob Rafelson, y Temple de Acero (True Grit, 1969), otra también de Hathaway. Busco mi Destino (Easy Rider, 1969) fue el verdadero punto de quiebre en la trayectoria de Hopper, un manifiesto hiper exitoso de la contracultura -craneado a la par con Peter Fonda y Terry Southern- que le permitió hacer lo que quisiese y así rápidamente se hundió a sí mismo con La Última Película (The Last Movie, 1971), delirio absoluto autorreferencial filmado en Perú para la Universal Pictures que derivó en desastre comercial y lo llevó a un cuasi ostracismo y a la vuelta a la actuación durante la década del 70 con títulos como Mad Dog Morgan (1976), de Philippe Mora, El Amigo Americano (Der Amerikanische Freund, 1977), joya de Wim Wenders, Los Aprendices de Brujo (Les Apprentis Sorciers, 1977), de Edgardo Cozarinsky, y Apocalypse Now (1979), del imponderable Francis Ford Coppola.
El regreso a la silla del realizador aparece de forma inesperada porque Hopper en un primer momento había sido contratado para simplemente interpretar a Don Barnes, el padre de la protagonista, Cebe alias Cindy Barnes (Linda Manz), en una humilde propuesta canadiense originalmente intitulada sólo Cebe, en esencia un drama inofensivo destinado a las familias menudas acerca de una adolescente muy problemática que es rescatada por su psiquiatra, el Doctor Brean (Raymond Burr), sin embargo el metraje filmado por el director y guionista primigenio, Leonard Yakir, no fue del agrado de los coproductores Gary Jules Jouvenat y Jean Gontier y por ello lo echaron con la intención de bajar la persiana y abandonar el film, situación que condujo al amigo Dennis a presentar la idea de reconfigurar la realización con un nuevo guión y él detrás de cámaras empezando desde cero. A Hopper le llevó apenas un fin de semana readaptar los recursos disponibles en materia del rodaje para volcar todo a lo que él interpretó como una especie de secuela espiritual de Busco mi Destino, por un lado potenciando el desempeño de la talentosa y aguerrida Manz, una muchacha de 19 años que componía a una menor de edad y en simultáneo una actriz fanática del punk en boga por aquellos años de transición hacia el post punk primero y la new wave ochentosa después, y por el otro lado sopesando tácitamente el declive terminal del hippismo a través de lo que podría ser la degradación de su personaje del mega hit de 1969, Billy, y su reemplazo por las adalides del rock -los pasados y contemporáneos- y por la filosofía por antonomasia del movimiento en términos históricos, esa que quedó sintetizada en un legendario verso de My My, Hey Hey (Out of the Blue) (1979), la canción de Neil Young & Crazy Horse que le da el título al film, “es mejor quemarse que desvanecerse”, enfatizando que la supervivencia no está entre los lineamientos ideológicos del género, algo negado enfáticamente por John Lennon, dicho sea de paso, y sí el masoquismo y la urgencia del cachetazo ajeno aunque suicida que busca una llama brillante mientras denuncia la hipocresía social castradora del capitalismo y sus esbirros represores cotidianos que ayudan en la lobotomización masiva.
