Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet)

La ayuda ventajista

Por Emiliano Fernández

Al igual que las otras variopintas películas escritas por Jim Thompson o inspiradas en mayor o menor medida en sus muchas novelas y cuentos cortos, como por ejemplo Casta de Malditos (The Killing, 1956) y La Patrulla Infernal (Paths of Glory, 1957), ambas de Stanley Kubrick, La Fuga (The Getaway, 1972), de Sam Peckinpah, El Asesino dentro de mí (The Killer Inside Me, 1976), de Burt Kennedy, Serie Negra (Série Noire, 1979), de Alain Corneau, Más allá de la Justicia (Coup de Torchon, 1981), de Bertrand Tavernier, Ambiciones Prohibidas (The Grifters, 1990), de Stephen Frears, Este Mundo, luego los Fuegos Artificiales (This World, Then the Fireworks, 1997), de Michael Oblowitz, y El Asesino dentro de mí (The Killer Inside Me, 2010), de Michael Winterbottom, segunda adaptación cinematográfica de la célebre novela homónima de 1952, Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet, 1990), dirigida y escrita por James Foley -en este último apartado con la asistencia del también productor Robert Redlin- a partir del libro de 1955 de Thompson, recupera latiguillos del escritor en sintonía con el crimen, la decrepitud moral, las ironías del destino, mujeres peligrosas, el alcoholismo, la hipocresía social y/ o institucional, los traumas del pasado, la necesidad de reinventarse, la típica improvisación asociada y especialmente protagonistas que son basureados o ninguneados por casi todos, léase una coyuntura que los trata como si fueran bobos descartables de los cuales servirse para sus propios intereses sin darse cuenta de que los susodichos tienen su propia agenda y por lo general ésta se vincula a la manipulación, el truco del perfil bajo y una bipolaridad que los hace pasar de estados de sumisión a huracanes de violencia que los acercan a la condición de psicópatas, en esencia el viejo y querido ardid retórico del “lobo con piel de cordero” que sabe engañar -indefensión de por medio- hasta que ya es tarde para la presa.

 

La historia, como aquella de la novela original de Thompson, en apariencia es muy sencilla: Kevin Collins (un genial Jason Patric), apodado intermitentemente “Kid” o “Collie”, es un ex boxeador que en una ráfaga de impetuosidad agresiva -incentivada por el público y la prensa- mató a golpes de puño limpio a su contrincante arriba del ring y por ello fue a parar a distintos neuropsiquiátricos, escapándose del último de ellos y terminando en un pueblito en medio del desierto en el que gusta repetir la misma cantinela a todo el que quiera oírla, eso de que a él y a un amigo suyo, Jack Billingsley, se les rompió el automóvil en la ruta, Kevin partió caminando en busca de una grúa y cuando regresó al coche el ficticio Jack había desaparecido, relato que es ridiculizado abiertamente por un barman que le sirve una cerveza, Bert (Rocky Giordani), y por una cliente habitual del anterior, la hermosa Fay (Rachel Ward), una borracha amante del buen vino y una viuda con una casona heredada de su marido, lugar al que muda al protagonista al contratarlo como jardinero y brindarle de alojamiento un tráiler/ casa rodante ubicado en el terreno propiedad de la mujer. No pasa mucho tiempo hasta que aparece un tercero, el Tío Bud (Bruce Dern), sujeto algo patético que dice ser un ex detective y que ahora se dedica a robos y secuestros, precisamente como el que tiene planeado con Fay y para el que necesita a un tarado símil carne de cañón que de hecho se lleve al mocoso de turno haciéndose pasar por un tal Rogers, su chófer, Charles “Charlie” Vanderventer (James Cotton), el vástago pequeño y diabético de una dinastía de millonarios. Mientras que Collie comienza una relación romántica con la viuda, una femme fatale muy cínica, y sospecha que el Tío Bud pretende traicionarlo, quien a su vez tiene una deuda voluminosa con Bert, asimismo se apropia del crío un sábado en una práctica de golf y pasa a dominar la faena criminal para que ya no lo consideren un don nadie prescindible.

