Dios me lo Ordenó (God Told Me To, 1976), regalo del averno del tremendo Larry Cohen, es una de esas películas que hay que verlas para creerlas, no sólo porque se metió en un terreno sacrílego hasta la médula en una época en la que a los estratos populares todavía les importaba la religión y/ o fetichizaban el cristianismo heredado, obsesiones que después serían reemplazadas ya de manera definitiva por el escapismo mainstream en la cultura y la información, en primera instancia, y por la infinidad de pavadas del rubro de los hobbies que ofrece el nuevo capitalismo en materia de anestesia social para “aliviar” la certeza de que la pobreza y el desempleo nunca dejan de crecer a niveles alarmantes, en segundo lugar, sino también debido a que la película funciona como el ejemplo por antonomasia del estilo narrativo casi siempre caótico y estrafalario del director y guionista, un señor que hacía de la confusión retórica, una fotografía insistentemente descuidada, una banda sonora pomposa y una edición bastante torpe sus “marcas registradas” principales como autor, esquema creativo que por cierto tiene que ver en simultáneo con cierta impaciencia en lo que atañe al desarrollo del relato y -por supuesto- con los magros recursos de una Clase B que lejos estaba de los presupuestos inflados, los extensos planes de rodaje y los lujos variopintos del sistema de los grandes estudios de Hollywood. Distribuida por nada menos que la New World Pictures, la querida compañía fundada en 1970 por los hermanos Gene y Roger Corman, Dios me lo Ordenó es uno de los thrillers más originales y lunáticos que haya ofrecido la comarca cinematográfica yanqui en toda su historia porque su humildad formal y sus múltiples desprolijidades suman encanto a un trasfondo conceptual por demás ambicioso que unifica a puro delirio esa ciencia ficción de abducciones extraterrestres, el terror de cultos citadinos imparables y desde ya el policial mugroso y freak de investigación detallista que tanto le gusta a Cohen y al que regresaba con frenesí de película en película.
En términos prácticos parte constituyente del maravilloso ciclo del realizador en torno a objetos o condiciones o colectivos considerados benignos o inofensivos por el vulgo y las elites institucionales aunque capaces de un espanto irrefrenable que anida en su interior y sólo necesita de un mínimo catalizador para surgir, la propuesta que nos ocupa demoniza de manera tan sincera como socarrona y ampulosa a la fe popular del mismo modo en que La Cosa (The Stuff, 1985) parodió a la comida chatarra mediante aquel postre símil yogur del título, Efectos Especiales (Special Effects, 1984) destrozó el ambiente cinematográfico por mentiroso y cruel, La Ambulancia (The Ambulance, 1990) le pegó durísimo al gremio de la salud y su apego para con la mercantilización de la vida, Regreso a Salem’s Lot (A Return to Salem’s Lot, 1987) se burló de esa quietud utópica de los pueblitos campestres, Loca Noche de Luna Llena (Full Moon High, 1981) socavó a la adolescencia y al mismo terror como género, La Serpiente Alada (Q, 1982) le lanzó dardos ponzoñosos a las fuerzas de represión, la política y los mass media, y la franquicia de El Monstruo Está Vivo (It’s Alive, 1974), El Monstruo Vuelve a Nacer (It Lives Again, 1978) y El Monstruo Está Vivo III: La Isla de los Horrores (It’s Alive III: Island of the Alive, 1987) cargó contra la familia nuclear y la doble responsabilidad -tantas veces endiosada o romantizada- de padres y madres. En esta ocasión el eje del relato es Peter J. Nicholas (un serio y memorable Tony Lo Bianco), detective católico de Nueva York que se ve envuelto en una serie de masacres que parecen involucrar el fervor de los homicidas, como un fusilamiento en masa con un rifle desde las alturas de un tanque de agua, un apuñalamiento similar en un supermercado, una balacera al azar en el desfile policial por el Día de San Patricio y el asesinato a tiros de una mujer y sus hijos por parte del esposo, quien al igual que los otros verdugos a posteriori demuestra una tranquilidad suprema de conciencia y pronuncia el eslogan del título, “Dios me lo ordenó”.
