La temática de los ladrones y asesinos en serie que buscan a sus víctimas entre las clásicas columnas de “corazones solitarios” de los periódicos de antaño ha nutrido al cine desde sus comienzos y ejemplos hay unos cuantos y se dividen en dos categorías, los exponentes que utilizan al tópico sin basarse en ningún caso real en particular, en sintonía con Trampas (Pièges, 1939), de Robert Siodmak, Acechada (Lured, 1947), de Douglas Sirk, y Prohibida Obsesión (Sea of Love, 1989), de Harold Becker, y las realizaciones que adaptan episodios verídicos con las infaltables “licencias artísticas” del caso, pensemos en obras maestras de la talla de La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton, basada en la figura de Harry Powers, y Monsieur Verdoux (1947), opus de Charles Chaplin inspirado en el tremendo Henri Désiré Landru, célebre estafador y homicida francés que robó y asesinó a muchísimas viudas sobre todo durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, episodio que asimismo llevó a Claude Chabrol a cranear su versión de los hechos, Landru (1963), propuesta correcta aunque visiblemente inferior con respecto a la exégesis de Chaplin. Ahora bien, sin duda el caso más trabajado por el cine y la televisión desde mediados del Siglo XX en adelante es el de Raymond Fernández y Martha Beck, una dupla romántica y criminal que se convirtió luego de su muerte, ambos ejecutados en 1951 en la prisión neoyorquina de Sing Sing, en núcleo de múltiples especiales de TV, capítulos varios de series y la friolera de cinco películas, dos en verdad excelentes, Los Asesinos de la Luna de Miel (The Honeymoon Killers, 1970), aquella obra maestra visceral de Leonard Kastle, y Profundo Carmesí (1996), gran joya de Arturo Ripstein, dos apenas potables aunque sin llegar a defraudar del todo, Amores Asesinos (Lonely Hearts, 2006), de Todd Robinson, y Alléluia (2014), del belga Fabrice du Welz, y la faena restante dejando mucho que desear, Corazones Solitarios (Lonely Hearts, 1991), film hoy completamente olvidado de Andrew Lane. Los Asesinos de la Luna de Miel es un clásico absoluto del acervo independiente norteamericano y un modelo por antonomasia de cómo la improvisación y la osadía a veces dan sus frutos porque fue el único film de su productor, Warren Steibel, quien consiguió el financiamiento de un amigo adinerado, Leon Levy, y el único opus del director y guionista, Kastle, quien reemplazó a Donald Volkman y nada menos que Martin Scorsese, el cual fue echado a una semana de comenzado el rodaje por su lentitud y sólo filmar tomas maestras.
Raymond Martínez Fernández fue un norteamericano de ascendencia española que nació en Hawái y que vivió gran parte de su juventud en España hasta la Segunda Guerra Mundial, durante la cual sirvió en la Marina Mercante del país ibérico y en la inteligencia británica. A pesar de estar casado en Europa con una tal Encarnación Robles y tener cuatro hijos, el hombre abandona a su familia y en un barco con destino a yanquilandia una compuerta de acero se le cae encima, fracturándole el cráneo y lesionando su lóbulo frontal, lo que se supone colaboró en sus andanzas psicopáticas futuras al igual que su delirio alrededor de la magia negra y el vudú, intereses que le contagió un compañero de celda durante un tiempo en la cárcel debido a un insólito robo de ropa. Eventualmente comienza a escribirle cartas a viudas y solteras varias que buscan pareja a través de los clasificados de los diarios y los diversos clubs y servicios de citas de la década del 40, ecosistema epistolar curioso en el que conoce a Martha Jule Seabrook, una enfermera obesa que había nacido en Milton, en el Estado de Florida, y que tenía una muy mala relación con su parentela porque decía haber sido violada por su hermano y agredida por su madre cuando le contó acerca del suceso. Muy promiscua, incapaz de conservar un trabajo y amante fanática de las novelas rosas y el Hollywood de cadencia romántica naif, la mujer se desempeñó como asistente en funerarias y hospitales y parió a una hija de padre desconocido y después a un vástago de un chófer de ómnibus, Alfred Beck, con quien se casó y se divorció a los seis meses. Desde el principio Martha demostró devoción por el gigoló y no tuvo demasiados problemas en abandonar a sus hijos en el Ejército de Salvación y acompañar a Raymond en todo su periplo amoroso parasitario haciéndose pasar por su hermana, lo que enmascaraba una situación de ansiedad permanente porque ella era muy celosa y explotaba en furia cuando Fernández tenía sexo con alguna de las víctimas, esas que se cree que llegaron a unas 20 en total entre 1947 y 1949 aunque en términos legales sólo fueron tres, primero una mujer de 66 años, Janet Fay, a la que Martha descubrió en la cama con el varón y por ello le reventó la cabeza con un martillo para a posteriori pasarle la posta a un Fernández que la estranguló, y segundo una viuda de 28, Delphine Downing, y su hija de dos años, ambas muriendo por sus sospechas y llantos, la nena ahogada en un piletón y su madre de un disparo en el cráneo, siendo los vecinos quienes avisaron a la policía de las desapariciones y de los movimientos en la casa.
