Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy)

La amistad en la vejez

Por Emiliano Fernández

Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1987) es una obra de teatro de Alfred Uhry que gira alrededor de la relación entre una anciana judía, Daisy Werthan, y un chófer de color unos doce años menor, Hoke Colburn, a lo largo de un prolongado período que abarca 25 años en total, puesta por un lado inspirada en la abuela del autor, Lena Fox, y su chófer, Will Coleman, con la primera debiendo contratar al segundo luego de un accidente automovilístico que probó que ya no era capaz de manejar su vehículo con la seguridad de antaño, y por el otro lado parte constituyente de la denominada “Trilogía de Atlanta” del dramaturgo, léase tres obras que analizan la idiosincrasia judía de la ciudad capital del Estado sureño de Georgia, adoptan un enfoque humanista casi siempre tragicómico y por último exploran -de manera más o menos directa- acontecimientos cruciales de la metrópoli acaecidos a mediados del Siglo XX, pensemos que Conduciendo a Miss Daisy incorpora en su narración a la cena en honor a Martin Luther King de 1964 en Atlanta luego de haber ganado el Premio Nobel de la Paz y el ataque con dinamita al Templo de la Congregación Benevolente Hebrea del 12 de octubre de 1958 por parte de miembros de grupos terroristas, supremacistas blancos, antisemitas, filofascistas y segregacionistas como el Ku Klux Klan, los Caballeros de la Camelia Blanca y el Partido Nacional por los Derechos de los Estados, La Última Noche de Ballyhoo (The Last Night of Ballyhoo, 1996) trabaja la tumultuosa premiere en Atlanta de Lo que el Viento se Llevó (Gone with the Wind, 1939), clásico de Victor Fleming, esa que incluyó tres días de festividades, un baile de disfraces, banderas confederadas, limusinas y un total de 300.000 personas, y Desfile (Parade, 1998), el único musical de la trilogía, lidia con el linchamiento en 1915 de Leo Frank, superintendente de una fábrica de lápices que había sido acusado del asesinato de una nena de 13 años, Mary Phagan, cuando en realidad el responsable era aquel conserje negro del lugar, Jim Conley.

 

En consonancia con gran parte de las epopeyas humanistas provenientes de Hollywood, enclave de centro izquierda desde la década del 60, la adaptación de la puesta de Uhry, Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, 1989), dirigida por el australiano Bruce Beresford y escrita por el propio autor, aboga por el entendimiento entre los opuestos en el contexto de una etapa de transición entre el segregacionismo habitual del sur de Estados Unidos y la eclosión de los movimientos por los derechos civiles y la integración en general de la segunda mitad del Siglo XX: Werthan alias Miss Daisy (Jessica Tandy), de 72 años, conoce en 1948 a Colburn (Morgan Freeman), de 60, luego de descuidarse con la marcha en reversa de su automóvil y mandarlo directo al jardín de un vecino, así el hijo de la mujer, el cuarentón Boolie (ese querido Dan Aykroyd), dueño por herencia de una compañía textil y casado con la banal Florine (Patti LuPone), contrata a Hoke aclarándole que su madre es una insoportable con el orgullo siempre crispado que no puede despedirlo porque es Boolie quien paga su sueldo y no Daisy, una maestra de escuela jubilada, judía y ya viuda que se enriqueció por los telares de su marido, los cuales quedaron en manos del único vástago de la pareja. Viviendo en una casona de Atlanta con una ama de llaves negra, Idella (Esther Rolle), la vida de Werthan se reduce a hacer las compras, ir a la sinagoga y acusar a su hijo de abandono o desinterés hacia su madre, panorama que cambia con el arribo de Colburn porque la recia veterana pasa a entretenerse de lo lindo peleando con el chófer analfabeto, enseñándole a leer, charlando con él en los viajes y la mansión, compartiendo aventuras en un largo viaje a Alabama por el cumpleaños de un pariente y acercándose al varón como amiga después del fallecimiento de Idella, lo que trae a colación momentos tristes como la voladura del templo hebreo y la pelea entre ambos en ocasión de la cena en honor a King, evento al que invita al chófer a último momento a través de un planteo discursivo indirecto.

