Cuenta Conmigo (Stand by Me)

Para coquetear con la muerte

Por Emiliano Fernández

Ya casi nadie lo recuerda porque los estereotipos culturales masivos se suelen comer a la realidad -o la gente adora que le digan qué recordar desde el mainstream y/ o las dirigencias del rubro que sea- pero lo cierto es que el primer intento de Stephen King de escapar a su fama creciente como escritor de novelas de terror, fantasía y ciencia ficción, precisamente luego de una seguidilla inmaculada que abarca Carrie (1974), El Misterio de Salem’s Lot (‘Salem’s Lot, 1975), El Resplandor (The Shining, 1977), La Danza de la Muerte (The Stand, 1978), La Zona Muerta (The Dead Zone, 1979), Ojos de Fuego (Firestarter, 1980), Cujo (1981) y La Torre Oscura: El Pistolero (The Dark Tower: The Gunslinger, 1982), primera novela de la larga serie de La Torre Oscura, fue Las Cuatro Estaciones (Different Seasons, 1982), segunda antología del legendario escritor luego de El Umbral de la Noche (Night Shift, 1978), siendo esta última una colección de veinte cuentos -todavía dentro del esquema clásico del horror- y la primera de cuatro novelas cortas que siguen precisamente las cuatro estaciones del año, hablamos de Rita Hayworth y la Redención de Shawshank: Esperanza, Primavera Eterna (Rita Hayworth and Shawshank Redemption: Hope Springs Eternal), Alumno Aventajado: Verano de Corrupción (Apt Pupil: Summer of Corruption), El Cuerpo: Otoño de Inocencia (The Body: Fall From Innocence) y la menos conocida, El Método de Respiración: Cuento de Invierno (The Breathing Method: A Winter’s Tale), un volumen que en el mercado literario en castellano se dividió en dos libros, por un lado Verano de Corrupción, que englobaba la primavera y la estación estival, y El Cuerpo, que nos ofrecía otoño e invierno. Si se suman las novelas escritas hasta 1982 con el seudónimo de Richard Bachman, léase Rabia (Rage, 1977), La Larga Marcha (The Long Walk, 1979), Carretera Maldita (Roadwork, 1981) y El Fugitivo (The Running Man, 1982), uno entiende el corpus artístico inconmensurable que el autor tenía detrás suyo y su necesidad de probar suerte con algunas crónicas dramáticas tradicionales que lo sacasen de su zona de confort.

 

Las Cuatro Estaciones desencadenó tres películas, El Aprendiz (Apt Pupil, 1998), de Bryan Singer, basada en Alumno Aventajado, Sueño de Libertad (The Shawshank Redemption, 1994), de Frank Darabont, inspirada en Rita Hayworth y la Redención de Shawshank, y el film que nos ocupa, Cuenta Conmigo (Stand by Me, 1986), correspondiente a la fase inicial -y la mejor, por lejos- de la carrera de Rob Reiner, aquella inobjetable de Esto es Spinal Tap (This Is Spinal Tap, 1984), Quiero Decirte que te Amo (The Sure Thing, 1985), La Princesa Prometida (The Princess Bride, 1987), Cuando Harry Conoció a Sally (When Harry Met Sally, 1989), Cuestión de Honor (A Few Good Men, 1992) y su otra adaptación de King, Misery (1990), aunque ya en el terreno habitual de los sustos y los gritos. Como muchísimos trabajos del escritor, Cuenta Conmigo y El Cuerpo responden a elementos claramente autobiográficos y en este caso narran la claustrofobia de un pueblito bucólico a fines de la década del 50, Castle Rock, donde el narrador, Gordie Lachance (un correcto Wil Wheaton como niño, cameo de Richard Dreyfuss cuando adulto), relata cómo él y tres amigos, Chris Chambers (River Phoenix), Teddy Duchamp (Corey Feldman) y Vern Tessio (Jerry O’Connell), deciden ir en busca de un cadáver, aquel del purrete hasta ese momento desaparecido Ray Brower, luego de que Vern escuchase a escondidas hablar a su hermano mayor, Billy (Casey Siemaszko), con un amigo bobo suyo, Charlie (Gary Riley), acerca del hallazgo casual del cuerpo del niño, también de doce años como todos los otros chicos. Si bien en un primer momento Billy y Charlie se proponen no decir nada porque vienen del robo de un automóvil y no desean llamar la atención de la policía, pronto el asunto termina en oídos del líder y “abusón estrella” de la principal pandilla autóctona de adolescentes, el temible Ace Merrill (Kiefer Sutherland), quien también marcha hacia el cadáver de Brower, golpeado por un tren cerca del Camino Harlow, para alcanzar una especie de celebridad a ojos de la prensa y del vulgo como el “héroe” que resolvió el misterio del mocoso perdido.

