No nos Libres del Mal (Mais ne nous Délivrez pas du Mal)

Sobre lolitas diabólicas

Por Emiliano Fernández

No nos Libres del Mal (Mais ne nous Délivrez pas du Mal, 1971), de Joël Séria, es un caso bastante extraño dentro del cine por lo general segmentado y riguroso de la década del 70 porque arrastra una especie de indefinición conceptual que permite englobar a la película dentro de múltiples corrientes del acervo productivo de la época, uno muy rico y osado como ya nunca más volvería a repetirse dentro del entramado mainstream, en este sentido basta con considerar que la premisa narrativa de base, esa de dos pícaras señoritas de un internado escolar católico haciendo el mal durante un período vacacional de verano porque desean consagrarse a Satán en cuerpo y alma, puede interpretarse como una variación tanto de la fórmula de la venganza misándrica al azar de Teenage Innocence (1973), de Chris Warfield, y Death Game (1977), de Peter S. Traynor, por cierto esta última objeto de una remake, Knock Knock (2015), del lelo Eli Roth, como del motivo de las inefables vampiras lesbianas, muy de moda por aquellos años como lo demuestran Vampyros Lesbos (1971), de Jesús Franco, La Novia Ensangrentada (1972), de Vicente Aranda, Vampyres (1974), de José Ramón Larraz, y la denominada Trilogía Karnstein de la Hammer Film Productions, The Vampire Lovers (1970), de Roy Ward Baker, Lust for a Vampire (1971), de Jimmy Sangster, y Twins of Evil (1971), del querido John Hough, todas por supuesto inspiradas en Carmilla (1872), la famosa novela corta de Sheridan Le Fanu. La ópera prima de Séria también anticipa algo del terror entre folklórico, lunático y surrealista de Let’s Scare Jessica to Death (1971), de John D. Hancock, y otras tres odiseas de culto del mismo año, Messiah of Evil (1973), de Willard Huyck, Lemora (1973), de Richard Blackburn, y The Wicker Man (1973), mega clásico de Robin Hardy, e incluso se emparenta con el latiguillo de las monjas poseídas, ese que va desde Mother Joan of the Angels (Matka Joanna od Aniolów, 1961), de Jerzy Kawalerowicz, y The Devils (1971), del tremendo Ken Russell, hasta lo ya decididamente sobrenatural de Satánico Pandemónium: La Sexorcista (1975), de Gilberto Martínez Solares, y Alucarda, la Hija de las Tinieblas (1977), de Juan López Moctezuma.

 

Sin embargo No nos Libres del Mal, gracias a su tono retórico esquizofrénico que coquetea con el horror diabólico y con el sexploitation de ninfas corruptoras y promiscuas sin llegar a lanzarse de cabeza en ninguna de las dos comarcas, definitivamente tiene más en común con la tradición del sadismo espectral y femenino de la propia Francia, una corriente que arranca con Diabolique (Les Diaboliques, 1955), de Henri-Georges Clouzot, y se expande de manera significativa de la mano de la producción artística de Jean Rollin, en primera instancia vía su tetralogía inicial, aquella de Le Viol du Vampire (1968), La Vampire Nue (1970), Le Frisson des Vampires (1971) y Requiem pour un Vampire (1972), y en segundo lugar a través de su cúspide profesional correspondiente a la segunda mitad de los años 70, léase Lèvres de Sang (1975), Les Raisins de la Mort (1978) y Fascination (1979), amén de recordadas rarezas como La Rose de Fer (1973) y La Nuit des Traquées (1980). Mucho del lirismo freak, la morbosidad y el ritmo sosegado de Rollin está presente en el opus de Séria, por un lado otro de los diversos coletazos de la destrucción de los ideales del Flower Power y del hippismo en general cortesía de los asesinatos de 1969 del clan de Charles Manson, colección de crímenes que dejaron en evidencia a la faceta monstruosa del ascenso de la juventud desde un lugar social subordinado hacia fetiche máximo del mercado capitalista, y por el otro lado un intento de adaptación -muy laxo y a la distancia, con una infinidad de “licencias creativas”- del Caso Parker-Hulme de 1954, un episodio policial que a posteriori sería adaptado con mayor fidelidad -y mucho mayor conservadurismo- por Peter Jackson en Heavenly Creatures (1994) y que abarca el homicidio en Nueva Zelanda de Honorah Rieper por parte de su hija adolescente, Pauline Parker, por entonces de apenas 16 años, y la mejor amiga de la anterior, Juliet Hulme, de 15 años, un dúo de loquitas que en los meses previos al asesinato, cometido con una retahíla de golpes con un ladrillo enfundado en una media, habían creado un mundo ilusorio que estaba en peligro ya que Juliet sería enviada a Sudáfrica por sus progenitores y Honorah no permitía que Pauline acompañase a su amiga.

