Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), gran neoclásico de Ivan Reitman, es una de esas películas que si uno tendría que explicarla/ resumirla a alguien que nunca la haya visto ni escuchado de ella de seguro recibiría de respuesta que debe ser una soberana basura o un despropósito digno de la macdonalización de la cultura, reacción bastante sensata porque hablamos de una de las piedras fundacionales del infantilismo posmoderno del mainstream modelo hollywoodense, por un lado uno de los primeros blockbusters que supo combinar comedia, aventuras y toneladas de efectos especiales, una conjunción que por cierto sería crucial a futuro en materia del desarrollo de prácticamente todas las franquicias de los grandes estudios yanquis, y por el otro lado una epopeya ambivalente o por lo menos algo mucho esquizofrénica que puede leerse en simultáneo como de derecha y de izquierda, pensemos en este sentido que la entonación mayormente inmadura de los personajes y del relato y su defensa del sector privado en detrimento del Estado constituyen factores que por momentos homologan muy fuerte a la propuesta en su conjunto con aquel simplismo del discurso del reaganismo y el thatcherismo de la época y su obsesión con el esquema del déficit cero en las cuentas públicas, la reducción sistemática de la administración estatal y la desregulación de cada uno de los sectores del mercado para que el statu quo capitalista tome el mando ya sin interferencia alguna o armazón redistributivo de la riqueza, planteo retórico que contrasta con los numerosos dardos que el film lanza primero contra los yuppies, un gremio que en parte es representado por el emprendedurismo oportunista y algo cínico de los personajes del título, segundo contra los ciudadanos comunes y corrientes de las grandes ciudades, criaturas abúlicas que sitúan al egoísmo por sobre la solidaridad símil el Efecto Espectador o Síndrome Genovese, y tercero contra los científicos en general, en pantalla retratados como demasiado acartonados, crueles en sus experimentos y alejados por completo del mundo real -ese que exige “resultados” en el corto plazo- hasta que algo o alguien los saca de su burbuja académica risible al punto de hacerla estallar por los aires.
El realizador canadiense Reitman tenía cuatro comedias en su haber cuando entrega Los Cazafantasmas, claramente su mejor película, nos referimos a dos trasheadas indiscutibles, Foxy Lady (1971) y Mujeres Caníbales (Cannibal Girls, 1973), y dos obras amenas aunque olvidables a más no poder que sellaron su sociedad primigenia con el genial Bill Murray, Albóndigas (Meatballs, 1979) y El Pelotón Chiflado (Stripes, 1981), no obstante el señor, justo a posteriori del éxito planetario en taquilla de los amigos del ectoplasma, una vez más derrapa hacia lo anodino con Peligrosamente Juntos (Legal Eagles, 1986) para rápidamente levantar cabeza vía su pentalogía de comedias de alto perfil del resto de los 80 y principios de los 90, las recordadas y tan desparejas como disfrutables Gemelos (Twins, 1988), Los Cazafantasmas 2 (Ghostbusters II, 1989), Un Detective en el Kinder (Kindergarten Cop, 1990), Presidente por un Día (Dave, 1993) y Junior (1994), preámbulo para una colección de bodrios futuros que lo llevaron a volcarse progresivamente a la producción, un popurrí bastante tardío como realizador que incluye a Un Papá de Sobra (Fathers’ Day, 1997), Seis Días, Siete Noches (Six Days Seven Nights, 1998), Evolución (Evolution, 2001), Mi Súper Ex-novia (My Super Ex-Girlfriend, 2006), Amigos con Derechos (No Strings Attached, 2011) y Decisión Final (Draft Day, 2014), el quiebre de la retahíla cómica. Peter Venkman (Murray), Ray Stantz (Dan Aykroyd) y Egon Spengler (Harold Ramis) son tres expertos e investigadores de parapsicología que terminan expulsados de la Universidad de Columbia después de ver un fantasma en la Biblioteca Pública de Nueva York, por ello Stantz pide una tercera hipoteca sobre su casa y con el dinero compran un viejo cuartel de bomberos donde comienzan el negocio de los Cazafantasmas, un servicio ultra freak de captura y contención de entidades espirituales descontroladas que los lleva a lidiar con un doble caso de posesión demoníaca, el de la violonchelista Dana Barrett (Sigourney Weaver), quien anda por ahí diciendo que es Zuul, la Guardiana de la Puerta, y el de su vecino Louis Tully (Rick Moranis), contador payasesco que cree ser Vinz Clortho, el Maestro de las Llaves.
