Volviéndose Rojo (Turning Red)

La bestia exótica interior

Por Emiliano Fernández

La nueva película de Pixar, Volviéndose Rojo (Turning Red, 2022), dirigida y escrita por Domee Shi, en esencia respeta la misma línea de la obra anterior del estudio, Luca (2021), de Enrico Casarosa, ambos trabajos correctos y no mucho más que entregan una suerte de legitimización -a través de la figura de los directores, nada menos- del latiguillo repetido de Hollywood y la industria del entretenimiento en general de las últimas décadas, eso de la vampirización cultural debido a la falta de ideas, el gran cinismo del público posmoderno y la opción marketinera facilista de seguir vendiendo exactamente las mismas premisas de siempre aunque en un contexto exótico. Mientras que antes teníamos una historia centrada en un pueblo costero de Italia durante los años 50 y un monstruo marino adorable que se transformaba en niño cuando estaba en tierra, planteo de ribetes autobiográficos para un Casarosa que de hecho es un italiano que se mudó a yanquilandia en su segunda década de vida, ahora nos topamos con una mocosa canadiense de ascendencia china que junto a su familia administra un templo en los comienzos del nuevo milenio y sufre una metamorfosis en un panda rojo cada vez que se emociona de más, esquema vinculado estrechamente a una Shi que nació en China y emigró con su familia a Toronto, donde concretamente transcurre la historia de su film, y hasta se molestó en aclarar que la relación con su padre, un profesor universitario de bellas artes y pintor de paisajes, siempre fue mucho mejor que su homóloga con su madre, una mujer fría que en pantalla muta en la villana al oponerse al álter ego de la realizadora, Meilin (Rosalie Chiang), la alegre señorita de 13 años de turno.

 

Parte de un grupo de cuatro amigas junto al marimacho Miriam (Ava Morse), la ceilandesa adusta Priya (Maitreyi Ramakrishnan) y la coreana siempre exasperada Abby (Hyein Park), Meilin alias “Mei-Mei” vive en un hogar matriarcal controlado por Ming (Sandra Oh), la sobreprotectora y demencial progenitora de la chica, porque su apático padre, Jin (Orion Lee), está algo mucho desdibujado. Luego de que la madre la ponga en vergüenza ante un empleado adolescente de una tienda que despierta el amor de la niña, Devon (Addison Chandler), considerando que el púber se propasó con Meilin cuando realmente ni siquiera la conoce, la protagonista experimenta su primera transformación en panda y su clan pronto malinterpreta el asunto confundiéndolo con la aparición de su primer período, lo que deriva en la eventual explicación de que todo se debe a un poder que se remonta a Sun Yee, lejano antepasado de la parentela y mujer que pidió a los Dioses la capacidad de transformarse en panda rojo para enfrentarse contra quienes amenazaban a sus seres queridos en tiempos de guerra, destreza que heredaron todas las féminas de la familia y que eclosiona una vez que llegan a una cuasi adultez. Ming pretende someter a Meilin a una ceremonia para eliminar la presencia del animal cual bestia interior aunque la chica le va tomando el gusto al poder porque le sirve para recaudar dinero mediante la curiosidad de sus compañeros de colegio con vistas a ir al concierto -en compañía de sus amigas/ cómplices- de 4*Town, una boy band berretona de la época en sintonía con Backstreet Boys y NSYNC, clones a su vez de grupos anteriores como New Kids on the Block o aquellos The Jackson 5 y The Osmonds.

 

