Toro (Bull)

Ahí viene el Lobo Feroz

Por Emiliano Fernández

A pesar de que desde siempre hubo excepciones vinculadas a los relatos corales y aledaños que ofrecen una experiencia inmersiva tratando de recuperar el quid mismo de la sociedad y sus dinámicas entrecortadas, bizarras y a veces caóticas, en términos históricos generales el séptimo arte siempre tuvo preferencia por las historias individuales de uno, dos o a lo sumo tres personajes alrededor de los cuales gira toda la acción del film de turno, precisamente por ello determinados recursos, latiguillos, tópicos y fórmulas narrativas funcionan mucho mejor que otras al momento de reforzar la decisión formal de volcar toda la energía del relato a un protagonista específico con el que el espectador pueda identificarse de manera más directa ya que -al fin y al cabo- todos llegamos solos a este tugurio y muy solos nos iremos de él. Así las cosas, sin duda alguna los fetiches del mainstream y el indie en el rubro en cuestión son un montón aunque se pueden nombrar a las epopeyas de venganza, las faenas de superación, el melodrama de corazón destrozado, las aventuras suburbanas o bucólicas de exploración y las gestas vinculadas al deporte más cinematográfico de todos, por supuesto el boxeo, como los formatos más trabajados a la hora de oponer a determinado personaje contra el mundo, siendo el ecosistema siempre áspero y paradójico de la revancha uno de los más recurrentes debido a que sintetiza de maravillas la raíz conflictiva de toda faena visceral que se precie de tal, léase ese “nosotros contra ellos” que aquí es una cruzada solitaria tendiente al suicidio escalonado o a la hipérbole del “ejército de un solo hombre” que se va cargando a los responsables de sus penurias de manera sistemática cual fantasía de reparación o cruento ajuste de cuentas que compensa en el plano de la ficción todas las pequeñas vejaciones, ofensas y humillaciones de la vida cotidiana del consumidor cultural.

 

Toro (Bull, 2021), maravilla escrita y dirigida por el británico Paul Andrew Williams, es uno de los mejores exponentes de los últimos tiempos de las odiseas de desquite o justicia muy en diferido, aquí exactamente una década después porque ese es el plazo que se toma el protagonista del título, en la piel de Neil Maskell, para regresar y cobrarse las atenciones recibidas por parte de -nada más y nada menos que- su propia familia, para colmo en un doble rol ya que son también sus empleadores: después de cargarse a un sujeto en un taller mecánico con un arma recién comprada por 300 libras, Bull entra en la casa de una pareja, Ollie (Yassine Mkhichen) y Cheryl (Kellie Shirley), para preguntarles por el paradero de una tal Gemma (Lois Brabin-Platt), una heroinómana putona con la que tuvo al pequeño Aiden (Henri Charles), hoy un adolescente del que asimismo desconoce su destino por la prolongada ausencia, pero como no recibe las respuestas esperadas los acuchilla a ambos y sigue un derrotero que lo lleva hasta Marco (Jason Milligan), a quien le hace “comer” un cuchillito con el que el hombre pretendía defenderse. Pronto descubrimos que todos los cadáveres son familiares y/ o subalternos de Norm (David Hayman), capo de un sindicato mafioso de los mataderos y frigoríficos para el que Bull, un asesino/ matón/ torturador a sueldo, trabajaba porque encima estuvo casado con la hija del veterano, Gemma, unión que convierte a Aiden en su nieto, por ello cuando la hembra empezó a salir con otro macho, Gary (Kevin Harvey), acusó falsamente al sicario de infidelidad para quedarse con el nene a pesar de ser un andrajo muy irresponsable por la drogadicción y una crianza de burguesita mimada de papá, esquema que lleva a este último a secuestrar a Bull, encerrarlo en una casa rodante e incendiarla para después disparar sobre la víctima y enterrarlo en un descampado.

