El Lobo Estepario (Steppenwolf)

Espíritu y animalidad

Por Emiliano Fernández

Durante su larga vida Hermann Hesse (1877-1962) gozó de una fama considerable en su Alemania natal que para la época de la consagración con el Premio Nobel de Literatura, en 1946, ya se había ampliado hacia toda Europa, sin embargo su producción literaria llegaría a universalizarse a título póstumo a través de la adopción por parte de la contracultura de la década del 60 de sus libros de madurez por el apego del germano al bildungsroman o relato de aprendizaje, su quid inconformista, ese existencialismo mágico marca registrada y sus eternos coqueteos con la iluminación vía la sabiduría y la aceptación del dualismo de la vida, léase la batalla que también es complementación entre el espíritu o vocación religiosa y una animalidad que representa a la naturaleza y al conocimiento del fluir sensorial de los sujetos, a su vez subdividido entre el arte y la ciencia, elementos que aparecen en mayor o menor medida en clásicos absolutos como Demian: Historia de la Juventud de Emil Sinclair (Demian: Die Geschichte von Emil Sinclairs Jugend, 1919), Siddhartha (1922), El Lobo Estepario (Der Steppenwolf, 1927), Narciso y Goldmundo (Narziß und Goldmund, 1930), Viaje al Oriente (Die Morgenlandfahrt, 1932) y El Juego de los Abalorios (Das Glasperlenspiel, 1943), su última novela publicada en vida. Indudablemente su trabajo más célebre fue, es y será El Lobo Estepario, libro con rasgos autobiográficos que gira alrededor de Harry Haller, escritor cabizbajo de mediana edad que se siente fuera de lugar dentro de la frivolidad de la burguesía, sopesa la posibilidad de suicidarse y vive -como siempre en el acervo filosófico de Hesse- atrapado entre un sustrato espiritual elevado y una tendencia hedonista animalizada que es la que prevalece en la sociedad moderna, por ello el hombre atravesará un camino de descubrimiento que lo alejará del fatalismo de la autocompasión y lo llevará a aceptar aquello que negaba, la alegría pasajera, como parte constituyente de la existencia de todos los seres humanos, formando con el alma un enrevesado yin y yang.

 

El periplo de la novela en esencia empezaba con la pelea con un amigo académico por la crítica de Harry a un busto sensiblero de Johann Wolfgang von Goethe, que pertenecía a la esposa del primero, y luego mutaba en el mentado derrotero del placer de la mano de una mujer llamada Hermine, quien lo saca de su petulancia elitista y le presenta a la que será su amante, María, y a un saxofonista enigmático, Pablo, que lo llevará a un “teatro mágico” alucinógeno y drogón en donde sus preocupaciones desaparecerán a medida que lo etéreo se sitúa en primer plano y redescubre desde otra óptica su propia vida hasta ese instante, un esquema narrativo más metafórico que tradicional hollywoodense que fue a parar a los tumbos a la reglamentaria adaptación cinematográfica, esa eternamente controvertida El Lobo Estepario (Steppenwolf, 1974), film que viene generando odios y defensas no muy entusiastas entre los cinéfilos desde el momento de su estreno y única obra como director del norteamericano Fred Haines, quien para colmo por cierto ya había estado involucrado en la traslación al lenguaje del séptimo arte de otros dos libros considerados infilmables, hablamos de dos propuestas dirigidas por su otrora amigo Joseph Strick, las asimismo erráticas y desconcertantes Ulises (Ulysses, 1967), basada en la novela homónima de 1922 de James Joyce, y Trópico de Cáncer (Tropic of Cancer, 1970), inspirada en el legendario volumen del mismo título de 1934 de Henry Miller, la primera con Haines apareciendo en los créditos como guionista y en la segunda ya no por una disputa ignota con Strick, éste un realizador que incluso reincidiría en los textos de Joyce vía Retrato del Artista Adolescente (A Portrait of the Artist as a Young Man, 1977), basada en aquella primera novela de 1916 -mucho más “amigable” para el lector común y corriente que el Ulises– del famoso escritor irlandés. Tanto Haines como Strick formaban parte de la insólita raza de los intelectuales estadounidenses aunque ello no implica que fuesen cineastas talentosos o siquiera sensatos.

