Los Dioses Deben Estar Locos (The Gods Must Be Crazy)

Apuntes africanos

Por Emiliano Fernández

Existen películas a las que se les exige demasiado, ya sea por prejuicios desafortunados de los espectadores, un contexto social o político aciago o porque provienen de una industria cinematográfica inexistente o en franca crisis que reclama algún tipo de rescate simbólico condensado en un hipotético film brillante que deje a todos contentos. La comarca retórica por antonomasia que suele acumular muchas pretensiones o demandas caprichosas de parte del público y de la crítica es la comedia, sin lugar a dudas el género más difícil de todos porque para hacer llorar a alguien sólo hace falta regalarle una buena paliza pero para las carcajadas se vuelve crucial una cultura compartida y códigos en común, dos elementos cada día más escasos en el egoísmo de una posmodernidad que licúa las características de los productos masivos de antaño -materiales o conceptuales- para generar una infinidad de subdivisiones que alejan a los bípedos entre sí. De entre todos los exponentes de la última época de oro de las comedias populares a escala planetaria, los años 80 y 90, se destaca en especial Los Dioses Deben Estar Locos (The Gods Must Be Crazy, 1980), escrita y dirigida por Jamie Uys, literalmente una de las películas más exitosas de la historia del cine y un verdadero imán para cuestionamientos algo mucho exagerados que tienen que ver con la coyuntura de producción del film, aquella Sudáfrica del Apartheid (1948-1992) en la que los blancos retenían el control del país y segregaban a los nativos negros, un esquema racista de gobierno que no es referenciado de manera directa en el film aunque sí de modo tácito, en simultáneo recuperando y burlándose del absurdo motivo del “buen salvaje”, lo que permite tratar con gran condescendencia a los morochos, y en esencia parodiando la dinámica social caníbal del África de la lenta descolonización, el rol bastante patético de los blancos a lo misioneros del “saber occidental” y la asimilación cultural general que el mestizaje y el Estado imponen en pueblos indígenas mayormente cazadores y recolectores.

 

Para comprender a la película primero debemos entender bien quién fue Uys, un africano caucásico que por muchos años fue uno de los pocos cineastas activos en todo África y un señor que venía rodando desde comienzos de los 50 una serie de comedias, dramas, faenas de acción, propuestas románticas y hasta documentales que consiguieron una importante repercusión en taquilla durante los 60 a nivel vernáculo/ regional, preámbulo para su etapa final y más conocida en términos del imaginario cinéfilo global, aquella que abarca no sólo su mayor hit, Los Dioses Deben Estar Locos, sino asimismo Dirkie (1969), una odisea de desamparo en el yermo que anticipa la muy superior Walkabout (1971), de Nicolas Roeg, Paraíso Viviente (Animals Are Beautiful People, 1974), documental sobre la vida silvestre del Desierto del Kalahari y el Desierto del Namib con muchas pinceladas de comedia, aquel díptico de Esa Gente tan Divertida (Funny People, 1976) y Esa Gente tan Divertida 2 (Funny People 2, 1983), convites de proto cámara oculta y sketchs más o menos planeados, y la esperable secuela tardía de turno, Los Dioses Deben Estar Locos II (The Gods Must Be Crazy II, 1989), ni remotamente tan graciosa o entretenida como el opus original aunque génesis de tres corolarios no oficiales realizados en Hong Kong, los de Billy Chan de 1991, de Wellson Chin de 1993 y de Kin-nam Cho de 1994, todas protagonizadas por el inefable Nǃxau ǂToma, actor bosquimano de Namibia. Film coral hasta la médula, la propuesta sigue las desventuras de Xi (Nǃxau), miembro del pueblo san con la misión de tirar en “el final de la Tierra” una botella de vidrio de Coca Cola que sembró la discordia en la tribu de turno porque mutó en una herramienta multiuso codiciada por todos desde que un aviador la arrojase en el Kalahari y fuese descubierta por el propio Xi, lo que genera encuentros con un naturalista muy torpe, Andrew Steyn (Marius Weyers), su asistente y mecánico Mpudi (Michael Thys) y una esplendorosa docente llamada Kate Thompson (Sandra Prinsloo).