Como suele ocurrir con las realizaciones dirigidas por Cohen, la primera mitad del film puede leerse como una faena relativamente tradicional del cine de género de su tiempo, en esta oportunidad hasta quizás funcionando como un exploitation compuesto/ híbrido de elementos varios de tres de los tanques más importantes del horror sobrenatural y esotérico de aquellos años, léase El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), de Roman Polanski, El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, y la contemporánea La Profecía (The Omen, 1976), de Richard Donner, no obstante es durante la segunda parte del relato, cuando se clausura la opción del policial negro hardcore habitual y eclosiona todo el delirio del amigo inconformista, Larry, que Dios me lo Ordenó se metamorfosea en la ensalada narrativa, simbólica e ideológica fascinante que todos conocemos: en línea con lo que sería un melodrama de izquierda cargado de la fantasía más descabellada, Cohen subdivide de a poco el asunto en subtramas que abarcan a la figura mesiánica detrás del condicionamiento asesino, Bernard Phillips (Richard Lynch), un insólito hermafrodita que fue el producto del secuestro y la violación de una mujer virgen por parte de alienígenas, a la esposa y la novia de nuestro detective, Martha Nicholas (Sandy Dennis) y Casey Forster (Deborah Raffin), respectivamente, la primera una hembra que parece comprender la negativa a divorciarse de Peter por su ortodoxia católica y la segunda presionando para que deje de ver a la supuesta ex, a un proxeneta y narcotraficante, Joe Brown alias Cero (George Patterson), quien mata a un policía corrupto que no cumple con la paz que compran los sobornos, al aparente líder sin nombre de una congregación de ricachones que adoran a Phillips (Lester Rawlins), el cual termina decapitado por un ascensor después de facilitar el encuentro con Nicholas, y a nada menos que la madre del personaje de Lo Bianco, Elizabeth Mullin (Sylvia Sidney), otra fémina histérica que otrora fue raptada e impregnada por extraterrestres siendo virgen.
La película, sobre todo a escala espiritual, se ubica a mitad de camino entre Recuerdos del Futuro: Misterios sin Resolver del Pasado (Erinnerungen an die Zukunft: Ungelöste Rätsel der Vergangenheit, 1968), libro del escritor suizo Erich von Däniken que fue muy célebre en su tiempo por vincular a las religiones de la antigüedad con hipotéticas civilizaciones de visitantes alienígenas, los homicidios cuasi contemporáneos de David Berkowitz alias El Hijo de Sam, asesino en serie que mató a seis personas e hirió a otras siete con un revólver para luego alegar que seguía órdenes del perro de su vecino Sam Carr, un labrador retriever negro bautizado Harvey, que había sido poseído por un demonio ancestral, la fábula bíblica del Sacrificio de Isaac, aquella en la que Dios insta a Abraham a degollar a su vástago, Isaac, aunque detiene el cuchillo segundos antes porque la devoción ya estaba probada, y finalmente ese proceso histórico -muy propio de los años 70- vinculado a la reconversión de las comunas del hippismo en un hedonismo frívolo que celebraba la vida nocturna, la promiscuidad, las drogas y el proto egoísmo posmoderno aunque sin los postulados de la contracultura de los 60, marco nihilista que en la ficción masiva de entonces muchas veces derivaba en la metáfora de las sectas depravadas u homicidas, cuyos desvaríos podían ser satánicos paradigmáticos o dignos de una mixtura entre ciencia ficción cósmica, suspenso ocultista y horror católico de profetas superpuestos y quizás incestuosos como en este caso. La idea de Cohen de trazar un contrapunto entre dos iguales, entre ese Phillips y su vagina en el abdomen y aquel Nicholas que también es hijo de los aliens pero con un look humano clásico, fue revolucionaria para su época y podría haber influido mucho más si el ambiente del terror mundial no fuese tan conservador, amén de conceptos adicionales muy atractivos como la utilización del pánico para divulgar la “palabra sacra” y la invitación de Bernard a Peter para reproducirse y fundar una raza de humanoides de resplandor amarillo bizarro…
Dios me lo Ordenó (God Told Me To, Estados Unidos, 1976)
Dirección y Guión: Larry Cohen. Elenco: Tony Lo Bianco, Richard Lynch, Deborah Raffin, Sandy Dennis, Sylvia Sidney, Sam Levene, Robert Drivas, George Patterson, Mike Kellin, Sammy Williams. Producción: Larry Cohen. Duración: 90 minutos.