El muy buen nivel cualitativo de las tres primeras propuestas de Greg McLean, Wolf Creek (2005), Rogue (2007) y Wolf Creek 2 (2013), se contrapone a esa mediocridad tambaleante -a veces anodina, en otras ocasiones en verdad atendible- de su trilogía posterior, léase The Darkness (2016), The Belko Experiment (2016) y Jungle (2017), todos trabajos mucho más englobados en lo que sería un marco narrativo cien por ciento de influencia hollywoodense, más allá del origen en sí de los capitales concretos para el financiamiento. Dentro de esta trayectoria, Wolf Creek, basada en el asesinato en 2001 del mochilero inglés Peter Falconio por parte de Bradley John Murdoch y en la catarata de robos, torturas, violaciones, parálisis forzadas y homicidios cometidos por Ivan Milat -y posiblemente su familia- entre 1989 y 1993 entre una fauna variopinta de siete turistas y mochileros que hacían autoestopismo, es indudablemente su obra maestra no sólo porque sintetiza de maravillas dos de los latiguillos culturales de su tierra natal, Australia, hablamos de la peligrosidad del desierto y el carácter algo mucho bizarro de los habitantes del país en general, desde el exterior vistos como unos loquitos a mitad de camino entre los británicos y los estadounidenses, sino además debido a que rejuveneció dos movimientos entrelazados que estaban casi extintos para mediados de la década del 90 y principios del nuevo milenio, la Nueva Ola Australiana y el Ozploitation o cine vernáculo de explotación de los 70 y 80, bautizado así por el documental Not Quite Hollywood: The Wild, Untold Story of Ozploitation! (2008), de Mark Hartley, cineasta que en esencia le puso una etiqueta a esta corriente Clase B hermanada a la internacionalización del acervo australiano de la mano de una andanada de films de géneros como la comedia, la acción, el erotismo y sobre todo el querido terror, único rubro que siempre aglutina un culto ferviente por el desprecio del espectador timorato promedio hacia la incomodidad y por la misma efervescencia de la comarca de los gritos y los sustos, gran adicción de por medio.
Principal responsable de la aparición en el corto y mediano plazo de un generoso volumen de faenas australianas vinculadas al horror y el thriller, como por ejemplo Storm Warning (2007), de Jamie Blanks, Black Water (2007), de Andrew Traucki y David Nerlich, Lake Mungo (2008), de Joel Anderson, The Loved Ones (2009), de Sean Byrne, Triangle (2009), joya de Christopher Smith, Daybreakers (2009), de los hermanos Peter y Michael Spierig, Animal Kingdom (2010), de David Michôd, The Reef (2010), de Traucki, Crawl (2011), de Paul China, The Tunnel (2011), de Carlo Ledesma, Wyrmwood (2014), de Kiah Roache-Turner, The Babadook (2014), de Jennifer Kent, The Rover (2014), otro opus de Michôd, Better Watch Out (2016), de Chris Peckover, Killing Ground (2016), de Damien Power, Cargo (2017), de Ben Howling y Yolanda Ramke, Upgrade (2018), de Leigh Whannell, y The Nightingale (2018), asimismo de Kent, Wolf Creek está centrada en el éxodo desde Broome, en Australia Occidental, hacia Cairns, en Queensland, en 1999 de una comitiva de tres turistas, las inglesas Liz Hunter (Cassandra Magrath) y Kristy Earl (Kestie Morassi) y el australiano de Sídney Ben Mitchell (Nathan Phillips), periplo que abarca la compra en el camino de un automóvil por parte del varón y una visita improvisada a un parque nacional que incluye el famoso cráter Wolfe Creek, una gigantesca zona desértica con declive por el impacto de un meteorito durante el Pleistoceno. Luego de disfrutar de la árida belleza del lugar y su tranquilidad el trío regresa al vehículo pero descubre que ya no arranca y que sus relojes se han detenido, así pronto aparece de la nada el infaltable pajuerano que se ofrece a ayudarlos, Mick Taylor (John Jarratt), un otrora capataz de una estancia hoy desaparecida que se dedicaba al exterminio de “alimañas” como canguros, caballos, búfalos y jabalíes. El susodicho remolca con su camioneta al coche de los forasteros en medio de la noche y al llegar a su morada les convida lo que dice ser agua de lluvia, dejándolos bien inconscientes.