La película sigue con fidelidad a nivel general el caso pero cambia elementos cruciales para lavar un poco a escala identitaria a los protagonistas y reforzar el costado de tragedia griega o melodrama perverso de su derrotero, por ello aquí no es la propia Beck (Shirley Stoler) la que se suscribe a un club de corazones solitarios, tarea tercerizada en su amiga y vecina Bunny (Doris Roberts), y por cierto no abandona a sus dos hijos -en pantalla inexistentes- sino a su progenitora senil e hiper dependiente de ella, la Señora Beck (Dortha Duckworth), quien va a parar a un asilo cuando su hija conoce a Fernández y se enamora locamente al punto de fingir un suicidio para que la acepte en Nueva York, hacia donde viaja desde su residencia en Mobile, Alabama, y de aceptar su “trabajo” cotidiano de desvalijar a señoras y señoritas pidiéndoles préstamos, hurtándoles dinero y joyas y/ o haciéndolas renunciar a ahorros, propiedades y demás objetos de valor. El guión de Kastle, un amigo y compañero de cuarto del productor Steibel, incorpora con inteligencia un asesinato introductorio antes de pasar a las ligas mayores de Fay (Mary Jane Higby), Downing (Kip McArdle) y la hija de esta última, Rainelle (Mary Breen), hablamos de Myrtle Young (Marilyn Chris), una embarazada muy ingenua que se gana una sobredosis de somníferos por querer intimar con insistencia con Raymond y así muere en soledad en un ómnibus cualquiera, amén del robo vergonzoso a Doris Acker (Ann Harris), a la cual le sacan unas sortijas y dos mil dólares, y el episodio patético con Evelyn Long (Barbara Cason), burguesa melómana que descubre que los hermanos no lo son cuando el varón pretende tener sexo con su futura esposa y ello provoca un intento real de suicidio por parte de Beck en un lago. Las escenas vinculadas a Fay y sobre todo su homicidio, a raíz de unos diez mil dólares en cheques que le birlan a la veterana con la excusa de ayudarla a abrir una boutique en Nueva York orientada a la venta de sombreros, ejemplifican de maravillas el tono realista aunque grotesco del film y su quid underground de impronta iconoclasta y vanguardista, secuencias que pasan de retratar el carácter adorable de la viejita y su gusto bastante cuestionable en materia de la confección de sombreros a pintarla cada vez más como una criatura tacaña, controladora y paranoica que se merece el engaño aunque no su óbito, de allí que la hipérbole domine el relato -sin llegar al vicio posmoderno de la comedia negra, facilismo cansador del cine actual- porque la crueldad de estos verdugos y amantes es indudable al igual que su firmeza y sangre fría.
Más allá del detalle de que quizás el mayor punto de discrepancia en sí entre la realidad y la trama sea el desenlace, ya que en la película es Martha quien llama a las autoridades -y no los típicos metiches del montón- después de matar a Downing y su hija al descubrir que la hembra estaba preñada, algo que fue anticipado por los diálogos mediante una frase de ella a él, “te prefiero en la cárcel que haciéndole el amor a otra mujer”, Los Asesinos de la Luna de Miel se caracteriza por su pulcritud verídica y una extraordinaria fotografía en blanco y negro de bajo presupuesto del cuasi debutante Oliver Wood, marco visual muy crudo símil cinéma vérité y documental de influjo observacional que se contrapone a esta concepción del amor voluptuoso, ciego o incondicional que recorre a la propuesta de principio a fin, sustrato retórico que se condice no sólo con la obesidad de Beck o con los clichés de “latin lover” de Fernández sino con la vulnerabilidad del desenfreno libidinoso atávico que lleva a cada una de las mujeres a caer en las redes de la mentira de nuestro dúo delictivo, por ello la película por un lado se burla del cariño folletinesco construido por la industria cultural -y de nociones asociadas como el sueño americano o el capitalismo con rostro humano- y por el otro lado desromantiza a la violencia para acercarla a su semblante mugroso y caótico de la praxis mundana social, ésta siempre caníbal y al mismo tiempo bastante cándida justo como la idiosincrasia bipartita/ paradójica de los protagonistas, capaces de los crímenes más brutales y de un amor mutuo sincero que no impide que ella siga atrapada por los celos y él se sienta atraído hacia otras féminas. La moralina conservadora e hipócrita de la época también se filtra vía el despido de ella, expulsada del hospital por el affaire con Raymond, y este hábito comunitario de la “hermana” acompañando al macho en celo antes y después del casamiento, desvarío absoluto a lo dama de compañía o garante ridículo de las “buenas costumbres”, panorama que agrega morbo al convite y deja todo servido para las gloriosas actuaciones de Stoler, quien luego sería la mítica comandante del campo de concentración nazi de Pascualino Siete Bellezas (Pasqualino Settebellezze, 1975), de Lina Wertmüller, y Lo Bianco, partícipe en Contacto en Francia (The French Connection, 1971), de William Friedkin, El Escuadrón Implacable (The Seven-Ups, 1973), de Philip D’Antoni, y Dios me lo Ordenó (God Told Me To, 1976), del genial Larry Cohen, dos intérpretes que aquí hacen maravillas en la comarca de la desnudez expresiva y la intimidad más calamitosa y freak…
Los Asesinos de la Luna de Miel (The Honeymoon Killers, Estados Unidos, 1970)
Dirección y Guión: Leonard Kastle. Elenco: Tony Lo Bianco, Shirley Stoler, Mary Jane Higby, Doris Roberts, Kip McArdle, Marilyn Chris, Dortha Duckworth, Barbara Cason, Ann Harris, Mary Breen. Producción: Warren Steibel. Duración: 108 minutos.