Alisa Zinovyevna Rosenbaum alias Alice O’Connor alias Ayn Rand (1905-1982) fue una escritora y seudo filósofa rusa que vio con espanto el ascenso de los bolcheviques en 1917 en su país aunque ello no le impidió gozar del flamante privilegio femenino, cortesía de los comunistas, de poder ingresar a la Universidad Estatal de San Petersburgo para estudiar Pedagogía Social con una especialización en Historia, gran preámbulo de su partida hacia Estados Unidos en 1926 y su casamiento con el actor Frank O’Connor en 1929, lo que le permitió acceder a la ciudadanía norteamericana. Luego de trabajos marginales varios como guionista y actriz en Hollywood, un par de novelas menores, la autobiográfica Los que Vivimos (We the Living, 1936) y la distópica Himno (Anthem, 1938), y otro tanto de puestas teatrales para Broadway, La Noche del 16 de Enero (Night of January 16th, 1934) y Lo no Conquistado (The Unconquered, 1940), la primera adaptada al séptimo arte por William Clemens en 1941 y por Goffredo Alessandrini al año siguiente y la segunda una traslación teatral de Los que Vivimos, derrotero profesional primigenio al que se suman los guiones de dos dramas románticos, Tú me Seguiste (You Came Along, 1945), de John Farrow, y Cartas a mi Amada (Love Letters, 1945), de William Dieterle, Rand escribiría las dos novelas por las que es popular en el ambiente anglosajón de derecha, los mega bestsellers El Manantial (The Fountainhead, 1943) y La Rebelión de Atlas (Atlas Shrugged, 1957), la primera una epopeya identitaria acerca de Howard Roark, un arquitecto individualista, de vanguardia y muy intransigente inspirado a lo lejos en Frank Lloyd Wright, y la segunda un retrato de un bizarrísimo “lock out” patronal, liderado por el misterioso inventor John Galt, contra los políticos intervencionistas y los cultos religiosos de vieja cepa que enturbian la realidad con entelequias, trabajos que llevarían al extremo las obsesiones de siempre de la autora con el realismo romántico, los triángulos amorosos, la decadencia moral de nuestra sociedad, los dilemas correspondientes a la voluntad del sujeto y finalmente aquella pomposidad retórica.
Sin duda alguna al hablar de -o tratar de entender a- Rand, como decíamos anteriormente uno de los más importantes pivotes doctrinarios del neoliberalismo de fines del Siglo XX y lo que va del Siglo XXI, a pesar de que en el resto del planeta no se la conozca tanto como en los círculos de poder y el vulgo antiburocrático de yanquilandia, se debe tener presente que El Manantial y La Rebelión de Atlas son trabajos literarios mayormente mediocres o redundantes aunque atravesados por una vehemencia discursiva que en muchas ocasiones compensa los latiguillos y compulsiones artísticas risibles de la rusa, como por ejemplo el abuso de recursos en línea con los héroes inmaculados, los clichés melodramáticos más rancios, las situaciones totalmente inverosímiles, un desarrollo de personajes bien pedestre, pocas o nulas ideas originales y en especial unos sermones demasiado extensos en torno a su sistema filosófico personal, el mentado objetivismo, refrito de conceptos de Aristóteles, John Locke y Friedrich Nietzsche que Rand transformó en un elogio hacia el capitalismo de libre mercado o laissez faire que se unifica en primera instancia con la ponderación del “egoísmo racional”, la libertad de expresión, el ateísmo, la independencia, el espíritu de la propia vocación, el orgullo individual, la integridad ética y el derecho a la no interferencia en la propia vida, cuya contracara es la no interferencia en la existencia del prójimo, y en segundo término con el rechazo absoluto al Estado de Bienestar de la posguerra, el régimen soviético, toda clase de altruismo social, la fe de las religiones, el determinismo, conceptos colaterales como el sacrificio, la humildad y el consenso, esa dialéctica del conformismo para agradar al otro, los totalitarismos, los derechos igualitarios, los Estados de impronta fascista, el colectivismo y el anarquismo tradicional no capitalista. El devenir progresivo e hiperbólico de las ideas de Rand fue desde Roark, titán/ asceta objetivista de El Manantial, a la casta empresarial de Galt de La Rebelión de Atlas, su último trabajo de ficción antes de retirarse del rubro por la sátira permanente de la crítica y los intelectuales sobre su persona.
