En Bad Cover Version, magnífica canción de Pulp perteneciente al We Love Life (2001), Jarvis Cocker canta acerca de todas esas tristes imitaciones que no cumplen su función porque caen muy por debajo del original o quizás nunca lo entendieron, lo que lo lleva a nombrar a las últimas temporadas de Dallas (1978-1991), aquellos episodios tardíos de Tom & Jerry en los que ambos podían hablar, The Rolling Stones desde la década del 80, la adaptación televisiva de 1974 de Planet of the Apes e incluso el Lado B de ‘Til the Band Comes In (1970), un álbum de Scott Walker que, precisamente, se caía a pedazos en su segunda mitad por una andanada de covers de segunda categoría que no cuajaban con los temas nuevos del músico, por cierto el productor crucial de We Love Life. Bueno, en la lista tranquilamente se podría sumar Grindhouse (2007), un intento de homenaje bastante naif, deslucido y mimético baladí deficitario de parte de Robert Rodríguez y Quentin Tarantino a los cines norteamericanos del título de los 60 y 70, en esencia unas salas de bajo costo que proyectaban propuestas exploitation dentro del formato de “función doble” al que hacía referencia la canción de apertura y cierre de The Rocky Horror Picture Show (1975), obra maestra de Jim Sharman basada en el musical homónimo de 1973 de Richard O’Brien, la prodigiosa Science Fiction/ Double Feature, planteo retórico que en el caso de Grindhouse equivale a esas movidas patéticas de las corporaciones del gran capital y los arquitectos posmodernos más porcinos de adquirir un edificio antiguo y elegante, conservar la fachada y refaccionarlo por completo en su interior con el objetivo de transformarlo en un mall o shopping center de estética blanquecina hospitalaria que poco y nada tiene que ver con la ebullición, magnificencia y caos de la edificación primigenia, típica pose forzada y cinismo risible actual que por suerte cada día que pasa queda más y más demodé -por lo menos en el ámbito de la cultura- ya que de a poco se toma conciencia del aura irrepetible del original.
En su momento los dos largometrajes fundamentales que conforman Grindhouse, Planet Terror de Rodríguez y Death Proof de Tarantino, generaron reacciones muy diversas según el mercado del globo considerado: en Estados Unidos y Canadá ambas se estrenaron juntas a la par de una serie de trailers falsos que sumaban algarabía al tono de homenaje irónico a la Clase B de los 60 y 70, lo que por supuesto generó un fracaso de taquilla porque el film duraba más de tres horas en total y los exhibidores no estaban particularmente interesados en proyectar semejante mamotreto para un público potencial muy pero muy pequeño que conocía ese cine underground de género aludido, y en lo que atañe al resto del mundo los films se estrenaron en versiones extendidas y de manera separada/ independiente al extremo de que la jugada magnificó los tropiezos preexistentes de las películas ya que pretendiendo rendir tributo a la fauna furiosamente comercial de antaño de la sangre y las putas, convites por regla general cortos y sinceros en su enfoque pirotécnico, ambos directores terminaron entregando opus demasiado extensos, muy bobos, casi nunca graciosos -de modo explícito o involuntario- y para colmo atiborrados de esa hipocresía discursiva e ideológica a la que nos referíamos con anterioridad; basta con pensar que las casi dos horas de diálogos banales entre burguesas descerebradas de mierda del slasher Death Proof resultaban francamente insoportables y que la colección de clichés de esos relatos corales de zombies de Planet Terror tampoco llegaban a lo memorable, aunque sí hay que reconocerle a Rodríguez que por lo menos su obra era entretenida porque su popurrí de George A. Romero, Lucio Fulci y Dan O’Bannon no se sumergía tanto en la autocomplacencia y en el narcisismo barato de Tarantino, quien definitivamente por entonces estaba muy creído que cualquier secuencia o intercambio verbal que escribiese sería oro puro, y optaba en cambio por situar en primer plano todo el tiempo un corazoncito tontuelo aunque también simpático y bien estruendoso.