Shi no se anda con muchas metáforas en su incorrección política leve, si pensamos que esto es una faena mainstream de alcance planetario y orientada en primera instancia al público pueril y adolescente, y ello se nota al situar en primer plano la alegoría de la menstruación vía este panda rojo algo antojadizo aunque predecible, a lo que se suma una ponderación sin culpa de los cánones de belleza tradicional porque las cuatro púberes están diseñadas a nivel estético como el equivalente a cuatro mujeres feas que no sólo no problematizan o fetichizan el asunto -o celebran la apariencia “alternativa” o “no hegemónica” o pavadas semejantes- sino que aceptan de inmediato al monstruo de Mei-Mei e idolatran a varones que se sitúan en otra liga de este campo de la belleza o falta de ella, como el anodino Devon o los miembros artificiales de 4*Town, detalle que implica que las niñas reproducen sin chistar la conducta típica de los machos en eso de ningunear a las hembras horribles e ir siempre detrás de lo más atractivo posible. Este gesto antihipocresía se agradece porque una cosa es la praxis social real y otra los discursos aburridos y lelos de la corrección política de hoy en día, no obstante la película en sí es por momentos demasiado rutinaria y una vez que revela su premisa principal en la segunda mitad, la misión de recaudar dinero para comprar cuatro entradas de 200 dólares cada una para un recital en Toronto de la boy band, el film termina de posicionarse como una cruza pobre entre coming of age o relato de iniciación en la adultez, comedia ochentosa de body swap/ intercambio de cuerpos, drama familiar con trasfondo desfasado de estudiantina y hasta odisea surrealista o mágica a lo Studio Ghibli.

 

Lejos del nivel de los trabajos de su mentor Pete Docter, como por ejemplo las estupendas Soul (2020), Intensa Mente (Inside Out, 2015), Up (2009) y Monsters, Inc. (2001), Shi, una especialista en el terreno del storyboard que aquí debuta en el largometraje después de un corto bastante interesante, Bao (2018), proyectado en cines justo antes de Los Increíbles 2 (Incredibles 2, 2018), de Brad Bird, logra reflexionar con lucidez sobre temáticas como la amistad, la sexualidad femenina, la sobreestimulación de la posmodernidad, las dificultades hormonales en la pubertad, el dolor y frustraciones de ser adulto, la lucha psicológica eterna entre conservadurismo y rebeldía, la sobreprotección materna, el respeto a los antepasados, la importancia de la diversidad cultural, toda esa distancia entre diferentes generaciones, la posición contradictoria -en parte represiva, en parte benefactora- de las figuras de autoridad intra parentela, como Ming o la madre de ésta Wu (Wai Ching Ho), la abuela de Mei-Mei, y finalmente la dinámica habitual de los inmigrantes y de su cultura en una tierra foránea convertida en “segunda casa”, debiendo adaptarse a los usos y costumbres autóctonos pero también encerrándose en esa isla de lo primigenio que no debe jamás desaparecer del todo para no perder la identidad y las enseñanzas de aquellos que nos precedieron en la vida. La animación y el desarrollo dramático, como siempre en Pixar, están muy bien porque los tonos pasteles son avasallantes y el relato resulta ágil, no obstante la película es un trabajo semi fallido como lo fueran las citadas Luca y Los Increíbles 2 o Onward (2020), de Dan Scanlon, y Toy Story 4 (2019), opus de Josh Cooley, ya que no ofrece nada nuevo porque estas criaturas peludas parecen recicladas de Monsters, Inc. y las canciones de 4*Town, compuestas por Billie Eilish y su hermano Finneas O’Connell, son reproducciones literales de aquellas de Take That, Boyzone, Westlife o cualquier otra boy band de probeta craneada por las compañías discográficas o por algún productor con ansias de titiritero o dispuesto a imitar lo hecho por el enorme Phil Spector en los años 60 con The Ronettes y The Crystals, clásicos absolutos de los girl groups. Quizás lo mejor de Volviéndose Rojo sea su intención de fondo de sexualizar a las mujeres jóvenes en términos sinceros, sin la payasada clásica para descerebrados del mainstream y evitando asimismo la misandria patética y automática del feminazismo contemporáneo de concha seca y muchos sermones ya que en el metraje incluso se reconoce que el peor enemigo de las hembras son las propias hembras, en esta oportunidad una madre que sobreexige a su hija desde la mentalidad del cuentapropismo capitalista del Primer Mundo que consagra al dinero por encima de absolutamente todo…

 

Volviéndose Rojo (Turning Red, Estados Unidos, 2022)

Dirección: Domee Shi. Guión: Domee Shi y Julia Cho. Elenco: Rosalie Chiang, Sandra Oh, Ava Morse, Hyein Park, Maitreyi Ramakrishnan, Orion Lee, Wai Ching Ho, Tristan Allerick Chen, Lori Tan Chinn, Mia Tagano. Producción: Lindsey Collins. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 6