1280 Almas (Coup de Torchon, 1981), también conocida en nuestro mundo hispanoparlante con el título de Más allá de la Justicia, es una de las películas más extrañas y misteriosas del inefable Bertrand Tavernier y si bien los resultados desconcertaron a muchos cinéfilos a lo largo de las décadas, en verdad la explicación para la cadencia socarrona sádica del opus radica en su inspiración principal, 1280 Almas (Pop. 1280, 1964), legendaria novela de Jim Thompson que retoma su obsesión de siempre para con el nihilismo de impronta pancista y a veces revanchista y los buscavidas, marginados, perdedores y psicópatas institucionales que en público se hacen pasar por payasos populares o hazmerreíres bastante patéticos pero en privado son criaturas inteligentes y cínicas capaces de las mayores barbaridades para manipular a la fauna más soberbia del lugar de turno, salirse con la suya de manera sigilosa, sacar algún rédito del prójimo y/ o simplemente despuntar un vicio homicida, degradante, autodestructivo o cruel que no pueden controlar y que todo lo consume en mayor o menor medida, amén de referencias varias por parte del film a otros trabajos literarios que también se metieron en un contexto de explotación y decadencia moral aunque ya definitivamente galo específico y colonialista en general, pensemos para el caso en dos célebres estudios de la primera mitad del Siglo XX acerca del África Occidental Francesa, una federación que incluyó a Senegal, Costa de Marfil, Níger, Alto Volta, Mauritania, Guinea, Dahomey y el Sudán Francés, nos referimos a Viaje al Congo (Voyage au Congo, 1927), una crítica tibia de parte de André Gide a la segregación racial impuesta en África por los europeos, y Viaje al Fin de la Noche (Voyage au Bout de la Nuit, 1932), sátira mordaz de Louis-Ferdinand Céline -con rasgos propios del humor absurdo- sobre la intervención gala en el “continente negro” en plan de denuncia de los abusos sistemáticos cometidos contra los nativos y de la tendencia pederasta de los colonos y todas aquellas autoridades parasitarias de la metrópoli.
Parte central del ciclo inaugural de realizaciones que patentaron y ayudaron a popularizar la revolucionaria steadicam de Garrett Brown, grupo en el que asimismo entran clasicazos como Esta Tierra es mi Tierra (Bound for Glory, 1976), de Hal Ashby, Rocky (1976), de John G. Avildsen, Maratón de la Muerte (Marathon Man, 1976), de John Schlesinger, y El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, 1280 Almas, escrita por el director y su colaborador habitual Jean Aurenche, socio de gente de la talla de René Clément, Claude Autant-Lara, Julien Duvivier, Marcel Carné, Pierre Granier-Deferre, Henri Decoin, Jean Delannoy y Mauro Bolognini, traslada la acción desde el pueblito sureño de 1917-1918 del libro de Thompson, Potts County, a un enclave lastimoso y también bucólico de Senegal, Bourkassa, en aquella África Occidental Francesa de julio de 1938 previa al estallido de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y la movilización masiva subsiguiente de tropas, materias primas y recursos en favor del mentado “esfuerzo bélico” detrás de la contienda interimperialista. El sheriff Nick Corey ahora responde al nombre de Lucien Cordier (un extraordinario Philippe Noiret, en uno de los mejores trabajos de su prolongada carrera), el supuesto jefe de policía de Bourkassa -en realidad el único oficial disponible- y un señor vago, corrupto e irresponsable que es basureado por prácticamente todos a su alrededor: su esposa, Huguette (la eterna y celestial Stéphane Audran), trajo a la casa compartida a su amante que se hace pasar por su hermano, un tarado llamado Nono (Eddy Mitchell) que gusta decirle “mamá”, su superior en la fuerza, Marcel Chavasson (Guy Marchand), no deja de darle patadas en el culo para ilustrar que no debe dejarse denigrar por los dos alcahuetes del pueblo, Le Peron (Jean-Pierre Marielle) y Leonelli (Gérard Hernández), y para colmo de males un empresario maderero y nuevo rico, Vanderbrouck (Michel Beaune), le instaló una serie de letrinas justo al lado de su humilde hogar para los empleados de su compañía.
