A Juegos de Guerra (WarGames, 1983), de John Badham, le tocó un doble privilegio en términos de la historia del séptimo arte, por un lado y a simple vista cerró el ciclo de la paranoia en lo más alto de las cúpulas dirigentes yanquis y sus infames “salas de guerra” en lo referido al enfrentamiento -ya bastante devaluado y autoparódico para la década del 80- con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, temática muy específica que nació con Dr. Insólito o Cómo Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), de Stanley Kubrick, y Límite de Seguridad (Fail Safe, 1964), de Sidney Lumet, porque películas especulativas sobre los efectos de la radiación en una hipotética refriega nuclear existen muchas pero no tantas que fetichicen y se burlen del marco prosaico de la toma de decisiones a un nivel tan alto, y por el otro lado la odisea que nos ocupa fue realmente la primera representación mainstream del hacking desde una perspectiva moderna realista y una de las primeras del ecosistema computacional, la “inteligencia artificial”, la virtualidad de los videojuegos, la Internet más primitiva, las manifestaciones sociales de tecnofobia y tecnofilia e incluso la psicopatía digital futura de aquellos que no distinguen entre la ficción autocontenida de los ordenadores y esa praxis mundana de todos los mortales de carne y hueso que sí padecen angustia, sufrimiento y privaciones de variada índole; en este sentido pensemos no sólo en el trayecto cinematográfico/ histórico/ ideológico en materia de las máquinas inteligentes asesinas que va desde las hermosas bizarreadas de La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977), de Donald Cammell, hasta el realismo freak y algo descabellado de The Terminator (1984), de James Cameron, sino también en la evolución de los hackers hacia la hipérbole orwelliana extrema de The Matrix (1999), del dúo de Larry y Andy Wachowski, para luego replegarse en el esplendoroso sustrato verídico de Blackhat (2015), opus de Michael Mann, algo que asimismo abarca el ámbito ultra esquizofrénico de los videojuegos y la virtualidad omnipresente de obras variopintas que van desde Tron (1982), de Steven Lisberger, y El Hombre del Jardín (The Lawnmower Man, 1992), de Brett Leonard, hasta eXistenZ (1999), de David Cronenberg, y Ready Player One (2018), del siempre inquieto Steven Spielberg.
En medio de todas estas idas y vueltas conceptuales y retóricas Juegos de Guerra continúa posicionándose -dentro de la parafernalia habitual hollywoodense, por supuesto- como una de las propuestas más sensatas y con los pies más pegados a la tierra, enorme mérito que está vinculado a dos características de siempre del cine de Badham, la primera propia de la época, el reaganismo, y la segunda ya más atemporal, atravesando las décadas: en primer lugar la película forma parte de un ciclo de tres realizaciones del cineasta norteamericano nacido en el Reino Unido centrado en el armamentismo tecnológico de los 80, hablamos de la trilogía compuesta por Juegos de Guerra, acerca de una inteligencia artificial llamada informalmente Joshua que por poco desencadena la Tercera Guerra Mundial, Blue Thunder (1983), sobre un modelo experimental de helicóptero utilizado para vigilancia y represión, y Cortocircuito (Short Circuit, 1986), acerca de un robot de uso militar que es golpeado por un rayo y así se transforma en un ser sensible, y en segunda instancia el convite se enmarca en otra trilogía, la de los estudios del realizador sobre subculturas como la presente de los hackers, recordemos para el caso aquellos rituales de promiscuidad, pandillas y bailes de la escena disco setentosa de Fiebre de Sábado por la Noche (Saturday Night Fever, 1977) y todo aquel entorno francamente ridículo de los paracaidistas de Zona Mortal (Drop Zone, 1994), de allí que Juegos de Guerra se ubique en un estrato intermedio entre el tono seco y pesimista de Blue Thunder y Fiebre de Sábado por la Noche y el delirio pomposo aunque disfrutable del trajín más industrial de Cortocircuito y Zona Mortal, la primera todo un clásico del rubro familiar que sería retomado por Wall-e (2008), joya de Andrew Stanton. Resulta muy importante entender quién fue Badham, un artesano de formación televisiva que se abrió camino hasta convertirse en uno de los directores más rentables y requeridos de su tiempo al punto de que su retiro del cine a fines de los 90 -para pasarse/ regresar ya definitivamente a la televisión- se condice con el fracaso en taquilla de Tiempo Límite (Nick of Time, 1995), una de las primeras aventuras estructuradas en “tiempo real”, e Incognito (1997), una de las primeras en centrarse en el arte de la falsificación pictórica, rodando en el medio una catarata de buddy movies de acción con ingredientes cómicos y criminales.
