La Casa de Detención de São Paulo, conocida en términos masivos como Carandiru, fue una prisión gigantesca construida en 1920 que se utilizó como albergue de detenidos por la policía y el aparato judicial entre 1956 y 2002 al punto de que se transformó no sólo en la cárcel más grande de Brasil sino de toda Latinoamérica, en esencia un supuesto centro de detención para reos varones que aún no habían sido juzgados, con una capacidad máxima de cuatro mil personas, que en realidad funcionaba como una penitenciaría clásica porque alojaba en su mayoría a prisioneros con condena efectiva, para colmo todos hacinados a niveles francamente desastrosos porque la población total siempre rondaba entre los 7500 y los 8000 presos. En el lugar convivían dos sistemas brutales complementarios, el de los guardias, basado en el prototípico castigo en celda solitaria sin luz por 30 días por cualquier ofensa contra los esbirros institucionales, y el de los convictos, quienes contaban con una suerte de “prisión dentro de la prisión”, el Sector Amarillo, para los grupos marginados que se consideraba con la obligación de vivir en el exilio, los vigilantes, violadores, alcahuetes y esos endeudados que no saldaron sus cuentas. Semejante polvorín estalla el 2 de octubre de 1992 cuando producto de una discusión, con un partido de fútbol entre los internos como telón de fondo, se genera un motín en el que los presos rápidamente controlan la cárcel y por ello el director del complejo, José Ismael Pedrosa, llama a la Policía Militar a cargo del Coronel Ubiratan Guimarães, un demente hiper fascistoide y fanático de la represión que no deseaba negociar y ordenó una masacre sistemática de amotinados sin armas que llegó a la friolera de 111 muertos, 102 de los cuales fueron sin duda alguna casos de fusilamiento policial vía disparos y ataques de perros entrenados. La impunidad subsiguiente, en materia del coronel porque argumentó que “seguía órdenes” y de los asesinos individuales porque los tribunales consideraron que fue un episodio de “defensa propia”, llevó a las ejecuciones de Pedrosa en 2005 y de Guimarães en 2006, ambos en apariencia víctimas de la flamante organización criminal que surgió bajo la sombra del violento alzamiento y la incluso más violenta represión, el denominado Primer Comando de la Capital, colectivo con base en São Paulo que cubre todo el país y al día de hoy es el más poderoso y extendido de Brasil.
Quizás el testimonio más importante acerca de la durísima existencia dentro del penal es Estación Carandiru (Estação Carandiru, 1999), novela con elementos de memorias del Doctor Antônio Drauzio Varella, experto en HIV que trabajó como médico no remunerado en Carandiru como una manera de combatir la epidemia de SIDA -y los muchos casos de sarna, tuberculosis y drogodependencia- entre los cautivos del lugar, libro que recopila las experiencias de Varella entre 1989 y 1992, cubriendo con detalle la matanza perpetrada por los secuaces de Guimarães, a pesar de que el médico siguió visitando el penal hasta el 2001, justo un año antes de su cierre por la presión de la comunidad internacional vinculada a la defensa de los derechos humanos, esa que llevó a la demolición definitiva de Carandiru el 9 de diciembre de 2002 y a la metamorfosis del terreno en una enorme plaza, el Parque de la Juventud Don Paulo Evaristo Arns, amén de la conservación de un bloque de celdas, el portal principal y algunos muros en plan de museo conmemorativo al que se puede acceder desde dicha Estación Carandiru del Metro de São Paulo. La adaptación cinematográfica del libro del doctor, Carandiru (2003), verdadera maravilla de Héctor Babenco, constituye un caso raro dentro de la tradición carcelaria del séptimo arte y de las faenas testimoniales en general porque el film en cuestión se juega sin medias tintas por un relato coral, negando la tendencia al protagonista único y un círculo de secundarios en lo que atañe a las odiseas tras las rejas, e incluso coquetea con la fórmula del outsider, aquí mediante el personaje del mismo médico, Varella (Luiz Carlos Vasconcelos), aunque sin transformarlo en el núcleo del relato porque nunca sabemos demasiado del señor y sólo ofrece sus ojos y oídos para que conozcamos mediante flashbacks las “circunstancias de vida” -y los ribetes delictivos, por supuesto- de un interesante popurrí de detenidos, especie de filtro burgués para nada invasivo que no juzga ni sermonea y además permite el desarrollo de las diversas subtramas a lo largo de aproximadamente 120 minutos para dejar paso, ya en la media hora final, al retrato de la masacre en sí de 1992 en un estilo bien crudo que le debe tanto al neorrealismo italiano como al acervo de denuncia de Costa-Gavras y Gillo Pontecorvo y a aquel Cinema Novo de Glauber Rocha y Nelson Pereira dos Santos, entre otros genios de los 60 y los 70.