Enmarcada en una fotografía eficaz de bajo presupuesto de Will Gibson que contrapone panorámicas celestiales del paisaje y una cámara en mano digital para el retrato del calvario de los protagonistas y de su metamorfosis desde el jolgorio tontuelo de las vacaciones hacia el nerviosismo, las truculencias y la lucha desesperada por la supervivencia cuando Taylor se revela como un psicópata xenófobo y misógino que adora torturar, violar y desmembrar a sus víctimas, considerando a los machos citadinos unos putos de mierda y a las señoritas extranjeras unas furcias sucias con las que siempre conviene usar forro, la propuesta de McLean en parte puede ser englobada dentro de aquel porno de torturas de su época, desde el cuasi mainstream de Saw (2004), de James Wan, y Hostel (2005), de Eli Roth, al más independiente de The Devil’s Rejects (2005), de Rob Zombie, y Captivity (2007), de Roland Joffé, sin embargo su corazoncito retórico se ubica algo más cerca del slasher de geografías rústicas a lo The Texas Chain Saw Massacre (1974), de Tobe Hooper, y The Hills Have Eyes (1977), de Wes Craven, y del mismo Ozploitation de Long Weekend (1978), faena cuasi surrealista de Colin Eggleston sobre la incomprensión humana para con la naturaleza, y Roadgames (1981), epopeya de influjo hitchcockiano de Richard Franklin acerca de un hostigamiento rutero insistente y el arte de presenciar atrocidades o crímenes varios, amén de parábolas nacionales y extranjeras alrededor del odio al diferente y los prejuicios de los habitantes metropolitanos hacia sus homólogos del campo y viceversa, pensemos para el caso en las cruciales Wake in Fright (1971), de Ted Kotcheff, y Straw Dogs (1971), de Sam Peckinpah, especie de marco nihilista setentoso que en Wolf Creek se da cita tanto a través de nuestro chiflado, ese socarrón y cínico Taylor del estupendo Jarratt, como mediante su crueldad, como decíamos con anterioridad llevando a los jóvenes a su hogar en una ciudad minera fantasma y dedicándose a mancillarlos sin que puedan hacer demasiado al respecto.
Quizás lo más interesante del film que nos ocupa, más allá del extraordinario manejo del suspenso y un desarrollo de personajes que construye criaturas a la par reales y un tanto caricaturescas porque respetan arquetipos del espanto cinematográfico en sintonía con los púberes tarados y el demente de sonrisas y buenas intenciones que anticipan el canibalismo tácito por venir, esté condensado en el juego de correspondencias simbólicas de fondo, uno bastante astuto tratándose de una road movie de antropología visceral, en este sentido no sólo tenemos la metáfora -por boca de Mitchell- del OVNI que supuestamente fue visto en algún páramo australiano neutralizando relojes y motores de autos, justo como les ocurre a los protagonistas gracias a la intervención del tremendo Mick, sino que en pantalla nos topamos también primero con la comparación lingüística entre la idiotez de los jóvenes y la de los pueblerinos más groseros y rudimentarios, segundo con el latiguillo social paradójico en torno al hecho de que ese sujeto que te ayuda asimismo puede ser quien te persiga con un Cuchillo Bowie digno de Crocodile Dundee (1986), de Peter Faiman, y quien te destripe momentos después con todas las ganas del mundo, y tercero con la homologación entre los turistas en cuestión, gremio odiado en prácticamente todo el planeta, y los a priori adorables canguros, otra plaga que merece ser erradicada de la faz de la tierra según la perspectiva un tanto hiperbólica del homicida en serie, señor que luego regresaría en ocasión de la correcta aunque visiblemente inferior Wolf Creek 2 y en la errática Wolf Creek (2016-2017), aquella serie de televisión para un célebre servicio australiano de streaming, Stan, que cuenta con una primera temporada algo mucho olvidable y una segunda un poco mejor. Como en el caso de Jeepers Creepers (2001), de Victor Salva, y de gran parte del Extremismo Europeo de inicios del Siglo XXI, Wolf Creek por suerte se caga en los finales felices y opta por un anticlímax en el que las féminas mueren y el varón sobrevive pero sin detener al lunático…
Wolf Creek (Australia, 2005)
Dirección y Guión: Greg McLean. Elenco: John Jarratt, Cassandra Magrath, Kestie Morassi, Nathan Phillips, Gordon Poole, Guy O’Donnell, Phil Stevenson, Geoff Revell, Andy McPhee, Aaron Sterns. Producción: Greg McLean. Duración: 105 minutos.