A decir verdad Victor Salva siempre fue un director de cuanto mucho medio pelo, señor bastante mediocre o anodino cuyas propuestas se ubican en el eterno espacio intermedio hollywoodense de “ni buena ni mala” salvo por la honrosa excepción de Jeepers Creepers (2001), amén de su debut en el terreno del largometraje para un Francis Ford Coppola en el rol de productor, Clownhouse (1989), aquella errática faena inspirada en el latiguillo de los psicópatas fugados de un manicomio de Alone in the Dark (1982), de Jack Sholder, y el recurso de los payasos asesinos símil Killer Klowns from Outer Space (1988), de Stephen Chiodo, e It (1990), opus de Tommy Lee Wallace, en función de la cual nadie se pone de acuerdo acerca de si es realmente interesante u otro producto cuasi fallido -aunque tampoco descartable del todo- de Salva, quien por cierto durante la producción y el rodaje abusó sexualmente de dos de los protagonistas pueriles del film, Nathan Forrest Winters y Brian McHugh, siendo condenado por posesión de pornografía infantil y por el primer episodio de pederastia -los padres de McHugh optaron por no presentar cargos- a tres años de prisión de los que cumplió únicamente 15 meses. A pesar de las denuncias y numerosos escraches que dificultaron su carrera subsiguiente, el realizador y guionista logró entregar tres obras después de su ópera prima, las amenas pero muy olvidables The Nature of the Beast (1995), Powder (1995) y Rites of Passage (1999), sin embargo no llama nada la atención que haya sido de nuevo Coppola, a través de su histórica productora American Zoetrope, quien haya rescatado al cineasta de la oscuridad definitiva a la que estaba encaminado ofreciéndole el presupuesto más jugoso de su trayectoria hasta entonces, diez millones de dólares mediante United Artists y un par de compañías alemanas, Cinerenta-Cinebeta y Medienbeteiligungs KG, para un guión que prometía un desarrollo retórico fascinante lleno de sustos dolorosos.
La trama en general está apuntalada en el viaje en coche por Florida de un par de hermanos universitarios, Darius alias Darry (Justin Long) y Patricia “Trish” Jenner (Gina Philips), con motivo del receso de primavera y con destino final el hogar familiar para reencontrarse con sus padres. En el camino un camionero desquiciado los acosa sin provocación alguna, sacándolos con violencia de la carretera, y tiempo luego ven al conductor arrojar lo que parecen ser unos cadáveres envueltos en sábanas por un conducto circular hacia el lúgubre sótano de una iglesia abandonada, donde Darry baja a inspeccionar mientras Trish monta guardia y así el muchacho descubre a un joven moribundo con el abdomen abierto y cosido (Chris Shepardson) y muchos cuerpos embalsamados decorando las paredes de un recinto que más adelante es bautizado La Casa del Dolor. Después de huir de allí, contactar a la policía y recibir en un restaurant una llamada telefónica extraña de una psíquica que afirma conocer todos los detalles del caso y de los encuentros de los adolescentes con el homicida, Jezelle Gay Hartman (Patricia Belcher), el susodicho huele la ropa sucia de Darius y ataca a dos oficiales que los llevaban a la comisaría (Jon Beshara y Avis-Marie Barnes), primero subiéndose al techo del patrullero en movimiento y luego decapitando al macho con una suerte de hacha medieval con el objetivo de comer su lengua ante la mirada de horror de los protagonistas en una situación que en primera instancia parece un beso. Los chicos vuelven a escapar y piden ayuda en la granja de una fémina solitaria que vive con muchísimos gatos (Eileen Brennan), no obstante el asesino ocupa el lugar de un espantapájaros y se carga a la veterana para de inmediato revelar su rostro de demonio, así los hermanos lo atropellan numerosas veces y terminan en la comisaría, enclave institucional y represivo que no los protege como debería porque reaparece el fanático de las gabardinas mugrosas y oscuras.