 

Williams entreteje las carnicerías non stop con unos cuantos flashbacks que van pintando y aclarando el lienzo de situación, así pasado y presente se entrelazan no sólo en la ignominia sufrida y su contracara, la retribución, sino además, por un lado, en la felicidad de Bull ante la presencia de su vástago, gran alegría que desapareció diez años luego porque ahora sí el sustrato psicopático del señor es casi lo único que queda en su alma, y por el otro lado, en la pasión de ayer y hoy por las armas blancas y todo lo que pueden ofrecer en materia de violentar o mancillar cuerpos, de allí esa escena retrospectiva en la que el personaje del genial Maskell le corta cuatro dedos de un solo ataque a un jerarca de un frigorífico que no quería firmar un contrato leonino con Norm, planteo que a su vez se ve complementado por secuencias posteriores -ya situadas en nuestros días- como la del parque de atracciones, donde le corta la arteria femoral a Gary, la del departamento del dealer de Gemma, Dave (Jay Simpson), el cual termina con una mano amputada a lo castigo por vender veneno y para que revele el domicilio de la fémina, y esa final en el hogar mismo de la arpía, donde prácticamente le desprende la pierna derecha al mandamás con otro cuchillo al tiempo que provoca que éste le pegue un tiro por accidente a su hija con una escopeta para a posteriori reventarla como se merece, amén de un Norm que no se queda atrás y también le corta la espalda a la madre del verdugo, Marge (Elizabeth Counsell), para que le diga quién está matando a los integrantes de su comitiva familiar y laboral. La película recupera muy bien la figura del antihéroe trágico, un Bull al que le quitaron tanto su vida como lo único que le daba sentido, Aiden, y desacraliza por contraposición a la madre del niño, una furcia tácita que lleva a la drogodependencia al chicho y encima lo hace testigo del calvario del padre.

 

El pulso bien tenso y cuasi apocalíptico íntimo delata la generosa experiencia del realizador y guionista en el thriller criminal y el terror a toda pompa, basta con recordar que el inglés fue el responsable de propuestas interesantes como London to Brighton (2006), luego eje de una remake en 2012 en Sri Lanka, y The Cottage (2008), comedia negra con el estupendo y muchas veces desperdiciado Andy Serkis, y de opus más polémicos en sintonía con Cherry Tree Lane (2010), exponente del suspenso doloroso de invasión de hogar o sobre paraísos burgueses destruidos símil Funny Games (1997), de Michael Haneke, y Eden Lake (2008), de James Watkins, y The Children (2008), obra dirigida por Tom Shankland para la que aportó una historia de mocosos rebelándose contra la fauna adulta que se encuadraba en la tradición de ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), joya de Narciso Ibáñez Serrador, y Children of the Corn (1984), de Fritz Kiersch, además de películas televisivas criminales como esas Murdered by My Boyfriend (2014), The Eichmann Show (2015) y Murdered for Being Different (2017), esta última sobre el caso del asesinato en 2007 de Sophie Lancaster de 20 años, quien murió por un paliza sólo por su look gótico. Williams sabe administrar el gore para que no llegue al nivel del horror y se mantenga siempre en el terreno de un film noir de venganza brutal con esa idiosincrasia del cine nihilista de los 70 para la que nadie es inocente porque todos son unos parásitos inmundos en mayor o menor medida, así cuando llega el remate sobrenatural en los últimos minutos, revelando a puro minimalismo visual el pacto satánico de Bull para regresar a la comarca de los vivos, la unificación de las escenas del inicio y el desenlace, la de sus homicidas yéndose de su tumba y la de él regresando de la masacre, es completa y sublime porque el Lobo Feroz no se detuvo ante nada ni nadie…

 

Toro (Bull, Reino Unido, 2021)

Dirección y Guión: Paul Andrew Williams. Elenco: Neil Maskell, David Hayman, Lois Brabin-Platt, Henri Charles, Elizabeth Counsell, Kevin Harvey, Jason Milligan, Yassine Mkhichen, Kellie Shirley, Jay Simpson. Producción: Dominic Tighe, Mark Lane, Marc Goldberg, Sarah Gabriel y Leonora Darby. Duración: 88 minutos.

Puntaje: 9