De Kramer vs. Kramer (1979), escrita y dirigida por Robert Benton, se suele decir que ayudó a cambiar la percepción en Estados Unidos y en el resto del planeta -imperialismo cultural de por medio- en materia del divorcio, a finales de la década del 70 un asunto casi completamente incorporado en las democracias occidentales desarrolladas aunque no así en los países periféricos y el Tercer Mundo en general, región que recién durante los años 80 comenzaría a blanquear en términos legales las separaciones de las parejas con o sin hijos. A pesar de que muchas veces se exagera un poco la influencia de la película de Benton, en todo caso más un elogio de la paternidad en la soltería tácita masculina que un retrato crudo al cien por ciento en lo que atañe a una ruptura privada que se dirime en esos temibles tribunales del ámbito público, sí es cierto que el film le dio un espaldarazo fundamental a las discusiones y polémicas en todo el globo terráqueo acerca del quiebre posmoderno de los roles históricos en la familia, las responsabilidades asfixiantes que implica cuidar a un nene pequeño, la eclosión del feminismo laboral o derecho al trabajo que niega la reclusión doméstica, la consiguiente lucha entre este último ámbito, el de la parentela, y el torbellino social que pasa a fagocitarlo todo desde la década del 70 en adelante, la trasmutación de los estereotipos de antaño en torno a las obligaciones determinadas por sexo -macho trabaja y siempre provee, hembra gris cría a los purretes y lleva la casa compartida- y finalmente la discriminación en el derecho familiar occidental del varón en cuanto a la crianza y contacto con los hijos, prejuzgando que por naturaleza es irresponsable, putañero y bastante cobarde y que por ello lo mejor es que las criaturas vayan a parar a la madre, despropósito que ha generado muchas calamidades porque las féminas son capaces de las mismas barbaridades y torpezas que el hombre, combo al que se suma la exacerbación de la presión capitalista sobre el empleado en cuanto a la exigencia perpetua de “méritos” que impidan su despido.
Se sabe muy bien que el guión de Benton, basado a su vez en la novela homónima de 1977 de Avery Corman, aquel que también inspiró la bizarra ¡Dios mío! (Oh, God!, 1977), opus de Carl Reiner, y por elevación sus dos secuelas de 1980 de Gilbert Cates y 1984 de Paul Bogart, todas protagonizadas por el gran George Burns, en un principio estaba concentrado casi exclusivamente en el personaje del padre, ese Ted Kramer del genial Dustin Hoffman, y dejaba muy en segundo plano a la madre e incluso la retrataba como a una arpía egoísta, Joanna Stern Kramer, planteo que cambió cuando Meryl Streep se hizo cargo de la esposa y se apalabró con éxito al director y guionista para construir una mujer más compleja que de paso le impida al film caer en una especie de inversión literal de la fórmula melodramática por antonomasia del macho infantil que evade responsabilidades, en pantalla siendo la fémina quien abandona el hogar porque la ahogan el marido y el vástago de turno, Billy (el excelente Justin Henry), jugada que desde ya le molestó muchísimo a un Hoffman con el ego inflado, diletante del Método y atravesando sus años de mayor poder intra Hollywood, de allí el sustrato de realismo seco irreproducible del convite y esa tensión inconmensurable entre los dos extremos del matrimonio deshecho en función de las estrategias de acoso del actor hacia su compañera, a la que especialmente torturó durante el rodaje a través de la memoria del mítico actor John Cazale, prometido de la susodicha que había fallecido hace poco, en 1978 a la edad de 42 años, de cáncer de pulmón. Ted, un ejecutivo publicitario y workaholic de Nueva York, se sorprende primero ante la súbita fuga de su esposa, quien se marcha a California y reingresa a un mundo laboral al que había renunciado ocho años atrás por la boda, y luego frente a su reaparición para batallar por la custodia del nene, esquema que deriva en la intervención de la lacra judicial y los ataques mutuos más despiadados que socavan la posibilidad intrínseca del cambio y le achacan al otro descuidos imperdonables.