Uno puede llegar a aseverar que Jeepers Creepers en esencia constituye una colección de clichés, tópicos y herramientas formales ya trabajadas con anterioridad o en la misma época del estreno, recordemos el hostigamiento del camino de films Clase B como Duel (1971), de Steven Spielberg, The Hitcher (1986), de Robert Harmon, y Joy Ride (2001), de John Dahl, el infaltable contexto bucólico tenebroso a lo The Texas Chain Saw Massacre (1974), de Tobe Hooper, y The Hills Have Eyes (1977), de Wes Craven, la costumbre de envolver gente aún viva de Audition (Ôdishon, 1999), de Takashi Miike, esos chistes posmodernos adeptos a la autoreferencialidad socarrona sacados de Scream (1996), también de Craven, y por supuesto un monstruo sádico que le debe tanto a Pumpkinhead (1988), del genial Stan Winston, y al devenir criminal de Dennis DePue de 1990, loquito que fue visto arrojar el cuerpo de su esposa en una escuela abandonada y luego acosó con su camioneta a un par de conductores/ testigos, como a los clásicos del terror de bajo presupuesto de los 50 y 60 y a leyendas anglosajonas concretas como aquellas del Demonio de Jersey, criatura mezcla de murciélago, canguro, caballo y perro, y Spring Heeled Jack o Jack Pies de Resorte, fábula urbana sobre un sujeto con la capacidad de realizar saltos en verdad enormes, sin embargo la película se abre camino con una personalidad muy propia precisamente por los fetiches de Salva, léase la presencia de un diablo alado y ultra gay que fetichiza el olfato, siempre prefiere a los varones, practica la necrofilia como un hipotético Ed Gein de la white trash sobrenatural y gusta de andar desnudo por ahí comiendo a los machos para regenerarse y/ o simplemente volver a la vida cada 23 primaveras y durante 23 días, como bien nos informa la típica “agente del saber” del relato, esa Jezelle que sale de la nada a lo deus ex machina del conocimiento narrativo que rellena los vacíos en la mitología cinematográfica de turno.
Del opus de Salva se suele rescatar la primera mitad, esa vinculada a una road movie de acoso porfiado para eliminar a los testigos y engullir los ojos del pobre de Darry, como si el terror posterior de augurios espiritistas y entorno cerrado de la comisaría, muy deudor de la secuencia homóloga de The Terminator (1984), del gran James Cameron, y de la médium Tangina (Zelda Rubinstein) de Poltergeist (1982), de Hooper, fuese cien por ciento fallido o no estuviese al nivel cualitativo del resto de la propuesta, un planteo que no es así para nada porque el realizador allí anticipa con eficacia el fetiche con el encierro de la simpática Jeepers Creepers 2 (2003), obra que sin duda alguna supera a la episódica y muy despareja Jeepers Creepers 3 (2017), amén del hecho de que el argumento/ parecer de la crítica y el público de que “una vez que conocemos a la criatura asesina perdemos interés” es típico del espectador infradotado occidental, uno conservador que no se lleva bien con la novedad ni con la combinación de géneros, y de los tarados a los que de por sí no les gusta el horror, unos mojigatos con prejuicios pueriles y un perpetuo déficit de atención. Más allá del quid pedófilo de Salva, ese que quedaba más en evidencia en Clownhouse y Jeepers Creepers 2, su homosexualidad aquí lo lleva a limitar la participación de la que estaba destinada a ser la scream queen del film, Trish, y a centrarse en un Darius que aglutina rasgos femeninos del slasher, como los detalles de que al inicio nadie le cree, él hace avanzar la narración y hasta el monstruo, el Creeper (tétrica presencia escénica de Jonathan Breck), adora olfatearle la ropa interior. Esta inversión de los roles por género sexual, más la intensidad y la sorpresa del look del villano caníbal símil ángel caído en desgracia, le aporta al convite un encanto perverso que está ausente en los trabajos futuros de terror del tremendo Victor, las flojas Rosewood Lane (2011) y Haunted (2014), señales de un declive que ya sería terminal…
Jeepers Creepers (Estados Unidos/ Alemania, 2001)
Dirección y Guión: Victor Salva. Elenco: Jonathan Breck, Justin Long, Gina Philips, Patricia Belcher, Brandon Smith, Eileen Brennan, Peggy Sheffield, Jon Beshara, Avis-Marie Barnes, Chris Shepardson. Producción: Barry Opper y Tom Luse. Duración: 91 minutos.