Los Amantes Criminales (Les Amants Criminels)

Perdidos en el bosque

Por Emiliano Fernández

François Ozon es uno de los poquísimos directores inigualables y todavía sorprendentes del cine contemporáneo porque el francés ha sabido mantener con los años un ritmo de trabajo furioso, un rango estilístico muy amplio, una excelente distribución planetaria, un perfil bastante elevado en el circuito de los festivales internacionales y especialmente una actitud ideológica socarrona que siempre se balancea con comodidad entre la sinceridad y el cariño hacia sus personajes y cierto cinismo muy propio del pastiche posmoderno en materia de la mixtura de ingredientes a priori antagónicos, esquema que puede chequearse en el thriller, el film noir y el suspenso de Mira el Mar (Regarde la Mer, 1997), Los Amantes Criminales (Les Amants Criminels, 1999), Bajo la Arena (Sous le Sable, 2000), La Piscina (Swimming Pool, 2003), En la Casa (Dans la Maison, 2012) y El Amante Doble (L’Amant Double, 2017), la comedia negra delirante de Sitcom (1998), 8 Mujeres (8 Femmes, 2002), Ricky (2009), Mujeres al Poder (Potiche, 2010) y Una Nueva Amiga (Une Nouvelle Amie, 2014), el drama de 5×2 (2004), El Tiempo que Queda (Le Temps qui Reste, 2005), El Refugio (Le Refuge, 2009), Joven y Bella (Jeune et Jolie, 2013), Por Gracia de Dios (Grâce à Dieu, 2018), Verano del 85 (Été 85, 2020) y Todo ha ido Bien (Tout s’est bien Passé, 2021), las propuestas minimalistas de época símil Angel (2007) y Frantz (2016) y hasta el subgénero con normas propias de las adaptaciones de obras teatrales de Rainer Werner Fassbinder, aquel de Gotas que Caen sobre Rocas Calientes (Gouttes d’eau sur Pierres Brûlantes, 2000), inspirada en la puesta homónima de 1966, y Peter von Kant (2022), exégesis -en versión masculina- de Las Amargas Lágrimas de Petra von Kant (Die Bitteren Tränen der Petra von Kant, 1971), asimismo adaptada a la gran pantalla al año siguiente por el propio Fassbinder en un recordado film con Margit Carstensen, Hanna Schygulla e Irm Hermann, sin duda una de sus tantas obras maestras del inconformismo batallante de otros tiempos.

 

Ahora bien, una de las propuestas más extrañas de la primera etapa de su carrera, aquella de los 90 que de hecho se homologa a sus rasgos autorales más heterogéneos porque tenemos por un lado el misterio de Mira el Mar y Bajo la Arena y por el otro las provocaciones farsescas de Sitcom y Gotas que Caen sobre Rocas Calientes, es Los Amantes Criminales, no sólo una suerte de reinterpretación para adultos -para adultos pensantes, no los zombies que viven atrapados en un marasmo intelectual de hoy en día- de Hansel y Gretel (Hänsel und Gretel), el célebre relato alemán recopilado por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm en su antología Cuentos de la Infancia y del Hogar (Kinder und Hausmärchen, 1812 y 1815), sino también una fábula misógina adorable que nos invita a cortar el vínculo erótico con todo lo femenino baladí y hasta nos propone a la homosexualidad masculina como una alternativa deseable y una superación práctica de la cárcel de la heterosexualidad a lo El Cuarto Hombre (De Vierde Man, 1983), de Paul Verhoeven, todo por supuesto muy en sintonía con el quid pirotécnico y terrorista del querido Ozon. La parejita del título es la de Luc (Jérémie Renier) y Alice (Natacha Régnier), unos jóvenes de 17 años y compañeros de colegio que se confabulan para matar en el gimnasio de un club de boxeo a otro muchacho, un árabe llamado Saïd (Salim Kechiouche), luego de lo cual meten el cadáver en el baúl de un automóvil y abandonan París para asaltar una joyería en los suburbios, hallar un lugar inhóspito en el bosque donde enterrar el cuerpo y finalmente regresar al coche, no obstante cuando terminan con el asunto -de modo bien precario, con el finado casi al ras de la tierra- descubren que alguien tapó sus huellas y no tienen forma de volver. Después de surcar un río en un bote al paso se topan con la cabaña de un cazador (Predrag “Miki” Manojlovic), el cual los descubre robando comida de su propiedad y los encierra en un sótano donde se está pudriendo el cadáver desenterrado de Saïd, compañero mudo de lindos tormentos por venir.