 

El guión del director gira en torno a dos bellas púberes satanistas, Anne de Boissy (Jeanne Goupil) y Lore Fournier (Catherine Wagener), que consideran que el bien es cosa de idiotas y santurrones y por ello, amparadas en su apariencia inocente y el linaje ricachón de sus familias, se la pasan cometiendo travesuras y crímenes varios como acusar a compañeras de faltas que no cometieron, mentirle al sacerdote confesor, torturar a un gatito mascota, robar hostias, un cáliz y atuendos sacramentales para realizar una misa negra con voto de sangre de por medio, denunciar a monjas lesbianas y exhibirle las piernas y la vagina entre risas a un campesino tosco encargado de cuidar vacas, Émile (Gérard Darrieu), el cual trata de violar a Lore mientras Anne suelta a los animales, una situación que deriva en un episodio pirómano por parte de las chicas ya que literalmente luego incendian la granja del hombre. Leyendo tanto Las Flores del Mal (Les Fleurs du Mal, 1857), de Charles Baudelaire, como Los Cantos de Maldoror (Les Chants de Maldoror, 1869), de Isidore Lucien Ducasse alias Conde de Lautréamont, e imaginando desnudo a un cura durante una misa, a otro sacándose la vestimenta adelante de Anne y a ellas mismas azotando a -y burlándose de- Jesucristo en su vía crucis, las adolescentes escalan en maldad una vez que los padres de Anne, el Conde (Jean-Pierre Helbert) y la Condesa (Véronique Silver), se marchan de la mansión bucólica por dos meses y ella puede vivir a tiempo completo con Lore, cuyos padres (Henri Poirier y Nicole Mérouze) tampoco manifiestan interés sostenido en la precoz mocosa, así esquivan el control del adusto mayordomo, Gustave (René Berthier), y se dedican a atormentar a un jardinero con retraso mental, Léon (Michel Robin), a quien le rompen o le queman la ropa, le matan a sus pájaros mascotas, le quitan cartas íntimas y utilizan de sacerdote blasfemo para contraer matrimonio con Belcebú y empujarlo en un lago en la noche, provocando que quiera vengarse violando a Anne. Las chicas finalmente se desnudan ante un automovilista (Bernard Dhéran) que se quedó sin combustible en la ruta y pronto se lanza sobre Lore, así Anne lo mata a golpes en la cabeza con un leño y ambas arrojan el cuerpo en el tétrico lago.

 

Gran parte del encanto bizarro y demencial de No nos Libres del Mal se resume en sus dos protagonistas, Wagener, de 19 años, y Goupil, de 21, dupla con un físico y un look general adolescente que calzan perfecto en el rol de lolitas putonas amantes del mal, la primera con un poco de experiencia actoral previa y volcándose paulatinamente hacia el erotismo y la pornografía hasta su retiro a mediados de los 70 y la segunda, por su parte, rápidamente convirtiéndose en la esposa y la actriz fetiche de Séria, un señor que dejaría de lado toda referencia al terror y se consagraría casi por completo a la comedia hasta caer en el olvido en los años 80 y 90 y después resurgir en la memoria cinéfila en el nuevo milenio a caballo de su ópera prima, así las cosas supo reutilizar a la aquí debutante Goupil en ocasión de las hoy cuasi desaparecidas Charlie et ses Deux Nénettes (1973), Les Galettes de Pont-Aven (1975), Marie-poupée (1976) y San-Antonio ne Pense qu’à ça (1981), más allá de algunas participaciones esporádicas en films como Paradis pour Tous (1982), opus de Alain Jessua, L’Appât (1995), de Bertrand Tavernier, Le Fils de l’Épicier (2007), de Eric Guirado, e I Feel Good (2018), de Benoît Delépine y Gustave Kervern. Séria, como buena parte de la fauna indie de la época, exuda torpeza en cuanto a una edición brusca, un ritmo narrativo demasiado lerdo y un evidente abuso en materia de un metraje que podría haberse reducido en unos quince o veinte minutos, no obstante aprovecha muy bien la música ultra etérea de Claude Germain y Dominique Ney y los exquisitos poemas de Baudelaire y el Conde de Lautréamont y redondea un retrato interesante y lúgubre de la psicopatía, la dependencia emocional y la juventud nihilista de los 70 post utopías del hippismo, siempre enfatizando con honestidad exploitation que la destreza femenina -o estrategia de defensa o acecho- es la seducción así como la fuerza y los impulsos vehementes constituyen las características por antonomasia de los machos. Mención aparte, desde ya, merece el admirable desenlace, aquel suicidio de las chicas quemándose a lo bonzo en un escenario teatral adelante de sus padres, las monjas y la policía, remate terrorista y apoteósico como pocos desde entonces…

 

No nos Libres del Mal (Mais ne nous Délivrez pas du Mal, Francia, 1971)

Dirección y Guión: Joël Séria. Elenco: Jeanne Goupil, Catherine Wagener, Bernard Dhéran, Gérard Darrieu, Michel Robin, Véronique Silver, Jean-Pierre Helbert, Nicole Mérouze, Henri Poirier, René Berthier. Producción: Bernard Legargeant. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 7