Alondras en un Hilo (Skrivánci na Niti)

La tentación de Eros

Por Emiliano Fernández

El régimen comunista de Checoslovaquia, ese que accedió al poder mediante el Golpe de Praga de 1948 a posteriori del caos de la Segunda Guerra Mundial y que dejó de existir de modo pacífico gracias a aquella Revolución de Terciopelo de 1989 vinculada a la Caída del Muro de Berlín, tuvo el doloroso privilegio de transformarse en un ejemplo dentro del Bloque del Este -a instancias del imperialismo rojo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- sobre lo que podría ocurrir en cualquier nación que osase salirse de la doctrina socialista más rígida, algo que quedó muy en evidencia cuando en ocasión de la Primavera de Praga de 1968 y de la apertura comunal, política y cultural del gobierno del reformista Alexander Dubček los países miembros del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia con el objetivo de frenar de cuajo aquel intento de “socialismo con rostro humano” del flamante líder del Partido Comunista autóctono, lo que a la postre dejó una represión generalizada y una fuerza de ocupación soviética que no se marchó hasta la Revolución de Terciopelo, preámbulo para la tardía disolución de Checoslovaquia de 1993 y la formación de dos nuevas entidades territoriales de corte occidental, la República Checa y Eslovaquia. Fue en aquellos años de relajamiento sistemático de la censura y una mayor tolerancia en general por parte de los organismos de la administración pública que surgió la denominada Nueva Ola Checoslovaca, una de las tantas corrientes cinematográficas de todo el mundo del período que tomaron el guante de la Nouvelle Vague -movimiento a su vez influenciado por el realismo poético francés y el neorrealismo italiano- para sacarle el polvo al séptimo arte almidonado y previsible de mediados del Siglo XX e introducir ingredientes infaltables de la contracultura como por ejemplo el misticismo, el humor negro, la ironía política, la experimentación formal, los arrebatos violentos y la denuncia de las injusticias sociales, la mojigatería del vulgo y el marco represivo de la tecnocracia y todo el poder concentrado.

 

Dentro del heterogéneo colectivo de la Nueva Ola Checoslovaca, por cierto conformada por muchachos como Jan Němec, Miloš Forman, Juraj Herz, Juraj Jakubisko y Jaromil Jireš, más alguna que otra señorita como esa Věra Chytilová de Las Margaritas (Sedmikrásky, 1966), sobresale mucho la voz humanista socarrona de Jiří Menzel, quien para la época de su tercera película a toda pompa, Alondras en un Hilo (Skrivánci na Niti, 1969), ya había logrado posicionarse como uno de los directores más famosos e interesantes de su país de la mano de su mítico debut en el ámbito del largometraje, Trenes Rigurosamente Vigilados (Ostře Sledované Vlaky, 1966), obra que incluso ganó el Oscar a Mejor Película Extranjera, y un segundo opus bastante digno, Un Verano Caprichoso (Rozmarné Léto, 1968), promesa que se desvanece de repente cuando con motivo de la realización que nos ocupa el régimen comunista lo sentencia a cinco años sin poder rodar y prohíbe el estreno del film de manera permanente, veto que recién se levantaría en 1990 como consecuencia de los coletazos aperturistas de la Revolución de Terciopelo, llegando a obtener el Oso de Oro en la edición de aquel año del Festival Internacional de Cine de Berlín. Menzel luego entregaría otras obras atendibles, en línea con Aislado en el Bosque (Na Samotě u Lesa, 1976), Tijeretazos (Postriziny, 1981), Fiestas de Campanillas (Slavnosti Sněženek, 1984), Mi Dulce Pueblito (Vesnicko má Stredisková, 1985) y la genial Yo Serví al Rey de Inglaterra (Obsluhoval jsem Anglického Krále, 2006), no obstante nada llegaría al nivel de inventiva y lirismo de las dos grandes obras maestras del comienzo, Trenes Rigurosamente Vigilados y Alondras en un Hilo, films que anticipan los latiguillos de un Jiří siempre adepto al naturalismo freak y a un absurdo kafkiano con una fuerte carga de realismo, irreverencia y sobre todo erotismo, éste un pivote crucial de su acervo artístico porque el señor compensaba con la libido el cuasi conservadurismo retórico de su cine en comparación con el de sus colegas de época.

 

Como muchas veces ocurre en las películas de Menzel, más que de historia tradicional hay que hablar de un retrato hilarante de una serie de personajes a través de escenas que giran incansablemente sobre lo mismo, en este caso la convivencia en una fábrica de acero reciclado en la etapa inmediatamente posterior al Golpe de Praga de 1948 entre dos grupos que trabajan en la chatarrería/ basural que genera la “materia prima” de la supuesta factoría, primero unas mujeres desertoras que purgan condenas de algunos años de trabajos forzados por intentar abandonar el “paraíso socialista” y segundo unos hombres etiquetados de burgueses y confinados a tareas repetitivas de carga de desechos sobre contenedores que después serán compactados, unos pobres diablos que son tratados como proletarios más que como prisioneros porque están allí para ser “reeducados” en pos de que olviden su origen privilegiado, hablamos de un otrora profesor de filosofía que no quiso destruir la literatura occidental corrompida, un fiscal que dijo que los acusados podían defenderse, un fabricante de bañeras patentadas que tuvo cuatro empleados, un barbero que está cumpliendo pena sólo porque existen demasiados colegas suyos, un saxofonista que definitivamente no sabía que el saxo es un clásico instrumento burgués, un lechero que cerró voluntariamente su negocio para consagrarse al socialismo y hasta un cocinero púber que no quería trabajar los sábados por motivos religiosos. La Seguridad del Estado o StB, el servicio de inteligencia de la policía política de la Checoslovaquia comunista, opera en el lugar porque al lechero (Vladimír Ptácek) se lo llevan por organizar una huelga, al profesor (Vlastimil Brodský) por denunciar la desaparición frente a unos niños de visita y al cocinero (Václav Neckár, protagonista de la ópera prima de Jiří) por osar preguntar a un funcionario público sobre el paradero de sus dos compañeros, todo entre operaciones burdas de propaganda, un poco de sexo clandestino y muchas miradas furtivas entre los machos y las hembras de la fábrica.