 

La película de Reiner, así como el relato de King, va mucho más allá del bildungsroman o faena de aprendizaje, rubro al que de todos modos honra porque en el periplo de los nenes siguiendo las vías del tren nos topamos con diversos obstáculos como un perro de ataque, un puente ferroviario sobre un río y un pantano con sanguijuelas, ya que la idea de fondo es retratar las minucias de la amistad masculina en la etapa previa a la pubertad y sobre todo los primeros coqueteos con la pulsión de muerte, planteo que implica señalar las distintas acepciones del óbito que pueden surgir en un período de la vida que de manera “natural” hace gala de una relación burlona con la parca a raíz de lo que se juzga como una extensa distancia aún por recorrer hasta llegar a la madurez/ vejez plena: el protagonista, un escritor que oficia de álter ego de King, sufre el ninguneo de su madre (Frances Lee McCain) y en especial de su padre (Marshall Bell) porque ambos preferían a su hermano mayor, Denny (John Cusack), un jugador de fútbol americano que falleció hace poco en un accidente automovilístico y era el único que le prestaba atención al joven Gordie, por lo que vive en un luto permanente por un abuso psicológico pasivo que lo transforma en un fantasma en su propio hogar, Ace y Teddy, por su parte, arrastran rasgos suicidas y psicópatas que en el caso del segundo tienen que ver con la también traumática presencia/ ausencia del padre, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que fue enviado a un manicomio después de casi quemarle la oreja a su vástago con una hornalla de la cocina, y en lo que respecta a Vern y Chris ambos son unos parias comunales extremos aunque por razones diferentes, el primero porque es un gordito algo tonto que guarda una relación de semi complementariedad con Teddy, con el que vive peleándose, y el segundo en función de su problemática familia, una estigmatizada como pobre y ladrona, y un episodio de robo y devolución de unas monedas a una arpía del gremio docente, que en vez de entregar el botín se lo quedó para comprarse a escondidas una pollera mientras traicionaba y utilizaba de chivo expiatorio al muchacho.

 

