Sid & Nancy

Entonces mejor irnos juntos

Por Emiliano Fernández

Hablar de Sid Vicious (1957-1979), el bajista de los queridos Sex Pistols, y de su novia de yanquilandia Nancy Spungen (1958-1978), groupie de la efervescente escena punk de los 70, nunca es fácil porque uno hiere susceptibilidades y siempre se ve obligado a reconocer que en esencia eran dos tarados sin talento ni sentido común ni verdadera condición de víctima que fueron llevados a la autodestrucción en parte por motu proprio, creyéndose el mito del rock orientado a atravesar todos los límites aunque en este caso sin parafernalia ideológica alguna que lo justifique más allá del acto terrorista suicida en sí, y en parte influidos por un entorno que ensalzaba este tipo de comportamiento que a su vez selló la despedida del punk al demostrar que el género, por más agresivo, pirotécnico o provocador que fuese, también podía ser reconvertido en una estampita de la fe popular y fagocitado por un mercado capitalista que por milésima vez tomó aquello considerado revulsivo -de nuevo, por más que sea de lo más hueco y banal, como el propio Vicious- y le quitó la peligrosidad para después venderlo como otro producto más en las góndolas necrológicas de la cultura. Sid, nacido John Simon Ritchie y también conocido como John Beverley, y su compañera, de nombre completo Nancy Laura Spungen, ambos arrastrando un historial larguísimo de violencia, adicciones, trastornos psicológicos, intentos de suicidio y maltratos y vejaciones hacia sí mismos y todos los que tenían a su alrededor, por lo menos tuvieron de excusas éticas una muerte en la inmadurez más fatalista y en pose de mártir total, apenas cumplidas las dos décadas de vida, y un trasfondo existencial bien agitado en los dos casos, él siendo expulsado a los 16 años de su casa por su madre heroinómana, la espantosa Anne Ritchie, y ella aparentemente sufriendo algún tipo de daño cerebral no detectado al ser asfixiada por el cordón umbilical durante el parto en tanto beba prematura, lo que además derivó en una cianosis severa o coloración azulada de la piel por bajos niveles de oxígeno en la hemoglobina. Entre la indolencia y la esquizofrenia, el gigantesco éxito comercial y artístico de los Sex Pistols transformó de la noche a la mañana a un muchacho que no sabía tocar el bajo ni tampoco tenía demasiado interés en aprender en una estrella mundial y a su pareja, una señorita tan depresiva, paranoica y profundamente inestable como Vicious, en una suerte de manager y/ o Yoko Ono efímera del punk que pavimentó el camino hacia el clásico aislamiento de la celebridad en aquella torre de cristal de la autocondescendencia.

 

Justo después de su recordada ópera prima, El Reclamador (Repo Man, 1984), el director británico Alex Cox se propuso apuntar bien alto y construir una biopic sobre la pareja de turno en una época en la que las biografías cinematográficas sobre estrellas de rock no eran precisamente populares y menos sobre “santos patronos” de un punk nihilista y decadente que para mediados de los 80 ya había sido dejado muy atrás en el mercado por la algarabía pomposa del synth-pop, la new wave y todo aquel pop de multitudes de sultanes globales como Madonna, Prince y Michael Jackson, así es cómo Sid & Nancy (1986) pasó sin pena ni gloria por la taquilla para de a poco, con el transcurso de los muchos lustros por venir, mutar en una obra de culto al igual que el resto de la producción del inglés, sobre todo la correspondiente a aquella etapa primigenia de Directo al Infierno (Straight to Hell, 1987), Walker (1987), El Patrullero (1991) y la citada El Reclamador. El guión de Cox, coescrito junto a Abbe Wool, éste asimismo conocido por haber dirigido y guionado Profetas de la Carretera (Roadside Prophets, 1992), reinterpretación noventosa y algo freak de Busco mi Destino (Easy Rider, 1969), de Dennis Hopper, recurre a todos los estereotipos posibles del colorido devenir de Vicious, episodios que los fans de los Pistols conocemos de sobra: en el período de la grabación de Sid Sings (1979), un álbum en vivo solista publicado de manera póstuma que incluye un track de estudio, My Way, el bajista (Gary Oldman) es detenido por la policía por el asesinato de Spungen (Chloe Webb) vía una puñalada en el abdomen en la Habitación Número 100 del famoso Hotel Chelsea de Manhattan, lo que genera un extenso flashback wellesiano que nos conduce al ingreso de Sid en los Pistols en 1977 de la mano de su amistad con el cantante y letrista por antonomasia, John Lydon alias Johnny Rotten (Andrew Schofield), y gracias a la disputa de éste con Glen Matlock, a su vez fogoneada por el maquiavélico representante del grupo, Malcolm McLaren (David Hayman), para quien todo escándalo o pelea era sinónimo de una anhelada difusión publicitaria de bajo costo con vistas a ganarse a una juventud frustrada por la muerte del hippismo demodé y la eclosión del neoliberalismo salvaje en el Primer Mundo. Cox hace responsable a Nancy de la adicción a la heroína de Vicious y señala que ayudó en la separación del colectivo por su carácter de hembra controladora sobre un “cero a la izquierda” como Sid, de nulos aportes creativos en la banda aunque ilustrativo de la filosofía punk sólo en materia de la agresión.

