Actor fetiche de Sam Peckinpah y Monte Hellman y figura por antonomasia del querido Nuevo Hollywood de la década del 70, Warren Oates nunca fue ni será reconocido por el público en general, éste siempre criado por el mainstream más anodino y descerebrado, pero siempre estará presente para la fauna cinéfila que adora el nihilismo, la algarabía y el existencialismo de los años 60 y 70, época en la que despegó la trayectoria del señor en el séptimo arte -luego de su paso por la televisión- al punto de que logró acumular una serie de realizaciones con directores variopintos como Budd Boetticher, Gordon Douglas, Burt Kennedy, Norman Jewison, Joseph L. Mankiewicz, Peter Fonda, Bud Yorkin, Don Taylor, John Milius, Terrence Malick, Philip Kaufman, Frank Perry, Jack Starrett, Lee Frost, Roger Donaldson, William Friedkin, Steven Spielberg, Ivan Reitman, Tony Richardson, John Badham y Richard Fleischer. Si bien el actor siempre se las arreglaba para brillar de una manera u otra, sobre todo gracias a una personalidad agitada y un rango interpretativo muy vasto que ponía en vergüenza a los automatismos y clichés de los carilindos de su tiempo del sistema tradicional de estudios, a decir verdad muy pocas veces tuvo la oportunidad de destacarse como es debido porque solía estar relegado a papeles secundarios y/ o porque cuando protagonizaba era en propuestas bastantes mediocres o simplemente olvidables, sin embargo hubo dos grandes excepciones en su carrera que lo llevaron a la gloria del primer plano permanente y a la memoria popular de aquellos que amamos el cine, hablamos de Tráiganme la Cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), de Peckinpah, y Gallo de Pelea (Cockfighter, 1974), de Hellman, convites del mismo año que tienen a una existencia atravesada por la violencia y la desesperación como único horizonte.
Hellman, adalid del enclave independiente norteamericano que había empezado su carrera trabajando para Roger Corman en la graciosa La Bestia de la Cueva Maldita (Beast from Haunted Cave, 1959) y en dos mega clásicos del acid western, El Tiroteo (The Shooting, 1966) y A Través del Huracán (Ride in the Whirlwind, 1966), aquí deja de lado su sociedad con Jack Nicholson, con quien había colaborado en los westerns señalados, el trabajo en conjunto El Terror (The Terror, 1963) y las completamente olvidadas Viaje a la Ira (Flight to Fury, 1964) y Escapatoria al Infierno (Back Door to Hell, 1964), y retoma su vínculo con Oates, gran socio en El Tiroteo y la sublime Carretera Asfaltada en dos Direcciones (Two-Lane Blacktop, 1971), intérprete con el que volvería a colaborar en ocasión de China 9, Liberty 37 (Amore, Piombo e Furore, 1978), amén de un genial Harry Dean Stanton con quien Monte ya se había cruzado en A Través del Huracán y Carretera Asfaltada en dos Direcciones. El guión de Charles Willeford, un experto en la novela negra que adapta su libro homónimo de 1962, está centrado en Frank Mansfield (Oates), un criador de gallos de pelea que suele perder y ganar generosas cantidades de dinero en el circuito de turno, uno prohibido en la mayoría de los Estados norteamericanos por la crueldad contra los animales en estos combates a muerte por apuestas. Volcado a un mutismo voluntario hasta ganar la medalla principal en una competencia auspiciada por el Senador Foxhall (Oliver Coleman) símil sacerdote que niega sus costumbres del pasado, como esa bebida y esa arrogancia que lo llevaron a perder un ave y sus chances de triunfo en una apuesta banal con su colega Jack Burke (Stanton), Frank se queda sin su casa rodante, su coche y su noviecita, Dody White (Laurie Bird), precisamente en otra apuesta con Jack, quien después se casa con la chica.
