La Colmena

El privilegio del café con leche

Por Emiliano Fernández

Uno de los grandes despropósitos de la accidentada historia del Premio Nobel de Literatura, en esencia el único que realmente le importa a la prensa y al público en general entre el popurrí de galardones que otorga anualmente la Academia Sueca, se condensa en el hecho de haberle dado el premio en cuestión a Camilo José Cela en 1989 y habérselo negado sistemáticamente a un escritor muy superior, muchísimo más valioso y con una influencia planetaria como Jorge Luis Borges: mientras que el argentino era un analfabeto total a nivel político y por ello se pasó toda la vida primero despotricando contra la lacra contradictoria peronista, como buen oligarca que veía con disgusto la ampliación inicial de derechos que propició el régimen para los estratos populares, y segundo recibiendo elogios y galardones de las dictaduras de los mega genocidas Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla y Francisco Franco, el literato español, en cambio, siempre tuvo las ideas muy claras al respecto porque su conservadurismo fascistoide -bastante coherente, sin dudas- lo llevó a sumarse como soldado al bando sublevado en la Guerra Civil (1936-1939), permaneciendo fiel a Franco durante toda su existencia e incluso ya empezada la denominada Transición Democrática Española (1975-1982), un ciclo situado entre la muerte del tirano y las elecciones generales de 1982, donde salió vencedor el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) de Felipe González. Si la excusa histórica por lo bajo para no entregarle el premio a Borges siempre fue su estupidez política y/ o la misma tendencia a manifestarse en ese sentido cuando definitivamente no sabía medir sus palabras ni ver procesos mucho más complejos que su fundamentalismo o sus reyertas personales contra este o aquel demagogo de turno que lo marginó, no se entiende cómo se le otorgó el Nobel a un escritor sumamente menor como Cela, deudor de la experimentación de la primera mitad del Siglo XX de James Joyce, John Dos Passos y Thomas Mann, cuando de hecho su compromiso con una dictadura espantosa siempre fue evidente al extremo de espiar a colegas e intelectuales para “domesticarlos”.

 

Amén de la inmunda y lamentable Transición Española, sinónimo de impunidad para todos los represores del absolutismo franquista como si los crímenes cometidos -una retahíla de secuestros, torturas, fusilamientos, prohibiciones, censura, exilios forzados, etc.- pudiesen barrarse debajo de la alfombra, en este sentido basta con pensar en un escenario hipotético en el que luego de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) no hubiesen existido los Juicios de Núremberg de 1945 y 1946 para juzgar a los jerarcas del nazismo o en el que después del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983) no hubiese existido en Argentina el Juicio a las Juntas Militares de 1985, es precisamente en aquel agitado período histórico cuando se filma la adaptación cinematográfica más conocida de Cela, La Colmena (1982), estupenda cuasi comedia negra de Mario Camus inspirada en la mejor y más famosa novela del autor, la homónima de 1951 orientada a retratar las penurias de la fase inmediatamente posterior al fin de la Guerra Civil, cuando comienza el proceso de reconstrucción nacional mientras el pueblo pasa hambre, se aceitan los mecanismos de la represión contra cualquier disidencia y el grueso de los españoles se entretiene escuchando con morbosidad por radio los pormenores de esa Segunda Guerra Mundial que asolaba al resto de Europa y de la que la Guerra Civil fue su ensayo a escala reducida por el choque entre republicanismo y una alternativa autocrática. El guión del también productor José Luis Dibildos, colaborador de Juan Antonio Bardem, León Klimovsky, Pedro Lazaga, Claude Sautet, Lucio Fulci y José María Forqué, entre muchos otros, respeta en general la estructura coral de la novela y aquel espíritu socarrón de costumbrismo paródico y laberíntico porque se incluyen los episodios sexuales que tanto molestaron al franquismo de su época -por ello mismo el libro tuvo que ser publicado primeramente en Buenos Aires, en Argentina, y no llegó a España hasta 1955- y se deja de lado nuevamente toda referencia a funcionarios de la dictadura y hombres del clero, autocensura de Cela de por medio en pos de preservar al establishment.

