A contrapelo de todas las películas sobre la Segunda Guerra Mundial, ya sean bélicas o que se asienten en algún capítulo escabroso que Alemania pretende exorcizar de su historia para reforzar su rechazo y/o arrepentimiento con respecto a ese pasado oscuro que tuvo como cómplices e instigadores a todas las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, el realizador alemán Wolfang Petersen se adentra en El Barco (Das Boot, 1981) en la vida de un grupo de marineros en un submarino desde un punto de vista costumbrista, que prácticamente no menciona al nazismo, en uno de los films humanistas y antibélicos más desoladores de la historia del cine.
La tarea de Petersen no era menor. La adaptación de la novela más popular de la Alemania de posguerra escrita por el corresponsal de guerra nazi Lothar-Günther Buchheim devenido en un militante antibélico, pintor y coleccionista de arte expresionista germano, El Barco (Das Boot, 1973), era una obra titánica. Como era de esperar la película costó muchísimo dinero y es uno de los films alemanes más caros de la historia, pero afortunadamente fue un éxito de taquilla, a pesar de los innumerables cortes que sufrió desde los 209 minutos originales hasta las casi dos horas y media a los que se redujo la versión que se estrenó en los cines en un camino que pasó por la TV hasta llegar a la acepción final del director, aquella inicial de casi tres horas y media. La historia original está basada en las propias experiencias de Buchheim, quien fue enviado a bordo de un submarino en una misión para notificar sobre todo lo que allí ocurriese, periplo que varios años más tarde plasmaría en una novela antibélica y humanista de gran éxito.
El comienzo de la película presenta a los marineros borrachos y a los oficiales antes de partir en un cabaret/ burdel ahogando las penas con mucho alcohol y junto a mujeres que exhiben sus seductores atributos, escena de algarabía que también se repetirá en el barco y que será, a su vez, su contracara perfecta. A esa secuencia que poco se condice con la disciplina castrense le sigue el discurso de un teniente borracho veterano, que en su diatriba no se distingue si alaba o critica al aprendiz de pintor devenido, por obra y gracia de la propaganda y la teatralidad, en estratega militar. Con esperanza los marineros se embarcan en el submarino, el emblema de la armada alemana con el que lucharon en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Ya en altamar el capitán, interpretado brillantemente por un Jürgen Prochnow que sabe componer tanto sencillez como ampulosidad, advierte a los jóvenes que se preparen para ver su entusiasmo reducido a cenizas porque conoce lo que la difícil vida en el submarino tiene deparado para inexpertos tripulantes, que trastocan su arrebato inicial por desesperación a medida que la crudeza de la guerra les demuestra cómo el horror y el desasosiego apagan los delirios heroicos.
El teniente Werner (Herbert Grönemeyer), un corresponsal de guerra basado en Lothar-Günther Buchheim, es junto al capitán uno de los grandes protagonistas de esta historia, al igual que el jefe de los ingenieros, interpretado por Klaus Wennemann. Las primeras batallas son realmente espectaculares y ya demuestran la insania de las contiendas navales y las penurias a las que son sometidos los marinos, una prueba de la que no cualquiera sale bien parado. Así el espectador puede observar con lujo de detalles la disciplina y la coordinación, que son las barreras entre la vida y la muerte en el fondo del mar con las cargas explosivas del enemigo estallando alrededor. Tras una parada técnica para provisionarse en Vigo, en el País Vasco, el capitán recibe órdenes de partir hacia Italia a través del Estrecho de Gibraltar, un puesto altamente vigilado por la armada británica. El capitán también le solicita al alto mando que deje desembarcar al jefe de ingenieros junto a Werner, vislumbrando que la misión hacia Italia es prácticamente un suicidio, pero el pedido le es denegado en medio de un festín en un barco alemán en España. En el Estrecho de Gibraltar el submarino tendrá una prueba imposible y los marineros deberán luchar con todas sus fuerzas para sacar la nave a flote.
El Barco es una de las películas más claustrofóbicas y antibélicas de la historia del cine. En este sentido el film de Wolfang Petersen le hace justicia a la novela de Buchheim, aunque el escritor haya despotricado contra la película, que a su criterio diluía el mensaje antibélico con una música de aventuras deudora de la década del ochenta del Siglo XX, partitura épica que le daba un tono similar a la precursora novela de aventuras de Jules Verne, Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino (Vingt Mille Lieues Sous les Mers, 1869). Pero Petersen ofrece un excelente panorama de cómo los soldados, salvo contadas excepciones, no tienen el más mínimo interés en la ideología y solo pretenden que la guerra termine para regresar a sus hogares. En este sentido el caso más emblemático es el del propio Werner, quien se embarca en una gloriosa misión para demostrar la superioridad alemana y para descubrir en su lugar que a la hora de la verdad todos tenemos el mismo miedo a morir. El capitán, por su parte, aprovecha cualquier oportunidad para argumentar que los altos mandos ponen más énfasis en ponerle apodos a Churchill que en otorgar al ejército las herramientas para combatir eficazmente y que el supuesto genio militar es en realidad un farsante, el artífice y conductor de la ruina del Tercer Reich.
Entre simulacros, falsas alarmas y batallas que ponen los nervios y la disciplina a prueba, los marinos demuestran su amor por el mar y la ansiedad de conocer el sabor de la cruzada. Petersen realiza una reconstrucción maravillosa de la vida en un submarino, con escenas de extrema tensión en medio de un claustrofóbico encierro que contrastan con la coordinación de la tripulación para ir de un lado a otro y realizar labores que parecen imposibles. En la lucha por la supervivencia surge una camaradería indestructible que ninguna ideología ni derrota podrá romper.
Jürgen Prochnow realiza una labor magnífica como el capitán del barco en una de las mejores actuaciones de su carrera. El capitán comprende que la guerra está perdida, que Göring y Hitler son dos fanfarrones ignorantes que llevan a Alemania al desastre, que Inglaterra ha conseguido anular a los submarinos y que la muerte los acecha, pero nada podrá impedir que salga a combatir al mando de su barco, con la mejor tripulación del mundo, en el vasto mar que ama, el lugar en el que desea morir.
Ante la certeza de la muerte hasta el más adepto al nacionalsocialismo reconocerá que el honor y la patria poco importan y que las relaciones humanas opacan cualquier delirio que destruye las vidas de millones de personas, cuestión que no se comprende hasta que la parca toca a la puerta y el horror deja su marca en el espíritu. El miedo y la desesperación se apoderarán de todos los marineros en esta épica aventura antibélica atravesada por el drama costumbrista que demuestra que la guerra no tiene nada de honorable ni de heroico, y que la única emoción que la atraviesa es la desesperanza.
El Barco (Das Boot, República Federal de Alemania/ Italia/ Francia/ Reino Unido, 1981)
Dirección y Guión: Wolfgang Petersen. Elenco: Jürgen Prochnow, Herbert Grönemeyer, Klaus Wennemann, Hubertus Bengsch, Martin Semmelrogge, Bernd Tauber, Erwin Leder, Martin May, Heinz Hoenig, Uwe Ochsenknecht. Producción: Günter Rohrbach y Ortwin Freyermuth. Duración: 209 minutos.