Al igual que los protagonistas de otras adaptaciones cinematográficas de otras novelas de Thompson, en sintonía con La Fuga (The Getaway, 1972), de Sam Peckinpah, El Asesino dentro de mí (The Killer Inside Me, 1976), de Burt Kennedy, Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet, 1990), obra de James Foley, Ambiciones Prohibidas (The Grifters, 1990), de Stephen Frears, Este Mundo, luego los Fuegos Artificiales (This World, Then the Fireworks, 1997), de Michael Oblowitz, y El Asesino dentro de mí (The Killer Inside Me, 2010), de Michael Winterbottom, Cordier se mueve en la frontera entre el afán desesperado por sobrevivir y una sociopatía muy perversa que lo va conduciendo de a poco al engaño y al delito, espiral que comienza a toda pompa con el asesinato de los dos proxenetas con su revólver oficial, cuyos cadáveres arroja a un río que los morochos utilizan de cementerio ritual, y con el homicidio del marido golpeador, borracho y ultra miserable de su amante, un tal Marcaillou (Victor Garrivier) que le dificultaba ver a la bella Rose (una jovencísima Isabelle Huppert), planteo narrativo que genera primero un segundo acto un poco más light y todavía más sarcástico, en el que Lucien corta con un serrucho los tablones de madera del piso de las letrinas, provocando que Vanderbrouck caiga en su propia mierda, y le da una buena paliza a Nono utilizando como excusa que los golpes son mejores que un arresto por espiar en el baño a la nueva maestra de la escuela de Bourkassa, la idealista y naif Anne (Irène Skobline), y a posteriori un remate ya de índole dramática meditabunda en el cual la justicia muta en desproporción cuando el jefe de policía mata a un pobre africano, Vendredi (Samba Mané), porque escuchó una frase de Rose sobre Cordier reventando a Marcaillou, faena que encubre diciendo que el finado tropezó con su propia escopeta, y luego manipula a Huguette y Nono para que ataquen a Rose creyendo que ésta sabe dónde está un dinerillo robado por Lucien a su esposa, desencadenando el raudo óbito de la susodicha y su amante.
Como decíamos antes, Tavernier construye la película mediante travellings con steadicam que siguen al protagonista en su divagar sin rumbo fijo por Bourkassa y que imponen un sustrato crudo cuasi documentalista que a su vez evita la dialéctica del plano y contraplano para los diálogos de los diversos encuentros con personajes abusivos y muy bizarros símil Viaje al Fin de la Noche, especie de retrato de una locura progresiva que se basa en tres nociones explicitadas por Cordier a lo largo del desarrollo retórico, léase la idea de que los crímenes son siempre colectivos porque abarcan una complicidad social pasiva o activa, la creencia de que las acciones reflejo -como por ejemplo una picazón en los testículos que llama a rascarse- con el tiempo generan un placer libidinoso más o menos reprimido o no reconocido por el ser humano, y finalmente la certeza de que el servidor público volcado a impartir justicia no puede meterse con los ricos y poderosos, el estrato más criminal de cualquier comunidad, y ello conlleva una enorme frustración que termina descargándose sobre los menesterosos y aquí los negros, quienes padecen la represión o la displicencia de este antihéroe suicida del film noir que se debate entre su esposa, su amante oficial y una tercera fémina, Anne, que se asoma como solución externa al dilema romántico hasta que Lucien en el desenlace también renuncia a ella luego de llevar al exilio a esa Rose tontuela reconvertida en homicida. Como en El Relojero de Saint Paul (L’Horloger de Saint-Paul, 1974), El Juez y el Asesino (Le Juge et l’Assassin, 1976), La Muerte en Directo (La Mort en Direct, 1980), L.627 (1992) y especialmente La Carnada (L’Appât, 1995), Tavernier en 1280 Almas, referencia irónica a la población del asentamiento racista colonial, señala que la integridad y la moral suelen oxidarse tanto por influencia de los atropellos sociales como por el egoísmo y los muchísimos fantasmas que anidan en el corazón de los sujetos, esos que llevan a Cordier a considerar asesinar a unos niños que buscan comida en el desierto…
1280 Almas (Coup de Torchon, Francia, 1981)
Dirección: Bertrand Tavernier. Guión: Bertrand Tavernier y Jean Aurenche. Elenco: Philippe Noiret, Isabelle Huppert, Jean-Pierre Marielle, Stéphane Audran, Eddy Mitchell, Guy Marchand, Irène Skobline, Michel Beaune, Victor Garrivier, Gérard Hernández. Producción: Henri Lassa y Adolphe Viezzi. Duración: 129 minutos.