La importancia de Los Cazafantasmas, como afirmábamos antes, es inmensa debido a que la realización, un proyecto muy complejo que fue concebido a lo largo de 13 meses, logró alinear la fantasía pomposa con la comedia, el cine de acción, el erotismo light, el rubro familiero y un diseño general de producción vinculado abiertamente al marketing, de allí el peso que dentro del apartado visual y el “posicionamiento de marca” tuvieron el logo del equipo de cazadores de espectros, aquella ambulancia reconvertida en el Ectomóvil, sus mochilas de protones a lo lanzallamas pero alimentadas con energía nuclear, la apariencia grotesca y comiquera de los fantasmas en sí como Pegajoso (Slimer), la introducción de un cuarto integrante negro de nula influencia porque es apenas un empleado que satisface el requisito de diversidad racial y mano de obra extra, Winston Zeddemore (Ernie Hudson), y finalmente la célebre canción homónima de Ray Parker Jr., la cual se transformaría en un himno del cine masivo ochentoso. La película termina de patentar desde lo impersonal y demagógico barato una fórmula que ya estaba presente en el acervo de autores como Steven Spielberg y George Lucas, eso de incluir ingredientes para todos los segmentos, vocaciones y/ o preferencias del público mediante un paraguas que incorpora al nerd gélido, Spengler, el tontuelo pasional, Stantz, el sarcástico crónico, Venkman, la doncella en peligro e interés romántico del anterior, Barrett, el bufón enamorado de ella, Tully, una secretaria cínica y explotada por nuestros héroes, Janine Melnitz (Annie Potts), el afroamericano de relleno, Zeddemore, y hasta una dupla malévola que nos deja elegir a quién sería conveniente odiar, si a un funcionario metiche y necio de la Agencia de Protección Ambiental, Walter Peck (William Atherton), o al todopoderoso Dios de los hititas, mesopotámicos y sumerios que está detrás de las posesiones y todos estos retazos de “turbulencia espiritual”, el inefable Gozer, el Destructor, señor que se nos aparece como un gigante de malvavisco símil King Kong, pero homologado a una efigie del quid publicitario consumista, y como una señorita erotizada que combina a Grace Jones y el David Bowie de Ziggy Stardust (Slavitza Jovan).
Muchas veces al hablar del opus de Reitman se exagera la posible interpretación de derecha de la trama al extremo de empardar a los fantasmas con una metáfora de los inmigrantes, los menesterosos, los delincuentes, los esbirros gubernamentales corruptos, la policía como sindicato criminal o quizás -en el mejor de los casos, en cuanto a una hipotética perspectiva fascistoide- la contaminación, no obstante leer a la película bajo dichos términos es forzar demasiado las cosas cuando el mismo relato deja bien en claro su escepticismo para con la capa dirigente de la sociedad en su conjunto, representada no sólo en Peck, el tarado que llegado el final libera a los fantasmas al desconectar el sistema de contención de espíritus de la sede comercial de los protagonistas, sino también en el alcalde de Nueva York, Lenny Clotch (David Margulies), un abanderado del pragmatismo político que refuerza el absurdo de la rutinización de lo insólito y opta por obviar la posición del testaferro de la Agencia de Protección Ambiental, obsesionado con desenmascarar a los Cazafantasmas como un fraude, cuando el personaje de Murray, algo así como un lobista de relaciones públicas de dejo maquiavélico o mitómano, le recuerda que si permite a la pyme salvar a la metrópoli del apocalipsis y todo sale bien el mandamás sería el responsable indirecto de proteger las vidas de millones de votantes. El guión de Aykroyd, por entonces responsable de The Blues Brothers (1980), de John Landis, y Ramis, un colaborador de Reitman en Albóndigas y El Pelotón Chiflado y de Landis en Colegio de Animales (Animal House, 1978), amén de ya haber dirigido Los Locos del Golf (Caddyshack, 1980) y Vacaciones (Vacation, 1983), posee una frescura imaginativa innegable que tiene que ver con esta parodia entrecruzada de fondo y con el empuje del humor seco marca registrada de Murray, aquí terminando de definir a su “personaje insignia” luego de lo hecho en El Pelotón Chiflado, Los Locos del Golf y sobre todo Donde Vaga el Búfalo (Where the Buffalo Roam, 1980), de Art Linson, encanto que desaparecería en la apenas digna secuela de 1989 de Reitman, el desastre del 2016 de Paul Feig y aquella mediocre epopeya del 2021 de Jason Reitman, hijo de Ivan…
Los Cazafantasmas (Ghostbusters, Estados Unidos, 1984)
Dirección: Ivan Reitman. Guión: Dan Aykroyd y Harold Ramis. Elenco: Bill Murray, Dan Aykroyd, Harold Ramis, Sigourney Weaver, Rick Moranis, Annie Potts, William Atherton, Ernie Hudson, David Margulies, Steven Tash. Producción: Ivan Reitman. Duración: 105 minutos.