El supremo guión de Raynold Gideon y Bruce A. Evans, equipo responsable de Starman (1984), de John Carpenter, Hecho en el Cielo (Made in Heaven, 1987), de Alan Rudolph, y Sr. Brooks (Mr. Brooks, 2007), del propio Evans, construye un retrato naturalista e hiper sincero/ desidealizado de una infancia caracterizada por la marginación con respecto al mundo adulto, de raigambre dictatorial y caprichosa al despertar tanta admiración como repudio, por las hilarantes vejaciones en relación a la mujer más importante en la vida del varón, la madre, ya que todas las otras son furcias intercambiables, por el compañerismo pasajero en medio del caos y la torpeza, de allí que choquen todo el tiempo pero puedan ponerse de acuerdo en materia de la aventura macabra/ morbosa/ visceral, y por esta misma fascinación con lo que vendrá a futuro, un enigma que a veces encandila y llena de alegría y en otras oportunidades toma la forma de un enorme peso que no se desea para nada sobre la conciencia y el inconsciente y por ello el instinto de autopreservación puede dejar paso a la depresión apenas maquillada y un gran afán suicida, en este sentido no es de extrañar que el cuerpo no sea de un adulto, como decíamos antes lelos gritones o silentes que se ubican en las antípodas de la niñez, sino de un espejo, otro nene con toda su vida por delante que los representa al punto de que en el final deciden no acreditarse el hallazgo del cadáver vía una llamada telefónica anónima. De a poco se acumulan detalles maravillosos de slapstick o comedia física, sobre todo en esa dinámica socarrona entre Duchamp y Tessio, un marco narrativo que recuerda mucho al de Los Inútiles (I Vitelloni, 1953), de Federico Fellini, con eje en el constante anhelo de abandonar la cárcel de la ciudad pequeña y toda su percibida mediocridad, e incluso un episodio de neto corte fisiológico pasoliniano, aquella escena del cuento nocturno de Lachance sobre un niño corpulento, David “Culo de Manteca” Hogan (Andy Lindberg), que sufre burlas del entorno social y genera una cadena de vómitos en un concurso de comer pasteles símil metáfora de la vulnerabilidad y la fortaleza en la infancia.

 

King para mediados de los años 80 navegaba en mares de alcohol, cocaína y pastillas que se condicen con aquel “desastre cantado” de Ocho Días de Terror (Maximum Overdrive, 1986), su único trabajo como director de cine, en este caso adaptando uno de los cuentos de El Umbral de la Noche, Camiones (Trucks), y con las raudas presiones de una fama que era planetaria y lo sobrepasó a nivel psíquico, cortesía de esa recordada serie de traslaciones que incluyó obras tan variopintas como Carrie (1976), de Brian De Palma, El Misterio de Salem’s Lot (Salem’s Lot, 1979), de Tobe Hooper, El Resplandor (The Shining, 1980), de Stanley Kubrick, Creepshow (1982), de George A. Romero, Cujo (1983), de Lewis Teague, La Zona Muerta (The Dead Zone, 1983), opus de David Cronenberg, Christine (1983), de Carpenter, Los Niños del Maíz (Children of the Corn, 1984), de Fritz Kiersch, Llamas de Venganza (Firestarter, 1984), de Mark L. Lester, Los Ojos del Gato (Cat’s Eye, 1985), otra de Teague, y Bala de Plata (Silver Bullet, 1985), de Daniel Attias, siendo Cuenta Conmigo -de nuevo, como en el caso de El Cuerpo de Las Cuatro Estaciones– el punto profesional de quiebre porque la película demostró que había más en el acervo artístico del escritor que el terror y la fantasía alegórica, enrevesada o truculenta centrada en el bello minimalismo de lo prosaico acechante, esquema que por cierto revolucionó a un género como el horror que solía privilegiar lo pomposo paranormal por sobre el cúmulo de pormenores de la muchas veces espantosa existencia cotidiana. Reiner obtiene un desempeño en verdad excelente de Phoenix y Sutherland, el primero como el mejor amigo de Gordie y el segundo como un villano cruel y memorable, y utiliza de modo magistral temazos de The Coasters, Buddy Holly, The Del-Vikings, Jerry Lee Lewis, Shirley and Lee, The Chordettes y desde ya Ben E. King, cuya canción homónima de 1961 le da el título al film, clásico eterno que también fue popularizado por un John Lennon solista vía su cover del querido Rock ‘n’ Roll (1975), sin duda alguna el primer álbum de versiones de alto perfil de toda la historia del rock…

 

Cuenta Conmigo (Stand by Me, Estados Unidos, 1986)

Dirección: Rob Reiner. Guión: Raynold Gideon y Bruce A. Evans. Elenco: Wil Wheaton, River Phoenix, Corey Feldman, Jerry O’Connell, Kiefer Sutherland, Casey Siemaszko, Gary Riley, Bradley Gregg, Jason Oliver Lipsett, Andy Lindberg. Producción: Bruce A. Evans, Raynold Gideon y Andrew Scheinman. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 10