El Prestamista (The Pawnbroker, 1964), perteneciente al período primigenio de la carrera cinematográfica de Sidney Lumet, justo luego de su largo paso por los ámbitos del teatro y la televisión, fue la primera película hollywoodense que trató el tema del Holocausto de manera franca y adulta y desde el punto de vista de una de las víctimas, ya sin la fanfarria tercerizada y todas las batallas altisonantes de las propuestas bélicas de los grandes estudios y por cierto dando por sentado tanto la crudeza descriptiva como las innovaciones formales que impuso Alain Resnais en dos de sus clásicos de los años 50, Noche y Niebla (Nuit et Brouillard, 1956), mediometraje documental sobre los campos de concentración nazis, e Hiroshima Mon Amour (1959), drama que reflexionaba sobre los recovecos de la memoria histórica a través de la relación entre una francesa (Emmanuelle Riva), otrora enamorada de un soldado alemán de ocupación, y un japonés (Eiji Okada), cuya familia falleció durante el genocidio de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki de 1945. En línea con esas otras joyas de la etapa en cuestión del director yanqui, como por ejemplo 12 Hombres en Pugna (12 Angry Men, 1957), Piel de Serpiente (The Fugitive Kind, 1960), Largo Viaje de un Día hacia la Noche (Long Day’s Journey Into Night, 1962) y Límite de Seguridad (Fail Safe, 1964), esta última un legendario thriller sobre la contingencia de una Tercera Guerra Mundial con los soviéticos que terminó siendo opacada en su momento de estreno por la semejante e hiper irónica Dr. Insólito o Como Aprendí a Dejar de Preocuparme y Amar la Bomba (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964), del gran Stanley Kubrick, El Prestamista, asimismo, es un drama social comprometido con los cambios y los dilemas que estaba atravesando el país a mediados del Siglo XX aunque sin renunciar a las obsesiones de siempre de Lumet, en sintonía con el intimismo laboral, un desarrollo brillante de personajes, el contexto neoyorquino, la existencia contradictoria de los judíos en el armazón social y un ritmo narrativo entre pausado y dinámico furioso símil calle trémula que demanda toda nuestra atención para no morir arrollados de repente.
Muy apoyado por una extraordinaria fotografía en blanco y negro de tipo documentalista de Boris Kaufman, un polaco que fue el principal colaborador de Lumet y Elia Kazan durante aquellos años, y por la maravillosa música -ubicada entre el soul, la bossa nova y el jazz orquestal- de Quincy Jones, señor talentoso cuya extensa carrera posterior como compositor para el séptimo arte quedaría en gran medida sepultada por su rol de productor de los tres primeros discos de Michael Jackson, los míticos Off the Wall (1979), Thriller (1982) y Bad (1987), el guión de Morton S. Fine y David Friedkin, en esencia un equipo de guionistas de raigambre televisiva, está basado en la novela homónima de 1961 del malogrado Edward Lewis Wallant, escritor que moriría en 1962 a la edad de 32 años debido a un aneurisma después de completar otros dos libros, La Temporada Humana (The Human Season, 1960) y el póstumo Los Inquilinos de Moonbloom (The Tenants of Moonbloom, 1963). La historia en sí, tan opresiva como espeluznante, gira alrededor de Sol Nazerman (Rod Steiger), un ex profesor universitario y un sobreviviente del Holocausto que vio morir a sus dos hijos y fue testigo de la reconversión forzada de su esposa, la también fallecida Ruth (Linda Geiser), en prostituta de un burdel improvisado para los oficiales nazis del campo de concentración de turno, en aquel presente de los 60 metamorfoseado en dueño de una tienda de empeños del Harlem Español que vive con la familia burguesa tontuela de la hermana de la que fuera su mujer 25 años atrás. Sol es un hombre muy cínico y adusto que sólo se preocupa por el dinero y paga muy por debajo de su valor real todo lo que llega al local, por ello además trata a todos como si fueran escoria marginal irremediable y no muestra mayor interés o afecto hacia su amante, Tessie (Marketa Kimbrell), otra sobreviviente del Holocausto -y esposa de un amigo muerto- que vive con su padre enfermo, Mendel (Baruch Lumet, nada menos que el progenitor de Sidney), su único empleado, Jesús Ortiz (Jaime Sánchez), un puertorriqueño con pasado delictivo, y una posible amiga, Marilyn Birchfield (Geraldine Fitzgerald), trabajadora social que busca su compañía al saberse casi tan solitaria como él.