Recordemos que Planet Terror giraba en torno a una infección masiva en Texas provocada por un arma biológica del gobierno norteamericano, DC2, que convertía a los mortales en unos zombies asesinos horrendos llenos de úlceras y adeptos a la desmembración, mientras que Death Proof estaba consagrada al devenir homicida de un doble de riesgo ya veterano, Mike “Stuntman Mike” McKay (Kurt Russell), que acosaba y reventaba a dos grupitos de ninfas de la carretera, primero en Texas con un Chevy Nova y después en Tennessee con un Dodge Charger asimismo modificado con jaula de protección para el conductor. Vistas a la distancia y por separado, lo cierto es que Planet Terror continúa siendo superior al bodrio redundante, aburrido y sin cojones de Tarantino, cuyas alusiones a Vanishing Point (1971) y Dirty Mary Crazy Larry (1974) le quedan gigantes, sin embargo al considerarlas en sus versiones reducidas de Grindhouse el asunto resulta más llevadero porque al doble encanto de Rose McGowan, quien compone a la bailarina gogó Cherry Darling en Planet Terror y a una pobre víctima platinada del villano en Death Proof, Pam, se agrega la presencia de los trailers, esos que van desde las maravillosas trasheadas de Machete, odisea mexploitation de Rodríguez, Werewolf Women of the SS, delirio de Rob Zombie que mezcla las películas de hombres lobo y el nazisploitation, y Don’t, joya siempre hilarante de Edgar Wright que homenajea tanto a la Hammer Film Productions como a Mario Bava y Roger Corman, hasta cortos ya decididamente flojos como Hobo with a Shotgun, trailer ameno y no mucho más de Jason Eisener, John Davies y Rob Cotterill realizado para el mercado canadiense sobre un vagabundo justiciero que recupera aquel acervo setentoso de los vigilantes urbanos, y Thanksgiving, sin duda el peor y menos imaginativo de todos los adelantos, cortesía del grasiento Eli Roth y su “idea” a lo Scary Movie (2000), opus de Keenen Ivory Wayans, de honrar los slashers de festividades como Halloween (1978) y My Bloody Valentine (1981).
Como aseverábamos en un comienzo, gracias a Belcebú hoy por hoy va quedando en el pasado esta concepción mimética y necia del amor al séptimo arte, representada primero en la idiotez a lo Nouvelle Vague de decir adorar al cine de género aunque sin poder ni saber cómo redondear una película de género potable y segundo en el gesto vacuo de los rollos/ carretes faltantes y la pavada constante vía CGI de introducir un desgaste en la imagen como si estuviésemos hablando de celuloide proyectado una infinidad de veces en múltiples salas marginales; consideremos así el surgimiento posterior del horror arty de comentario social, político o antropológico de Ari Aster, Robert Eggers y Jordan Peele y la eclosión de artesanos aguerridos y amigos en serio del exploitation de antaño como Ti West y S. Craig Zahler, dos corrientes intra marco hollywoodense que plantean una superación de la cultura videoclubista, sonsa, literal hueca y noventosa de Rodríguez y Tarantino, amén de gente más eficaz y honesta en su planteo estético como los mismos Wright y Zombie. El lugar de ambas películas es muy distinto según la carrera en cuestión: Planet Terror en parte respeta la estela retro de El Mariachi (1992), From Dusk till Dawn (1996) y The Faculty (1998) y le permitió a Rodríguez alejarse de sus farsas familiares símil Looney Tunes, sobre todo la saga iniciada con Spy Kids (2001), y Death Proof sigue siendo la peor faena de Tarantino y el comienzo de su decadencia terminal porque cierra con una nota amarga el período de oro de Reservoir Dogs (1992), Pulp Fiction (1994), Jackie Brown (1997) y Kill Bill (2003 y 2004), pensemos que el fracaso comercial de la misándrica Death Proof y el hecho de casi matar a Uma Thurman en un accidente automovilístico, por obligarla a hacer sus stunts en Kill Bill, lo llevaron a volcarse a la misoginia y de paso caer en esa mediocridad absoluta y pueril de Inglourious Basterds (2009), Django Unchained (2012), The Hateful Eight (2015) y Once Upon a Time in Hollywood (2019), todos ejemplos de su ombliguismo soporífero…
Grindhouse (Estados Unidos, 2007)
Dirección y Guión: Robert Rodríguez y Quentin Tarantino. Elenco: Rose McGowan, Kurt Russell, Freddy Rodríguez, Josh Brolin, Rosario Dawson, Marley Shelton, Michael Parks, Bruce Willis, Jeff Fahey, Michael Biehn. Producción: Robert Rodríguez, Quentin Tarantino, Erica Steinberg y Elizabeth Avellan. Duración: 191 minutos.