Schock

Marido reencarnado vale por dos

Por Emiliano Fernández

Casi todos los admiradores de Mario Bava -aquellos que saben de lo que están hablando- no tenemos una muy buena opinión de su hijo, Lamberto Bava, un gran incompetente como lo demuestran sus primeras y más populares faenas como director, Macabro (1980) y La Casa con la Escalera en la Oscuridad (La Casa con la Scala nel Buio, 1983), y el hecho de que lo mejor de su carrera se reduzca a la apenas simpática Demonios (Dèmoni, 1985) y su secuela del año siguiente, en esencia porque el vástago estuvo muy involucrado en eso de destrozar los dos anteúltimos proyectos de la carrera del maestro del horror, hablamos de la edición de Lisa y el Diablo (Lisa e il Diavolo, 1973), la cual a instancias del productor del film, Alfredo Leone, mutaría en un exploitation lamentable de El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, intitulado La Casa del Exorcismo (The House of Exorcism, 1975), y de Perros Rabiosos (Cani Arrabbiati, 1974), realización que quedaría inconclusa, faltando la secuencia de créditos, la banda sonora y el doblaje de todos los actores, debido a que el productor, Roberto Loyola, se quedó sin dinero cuando el rodaje principal ya estaba completo y sólo restaba la postproducción, así la película finalmente apareció en 1995 en el circuito internacional de festivales y después en el mercado del cine hogareño hasta que Lamberto y el nieto de Mario, Roy Bava, sabotearon la circulación del film y montaron su propia versión bajo el poco imaginativo título de Secuestrados (Kidnapped), efectivamente la peor reinterpretación de las muchas de Perros Rabiosos por el volumen y la torpeza de los inserts filmados en 2001. En medio de este calamitoso panorama no es de extrañar que la última obra del genio ya en términos concretos antes de fallecer en 1980 de un ataque al corazón a sus 65 años de edad, Schock (1977), resulte algo decepcionante porque, de hecho, está codirigida por Lamberto, quien colaboró rodando algunas secuencias sin especificar.

 

La propuesta que nos ocupa funciona como un intento bastante digno de “modernizar” la arquitectura gótica paradigmática del cine de Bava, no sólo recuperando sus tres pivotes conceptuales primordiales, nos referimos a la dialéctica fantasmal, las posesiones y una revancha que anida en un pasado siempre ominoso y/ o negado, sino también retomando elementos específicos de la primera camada del terror industrial de destino planetario y santificado por el todopoderoso marketing hollywoodense, aquel de la citada El Exorcista y La Profecía (The Omen, 1976), opus de Richard Donner, pensemos en motivos como lo espantoso sobrenatural, la familia modelo en proceso de descomposición, la minoridad en riesgo, el acecho inquietante, los arcanos que se resisten a morir o ser olvidados, el tufillo insistente de las maldiciones, la incredulidad de un entorno social cientificista, la angustia de raigambre hogareña, cierto trasfondo etéreo o cuasi surrealista, la costumbre de siempre de reventar a quien se pone en el camino, el sustrato lúdico y no meramente sádico de la maldad y por supuesto el infaltable “nene psicópata” que oculta oscuros designios bajo su apariencia de ingenuidad o esa sutil picardía. El guión de Dardano Sacchetti y Gianfranco Barberi, basado a lo lejos en la novela El Invitado de la Sombra (The Shadow Guest, 1971), de Hillary Waugh, y reescrito por Lamberto y Alessandro Parenzo, gira alrededor de Dora Baldini (Daria Nicolodi), una ama de casa casada en segundas nupcias con el workaholic y piloto comercial Bruno Baldini (John Steiner) y madre del pequeño Marco (David Colin Jr.), niño de siete años engendrado con Carlo (Nicola Salerno), heroinómano inmundo que la obligaba a drogarse con él y la llevó a la depresión y la ansiedad hasta que su aparente suicidio en el mar, hace ya siete largos años, condujo a la fémina a electrochoques y una internación en un neuropsiquiátrico al cuidado del Doctor Aldo Spidini (Ivan Rassimov).