En Fuera de Control (Out of the Blue, 1980) no sucede demasiado en términos narrativos tradicionales porque el interés de Hopper, el suyo de siempre como cineasta, se condensa en la rusticidad a la vez bucólica y metropolitana y en el desarrollo de personajes desde una perspectiva indie cassavetiana orientada a retratar a las tres criaturas principales: primero tenemos a Cebe, una preadolescente que idolatra a Elvis Presley, duerme con su osito de peluche, toca la batería y la guitarra, todavía se chupa el pulgar derecho y siente una gran afinidad por el punk de fines de los 70 al punto de que adora vestirse como un varoncito, rebelarse contra las figuras de autoridad, pasear con dos amigas por las calles del pequeño pueblo donde viven y disparar consignas por radio como “maten a los hippies”, “subviertan la normalidad”, “la música disco es una mierda”, “el punk es agresión” y “¡anarquía!”, en segundo lugar viene la madre, Kathy (Sharon Farrell), una camarera bastante putona que no terminó el colegio, suele inyectarse heroína y tiene de amante a su jefe en un restaurant algo mustio, Paul (Leon Ericksen), quien le regaló un mini estéreo a Cindy y evidentemente está enamorado de Kathy a pesar de que la hembra se deja toquetear por cualquier macho que forme parte -o haya formado parte- del círculo de amigos de su esposo, y en última instancia está el personaje de Hopper, el citado Barnes, un camionero alcohólico que estuvo involucrado en un accidente de tránsito cuando al descuidarse al volante -y en compañía de su hija, nada menos- chocó contra un ómnibus escolar repleto de purretes, matándolos en su enorme mayoría. Durante la primera mitad del metraje Don está ausente y en la segunda parte es liberado y regresa con su familia, lo que reanuda las peleas con Kathy y lleva a que le rompa la cabeza a golpes y robe a un tal Anderson (David L. Crowley), padre de uno de los mocosos muertos que lo hizo despedir de un trabajo que había conseguido conduciendo una pala mecánica en un basurero. La faena incorpora en el arco narrativo un interesante registro documental de un recital de Pointed Sticks, donde el grupo interpreta Out of Luck y Somebody’s Mom, ambas de 1980, y la nena se sienta en la batería de Ken Montgomery.
Así como el fallecimiento de Presley en 1977 y el de Sid Vicious, de Sex Pistols, en 1979 simbolizan tanto la extinción de dos modelos de vida para la juventud insurrecta como el hedonismo paradigmático del rock, las referencias a bandas canadienses como Powder Blues Band, Pointed Sticks y The Dishrags le aportan un sabor local al punk internacional del período, amén de citas/ chispazos más o menos cruciales de Supertramp, Jim Byrnes, Johnny Rotten/ John Lydon y especialmente Young, el canadiense más globalizado del rock, que enmarcan la melancolía fatalista in crescendo de fondo porque Cebe es siempre testigo del hábito promiscuo y heroinómano de su progenitora y del desvarío, alcoholismo, irresponsabilidad, coqueteos delictivos e insistente inestabilidad psicológica de su padre, panorama que desencadena el mítico desenlace cuando Barnes pretende “curar” el sustrato marimacho de su vástago haciéndola violar por su mejor amigo, Charlie (Don Gordon), con la complicidad de la madre, lo que provoca que Cindy mate al padre clavándole unas tijeras en el cuello y haga lo propio consigo misma y con la camarera cuando hace estallar algo de dinamita, que el varón había sustraído de su trabajo, en los restos abandonados del camión de la masacre pueril. El final, uno de los más recordados de su época, incluye la revelación de un abuso sexual por parte del padre hacia la chica y termina de definir a la verdadera personalidad dominante del hogar, esa Cebe avasallante de Manz, actriz asimismo de Días de Gloria (Days of Heaven, 1978), de Terrence Malick, Los Pandilleros (The Wanderers, 1979), de Philip Kaufman, y The Game (1997), de David Fincher. Fuera de Control fue el último circo hopperiano memorable alrededor de la idiosincrasia estrafalaria yanqui y la farsa institucional, ésta representada en la inoperancia del Doctor Brean cual agente estatal, porque nada de lo dirigido a posteriori por el señor, ni las potables Vigilantes de la Calle (Colors, 1988) y Zona Caliente (The Hot Spot, 1990) ni las horrendas Camino de Retorno (Catchfire, 1990) y Misión Explosiva (Chasers, 1994), alcanzaría el nivel de locura lúcida e iconoclasta de su tercer opus, todo un emblema de ese querido punk terrorista de antaño…
Fuera de Control (Out of the Blue, Canadá, 1980)
Dirección: Dennis Hopper. Guión: Dennis Hopper, Gary Jules Jouvenat, Leonard Yakir y Brenda Nielson. Elenco: Linda Manz, Dennis Hopper, Sharon Farrell, Don Gordon, Raymond Burr, Leon Ericksen, Fiona Brody, David L. Crowley, Joan Hoffman, Carl Nelson. Producción: Gary Jules Jouvenat, Jean Gontier y Leonard Yakir. Duración: 96 minutos.