Se podría afirmar que entre Martha (1974) y Miedo al Miedo (Angst vor der Angst, 1975), ambas dirigidas y escritas por Rainer Werner Fassbinder, existe una suerte de relación de complementariedad porque por un lado poseen puntos en común más que evidentes, como por ejemplo su condición de películas para televisión, la presencia de la esquelética y cuasi etérea Margit Carstensen en el papel protagónico y hasta una temática similar vinculada al declive de una vida doméstica a priori reluciente a raíz de trastornos psicológicos bastante enigmáticos que jamás llegan a definirse del todo, y por el otro lado las dos propuestas se ayudan entre sí en esto de retratar la neurosis del “ciudadano moderno promedio” de las grandes ciudades, uno que vive autoengañándose al aceptar roles artificiales, bobalicones, suicidas o simplemente ajenos a su persona e idiosincrasia sólo para ser tolerado por la mayoría o respetar los lineamientos de la sociedad donde le tocó nacer, por ello tanto en Martha como en Miedo al Miedo tenemos en simultáneo una situación de acoso violento externo sobre la adalid en cuestión del devenir perfecto, como aseverábamos antes siempre en la piel de Carstensen, y una rauda complicidad en primera persona que complementa el martirio y pasa a justificarlo de modo diario y algo mucho patético: así como en Martha, basada en Por el Resto de su Vida (For the Rest of Her Life, 1968), cuento corto de Cornell Woolrich, teníamos un placer de tipo sadomasoquista que derivaba en la paranoia/ certeza de que el marido de turno, Helmut Salomon (Karlheinz Böhm), constituía una amenaza para la ama de casa del título, hoy en Miedo al Miedo, inspirada en una historia de Asta Scheib, admiradora de 35 años del propio Fassbinder, nos topamos con una ansiedad que por momentos conduce a la protagonista, Margot, a una burbuja sutil defensiva que incluso parece generarle deleite porque le posibilita alejarse de un entorno explícitamente hostil.
Margot es una treintañera embarazada que vive en un departamento junto a su marido, Kurt (Ulrich Faulhaber), y su pequeña hija, Bibi (Constanze Haas), matrimonio que parece feliz aunque no lo es en primera instancia debido a problemas internos del núcleo familiar más próximo, léase la histeria de ella, la responsabilidad de cuidar a la nena y el desinterés del varón, siempre preocupado por un ignoto examen, y en segundo lugar por la influencia del mentado y variopinto “círculo cercano”, un gremio que incluye a las otras dos hembras de la familia, las metiches y muy agresivas madre y hermana de Kurt, la primera sin nombre conocido (Brigitte Mira) y la segunda llamada Lore (Irm Hermann), ambas viviendo en otro departamento del mismo edificio del clan, a lo que se suma una colección de machos que ofician de pretendientes en las sombras de Margot, empezando por Karli (Armin Meier), nada menos que el esposo baboso de Lore, continuando con el Señor Bauer (Kurt Raab), un vecino trastornado del edificio de enfrente que gusta espiarla agazapado y/ o mirarla en la calle sin prurito alguno, y terminando por el Doctor Merck (Adrian Hoven), el encargado de una farmacia que acepta entregarle frascos de Valium sin receta para forzar una especie de affaire a través de la dependencia de la mujer para con el ansiolítico en comprimidos. La fémina, que también se hace adicta al alcohol después de parir y de probar el coñac en un encuentro con el matasanos, llega al colapso cuando sus manos temblorosas hacen caer el frasco con las pastillas y de repente decide tomar uno de los cristales y cortarse las venas del brazo izquierdo, lo que genera la alarma del marido, el cual en general la defiende ante las acusaciones de locura e inoperancia de las criaturas de Mira y Hermann y por ello busca ayuda, llevándola ante una psiquiatra, la Doctora von Unruh (Helga Märthesheimer), quien dirige un nosocomio donde se hace amiga de otra paciente, la extraña Edda (Ingrid Caven).