 

Sirviéndose de la amnesia de Dora en materia de su pasado traumático con Carlo, todo en función de la tenebrosa terapia electroconvulsiva, y de la mudanza reciente a la casona que la protagonista supo compartir con su primer marido, lo que despierta recuerdos suprimidos tanto como el ansía de desquite del finado desde detrás de uno de los muros del sótano a lo El Gato Negro (The Black Cat, 1843), de Edgar Allan Poe, la película se mete seriamente con el tabú del incesto mediante el hostigamiento escalonado de Marco hacia su madre, planteo retórico insólito para nuestros días de corrección política y cobardía de todo tipo aunque común para la década del 70 porque aquí se pasa sin demasiados preámbulos de un hipotético Complejo de Edipo a la posesión explícita del purrete por ese Carlo putrefacto y fantasmal, lo que lleva al niño metamorfoseado en el progenitor a apagarle la luz de la casa a la madre por la noche para que se caiga, a dejarle una hoja de afeitar en el teclado del piano, a tocarla en la cama mientras duerme, a mostrarse siempre celoso de Bruno, a decirle a Dora que debería matarla, a espiarla mientras toma una ducha, a robarle prendas íntimas, a romperle un retrato fotográfico con el nuevo macho, a dejarle un rastrillo en el jardín para que se tropiece con él, a cortar la correa de una persiana bien pesada con vistas a que la aplaste, a mandarle unas flores y firmar como Carlo y en general a mentir y asustarla con suma devoción. Obviando el trasfondo rutinario de la obra y los clichés del terror de acoso doméstico posterior a El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, en esta oportunidad la mano astuta de Bava se hace evidente en algunas tomas en verdad magníficas, el manejo de la tensión del relato y en especial aquella secuencia de la trincheta voladora símil Poltergeist (1982), de Tobe Hooper, y los flashbacks basados en el esperable asesinato de Carlo por parte de una Dora ya muy cansada y lunática que le corta el cuello.

 

En este sentido conviene resaltar el prodigioso y efervescente desempeño de Nicolodi, una de las grandes reinas del ecosistema del horror europeo que lamentablemente es muy poco reconocida por esa repugnante globalización de nuestros días que resintoniza el gusto de todo el mundo hacia los cánones anglófilos hollywoodenses, una actriz que fue pareja de Dario Argento entre 1974 y 1985 en una relación tumultuosa por el egocentrismo de Dario y su falta de reconocimiento en lo que atañe a los aportes de la mujer en los guiones de las odiseas que hicieron juntos, nada menos que las fundamentales Rojo Profundo (Profondo Rosso, 1975), Suspiria (1977), Inferno (1980), Tinieblas (Tenebre, 1982), Phenomena (1985), Terror en la Ópera (Opera, 1987) y La Madre de las Lágrimas (La Terza Madre, 2007), amén de participaciones en faenas de otros cineastas como El Asalto Final (Uomini Contro, 1970), de Francesco Rosi, La Propiedad ya no es un Hurto (La Proprietà non è più un Furto, 1973), de Elio Petri, Maccheroni (1985), de Ettore Scola, La Secta (La Setta, 1991), joya de Michele Soavi, y Diva Escarlata (Scarlet Diva, 2000), de su hija con Dario, Asia Argento. Schock, que por cierto seguiría la estela de los problemas y detalles bizarros de distribución de prácticamente toda la filmografía de Bava ya que sería estrenada en el mercado yanqui -el más importante del planeta- bajo el título de Más Allá de la Puerta II/ Beyond the Door II como si fuese una secuela de Más Allá de la Puerta/ Beyond the Door (Chi Sei?, 1974), bodriazo de Ovidio G. Assonitis y Roberto D’Ettorre Piazzoli en el que también trabajada David Colin Jr., un actor infantil bastante mediocre, es un convite muy complementario dentro de la carrera del maestro italiano aunque todavía interesante gracias a su amalgama entre el cine gótico, el surrealismo, las perversiones familiares y mucha “actividad paranormal” que para su época fue inusualmente agresiva y despampanante…

 

Schock (Italia, 1977)

Dirección: Mario Bava. Guión: Lamberto Bava, Gianfranco Barberi, Alessandro Parenzo y Dardano Sacchetti. Elenco: Daria Nicolodi, John Steiner, David Colin Jr., Ivan Rassimov, Lamberto Bava, Paul Costello, Nicola Salerno. Producción: Turi Vasile. Duración: 93 minutos.

Puntaje: 7