La Escopeta Nacional

Ministros y administrados

Por Emiliano Fernández

Honestamente resulta casi imposible encontrar joyas ocultas o películas no valoradas como se debe dentro de la profusa carrera de Luis García Berlanga, quizás el mejor director -junto con Luis Buñuel, por supuesto- que parió España, ya que el señor fue en extremo desparejo a nivel cualitativo a lo largo de sus cinco décadas de trayectoria y literalmente sus mejores trabajos son los estereotipos, aquellos que los cinéfilos avezados -cada día menos y menos en tiempos digitales de gratificaciones inmediatas y enorme pereza- conocen de sobra desde siempre, hablamos de la trilogía de obras maestras del inicio que utilizaron a la ironía y el doble sentido para escaparle a la censura, Bienvenido, Mister Marshall (1953), Plácido (1961) y El Verdugo (1963), y opus posteriores y memorables como la surrealista Tamaño Natural (Grandeur Nature, 1974), la sociológica/ bélica descarnada La Vaquilla (1985) y la sorprendente y hoy injustamente ninguneada Todos a la Cárcel (1993), sin lugar a dudas su última aventura verdaderamente destacable como realizador ya que ni Moros y Cristianos (1987) ni París-Tombuctú (1999), ésta su “canto del cisne”, llegarían a brillar como sus clásicos de antaño o por lo menos sobresalir dentro de la coyuntura cinematográfica ya algo mucho alicaída de su tiempo. Justo antes de las citadas, y dentro de un período generoso que abarcó las postrimerías de la década del 70 y los comienzos de los años 80, Berlanga se consagró a la denominada Trilogía de la Familia Leguineche, compuesta por La Escopeta Nacional (1978), Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982), faenas que pintaron con suma lucidez y desparpajo la etapa final del franquismo, los albores de la democracia y los primeros problemas serios del proceso de salida de la dictadura católica, anticomunista e hiper conservadora y oscurantista que había dominado al país desde la derrota del bando republicano en la Guerra Civil Española a instancias de los falangistas, en 1939, catalizador práctico de la pesadilla de la represión insistente contra cualquiera que contradiga aquellos postulados necios del régimen vencedor u osase proponer un modelo alternativo de nación.

 

Si bien Patrimonio Nacional y Nacional III constituyen trabajos interesantes y muy loables, el primero centrado en los primeros años democráticos del país, las pugnas internas de las elites políticas y aristocráticas y el pacto de silencio e impunidad para con los crímenes de la autocracia franquista, y el segundo consagrado a retratar la paranoia de la nobleza ante el ascenso al poder de los socialistas y los coletazos adicionales de la Copa Mundial de Fútbol de 1982 y el intento fallido de Golpe de Estado de 1981 de Antonio Tejero, Jaime Milans del Bosch y Alfonso Armada, lo cierto es que ambas realizaciones caen bastante por debajo de la inoxidable La Escopeta Nacional, puntapié de la saga de turno y a su vez dedicada al estudio del tardofranquismo (1969-1975), léase el período que incluye las polémicas intra dictadura entre inmovilistas y aperturistas, el cansancio y la crisis terminal de legitimidad del gobierno fascista, el asesinato en 1973 a manos de ETA/ Euskadi Ta Askatasuna de Luis Carrero Blanco, el sucesor designado por Franco, dentro de la legendaria Operación Ogro, por cierto reconstruida con mano maestra por Gillo Pontecorvo en el film homónimo de 1979, y finalmente el fallecimiento del tirano el 20 de noviembre de 1975, comienzo tácito de las tratativas por debajo de la mesa de las mafias civiles y militares para llegar a un acuerdo sin que los represores, torturadores y homicidas del totalitarismo sean juzgados por sus actos. La excusa concebida por Berlanga y su colaborador habitual Rafael Azcona, asimismo compinche de gente como Marco Ferreri, Carlos Saura y José Luis Cuerda, es muy sencilla porque nos regala la llegada en 1972 de Jaume Canivell (José Sazatornil), un industrial y dueño de la patente de un portero eléctrico automático, a la casona y finca de Don José, Marqués de Leguineche (Luis Escobar), para participar de una cacería símil La Regla del Juego (La Règle du Jeu, 1939), de Jean Renoir, o Mouchette (1967), de Robert Bresson, que oficia de pretexto para apalabrarse a Álvaro, Ministro de Industria (Antonio Ferrandis), quien podría ayudarlo a incorporar esos porteros en todas las urbanizaciones.