 

Por supuesto que la película de Beresford, un cineasta que formó parte de la Nueva Ola Australiana y el Ozploitation de los 70 y tuvo una carrera muy heterogénea que abarcó seis décadas, es antisegregacionista pero no lo anuncia con diálogos/ latiguillos/ frases hechas como hacen tantos dramones históricos del mainstream contemporáneo, prefiriendo en cambio explayarse en el día a día de la convivencia entre “un negro viejo y una vieja judía”, como los describen esos dos policías racistas (Ray McKinnon y Ashley Josey) que los acosan en Alabama al considerarlos subhumanos, vínculo en el que predomina una suerte de solución negociada entre las exigencias hollywoodenses melodramáticas y un realismo seco y sensato en el que Colburn jamás se rebela como es debido porque necesita el trabajo y Werthan tampoco despunta en una arpía insufrible como puede serlo la esposa de su hijo, Florine, típica contraposición expositiva porque ésta sí es una burguesa boba que nunca trabajó en su vida y se la pasa maltratando a la servidumbre negra que la asiste en su hogar. Más allá de este curioso enroque retórico de parte de una realización que viene del seno mismo de la industria cultural norteamericana, nos referimos al ardid de la anciana que parece una bruja pero resulta muy humana en sus contradicciones y berrinches y la mujer joven que podría ser benevolente pero se asoma como una sádica, infantil y caprichosa, Conduciendo a Miss Daisy constituye un muy buen ejemplo de cómo se encaraban las historias centradas en el pasado hasta la década del 80, léase antes de la corrección política y los anacronismos insertados a puro desvarío posmoderno de los 90 y el nuevo milenio, recordemos en este sentido que la estrategia de no sermonear y de volcarse a una especie de comedia dramática con corazoncito de road movie conceptual le permite al film retratar a ambos protagonistas como personas de carne y hueso que están enclaustradas en su tiempo histórico aunque siempre haciendo lo posible para diferenciarse del resto de la sociedad.

 

La convivencia entre opuestos, gran recurso del drama aleccionador que aquí se traduce en una relación laboral que muta en amistosa entre la mujer blanca/ rica/ hebrea y el hombre negro/ pobre/ cristiano, se complementa con los dos ingredientes que los unen, primero la discriminación por religión o color de piel, elemento que pasaría al primer plano si el film hubiese sido rodado en nuestros días, y segundo la edad avanzada o decadencia corporal, cognitiva y sexual o simple hecho de que las familias construidas ya se desmembraron y ambos están solos como en sus años mozos, verdadero eje de la obra a la par de un cinismo compartido que en el relato toma la forma de las risas irónicas de Hoke y los comentarios sarcásticos de la a veces hilarante y cálida Daisy. Desde ya que el famoso leitmotiv de Hans Zimmer es genial y que en la interpretación de Freeman hay mucho de ese estereotipo del “esclavo feliz” del Hollywood Clásico y en la homóloga de Tandy se puede rastrear un dejo de tirana al mando de una plantación, no obstante ambos actores se mantienen con mano maestra en la línea divisoria entre un cliché que definitivamente tiene o tuvo asidero real y una criatura compleja capaz de paradojas y pasos en falso típicos de cualquier amistad que se precie de tal, el actor de color atravesando su despegue profesional definitivo gracias a Un Periodista Astuto (Street Smart, 1987), Apóyate en mí (Lean on Me, 1989), Gloria (Glory, 1989), Robin Hood: El Príncipe de los Ladrones (Robin Hood: Prince of Thieves, 1991) y Los Imperdonables (Unforgiven, 1992) y la actriz gozando de una popularidad algo escurridiza de la mano de Cocoon (1985), Milagro en la Calle 8 (Batteries not Included, 1987) y Tomates Verdes Fritos (Fried Green Tomatoes, 1991). Quizás el mayor tesoro que nos ofrece la diminuta película de Beresford es la idea de que debajo de una máscara de hostilidad y suspicacias siempre hallaremos a seres humanos frágiles que si se lo proponen en serio pueden colocarse en el lugar del otro y comprenderlo en sus pros y sus contras…

 

Conduciendo a Miss Daisy (Driving Miss Daisy, Estados Unidos, 1989)

Dirección: Bruce Beresford. Guión: Alfred Uhry. Elenco: Morgan Freeman, Jessica Tandy, Dan Aykroyd, Patti LuPone, Esther Rolle, Jo Ann Havrilla, William Hall Jr., Alvin M. Sugarman, Ray McKinnon, Ashley Josey. Producción: Richard D. Zanuck y Lili Fini Zanuck. Duración: 99 minutos.

Puntaje: 9