 

El convite primigenio estaba hablado en afrikáans aunque la versión más conocida es esa insólitamente digna doblada al inglés con un narrador (Paddy O’Byrne) que aparece en la introducción farsesca símil mockumentary o falso documental y en distintos puntos del relato para aclarar los intercambios entre los diversos idiomas que se hablan en Sudáfrica y en Botsuana, recurso que funciona como otro ingrediente más que suma hilaridad al caos etnográfico controlado de fondo a partir de aquellas dos obsesiones temáticas/ formales/ discursivas de siempre de Uys, realizador con corazoncito retro que siempre mostraba su inclinación primero hacia el slapstick o comedia física del cine mudo, aquí representado en los números cómicos chaplinescos de Steyn, en el latiguillo de la cámara rápida permanente y en cierta medida en toda la distancia cultural entre Xi y la botella de Coca Cola y demás pavadas de la sociedad supuestamente civilizada, y segundo hacia la screwball comedy o comedia alocada de batalla de sexos, en esta oportunidad metamorfoseándose en el vínculo entre Thompson, una fémina fuerte recién llegada al Kalahari y con una pompa elegante que no calza con el sustrato rústico o precario de África, y el mencionado Andrew, sujeto que recolecta excremento de elefantes para su tesis de doctorado y deja entrever un enorme aturdimiento y nerviosismo frente a la presencia de cualquier mujer y sobre todo Kate, su interés romántico y eje de una lucha implícita con la competencia masculina de Jack Hind (Nic de Jager), guía turístico de un safari. Más allá del interés evidente del director por el cine anglosajón de la primera mitad del Siglo XX, su película, como decíamos antes, está hiper anclada en la descolonización de la segunda parte de la centuria y ello queda en evidencia mediante la subtrama del intento de asesinato del presidente de una nación sin especificar (Ken Gampu), obvia dictadura militar, por parte de un comando comunista liderado por el guerrillero Sam Boga (Louw Verwey), tan desalmado como el anterior.

 

Uys, quien fuera acusado de idealizar a los indígenas y desconocer el sufrimiento causado por el Apartheid en tiempos del rodaje y del prolongado estreno internacional, el cual se extendería a lo largo y ancho de los años 80 en los distintos mercados del planeta, desde ya que no rodó un documental ni una epopeya testimonial, por lo que no se le puede reclamar rigurosidad social, sino una comedia nostálgica y bastante cándida que juega a lo lejos con los extremismos interpretativos para satirizarlos, por ello entre los blancos tenemos por un lado a los clásicos burgueses bobos que piensan que con su presencia van a salvar a los nativos o a la fauna y la flora, léase Thompson y Steyn, y por el otro lado a aquellos otros que directamente se dedican al parasitismo para con el continente negro, como el adalid del safari, Hind, quien siempre se presenta como héroe sin hacer nada para llevarse a la maestra de escuela como trofeo; de igual manera entre los negros nos topamos con una escala de conciencia que va desde Xi, personaje autoparódico sobre una inocencia ya completamente desaparecida de los tribus africanas, pasa por aquella cuasi hibridación de primer orden de Mpudi, quien habla la lengua del bosquimano pero se queja con la efusividad de cualquier occidental, y llega a la fauna pública del presidente, un jerarca claramente despótico cuyos militares torturan a los prisioneros con falsos fusilamientos desde helicópteros, y ese Sam Boga, quien en el desenlace toma de rehenes a la platinada Thompson y todos sus alumnos de tez oscura. Como si se tratase de una combinación bizarra de apuntes políticos africanos maquillados y clichés bien ejecutados de una comedia tradicional hoy extinta, Los Dioses Deben Estar Locos sigue sin ser una gran película aunque envejeció con hidalguía y hasta incluye algún que otro episodio de denuncia institucional como la encarcelación por tres meses de Xi -condena a muerte conceptual- por haber cazado una cabra de un rebaño, un ataque contra la justicia eurocentrista que nunca se pone de parte del pobre o el diferente…

 

Los Dioses Deben Estar Locos (The Gods Must Be Crazy, Sudáfrica/ Botsuana, 1980)

Dirección y Guión: Jamie Uys. Elenco: Sandra Prinsloo, Marius Weyers, Nǃxau ǂToma, Louw Verwey, Michael Thys, Nic de Jager, Ken Gampu, Paddy O’Byrne, Fanyana H. Sidumo, Joe Seakatsie. Producción: Jamie Uys. Duración: 109 minutos.

Puntaje: 7