En su época El Prestamista resultó revolucionaria para el retrógrado y anquilosado aparato de censura hollywoodense, ese infame Código Hays que se aplicó desde 1934 hasta 1968 e impedía la escenificación de cualquier situación que negase la moral protestante blanca de impronta chauvinista, un esquema que comenzó a saltar por los aires por el movimiento por los derechos civiles y los cuestionamientos explícitos de propuestas como la presente, hoy por hoy el equivalente a un barril de pólvora que le estalló en el rostro a los energúmenos oscurantistas del rubro cultural masivo de entonces porque el film fue financiado de manera independiente por la Landau Company de Ely Landau y distribuido por aquella American International Pictures de James H. Nicholson y Samuel Z. Arkoff, al extremo de que fue tan polémico que -más que cortes o “soluciones parciales”- en otro período histórico menos agitado hubiera sido objeto de una prohibición plena o total: amén de innovaciones técnicas inspiradas en la Nouvelle Vague, como por ejemplo ese montaje frenético y entrecortado para introducir los flashbacks del doloroso pasado del protagonista o aquel genial plano contrapicado vía una cámara montada en una cortadora de césped robada por la pandilla de Tangee (Raymond St. Jacques), Buck (John McCurry) y Robinson (Charles Dierkop), los colegas de Jesús, la faena se mete con tópicos y recursos insólitos para el cine de inicios de los años 60, pensemos no sólo en el Holocausto de fondo sino también en el travestismo (la escena en el club nocturno con el gordo danzante y su peluca), los desnudos (los pechos a la intemperie de la Ruth de Geiser, correspondientes a otro flashback, y de la novia de Ortiz, una prostituta negra sin nombre en la piel de Thelma Oliver), la amargura ultra realista que se mezcla con la angustia sexual (todas las escenas entre Nazerman y Birchfield), un doble caso de homosexualidad que encima incluye lo interracial (Robinson es gay pero también el proxeneta del personaje de Oliver, otro morocho llamado Rodríguez -compuesto por Brock Peters- al que le gustan los blanquitos), e incluso el gore (hablamos de la sangre del asalto del desenlace, cuando el empleado cae fusilado por accidente por una bala de sus socios).
Más allá de planteos que pueden ser universales, en sintonía con el horizonte de soledad e injusticia de todos los seres humanos, la frontera difusa entre prejuicio y realidad, la culpa y el odio polirubro del sobreviviente que se siente un cobarde y desde ya la homologación entre determinadas etnias o nacionalidades y el crimen, la drogodependencia, el lenocinio o una estructura organizativa de tipo parasitaria capitalista, el trabajo de Lumet explora sin vueltas y con una enorme honestidad el antisemitismo moderno como una construcción social que a su vez denuncia la avaricia real/ material y no la fabulosa/ imaginada, de allí que el Sol del inconmensurable Steiger, un actor que se presiona a sí mismo al nivel de un cuasi colapso mental en pantalla en función de la represión anímica de Nazerman, se mueva como una paradoja antropomorfizada que niega una leyenda de la que parece ser la mayor confirmación, léase un usurero despiadado que justifica en carne y hueso el odio mundial hacia los hebreos, mediante otra leyenda, la del “judío errante” que debe recorrer el globo por la responsabilidad de su pueblo en la crucifixión de Jesucristo, recordemos en este sentido la reapropiación del mito que hace el protagonista ante la pregunta de Ortiz acerca de la supuesta capacidad innata para los negocios y el mercantilismo de los hebreos. Es en el retrato no romantizado ni condescendiente que el director hace del prestamista donde radica el mayor mérito del film, por ello -a diferencia de lo que sucede en el mainstream desde siempre- el hecho de haber sido una víctima de persecución durante la Segunda Guerra Mundial no lo transforma inmediatamente en un héroe o siquiera un antihéroe, en el relato más bien todo lo contrario ya que su rechazo a la amistad que le propone Marilyn, el cariño de Tessie y hasta la relación de alumno/ profesor que intuía Jesús lo convierte en una criatura bastante desdeñable, a lo que se suma el maltrato permanente a sus clientes y esa hipocresía de manifestar asco hacia Rodríguez, además un mafioso al que le lava dinero a través de la tienda, cuando descubre que es el propietario del burdel donde trabaja la novia de Ortiz, inesperada “inocencia” por parte del chupasangre por antonomasia del barrio…
El Prestamista (The Pawnbroker, Estados Unidos, 1964)
Dirección: Sidney Lumet. Guión: David Friedkin y Morton S. Fine. Elenco: Rod Steiger, Geraldine Fitzgerald, Brock Peters, Jaime Sánchez, Thelma Oliver, Marketa Kimbrell, Baruch Lumet, Linda Geiser, Raymond St. Jacques, Charles Dierkop. Producción: Ely Landau. Duración: 116 minutos.