 

A la película de Haines hay que leerla como un producto de su época y no espantarse tanto por su aproximación heterodoxa al texto de base, como suelen hacer los fundamentalistas de la literatura que se dicen vanguardistas en materia de la apreciación de las palabras pero casi siempre resultan hiper conservadores cuando éstas son trasladadas a otros formatos como el cine, de allí que el film que nos ocupa combine -sin demasiada inventiva ni criterio cohesivo pero con mucha convicción y un júbilo por momentos hilarante- por un lado el pesimismo de Ingmar Bergman, señor que aparece citado no sólo a través de los soliloquios ontológicos sino también mediante la presencia de Max von Sydow en el rol de Haller, el cual estaba empezando su carrera anglosajona y venía de una decena de colaboraciones con el mítico realizador sueco, y por el otro lado el trasfondo residual de aquel cine psicodélico, hippón y/ o contracultural de fines de los años 60, algo que queda de manifiesto en las secuencias surrealistas, desde ya las más polémicas del lote porque contrastan de manera bastante grosera con la seriedad ritualizada del devenir bergmaniano y su cercanía para con directores semejantes como Bernardo Bertolucci y Michelangelo Antonioni, pensemos por ejemplo en la introducción del dualismo hessiano mediante una escena muy lúdica en cutout animation, una variante del stop motion, en los encuentros desquiciados de Harry con Goethe (Alfred Baillou), éste tratando de convencerlo de que se rinda al optimismo y la fe en detrimento de la severidad de la amargura egoísta, y por supuesto en todo ese remate en el teatro mágico, secuencia delirante que arranca en un club nocturno, sigue con detalles de El Retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 1890), del genial Oscar Wilde, y deriva en una representación lisérgica de las múltiples puertas del teatro vía un episodio bélico, uno con fondos símil futurismo italiano y pintura metafísica, uno circense paródico, uno sensual prostibulario, uno bucólico, uno en Medio Oriente y otro shakesperiano freak.

 

Más allá de la evidente torpeza en materia del montaje y una sutil incomodidad de un Von Sydow que claramente fue dejado a “la buena de Dios” a la hora de encarar el personaje central, problemas que de seguro tenían que ver con la falta de experiencia como director de Haines, a rasgos generales El Lobo Estepario es un opus más interesante que fallido -no mucho más, es cierto, pero sin llegar al nivel del desastre que muchos nos quieren hacer creer- gracias a la idea de fondo de sorprender/ descolocar permanentemente al espectador, misión cumplida cortesía del magma carnavalesco de la película, y al excelente desempeño de Dominique Sanda como Hermine, en pantalla quien quiebra el aislamiento masoquista de Haller mediante el baile, y de Pierre Clémenti como Pablo, quien lo lleva a descubrir las drogas y el jazz + el tango, amén de una digna Carla Romanelli como María, la encargada de la iluminación corporal de la mano del sexo. Si bien a primera vista resulta shockeante la contraposición entre las escenas bergmanianas, orientadas a retratar la rama espiritual de la existencia de Harry, y sus homólogas surrealistas, en este caso en función de la animalidad dormida de este lobo de la estepa escondido bajo un manto de mojigatería burguesa, con el transcurso del metraje uno comprende las intenciones de Haines -a la par socarronas, algo naif y reflexivas sin caer en la autoparodia, por lo menos no voluntaria- y su objetivo de condimentar lo afable de la vida con lo circunspecto responsable y esta dimensión con un combo símil “vodevil culto” que en lo visual se traduce en ingredientes de Georges Méliès, Luis Buñuel, las queridas animaciones de Terry Gilliam para los Monty Python, Alejandro Jodorowsky, el Antonioni de Blow-Up (1966) y Zabriskie Point (1970) e incluso El Planeta Salvaje (La Planète Sauvage, 1973), la gran obra maestra del francés René Laloux. Haines aquí mezcla las disquisiciones filosóficas con una animación y un tratamiento de la imagen a lo Karel Zeman para indagar en ese carácter esquizofrénico y ampuloso del ser humano…

 

El Lobo Estepario (Steppenwolf, Estados Unidos/ Suiza/ Francia/ Reino Unido/ Italia, 1974)

Dirección y Guión: Fred Haines. Elenco: Max von Sydow, Dominique Sanda, Pierre Clémenti, Carla Romanelli, Roy Bosier, Alfred Baillou, Niels-Peter Rudolph, Helmut Förnbacher, Charles Regnier, Eduard Linkers. Producción: Melvin Fishman y Richard Herland. Duración: 108 minutos.

Puntaje: 6