 

Mientras que en el grueso del cine occidental de izquierda del segundo lustro de los años 60 la sensualidad aparecía como una provocación más o menos leve que generaba un enorme espanto por la hipocresía de siempre de las elites y buena parte del pueblo ante un coito que aún estaba muy estigmatizado como pecaminoso, en el Bloque del Este la interpretación del sustrato lujurioso de la vida era distinta y más valiente porque los realizadores utilizaban al erotismo como un lenguaje comunitario semi subrepticio que se oponía -de modo literal/ concreto y no a título metafórico- a las dictaduras comunistas herméticas que respondían a la URSS, por ello Menzel constantemente se sirve del acervo del sexploitation de los 50 y 60 para construir una comedia picaresca en la que las máscaras de fortaleza y seriedad de los funcionarios socialistas se caen a pedazos cuando se las contrasta con su vida privada, así tenemos al guardia Andel (Jaroslav Satoranský), el encargado de supervisar a los reos y un joven que se casó con una gitana salvajona, Terezka (Tereza Galiová), que no desea intimar con él en ese flamante departamento conyugal de monoblock con cosas raras como luz eléctrica, gas o un inodoro, y al burócrata a cargo de la administración de la chatarrería (Rudolf Hrusínský, otro actor emblema de la Nueva Ola Checoslovaca), un sujeto fanático de la limpieza que adora manosear a una adolescente con motivo de un baño diario en casa de una veterana con muchos vástagos. La necesidad de contacto para con el sexo opuesto, como decíamos antes un acto terrorista en medio de la frialdad y severidad mortuoria del absolutismo de las economías de penuria del Este, aparece representada en la relación entre el cocinero y una hermosa muchacha, Jitka (Jaroslav Satoranský), con la que se termina casando justo antes de ser condenado a dos años de trabajo en una mina, suerte de “segundo eslabón” en una cadena represiva ideológica enmarcada en el absurdo de base de la propia factoría, de la que sólo conocemos el basural ya que es allí donde conviven nuestros presos.

 

Al delirio en cuestión, condensado en el hecho de que los trabajadores y las trabajadoras se la pasan acumulando chatarra para ser compactada y fundida aunque sin realmente separar los componentes de acero, lo que genera un material híbrido y de muy baja calidad que para colmo aparentemente no se utiliza para nada porque no hay rastro alguno de las máquinas que permitirían construir -como dice el personaje de Hrusínský- los tractores que cultivarán el campo o las lavadoras que limpiarán los overoles, se le suma la insensibilidad o represión anímica y cultural de los sujetos como si estuviésemos hablando de un baldío controlado por un Estado futuro distópico semejante a aquellos de 1984 (1949), de George Orwell, o Fahrenheit 451 (1953), gran joya de Ray Bradbury, de allí que la lascivia juegue un rol tan importante en los tiempos muertos -y el ocio en general- de los presidiarios explícitos o implícitos cual mecanismo de resistencia siempre cercano a la orgía, planteo representado no sólo en el acto de espiar al objeto del deseo o mantener charlas aisladas sino también en secuencias específicas como esa de los grupos femenino y masculino calentándose debajo de la lluvia ante un fuego improvisado, una situación que además incorpora a un Andel que logró llegar a un curioso entendimiento con su esposa gitana durmiendo ambos en el piso luego de encontrarla no con un hipotético amante sino calentándose en el baño ante una fogata hecha con los muebles del departamento. Alondras en un Hilo, estupenda referencia poética a las hembras desde la mirada de los machos, es por un lado un ataque bien directo contra aquel régimen comunista paranoico que veía a enemigos por todos lados, tachando a los infelices de la chatarrería de fascistas, reaccionarios e imperialistas, y por el otro lado una fábula alegórica que permite extender el carácter inconformista de la “tentación de Eros” a otras coyunturas, pensemos cómo sigue molestando el sexo en este capitalismo del Siglo XXI obsesionado con la morbosidad, la información basura y la corrección política…

 

Alondras en un Hilo (Skrivánci na Niti, Checoslovaquia, 1969)

Dirección y Guión: Jiří Menzel. Elenco: Václav Neckár, Jitka Zelenohorská, Rudolf Hrusínský, Vlastimil Brodský, Jaroslav Satoranský, Vladimír Ptácek, Tereza Galiová, Ferdinand Kruta, Leos Sucharípa, Eugen Jegorov. Producción: Karel Kochman. Duración: 96 minutos.

Puntaje: 10