Dejando por supuesto de lado la desastrosa trilogía de adaptaciones de bajo presupuesto del nuevo milenio de La Rebelión de Atlas, aquella encarada por Paul Johansson en 2011, John Putch en 2012 y James Manera en 2014, en realidad la única película encomiable surgida del muy limitado acervo artístico randiano es El Manantial (The Fountainhead, 1949), obra curiosa dirigida por King Vidor y escrita por la autora de la novela de 1943 que también es conocida en las naciones de habla castellana como Uno contra Todos: hablamos de una de las realizaciones más extrañas que hayan surgido del hiper acartonado Hollywood Clásico por múltiples razones, en primer lugar el poder que tuvo Rand a la hora de exigir que no se cambiase palabra alguna de su guión en tiempos en los que al todopoderoso sistema de estudios poco y nada le importaba la opinión o los reparos de los escritores, en segunda instancia la evidente perplejidad del intérprete principal ante el material, un Gary Cooper que compone a Roark sin siquiera comprenderlo y con una edad que sobrepasa la supuesta juventud del personaje, central para justificar sus inclinaciones arquitectónicas avant-garde contra el statu quo ultra conservador/ clasicista/ retrógrado del gremio, en tercer lugar -y relacionado con lo anterior- la defensa pirotécnica del elitismo antidemocrático de la rusa en materia de pasarse todo el tiempo estableciendo la superioridad moral y estética del adalid del egoísmo racional con respecto al resto de sus colegas, que hacen lo que se espera de ellos como esclavos, y en última instancia la decisión de Vidor, presionado por Rand y por su jefazo en Warner Bros., Jack L. Warner, de efectivamente no tocar ni una coma del desquiciado guión de la autora, lleno de situaciones delirantes, pasos en falso, momentos forzados, metamorfosis ridículas de personajes y un extremismo meloso como pocas veces se ha visto en la gran pantalla, ahora apuntalado en el triángulo entre el mesiánico Roark, Dominique Françon (esa esplendorosa Patricia Neal) y Gail Wynand (Raymond Massey), estos dos últimos una columnista y el propietario del periódico sensacionalista The Banner.
En esencia la película sigue de cerca el periplo del Roark de las páginas, arrancando en el terreno de los artistas del hambre y los trabajos manuales, por rehusarse a comprometer sus gloriosas creaciones frente a clientes opresivos que piden cambios, y de a poco volcándose hacia encargos arquitectónicos menores en donde puede despuntar su gustito por una cruza modernista entre la arquitectura orgánica de Wright, el racionalismo de Le Corbusier y el brutalismo por venir de Alison y Peter Smithson, así encuentra a su mecenas, el magnate Roger Enright (Ray Collins), un amigo y colega pancista, Peter Keating (Kent Smith), y un villano del colectivismo ortodoxo que reconoce en secreto la genialidad de los diseños de Howard aunque hace todo lo posible para destruirlo, el crítico de arquitectura Ellsworth M. Toohey (gran trabajo de Robert Douglas, claramente el único actor cómodo en su rol de turno), amén del carácter ambivalente de Wynand, primero encabezando una campaña de difamación contra Roark, después entablando una amistad y en el desenlace traicionándolo, y de Françon, a la que Howard viola para que se le cure la histeria de burguesa reprimida, detalle ultra polémico porque se ubica en el límite entre el crimen y el sadomasoquismo físico y emocional de los dos lunáticos, el arquitecto y la periodista. Más allá de la catarata de absurdos del film, hay que reconocer que es muy entretenido y que su condición de anomalía total desencadena una fascinación inigualable que pocas películas, de izquierda o extrema derecha como en este caso, han despertado, algo que se explica por el frenesí señalado de una Rand cuasi psicótica que mueve los resortes del relato con la algarabía, el convencimiento y la falta de decoro del fanático, aquí disparando sin cesar una perorata sobre ese individualismo suicida procapitalista que llega al cenit en la recordada escena del tribunal, cuando se juzga a Roark por haber dinamitado su propia urbanización a raíz de la “corrupción” de unos balcones y una fachada griega, frutilla de la torta de la artificialidad más expresionista y locuaz, aquella de diálogos floridos, apoteósicos y fundamentalistas…
El Manantial (The Fountainhead, Estados Unidos, 1949)
Dirección: King Vidor. Guión: Ayn Rand. Elenco: Gary Cooper, Patricia Neal, Raymond Massey, Kent Smith, Robert Douglas, Henry Hull, Ray Collins, Moroni Olsen, Jerome Cowan, Morris Ankrum. Producción: Henry Blanke. Duración: 113 minutos.