 

Todos los personajes del relato en algún punto coinciden en un bar de Madrid circa 1942, La Delicia, así nos topamos con un grupito de tres poetas y escritores que nunca tienen dinero para desayunar vía un siempre anhelado café con leche, Ricardo Sorbedo (el enorme Francisco Rabal), Rubio Antofagasta (Mario Pardo) y Ramón Maello (Francisco Algora), un homosexual veterano y ricachón llamado Julián Suárez (Rafael Alonso) que sale con un muchacho mucho más joven, Pepe alias El Astilla (Antonio Resines), la dueña hiper avara y amarga de La Delicia, Doña Rosa (María Luisa Ponte), un poeta y periodista en la eterna ruina que duerme en un burdel y suele juntarse con el trío de colegas menesterosos, Martín Marco López (José Sacristán), un jurista estrafalario que Sorbedo gusta de elogiar para que se pague el desayuno en el bar mientras repite por centésima vez un discurso académico horroroso de su autoría, Don Ibrahim (Luis Escobar), un pícaro y estafador de poca monta que suele hacerse pasar por burgués de gran poder adquisitivo, Leonardo Meléndez (el querido José Luis López Vázquez), sus dos vecinos en una pensión de lo más precaria, el fumador compulsivo Tesifonte Ovejero (José Sazatornil) y el malhumorado y/ o histérico Ventura Aguado (Emilio Gutiérrez Caba), un infaltable lustrabotas y cigarrero, Padilla (Rafael Hernández), una mujer solitaria de mediana edad, la Señorita Elvira (Elena María Tejeiro), la hermana acomodada de Martín Marco que incluso tiene sirvienta, Filo (Fiorella Faltoyano), aquella novia de Aguado que se ve obligada a verlo en una casa símil albergue transitorio de la época, Julita (Victoria Abril), la madre de la anterior cuyo marido fue expulsado del gobierno y le pide a Filo que su esposo interceda ante el franquismo, Doña Visitación (Elvira Quintillá), una chica que empieza a prostituirse para ayudar a su novio tísico en el pellejo de Imanol Arias, Victorita (Ana Belén), la dueña de la grotesca pensión donde duermen Meléndez y compañía, Doña Matilde (Queta Claver), y un supuesto experto en “inventar palabras” que es otra efigie del absurdo, Matías Martí (cameo del propio Cela).

 

En su pretensión de retratar la sociedad española tradicional, incluso obviando la influencia central de la Iglesia Católica y del régimen totalitario por los postulados ideológicos del escritor y su renuencia a formular críticas a esos sectores, Cela y por consiguiente Camus no pueden evitar toparse con el hecho de que la elite social de la posguerra -por lo menos hasta el franquismo desarrollista de la década del 60- eran precisamente los funcionarios públicos y los oligarcas capitalistas vinculados a ellos, en pantalla representados sobre todo por dos personajes, el marido de Filo, Roberto González (Ricardo Tundidor), y un payaso soberbio que suele presumir sobre su flameante riqueza en La Delicia y se obsesiona con los servicios sexuales de Victorita, Mario de la Vega (Agustín González), prácticamente las únicas excepciones de comodidad o buen pasar porque el resto de los mortales que desfilan por la pantalla sufren las inclemencias de una economía de penuria donde comer lentejas, pagarse un café con leche o contar con un lugar donde tener sexo son claros privilegios de la supervivencia cotidiana, esa que está mayormente simbolizada en los poetas con Martín Marco a la cabeza, quien tuvo una relación cuando joven con una fémina reconvertida en meretriz, Nati Robles (Charo López), y se acerca a otra equivalente llamada Purita (Concha Velasco). La hipocresía, tópico fundamental del cine de la primavera democrática española y argentina, aparece en la desesperación tácita y las mentiras comerciales de Meléndez, llegando a vender dentaduras postizas a actores como Don Casimiro (Luis Ciges), y en los encuentros clandestinos amatorios de todos los personajes entre sí e incluso a espaldas de los metiches de la propia familia, así Julita se topa a la salida del “nidito de amor” con su progenitor, Don Roque (José Bódalo), quien a su vez le mete los cuernos a su esposa con una furcia, esquema que criminaliza a puro prejuicio a los pobres y diferentes, como queda de manifiesto en el desenlace cuando fallece la madre anciana del gay y se lo detiene junto al personaje de Sacristán, un sospechoso por tener “mal aspecto” y visitar a su hermana…

 

La Colmena (España, 1982)

Dirección: Mario Camus. Guión: José Luis Dibildos. Elenco: Francisco Rabal, José Sazatornil, Victoria Abril, Emilio Gutiérrez Caba, José Sacristán, Ana Belén, José Luis López Vázquez, Imanol Arias, Agustín González, Luis Ciges. Producción: José Luis Dibildos. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 8