Como en toda realización de Fassbinder, en sí la trama es escueta y lo que tenemos es un desarrollo meticuloso de personajes que analiza con sarcasmo la apariencia de perfección burguesa, la insensibilidad empardada al temor, toda esta incomprensión entre iguales, la cruel competencia femenina, la atracción que despierta la “mujer chiflada”, la mediocridad metropolitana, esa triste claustrofobia de clase, una paranoia moderna que siempre ve al otro como un enemigo acechante, la tendencia suicida de todos los bípedos y los límites de una depresión que en Miedo al Miedo aparece homologada a la apatía, la indecisión, los círculos viciosos y sobre todo el leitmotiv del hobby hueco e intercambiable que permite en un primer momento descargar la tensión y luego no sirve para nada -transformándose en otra compulsión sin beneficio alguno- cuando la coyuntura nociva interna y externa redobla sus esfuerzos asfixiantes para solidificar el control, eliminar las desviaciones o escapismos y seguir atenazando la existencia bajo los barrotes de siempre, los impuestos por la psiquis de la autovictimización y aquellos otros cortesía del acoso familiar, comunal, romántico, laboral, etc. A diferencia del sadomasoquismo que enmarcaba el relato de Martha y aquel sustrato de villano de Salomon, la degradación mental de Margot es menos pomposa y más solitaria y pasa a ser retratada por la fotografía de Jürgen Jürges vía imágenes borrosas que establecen la distancia con respecto a una “normalidad” de la que ella se siente ajena y en función de la cual también es rechazada, en este sentido recordemos la negativa de Merck a construir una vida con la fémina, cuando la protagonista se ofrece a abandonar a su marido, y las acusaciones de irresponsabilidad maternal y matrimonial que recibe de la madre y la hermana de Kurt, planteo que a su vez provoca “actitudes reflejo” de parte de ella hacia los varones, como Karli, en un perpetuo soponcio, y Bauer, el cual se suicida por el rechazo.
Amén de latiguillos adicionales del cineasta alemán como la ridiculización de las utopías de estabilidad hogareña, un clásico desenlace nihilista en el que todo continúa exactamente igual y hasta esa interesante utilización de temazos del rock de la época, desde el agite de We Love You, single de 1967 de The Rolling Stones, hasta la tranquilidad de Why Don’t You Try y Lover Lover Lover, dos canciones de New Skin for the Old Ceremony (1974), maravilloso disco de Leonard Cohen, Miedo al Miedo asimismo funciona como un ejemplo paradigmático de la idea de Fassbinder del amor, la amistad y las relaciones humanas como una lucha mutable de fuerzas que siempre trae a colación el hecho de que una de las partes se impone sobre la otra en un acuerdo tácito de yugo y complicidad, de allí que la película se haga un festín con el papel casi siempre subordinado de esta Margot de Carstensen en su propia parentela (mientras que Kurt ejerce un dominio silente de tipo masculino aunque comprensivo, Bibi termina siendo más perspicaz que su progenitora porque descubre con celeridad que Karli y Bauer están enamorados de la hembra adulta), su edificio (la hermana y la madre del marido no se cansan nunca de socavarla y para ello la visitan una y otra vez por más que la consideran una idiota insignificante) y el barrio en general (Merck consigue acostarse con ella sin tener que soportar su demencia -por ello no desea que deje a Kurt- y Bauer es capaz de quitarse la vida como es debido, misión en la que ella fracasa porque se acobarda y procura auxilio). Incluso entregando doppelgängers simbólicos como los citados Bauer, Bibi y Edda, el film ataca a la lacra médica mediante los diagnósticos erróneos que recibe la mujer, como anemia, esquizofrenia y depresión aguda, y pone en primer plano los comodines que pretenden ser mágicos pero no solucionan nada, como el Valium, el alcohol, los amoríos, el consumismo, la psicoterapia y el culto a la belleza o ese cuidado corporal…
Miedo al Miedo (Angst vor der Angst, República Federal de Alemania, 1975)
Dirección y Guión: Rainer Werner Fassbinder. Elenco: Margit Carstensen, Ulrich Faulhaber, Brigitte Mira, Irm Hermann, Armin Meier, Adrian Hoven, Kurt Raab, Ingrid Caven, Helga Märthesheimer, Constanze Haas. Producción: Peter Märthesheimer. Duración: 92 minutos.