En gran medida se puede considerar a la película como una suerte de cierre conceptual de lo que podríamos llamar la Trilogía Carcelaria del argentino/ brasileño Babenco, esa que incluye otros dos opus, las recordadas Pixote: La Ley del más Débil (Pixote: A Lei do mais Fraco, 1981) y El Beso de la Mujer Araña (Kiss of the Spider Woman, 1985), que también analizaron el hacinamiento de los presos, la homosexualidad entre ellos, la brutalidad a la que son sometidos, sus peculiares códigos de ética, la estructura moral que se esconde por detrás, sus anhelos de vida, la inestabilidad de su existencia prosaica y el papel activo que juega el Estado -por acción u omisión- en la constante reproducción de las coyunturas que garantizan la miseria, el oscurantismo, la marginación, los callejones sin salida y desde ya las compulsiones criminales en tanto única “profesión” posible desde la perspectiva de prisioneros que luego arrastran este estigma en la libertad de la sociedad civil, una siempre empobrecida y ultra defectuosa como todas las del Tercer Mundo, y que nunca consiguen “reinsertarse” como se espera de ellos en una jugada bastante hipócrita por parte de unas autoridades públicas que demuestran estar más interesadas en el castigo al pobre diablo que en subsanar los correlatos de la pobreza extendida y la utopía plutocrática en el capitalismo, una que nada tiene que ver con la realidad. Así las cosas, por la pantalla van pasando las historias del Negro (Ivan de Almeida), jefe de cocina y capo de los presos que mató a un cómplice que quiso traicionarlo luego del asalto a una joyería, de Majestad (Ailton Graça), un gigoló oscuro, a la vez ladrón y narcotraficante, que tuvo tres hijos con una ninfa blanca, Dalva (Maria Luísa Mendonça), hasta que empezó una vida de bígamo con la morocha y prostituta Rosirene (Aida Leiner), con la que engendró otro vástago más, por lo que Dalva les incendió la cama y el hombre se declaró culpable para evitarle el presidio a la madre de sus niños, del dealer menor Zico (Wagner Moura), hermano adoptivo de Francineide (Julia Ianina), su interés romántico tácito, y Deusdete (Caio Blat), el cual cae en Carandiru por haber asesinado a dos sujetos que violaron a Francineide, y del pirata del asfalto Antônio Carlos (Floriano Peixoto), quien se separa de su colega y amigo, Claudiomiro (Ricardo Blat), cuando le comunica que la esposa de este último, Dina (Leona Cavalli), lo engaña con un policía, detalle que conduce a un intento de robo del botín acumulado por parte de oficiales corruptos que deriva en el fallecimiento de los susodichos y de la infiel/ traidora, retahíla agitada en la que se suman personajes colaterales coloridos como el travesti con siliconas Lady Di (Rodrigo Santoro), su pareja y enfermero “Sin Remedio” (Gero Camilo), el veterano muy solitario Chico (Milton Gonçalves), el sicario con problemas de conciencia Peixeira (Milhem Cortaz), el adicto al crack y eterno deudor Ezequiel (Lázaro Ramos) y el mismo director del penal, el Señor Pires (Antônio Grassi), un mandamás de mano blanda.
Como decíamos con anterioridad, el guión del realizador, Fernando Bonassi y Victor Navas consagra el segmento final del relato a la masacre de principios de los 90 al volcar el asunto hacia los engranajes retóricos del docudrama a lo Errol Morris y el dúo de Joe Berlinger y Bruce Sinofsky, desde la reconversión cristiana evangélica de Peixeira hasta las imágenes documentales/ verídicas de la demolición de aquel infierno, pensemos para el caso en esas escenas de la represión salvaje de los uniformados complementadas permanentemente con tomas de los prisioneros dando testimonio de lo sucedido y mirando directamente a cámara en un supuesto diálogo posterior con el médico símil racconto descarnado, argucia muy inteligente de Babenco porque de este modo, cuando ya conocemos el tragicómico devenir del cúmulo de protagonistas, el peligro que atraviesan a manos de todos los psicópatas de la Policía Militar se siente no sólo en las tripas o el corazón sino hasta en los huesos, proceso de humanización mediante que le escapa a la condescendencia institucional del mainstream hollywoodense y a la demonización paradigmática del cine de género en materia de cargar las tintas sobre los delincuentes como si fuesen alienígenas que bajaron hace poco de un plato volador y no productos de las barrabasadas e injusticias de las sociedades actuales, esas que extienden la estructura mafiosa, el maquiavelismo y el hambre de lucro a todos los rubros y gremios del planeta. Dentro de este lienzo global se destacan especialmente el episodio de Chico, un padre de 18 vástagos que desea ver a su hija menor fuera del día de visita y termina con un mes de confinamiento solitario por golpear a un guardia que le faltó el respeto, la performance de Rita Cadillac -interpretándose a sí misma- frente al público de Carandiru, una célebre cantante, bailarina y actriz de Brasil que alcanzó gran popularidad por su paso por el cine pornográfico y sus shows para la comunidad carcelaria del país, aquella larga secuencia del día de visita con la reconciliación implícita de las dos mujeres de Majestad y el nacimiento del amor entre Deusdete y una amiga de su hermana, Catarina (Sabrina Greve), la graciosa escena del casamiento entre Lady Di y Sin Remedio con un interno cantando de fondo el Ave María (1825), de Franz Schubert, la cruenta ejecución vía múltiples puñaladas de Zico por haber matado en un delirio del crack al pobre de Deusdete arrojándole agua hirviendo mientras dormía, faena por la que se hace responsable Ezequiel a instancias del personaje del genial Graça, y finalmente aquella pesadilla con el finado de un Peixeira que se acobardó a último momento y no se animó a degollar a Zico, éste a su vez obsesionado con la violación de Francineide y asimismo replegándose en su intentona homicida hacia Ezequiel por una deuda. Carandiru es por lejos la mejor película carcelaria salida de Latinoamérica y uno de los pocos convites que miran a la desgracia local y toda esta pauperización sin preconceptos burgueses y zonceras varias de izquierda o derecha…
Carandiru (Brasil/ Argentina/ Italia, 2003)
Dirección: Héctor Babenco. Guión: Héctor Babenco, Fernando Bonassi y Victor Navas. Elenco: Luiz Carlos Vasconcelos, Milton Gonçalves, Ivan de Almeida, Ailton Graça, Maria Luísa Mendonça, Aida Leiner, Rodrigo Santoro, Gero Camilo, Wagner Moura, Floriano Peixoto. Producción: Héctor Babenco, Óscar Kramer y Rui Pires. Duración: 146 minutos.