Una dimensión analítica que casi siempre se pasa por alto al hablar de Kramer vs. Kramer es su carácter de obra de transición entre por un lado ese nihilismo setentoso apuntado del Nuevo Hollywood, sustentado tanto en la mundanidad patética como en la “acumulación dramática” de la historia en general, y por el otro lado un dejo posmoderno que se asoma claramente ochentoso/ noventoso, basado no sólo en una deconstrucción más amigable de los mitos otrora petrificados de la familia nuclear sino asimismo en determinadas escenas pirotécnicas que resumen a toda pompa el trasfondo narrativo/ ideológico/ discursivo de izquierda respetuosa y calidoscópica: para ilustrar lo anterior basta con pensar que el film se asemeja a una sinfonía de entrecasa que combina todos los instrumentos disponibles en el folletín, la comarca arty intelectual, el drama metropolitano y las reapropiaciones de parte del mainstream yanqui de la cultura y el sentir popular, de allí que el relato se centre en primera instancia en la metamorfosis de Ted de padre abandónico implícito a progenitor responsable que en soledad no le queda otra opción que renunciar a su vida social y limitar la influencia de su trabajo para lidiar con el crío, amén de complementos como una vecina y amiga platónica, Margaret Phelps (Jane Alexander), y un affaire, la compañera de trabajo Phyllis Bernard (JoBeth Williams), y en segundo lugar en una serie de “golpes de efecto” bastante dolorosos -todos muy bien administrados y ajustados a las necesidades retóricas, por cierto- como por ejemplo la escena de la discusión en la mesa hogareña con Billy por el delicioso helado de chocolate, esa de la caída del mocoso desde un juego de una plaza, la siguiente en el hospital de los puntos necesarios para cerrar la herida en su rostro, la famosa secuencia de la copa de vino blanco volando contra la pared por el regreso de Joanna y esas otras correspondientes al estrado y a las chicanas de los abogados sobre la inconsistencia sexual, identitaria, familiar, anímica o laboral de cada uno y sus “fracasos” relativos varios.
La película también explora, en simultáneo a la intercambiabilidad de los roles/ casilleros en la convivencia porque siempre uno domina y el otro se somete sin importar el género sexual de los involucrados, la fraternidad masculina o entendimiento a la larga entre pares mediante el motivo que abre y cierra la faena, el desayuno compartido por padre e hijo, en un inicio calamitoso y marcado por los nervios, las exigencias y el desconocimiento mutuo y en el final caracterizado por el cariño silente y la ayuda recíproca, ya cuando el personaje de Hoffman perdió el litigio porque el Juez Atkins (Howland Chamberlain) jamás escuchó el parecer del purrete ni optó por una tenencia conjunta, entregándolo a una madre que eventualmente renuncia a sacárselo al padre en un gesto que muy probablemente haya sido responsabilidad exclusiva de la querida Streep, desenlace que en un mismo movimiento lava de culpas a Joanna y termina de humanizar a una propuesta que sopesa con sabiduría el subibaja de la vida más prosaica y la capacidad de los mortales para contradecirse mediante el aprendizaje y los imperativos de un entorno que se modifica de un momento a otro sin que los protagonistas comprendan qué ocurre. Benton, siempre mejor guionista que director como lo atestiguan aquellas colaboraciones con Arthur Penn, Joseph L. Mankiewicz, Peter Bogdanovich y Richard Donner, aquí entrega la mejor realización de su carrera, superando incluso a las atendibles Malas Compañías (Bad Company, 1972), La Última Investigación (The Late Show, 1977), En un Lugar del Corazón (Places in the Heart, 1984) y Las Cosas de la Vida (Nobody’s Fool, 1994), y vuelca sus latiguillos artísticos de siempre, como el cuidado en el lineamiento de los personajes y un clasicismo de actores en un eterno primer plano narrativo, hacia el apego irrefrenable de las parejas para con la implosión y el arte de hacerse daño por delirios, incomunicación y rencillas burdas que funcionan como una bola de nieve grotesca que con el tiempo cae rauda y altisonante contra ambos y toda su prole…
Kramer vs. Kramer (Estados Unidos, 1979)
Dirección y Guión: Robert Benton. Elenco: Dustin Hoffman, Justin Henry, Meryl Streep, Jane Alexander, Howard Duff, George Coe, JoBeth Williams, Bill Moor, Howland Chamberlain, Jack Ramage. Producción: Stanley R. Jaffe. Duración: 105 minutos.