Mucho antes de que Hollywood decidiese, fundamentalmente a partir de la llegada del nuevo milenio, que la comedia ya no era más rentable -por lo menos lo que el mainstream entiende por comedia, rubro bastardeado vía estupidez y repetición descerebrada infinita- y por ello optase por prácticamente dejar de producir productos cómicos o los transformase primero en directos a video y películas para televisión y después en el mentado “contenido” del streaming hogareño más marginal, hubo un tiempo en el existían tanques de la comedia con destino planetario que fueron cambiando en idiosincrasia y recursos retóricos favoritos según los años, en este sentido una película muy exitosa en su momento como ¡Dios Mío! (Oh, God!, 1977), de Carl Reiner, nos ofrece la excusa perfecta para pensar este declive paulatino del rubro década por década ya que la sencilla premisa de turno, léase la selección aleatoria de un subgerente de un supermercado, Jerry Landers (John Denver), por parte del mismísimo Dios (George Burns) para que se convierta en su mensajero, aquí está encarada desde la ironía inteligente y existencialista de los 70 aunque también podría trasladarse con facilidad al contexto de los 80, donde el protagonista de seguro sería un yuppie hambriento de dinero para que todo derivase en una fábula dickensiana de cadencia posmoderna, y al homólogo de los 90, en el que la coyuntura ya mutaría en una parodia tontuela -y llena de CGIs- de fórmulas varias vinculadas a la fantasía, el melodrama y hasta quizás el terror más ramplón, amén del detalle de que la propuesta que nos ocupa sí tuvo dos corolarios hiper ochentosos y olvidables, ese de 1980 de Gilbert Cates y aquel otro de 1984 de Paul Bogart.
Vista desde nuestros días ¡Dios Mío! resulta una experiencia muy bizarra porque le escapa por completo a las carcajadas y a las situaciones descabelladas que uno podría esperar a priori con semejante latiguillo narrativo de por medio, muy de faena cultural de un único truco y por ello muy dependiente de la sabía administración de los resortes del relato, algo en lo que Reiner se luce porque la película forma parte de esa primera etapa de su carrera volcada a cierta mundanidad satírica que podía llegar a ser bastante errática pero siempre se abría paso como interesante y sutilmente atrevida. Recordemos que el señor alcanza la fama en los 60 gracias a El Show de Dick Van Dyke (The Dick Van Dyke Show, 1961-1966), su dúo cómico con Mel Brooks en el sketch de El Hombre de 2000 Años (The 2000 Year Old Man) y sus participaciones actorales en propuestas como El Mundo Está Loco, Loco, Loco, Loco (It’s a Mad Mad Mad Mad World, 1963), de Stanley Kramer, y ¡Ahí Vienen los Rusos, ahí Vienen los Rusos! (The Russians Are Coming, the Russians Are Coming, 1966), de Norman Jewison, y luego da sus primeros pasos como realizador mediante las flojas Enter Laughing (1967), El Cómico (The Comic, 1969) y El Primero y el Único (The One and Only, 1978) y las admirables ¿Dónde Está Papá? (Where’s Poppa?, 1970) y nuestra ¡Dios Mío!, período que deriva en su fase de gloria como director de la mano de su sociedad con Steve Martin en la tetralogía de El Imbécil (The Jerk, 1979), Cliente Muerto no Paga (Dead Men Don’t Wear Plaid, 1982), El Hombre con Dos Cerebros (The Man with Two Brains, 1983) y Hay una Chica en mi Cuerpo (All of Me, 1984), todos hitazos rotundos de taquilla.
Desde ya que ¡Dios Mío! no es una joya inmaculada del séptimo arte ni mucho menos pero arrastra el encanto de las obras chiquitas y de transición al extremo de que literalmente se ubica entre los clásicos con Martin y el nivel muy desparejo de los otros opus de los años 60 y 70, por supuesto asimismo superando a ese simpático díptico ochentoso, el de Verano de Locura (Summer Rental, 1985) y Diversión en el Colegio de Verano (Summer School, 1987), y las cuatro realizaciones posteriores de Reiner, las ya muy lamentables Bert Rigby, Estás Loco (Bert Rigby, You’re a Fool, 1989), Adorablemente Infiel (Sibling Rivalry, 1990), Distracción Fatal (Fatal Instinct, 1993) y Aquel Viejo Sentimiento (That Old Feeling, 1997). El guión de Larry Gelbart, célebre por haber creado M*A*S*H (1972-1983) para la CBS y por escribir Los Vecinos (Neighbors, 1981), de John G. Avildsen, Tootsie (1982), de Sydney Pollack, y hasta productos varios para gente como Jewison, Richard Quine, Stanley Donen y Harold Ramis, está basado en la novela homónima de 1971 de Avery Corman, el mismo que inspiró la diametralmente opuesta Kramer vs. Kramer (1979), clásico de Robert Benton, y gira alrededor del accidentado periplo de Landers en su rol de Moisés moderno que debe difundir los mensajes del Todopoderoso, el cual adopta la apariencia de un viejito afable que se la pasa repitiendo verdades de Perogrullo que por serlo son obviadas por la enorme mayoría de los mortales, en esencia en relación al hecho de que “todo depende de nosotros” y no podemos seguir esperando milagros que resuelvan de repente y por arte de magia nuestros problemas porque el inefable “equilibrio natural” de las cosas se rompería.
El film se aleja del trazo grueso de los 80 y 90 aunque también del sustrato algo mucho naif de los 50 y 60, de allí que el tono irónico profano setentoso calce perfecto con la alegoría del don nadie recibiendo las revelaciones divinas más obvias y despertando la incredulidad y/ o el desprecio de su esposa Bobbie (Teri Garr), sus hijos Adam (Moosie Drier) y Becky (Rachel Longaker), el periodista Briggs (George Furth), su jefe George Summers (William Daniels), la conductora televisiva Dinah Shore (un cameo de la mujer interpretándose a sí misma) y un cónclave de esa oligarquía religiosa que incluye al rabino Silverstone (Jeff Corey), el obispo católico Reardon (Barry Sullivan), el clérigo griego ortodoxo Markos (Titos Vandis), el protestante Harmon (Donald Pleasence) e incluso el infaltable evangelista lunático, el reverendo Willie Williams (un genial y caricaturesco Paul Sorvino), fallando a fin de cuentas porque a pesar de que Dios lo ayuda a responder unas 50 preguntas de los popes en arameo y el último predicador le inicia un juicio a Landers por calumnias, todo porque el señor de los cielos le dijo que vocifere que Williams es un fraude plutocrático, el protagonista pierde su trabajo en el supermercado, no consigue convencer a casi nadie y para colmo no quedan registros de la presencia del Todopoderoso en el tribunal ante el juez Baker (Barnard Hughes). La noción de fondo de la responsabilidad social indelegable y la preocupación en torno a la transformación del Planeta Tierra en un mega basurero lleno de especias extintas se unifica con la gran química entre Denver y el querido Burns, el primero un famoso cantante del country y el folk y el segundo un veterano inoxidable del vodevil…
¡Dios Mío! (Oh, God!, Estados Unidos, 1977)
Dirección: Carl Reiner. Guión: Larry Gelbart. Elenco: George Burns, John Denver, Teri Garr, Donald Pleasence, Paul Sorvino, William Daniels, Barnard Hughes, Barry Sullivan, Dinah Shore, Jeff Corey. Producción: Jerry Weintraub. Duración: 98 minutos.