De un modo similar a lo hecho en El Tiroteo, A Través del Huracán y Carretera Asfaltada en dos Direcciones, el realizador en Gallo de Pelea, por cierto otra producción de Corman, echa mano de la ambigüedad, un naturalismo exquisito, instantes cuasi poéticos y mucho documentalismo de observación para retratar una retahíla de compulsiones por parte de un antihéroe, Mansfield, cuya única obsesión es ganar la medalla de turno y seguir criando y entrenando a los benditos gallos, refriegas que se transforman en apenas una excusa para pensar cuánto necesitan los hombres de misiones altisonantes y precisas que ratifiquen su identidad y los alejen de lo femenino extraño y muchas veces alienante, aquí representado tanto en Dody, la cual avala las peleas, como en Mary Elizabeth (Patricia Pearcy), quien las rechaza y está cansada de esperar a un Frank que pone al circuito de la timba por sobre el hipotético matrimonio y para colmo es capaz de vender la casa familiar, dejando en la calle a su hermano Randall (Troy Donahue) y la esposa de este último, Frances (Millie Perkins), con tal de conseguir 500 dólares para comprar un gallo, al que bautiza Relámpago Blanco, bicho en el que deposita todas sus esperanzas de recuperarse de la mala racha porque el ave tiene los espolones bajos en sus patas, lo que significa que puede dar más golpes que si los tuviese altos. Basándose en detalles del western, la aventura, las faenas de competición, el chanbara o cine de samuráis, aquella tragedia meditabunda, el film noir, el exploitation, el melodrama, la road movie y hasta el retrato lírico aunque no condescendiente de un seudo “deporte” brutal, el relato impone un registro bastante seco y de realismo sucio en el que el contrincante no es un villano para nada, Burke, y el socio en las carnicerías de aves, Omar Baradansky (Richard B. Shull), termina siendo un amigo fiel y un alumno del protagonista.
Ayudado además por la música de Michael Franks, siempre de cadencia country/ bucólica, la fotografía de Néstor Almendros, un español que trabajó mucho con François Truffaut y aquí recurre a la cámara lenta para subrayar el sustrato cruento de las riñas, y el escueto pero eficaz guión de Willeford, el cual incluye insólitos momentos cómicos como el robo en el hotel por parte de facinerosos con máscaras de presidentes yanquis y ese peculiar episodio con un par de granjeros tramposos, el veterano Señor Peeples (Tom Spratley) y su vástago Tom Peeples (Ed Begley Jr.), Hellman y Oates construyen a un Mansfield mudo que se sabe expresar con gestos perfectamente y que se ha ganado la confianza de todos en el gremio de las peleas de gallos, paradoja que contrasta el honor del hermetismo cultural con la mirada del resto de la sociedad ante una línea de trabajo que es la única conocida por Frank, por ello esa indiferencia o burla de su hermano se complementa con la condena de Mary Elizabeth del recordado desenlace, otro remate misterioso marca registrada de Monte aunque no tanto como se suele aseverar, pensemos en este sentido que la mujer le dice abiertamente que la cabeza de Relámpago Blanco, esa que el hombre desprende del cuerpo del ave con un pie, es lo único que puede ofrecer como sustituto de su corazón, ruptura romántica en la que chocan la pretensión de frialdad de la fémina, mintiéndole que nunca lo quiso, y una efusividad masculina a pleno, sabiendo muy bien que a pesar de la flamante soledad por lo menos le queda el consuelo de que conoció el amor verdadero. Con alguna que otra palabra suelta en ocasión del final, los flashbacks y las infaltables narraciones en off, el querido Warren nos regala una actuación magistral en torno a las muchas derrotas cotidianas y esa fuerza de voluntad que nos permite seguir intentándolo una y otra vez…
Gallo de Pelea (Cockfighter, Estados Unidos, 1974)
Dirección: Monte Hellman. Guión: Charles Willeford. Elenco: Warren Oates, Richard B. Shull, Harry Dean Stanton, Ed Begley Jr., Laurie Bird, Troy Donahue, Patricia Pearcy, Millie Perkins, Tom Spratley, Oliver Coleman. Producción: Roger Corman. Duración: 84 minutos.