Rollerball

Confort o libertad

Por Emiliano Fernández

Rollerball (1975), clásico setentoso muchas veces ninguneado de Norman Jewison, es un típico producto de la ciencia ficción nihilista, heterodoxa y apasionante de su época y para comprobarlo basta con tener presente que se vincula a nivel general con el canibalismo social extremo de Logan’s Run (1976), de Michael Anderson, y Soylent Green (1973), de Richard Fleischer, la pérdida de la voluntad frente a la manipulación de los popes públicos de A Clockwork Orange (1971), de Stanley Kubrick, el retrato de los engranajes del poder de The Man Who Fell to Earth (1976), de Nicolas Roeg, la puja individualista en pos de las propias convicciones de Silent Running (1972), de Douglas Trumbull, esa rebelión hecha y derecha de THX 1138 (1971), de George Lucas, aquella lucha por la supervivencia de The Omega Man (1971), de Boris Sagal, y A Boy and His Dog (1975), joyita de L.Q. Jones, la dependencia tecnológica más ridícula de Westworld (1973), de Michael Crichton, y su secuela Futureworld (1976), de Richard T. Heffron, las diatribas de izquierda antiavaricia y anticorporaciones de la mismísima Alien (1979), de Ridley Scott, la hipocresía social y el culto a la belleza bien anodina de The Stepford Wives (1975), de Bryan Forbes, y todas esas crisis masivas latentes de The Andromeda Strain (1971), de Robert Wise, Capricorn One (1977), de Peter Hyams, y Phase IV (1974), de Saul Bass. La película, escrita por William Harrison a partir de su cuento Roller Ball Murder (1973), publicado originalmente en la revista Esquire, recupera además latiguillos históricos de las distopías más fatalistas en línea con el fetichismo para con las drogas que controlan las emociones de Brave New World (1931), de Aldous Huxley, una sociedad asfixiante basada en la segmentación más rígida e inamovible símil 1984 (1949), de George Orwell, y la figura del “esclavo feliz” institucional alzándose de a poco contra sus amos de antaño de Fahrenheit 451 (1953), aquella maravilla de la literatura pirómana y alegórica pomposa del gran Ray Bradbury.

 

El particular enfoque de la dupla creativa de Jewison y Harrison en materia del deporte, en Rollerball homologado al “opio del pueblo” como lo fuese en otra etapa la religión porque anestesia a los estratos populares para evitar posibles insurrecciones contra la capa dirigente de la sociedad, léase esos funcionarios públicos y privados que resultan indistintos porque los magnates capitalistas acceden a la política gracias a sus fortunas y pronto se dedican al nepotismo, el desfalco, las prebendas y demás miserias y vicios paradigmáticos de la esfera administrativa, resultaría eventualmente revolucionario porque en primera instancia deja de lado una hipotética perspectiva paródica, en sintonía con Slaughterhouse-Five (1972), de George Roy Hill, Sleeper (1973), de Woody Allen, y Dark Star (1974), de John Carpenter, y en segundo lugar inspirará a futuro dos corrientes muy distintas, por un lado aquella de las carreras automovilísticas ultra desquiciadas -bajo el mismo concepto de la brutalidad deportiva amparada por el Estado- que nacerá con su más que evidente rip-off/ exploitation de la factoría de Roger Corman, Death Race 2000 (1975), film de Paul Bartel que a su vez desencadenará obras cada vez más livianas como Cannonball (1976), también de Bartel, The Gumball Rally (1976), odisea de Charles Bail, The Cannonball Run (1981), exitosísima propuesta de Hal Needham, su continuación Cannonball Run II (1984), nuevamente de Needham, y Speed Zone (1989), bodrio de Jim Drake, y por el otro lado la tradición de las competencias a muerte semejantes a los gladiadores romanos que pretenden “pacificar” a las masas canalizando toda agresión y subrayando el valor de los esfuerzos colectivos o las alianzas del tipo que sea -en pantalla, cada equipo en competencia- en detrimento del sujeto individual con una agenda de izquierda, esquema que va desde la citada Death Race 2000 hasta The Running Man (1987), de Paul Michael Glaser, Battle Royale (Batoru Rowaiaru, 2000), de Kinji Fukasaku, y las copias mainstream para retrasados mentales del Siglo XXI.