 

A diferencia de su amado Fassbinder, quien tendía a no problematizar a la homosexualidad porque consideraba desde la misantropía democrática que todos los seres humanos son una mierda, el parisino aquí sí problematiza la condición del marica aunque curiosamente para llegar a la misma conclusión, que son todos una cagada pero se puede vivir mejor si se opta por dejar de lado a mitómanas y psicópatas como la bella Alice, retratada en pantalla como una boba con caprichos lunáticos e infantiles como enterrar a un conejo que atropellan en la ruta, todo mientras tienen el cuerpo del árabe en el vehículo, o el mismo asesinato de fondo, ese que en esencia comete a cuchillazos Luc en una ducha bajo insistencia de la chica y con la excusa de que fue violada por cuatro amigos de Saïd, el supuesto entregador, un engaño más grande que una casa porque el árabe es un galancito mujeriego que se ubica en las antípodas del novio de la ninfa, quien no puede tener sexo con ella porque está tratando de salir del clóset -sin saberlo, por supuesto- para romper las cadenas que lo atan a la demente de Alice. La superación de la heterosexualidad a la que nos referíamos con anterioridad llega de la mano del personaje del serbio Manojlovic, quien efectivamente es un caníbal que se comió una pierna de Saïd y tiene pensado hacer lo propio con la hembra y el macho, incluso llegando a aseverar que prefiere a las mujeres esqueléticas, por ello no le da agua ni comida en su encierro, y a los hombres fuertes y sanos, así muda a Luc a la parte visible de la casa para además obligarlo a bañar al cazador y a bañarse a sí mismo, paso previo a ponerle una correa en el cuello, pasearlo por la zona como un perro, masturbarlo en la cama y finalmente practicar un poco del infaltable sexo anal con este mocoso ya grandecito. La hembra, que parece saber que Luc es gay y adora matar a su verdadero objeto del deseo, el árabe, y también fantasear con masturbarse mientras el desconocido del bosque asesina por segunda vez al pobre Saïd, es tan manipuladora y egoísta como su novio zonzo y sumiso.

 

Así como se debe relativizar la hilarante misoginia de Los Amantes Criminales y de Ozon en general, llegando incluso a hacer ametrallar a la arpía traicionera en el desenlace cuando aparecen policías con los mismos pasamontañas que llevaban los violadores inexistentes, tampoco es posible tomar demasiado en serio a la martirización a la que son sometidos los amantes homosexuales, léase el cazador, golpeado y pateado salvajemente por los esbirros de la ley durante el arresto, y el adolescente que mató al árabe sin ninguna razón valedera, encerrado en un móvil policial y reconvertido en gay. El juego doctrinario del realizador y guionista, al cual se opone por ejemplo el feminismo igualmente absurdo y autoparódico de 8 Mujeres y Mujeres al Poder, se complementa con flashbacks lúdicos permanentes que a lo largo del metraje van desarrollado el embuste de Alice en el contexto escolar y hogareño de la pareja inicial, típica narración entrecortada y de espejos temporales superpuestos del francés. Uno como cinéfilo podría llegar a decir que Ozon retoma aquel viaje por el río y la presencia de animales testigos de La Noche del Cazador (The Night of the Hunter, 1955), de Charles Laughton, los cuchillazos en la ducha de Psicosis (Psycho, 1960), de Alfred Hitchcock, la escena de la violación homosexual e hiper bucólica de Deliverance (1972), de John Boorman, el fetiche con las correas de Saló o las 120 Jornadas de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), de Pier Paolo Pasolini, aquella insistencia con el sótano como prisión improvisada y sumamente burda de Diabólico (The Evil Dead, 1981), de Sam Raimi, y hasta la introducción romántica idílica -hoy por hoy reconvertida en la secuencia surrealista del final de los besos bajo la cascada- de Leyenda (Legend, 1985), neoclásico de Ridley Scott, sin embargo Los Amantes Criminales tiene una impronta muy característica y demente que se condice con el frenesí creativo del cineasta galo y su idea de metamorfosear un extravío en el bosque en un mejunje insólito de libido, morbo y confusión identitaria…

 

Los Amantes Criminales (Les Amants Criminels, Francia, 1999)

Dirección y Guión: François Ozon. Elenco: Jérémie Renier, Natacha Régnier, Predrag Manojlovic, Salim Kechiouche, Yasmine Belmadi, Bernard Maume, Jean-Louis Debard, Catherine Vierne, Marielle Coubaillon, Olivier Papot. Producción: Olivier Delbosc y Marc Missonnier. Duración: 96 minutos.

Puntaje: 8