 

Vicious tuvo otras bandas de corta duración antes y después de sumarse a los Sex Pistols, como por ejemplo The Flowers of Romance y The Idols, sin embargo siempre demostró ser un inepto como músico al punto de que participó y fue expulsado de la versión en vivo de Siouxsie and the Banshees y no se le permitió intervenir en el único disco de estudio de los muchachos liderados por Rotten, la obra maestra Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols (1977), siendo reemplazado por el guitarrista Steve Jones porque Matlock se rehusó a volver debido a que McLaren no le pagó las sesiones de grabación por adelantado, un panorama que en pantalla parece ser reconocido por un Cox que permanentemente da por aceptada la falta de talento de Sid y por ello se concentra en su relación con Nancy, dando por resultado algo así como una mixtura entre aquel pesimismo “burguesía friendly” de Historia de Amor (Love Story, 1970), de Arthur Hiller, la deliciosa contracultura delictiva de Bonnie & Clyde (1967), de Arthur Penn, y por supuesto la seguidilla de retratos -a veces necesariamente moralistas, en otras oportunidades descarnados o crudos símil documental observacional- de heroinómanos reventados que arranca con El Hombre del Brazo de Oro (The Man with the Golden Arm, 1955), de Otto Preminger, pasa por Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), de Jerry Schatzberg, y termina en las contemporáneas Fuera de Control (Out of the Blue, 1980), también de Hopper, y Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), de Uli Edel, amén de propuestas futuras como Trainspotting (1996), de Danny Boyle, y Réquiem para un Sueño (Requiem for a Dream, 2000), de Darren Aronofsky. Todas las marcas autorales del cineasta aparecen con claridad en Sid & Nancy, pensemos en la ironía metadiscursiva (un “disparo sonoro” con los dedos del cínico de McLaren durante la gira norteamericana de 1978 y una mínima cámara rápida a lo slapstick del cine mudo cuando unos nenes marginales salen corriendo de un baldío neoyorquino ante la mera mención del nombre del protagonista), los instantes videocliperos ochentosos (dinero volando por el aire, basura cayendo desde las alturas o la misma escena del incendio en el Chelsea con ambos zombificados) y las infaltables “licencias poéticas” (en el film el dúo vive un tiempo en la casa de Anne y adopta un gato cuando en realidad Sid, como dijimos antes, fue expulsado del hogar y de niño solía torturar y matar felinos, además esa paliza de 1976 a Nick Kent no fue con un bajo sino con una cadena oxidada).

 

Más allá del incesante ciclo del relato en materia de tratar de desintoxicarse con metadona y a posteriori volver a caer en la heroína vía alcohol, metanfetaminas o barbitúricos, a lo que se suma la omisión del hecho de que Vicious ofició de proxeneta de Spungen, cuando no tenían dinero alguno para droga, y de otros arrebatos violentos con vasos y hasta botellas lanzadas al blanco del odio ocasional, llegando a cegar de un ojo a una mujer en una ataque originalmente dirigido a Dave Vanian, cantante de The Damned, Cox construye un lienzo mayormente honesto y preciso del declive del punk desde la rebeldía obrera, anarquista y antiinstitucional primigenia hacia el vaciamiento doctrinario de la mano -primero- del trayecto comercial del post punk a la new wave hiper mainstream y -segundo- de figuras un tanto mucho patéticas o estériles como esta pareja aficionada a los cuchillos, permitiéndose reinterpretaciones surrealistas como la del segmento de My Way, ahora con Nancy entre el público del teatro, de La Gran Estafa del Rock ‘n’ Roll (The Great Rock ‘n’ Roll Swindle, 1980), exégesis histórica desde el punto de vista de McLaren que luego sería refutada por la perspectiva de la agrupación de La Mugre y la Furia (The Filth and the Fury, 2000), ambas dirigidas por Julien Temple, y por supuesto ese siempre polémico final del taxi llevándose al descerebrado de Sid para reencontrarse con ella en el Olimpo que tanto disgustó al genial Lydon modelo Public Image Ltd., remate considerado -con mucha razón- una glorificación de la droga que niega el desarrollo previo de condena abierta y demonización del consumo, quizás el punto más flojo de la realización que nos ocupa al igual que la ausencia de las canciones originales, cierta hipérbole interpretativa de los encomiables Oldman y Webb, todo el tiempo bordeando la caricatura aunque sin caer en ella, y precisamente el retrato del amigo Rotten, bastante precario y anodino en manos de un Schofield que hace lo que puede con el poco margen de desarrollo del personaje en el film, éste mucho más preocupado por el narco “amour fou”/ amor loco del matrimonio tácito punk por excelencia. Entre la cólera, el accidente, la amnesia por la droga y un posible robo por parte de un dealer o un vecino, la película opta por la explicación más aceptada a la hora de entender la muerte de Spungen y el fallecimiento por sobredosis de Vicious cuatro meses después, nos referimos al pacto suicida cual búsqueda de paz y solidaridad de unos amantes que la trama intermitentemente idealiza y sanciona en su estupidez y compulsiones para humanizarlos y comprenderlos…

 

Sid & Nancy (Reino Unido, 1986)

Dirección: Alex Cox. Guión: Alex Cox y Abbe Wool. Elenco: Gary Oldman, Chloe Webb, David Hayman, Andrew Schofield, Debby Bishop, Xander Berkeley, Perry Benson, Tony London, Biff Yeager, Courtney Love. Producción: Eric Fellner. Duración: 113 minutos.

Puntaje: 9