 

A pesar de que está casado, Canivell, un catalán, tiene la no muy brillante idea de concurrir a la semi destartalada mansión con su amante y secretaria, Mercé (Mónica Randall), y así de a poco conoce a la curiosa fauna del lugar: Don José es un maniático que piensa que la servidumbre le está robando los huevos de sus gallinas y que tiene una colección de vello púbico femenino de sus diversas “conquistas” de juventud, el hijo del anterior, Luis José de Leguineche (José Luis López Vázquez), es un voyeur lelo que se dedica a la masturbación compulsiva con la “asistencia” de un criado, la esposa del anterior, esa María Jesús alias “Chus” (Amparo Soler Leal), es una tuerta furiosa que detesta al clan y se quedó sin un ojo cuando su marido le pego un tiro en la cara diciendo que le apuntaba a una perdiz, el cura de la región, el Padre Calvo (Agustín González), es un fumador empedernido y un amargo todo terreno que idolatra al franquismo y odia a todos los izquierdistas o a cualquiera que contradiga la ortodoxia cristiana más vetusta, Álvaro, por su parte, tiene de amigo a un tal Príncipe Korchosky (Félix Rotaeta) y está obsesionado con una señorita muy bella y muy puta, Vera del Bosque (Bárbara Rey), actriz masoquista que desea triunfar en el séptimo arte, gusta de hacerse atar a la cama y parece someterse por conveniencia ante el impotente Luis José, quien es defendido sin reparos por Segundo (Luis Ciges), un prototípico “esclavo feliz” que anda siempre de acá para allá con una escopeta, Cerrillo (Rafael Alonso) es el organizador de la cacería y quien le prometió el cielo a Jaume en materia de sus negocios, y finalmente Castanys (Pedro del Río) resulta ser un gerente de un banco de Barcelona que le negó hace tiempo un préstamo a Canivell y ahora es algo así como un asistente de López Carrión (Fernando Hilbeck), miembro prominente del gobierno como Álvaro. El industrial se hace pasar por productor de cine en complicidad con el ministro para así convencer a la actriz, a través de un contrato manuscrito ultra precario y 50 mil pesetas de adelanto, de que regrese a los brazos del funcionario y deje de tontear con el vástago onanista del marqués.

 

Como siempre ocurre en el acervo artístico de Berlanga, la pantalla está repleta de diálogos, situaciones y reacciones entrecruzadas en boca de personajes grotescos y muy absurdos que lamentablemente se corresponden a seres humanos del ambiente público gerencial y de una sociedad civil abyecta donde el esperpento es regla máxima, de allí el desfile de caudillos institucionales, monarcas, aristócratas, figuras eclesiásticas, golfas, oligarcas, mafiosos del empresariado en general e incluso unos siervos entre los que hallamos a la graciosa Viti en la piel de una joven Chus Lampreave, figura muy reconocible a futuro gracias a sus trabajos variopintos con Ferreri, Cuerda, Pedro Almodóvar, Fernando Trueba y Santiago Segura. En cierto sentido La Escopeta Nacional envejeció mucho mejor que Patrimonio Nacional y Nacional III porque no cuenta con la catarata de referencias contextuales de aquellas, esas que fueron maravillosas en su momento aunque hoy perdieron vigencia, prueba de ello son las parodias superpuestas de La Escopeta Nacional en torno a la connivencia atemporal entre el clero, el cónclave administrativo, el proletariado más obtuso y los testaferros de los conglomerados capitalistas que aparecen de la nada para financiar la pavada de los porteros eléctricos de Jaume como parte del trato con Álvaro para simular la firma del contrato con Vera, lo que desde ya termina en nada cuando un cleptócrata reemplaza a otro cleptócrata y el ministro es sustituido por López Carrión, enroque que obliga al protagonista a aflojar con su cholulismo del poder y comerse su ego para empezar de cero con vistas a ganarse a su archienemigo, el usurero Castanys, metáfora de la preeminencia de los tecnócratas durante el tardofranquismo y mucho más allá. La conjunción entre política y sexualidad caprichosa o quizás perversa, algo presente en Berlanga desde Tamaño Natural, alcanza sus cumbres paródicas en la propuesta que nos ocupa ya que el relato coral en cuestión, apuntalado en el genial desempeño de todo el elenco, desnuda la fetichización nauseabunda e incesante de la riqueza y la prepotencia, corrupción, desvaríos e hipocresía suprema de las elites sociales…

 

La Escopeta Nacional (España, 1978)

Dirección: Luis García Berlanga. Guión: Luis García Berlanga y Rafael Azcona. Elenco: José Sazatornil, Mónica Randall, Luis Escobar, Antonio Ferrandis, José Luis López Vázquez, Amparo Soler Leal, Agustín González, Luis Ciges, Bárbara Rey, Rafael Alonso. Producción: Alfredo Matas y José Manuel M. Herrero. Duración: 87 minutos.

Puntaje: 10