 

Kid en un primer momento parece calzar de maravillas con el estereotipo del buscavidas o adalid suicida promedio del film noir, ese clásico antihéroe reventado que busca una chance final para salir del pozo o por lo menos encontrarle sentido a su existencia, no obstante la pluma primigenia de Thompson pronto impone su lógica y gracias a la prodigiosa fidelidad de Foley aquí nos topamos con un relato semi ensoñado y por momentos pesadillesco en el que los saltos en el tiempo a lo trastorno mental en primera persona son casi permanentes, el fantasma del combate asesino regresa vía flashbacks repentinos y entrecortados y sobre todo la figura de Collins muestra su verdadera naturaleza cuando llega el colapso luego del rapto del chiquillo, aclarando con vehemencia que no soportará más basureo de parte de la fémina ni instrucciones del jefazo y “autor intelectual” del plan, el Tío Bud, todo en medio de instantes de zozobra como la insólita subida de otro nene al vehículo de Collie durante el secuestro, Jack (Corey Carrier), el descubrimiento muy tardío de que Charlie es diabético y necesita insulina, un ridículo intento de homicidio de parte de Fay hacia el cautivo y hasta la intromisión de un psiquiatra con tendencias homoeróticas que parece estar obsesionado con Kid, el Doctor Jake Goldman (George Dickerson), a quien el ex boxeador mata de un golpe directo al corazón cuando pretendía avisar a las autoridades acerca de la presencia de Charlie en la morada de la viuda, matasanos que lo halló en un restaurant cualquiera y que decía ayudarlo para retenerlo durante meses y sabotear la relación con Fay comentándole sobre la carnicería en el cuadrilátero. Un astuto Foley no sólo se juega por una perspectiva humanista ciclotímica, en la que todas las criaturas en pantalla resultan contradictorias y falibles, sino que además anula discursivamente al cliché de las faenas de raptos, el reo, en este caso un mocoso que prácticamente no dice palabra alguna y ni siquiera pretende huir.

 

Hasta la Noche, mi Amor, parte de la trilogía de oro del realizador junto a Hombres Frente a Frente (At Close Range, 1986) y El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, 1992), representó cosas muy distintas para cada uno de los tres actores principales: para Dern fue una “mancha más” en el pelaje del tigre, en esencia una bestia sagrada del cine yanqui que supo trabajar con Peckinpah, Alfred Hitchcock, Robert Aldrich, Roger Corman, Ted Post, Sydney Pollack, Mark Rydell, el gran Douglas Trumbull, Jack Clayton, Claude Chabrol, John Frankenheimer, Walter Hill, Hal Ashby y Joe Dante, entre muchos otros directores de renombre; en lo que atañe a Ward la realización en cuestión se acopla a sus trabajos en el policial negro de la primera etapa de su carrera -la única valiosa, por cierto- en línea con La Brigada de Sharky (Sharky’s Machine, 1981), de Burt Reynolds, Cliente Muerto no Paga (Dead Men Don’t Wear Plaid, 1982), de Carl Reiner, y El Poder y la Pasión (Against All Odds, 1984), de Taylor Hackford, corriente profesional que en su momento supo combinar con el horror de Escuela Nocturna (Night School, 1981), de Ken Hughes, El Terror Final (The Final Terror, 1983), de Andrew Davis, y la recordada Fortaleza (Fortress, 1985), de Arch Nicholson y con un guión del prolífico Everett De Roche; y finalmente en términos de la trayectoria de Patric la propuesta fue crucial, casi a la par de La Bestia de la Guerra (The Beast of War, 1988), opus algo olvidado de Kevin Reynolds, y Frankenstein Perdido en el Tiempo (Frankenstein Unbound, 1990), de Corman, en eso de sacarse de encima el rótulo de estrella púber de Los Guerreros del Sol (Solarbabies, 1986), de Alan Johnson, y Que no se Entere Mamá (The Lost Boys, 1987), de Joel Schumacher. El director edifica un neo noir onírico, misterioso y elegíaco en torno a un parasitismo bucólico que se disfraza de amparo para esconder sus intenciones ventajistas, tanto las del psiquiatra como las de Bud y Fay…

 

Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet, Estados Unidos, 1990)

Dirección: James Foley. Guión: James Foley y Robert Redlin. Elenco: Jason Patric, Rachel Ward, Bruce Dern, Rocky Giordani, George Dickerson, James Cotton, Corey Carrier, Jeanie Moore, Tom Wagner, Mike Hagerty. Producción: Robert Redlin y Ric Kidney. Duración: 112 minutos.

Puntaje: 8