 

En un futuro que para nosotros es pasado, 2018, dominado por una sociedad corporativa, empastillada, tecnodependiente y totalitaria que estratifica a la población, está controlada por ejecutivos de privilegios aristocráticos y se aboga el haber eliminado la pobreza y las enfermedades, Jonathan E. (James Caan) es el capitán del equipo de Houston de Rollerball, un deporte hiper sangriento en el que patinadores y motociclistas de dos bandos luchan por el control de una bola de acero para marcar goles en porterías magnéticas, lo que genera palizas, sabotajes y accidentes brutales que unifican a todos los deportes de contacto con las vicisitudes de la velocidad, los motores e incluso las peleas cuasi callejeras sin demasiadas reglas compartidas que digamos. En esencia la realización carece de una historia tradicional y gira incesantemente sobre una única premisa que se sintetiza en la presión ejercida sobre Jonathan, mega astro deportivo internacional y figura pública que pasó a ser sinónimo del Rollerball al extremo de eclipsar al propio deporte, para que se retire justo después de un match con el equipo de Madrid y antes del encuentro con su homólogo de Tokio, lo que desemboca en una negativa de parte del jugador hacia el mecenas de turno, Bartholomew (John Houseman), líder de la Corporación de Energía, y su oferta de un programa especial de televisión sobre su persona y una serie de privilegios del terreno de los ejecutivos. El protagonista no consigue descubrir las razones detrás de su pretendido retiro, ni por parte de su amigo Cletus (Moses Gunn) ni de la boca de una supercomputadora llamada Zero y custodiada por un bibliotecario algo demente (el genial Ralph Richardson), por ello no se deja convencer ni siquiera por su ex esposa reaparecida, Ella (Maud Adams), quien le había sido arrebatada en el pasado y “reasignada” como un florero decorativo a un miembro de la tecnocracia de los ejecutivos, y opta por una venganza por la muerte cerebral de su amigo y colega Moonpie (John Beck), golpeado duramente en la nuca en la contienda contra Tokio.

 

Jewison, un señor muy ecléctico que venía de dirigir dos musicales, Fiddler on the Roof (1971) y Jesus Christ Superstar (1973), y que había comenzado su periplo como director en la comedia para después saltar al drama de la mano de las recordadas The Cincinnati Kid (1965), In the Heat of the Night (1967) y The Thomas Crown Affair (1968), crea una obra esquizofrénica que contrasta la quietud semi orgiástica aunque lúgubre y maquiavélica de las escenas centradas en la cotidianeidad de Jonathan, la farándula troglodita del deporte y esa especie de alta burguesía empresaria/ estatal de los ejecutivos (oligarquía altanera que se siente todopoderosa porque hegemoniza el acceso mundial al transporte, la comida, las comunicaciones, la vivienda, la energía, el entretenimiento, la celebridad y todos los lujos) con los sangrientos encuentros deportivos en sí, el primero contra Madrid, chispazo inicial de la locura asesina, el segundo contra Tokio, ya sin faltas/ expulsiones y limitando los reemplazos, y el tercero contra Nueva York, carnicería sin reglas a respetar ni sustitutos en el campo de juego ni límite de tiempo, planteo tendiente a subrayar el homicidio cruzado y sin sentido de oponentes hasta que sólo queda el personaje de Caan, un actor que construye con gran maestría la alienación, insensibilidad galopante y dubitaciones del jugador porque estaba en lo mejor de su carrera gracias a colaboraciones en los 60, 70 y primeros 80 con Howard Hawks, Robert Altman, Curtis Harrington, Francis Ford Coppola, Mark Rydell, Karel Reisz, Herbert Ross, Sam Peckinpah, Mel Brooks, Richard Attenborough, Alan J. Pakula, Steven Spielberg, Michael Mann, Claude Lelouch y Robert Mulligan. El guión de Harrison, aquel de la excelente Mountains of the Moon (1990), de Bob Rafelson, explora el dilema entre confort o libertad/ seguridad financiera o autonomía y denuncia con sutileza la obsesión neoliberal con el superávit a cualquier costo, la patética apariencia publicitaria de perfección y esas guerras corporativas oligopólicas siempre a punto de volver a estallar…

 

Rollerball (Estados Unidos/ Reino Unido/ Canadá, 1975)

Durección: Norman Jewison. Guión: William Harrison. Elenco: James Caan, Maud Adams, John Houseman, Moses Gunn, Barbara Trentham, John Beck, Pamela Hensley, Shane Rimmer, Ralph Richardson, Burt Kwouk. Producción: Norman Jewison. Duración: 125 minutos.

Puntaje: 8