Más allá de rarezas como Drácula (1979), elegante e hiper romántica versión de la novela de 1897 de Bram Stoker, Al Fin y al Cabo es mi Vida (Whose Life Is It Anyway?, 1981), clásico de culto de la comedia dramática con una gran actuación de Richard Dreyfuss, y La Asesina (Point of No Return, 1993), una remake norteamericana apenas correcta de Nikita (1990), de Luc Besson, el grueso de la carrera de Badham se concentra, como decíamos, en exploraciones de cadencia respetuosa sobre subculturas y faenas estrambóticas de acción de impronta deliciosamente machista y lunática, casi todas epopeyas en las que el susodicho se luce a escala del manejo del suspenso, el timing humorístico o irónico y las muchas escenas de acción, justo como ocurre aquí. El guión de Lawrence Lasker y Walter F. Parkes, éste último a posteriori uno de los productores más importantes de Hollywood por su asociación con Spielberg en DreamWorks, gira alrededor de David Lightman (Matthew Broderick), un estudiante secundario, fanático de los arcades y hacker vocacional que está muy interesado en una bella compañera de colegio, Jennifer Mack (Ally Sheedy), y que pretendiendo entrar en la computadora de una empresa llamada Protovisión, la cual está por lanzar al mercado un videojuego para la plaza hogareña, termina entablando contacto con el ordenador del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial, un aparatejo enorme llamado Respuesta del Plan de Operación de Guerra que fue creado por un tal Stephen Falken (John Wood) y que controla el lanzamiento de misiles nucleares luego de una disputa entre el triunfante John McKittrick (Dabney Coleman), otrora discípulo del tecnofóbico Falken que pretende automatizar el asunto, y el General Jack Beringer (Barry Corbin), quien abogaba por dejar a seres humanos controlando las ojivas. Consiguiendo la clave para entrar al sistema, Joshua, nombre del vástago de Stephen fallecido en un accidente automovilístico, y creyendo que inicia una sesión lúdica, David juega con la inteligencia artificial a la Guerra Termonuclear Global y así desencadena una simulación que pasa a la realidad porque la maldita máquina -al igual que muchos bípedos imbéciles del presente del entorno de las redes sociales y la web en general- no distingue entre la fantasía del acervo digital y una objetividad en la que toda la humanidad podría morir debido a que se multiplican las alarmas de ataques falaces.
En su condición de thriller tecnológico posmoderno con un diseño de producción magistral de Angelo P. Graham y un excelso desempeño en fotografía y música de William A. Fraker y Arthur B. Rubinstein, respectivamente, Juegos de Guerra no sólo ilustra de manera clara, sencilla y muy didáctica el archiconocido escenario de la Guerra Fría y de un holocausto atómico que continúa conservando vigencia como lo demuestra la invasión de Ucrania por parte de Rusia del 2022, léase ese tremendo “juego de suma cero” o equilibrio del terror o destrucción mutua asegurada o guerra nuclear total o disuasión apocalíptica canalizada en el surgimiento de conflictos bélicos menores, subsidiarios o quizás colaterales de naturaleza experimental, sino que además retrata con sumo detallismo el período de transición entre la dictadura de los estadistas, burócratas y estrategas, principales ejes del poder público en todo el globo hasta mediados del Siglo XX, y la autocracia de los tecnócratas que controlan el destino del planeta desde los años 60 y 70 gracias a un cientificismo deshumanizado que cosifica a la flora y la fauna y todo lo ve y juzga desde una razón instrumental capitalista metamorfoseada en “sentido común” del vulgo, de allí que el film comience precisamente con la toma de control de la súper computadora de la tríada nuclear de los silos terrestres, los submarinos y los bombarderos, amén de un armamento satelital que nunca terminó de utilizarse del todo. Badham combina a la perfección la faceta coming-of-age del relato, hoy apuntalada en la química entre los prodigiosos Broderick y Sheedy y en la relación entre el púber y los burgueses idiotas de sus padres (William Bogert y Susan Davis), y todo este discurso camuflado de fondo sobre la falibilidad de los crueles y soberbios tecnócratas y el sustrato frágil y bastante patético a la larga de la tecnología y la técnica, incluso enfatizando que siempre resulta más digno volcar a la eventual tecnofilia hacia lo contracultural, como hace el protagonista con su ordenador y sus truquillos a lo MacGyver (1985-1992), que quedarse en lo recreativo bobo o venderse a corporaciones, el gobierno, el aparato castrense o cualquier otra mafia plutocrática y fascista. El final, ese de la máquina comprendiendo la futilidad del empate perpetuo mediante el tres en línea/ tatetí, constituye uno de los grandes aciertos de un Hollywood cauto que puede ser pacifista y humanista cuando así lo desea…
Juegos de Guerra (WarGames, Estados Unidos, 1983)
Dirección: John Badham. Guión: Lawrence Lasker y Walter F. Parkes. Elenco: Matthew Broderick, Dabney Coleman, John Wood, Ally Sheedy, Barry Corbin, Juanin Clay, Kent Williams, Dennis Lipscomb, William Bogert, Susan Davis. Producción: Harold Schneider. Duración: 113 minutos.