La concepción de las fechorías en términos cinematográficos hollywoodenses fue mutando desde la primera mitad del Siglo XX, donde se veía en general al delito como resultado de organizaciones mafiosas extendidas que surgieron o se consolidaron con la Ley Seca y la Gran Depresión, hasta la segunda parte de la centuria, cuando se empezó a considerar al crimen desde una óptica bastante más paranoica que lo homologaba con el caos, el saqueo y una violencia ya sin demasiada lógica en la que cualquiera podía convertirse en un enemigo en cualquier momento, metamorfosis que es posible atestiguar en la gran pantalla de la mano de los gangsters que dominaron el rubro hasta los años 30 y los facinerosos que los sucedieron a partir de los 40 y 50, más “modernos” en lo que respecta a una criminalidad a la par ambiciosa y atolondrada que se sustenta en cualquier hijo de vecino con un mínimo potencial para transformarse en malhechor hedonista. Ahora bien, por supuesto que el viejo y querido transgresor profesionalizado continuó existiendo aunque unificado con esta nueva figura del delincuente anarquista y/ o impetuoso, el cual a su vez le debe mucho en materia conceptual a los forajidos del western como si se tratase de una especie de adaptación del bandido rural a la coyuntura urbana, enajenada y moderna, pensemos en ejemplos de ese secuestro colectivo que va desde las familias sufrientes de dos clásicos de Andrew L. Stone, Terror en la Noche (The Night Holds Terror, 1955) y Lágrimas de Angustia (Cry Terror!, 1958), hasta los desconocidos del metro neoyorquino de El Incidente (The Incident, 1967), de Larry Peerce, amén del rapto individual a la distancia de Rescate (Ransom!, 1956), de Alex Segal, o aquel martirio in situ de Una Mujer Enjaulada (Lady in a Cage, 1964), de Walter Grauman, o el paradigmático trayecto del “thriller de invasión de hogar” desde las primigenias Cabo de Miedo (Cape Fear, 1962), de J. Lee Thompson, y A Sangre Fría (In Cold Blood, 1967), de Richard Brooks, hasta la legendaria Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, todas exégesis de la pesadilla metropolitana del asedio interno.
No obstante la película que sintetiza a la perfección todos los cambios por venir en el quid y el imaginario del mainstream norteamericano -y por consiguiente, mundial- no es otra que Horas Desesperadas (The Desperate Hours, 1955), pequeña joya ultra realista de William Wyler a partir de un guión de un Joseph Hayes sumamente pícaro que había usufructuado a más no poder un episodio policial verídico que tuvo lugar el 11 y 12 de septiembre de 1952 en el Municipio de Whitemarsh, en el Estado de Pensilvania, cuando los cinco miembros de la familia Hill fueron retenidos como rehenes durante 19 horas por tres facinerosos, faena que llevó a Hayes a escribir primero una novela, la homónima de 1954, y luego una obra de teatro, esa de ese mismo 1955 de la película, a su vez catalizadora de una serie de remakes disfrazadas bajo el eufemismo de “nuevas traslaciones” de la novela original, nos referimos a los opus televisivos de 1964 de Ludwig Cremer y 1967 de Ted Kotcheff y a las odiseas ya destinadas a salas tradicionales de 1970 de K. Bapaiah, 1974 de Raj Tilak y aquella de 1990 de Michael Cimino, esta última sin duda la más conocida del lote de las reversiones por la crucial intervención de Mickey Rourke, Anthony Hopkins y Mimi Rogers en lo que sería la anteúltima y deslucida epopeya del malogrado Michael Cimino, cuya siguiente realización, la mucho más digna The Sunchaser (1996), sellaría el desenlace de su carrera. El trabajo de Wyler se enrola dentro de su fascinante aunque entrecortada seguidilla de exponentes de géneros hermanados como el film noir, el thriller, el drama criminal y el suspenso, un grupo en el que entran Callejón sin Salida (Dead End, 1937), La Carta (The Letter, 1940), La Antesala del Infierno (Detective Story, 1951), El Coleccionista (The Collector, 1965) y La Liberación de L.B. Jones (The Liberation of L.B. Jones, 1970), sin embargo son sólo La Antesala del Infierno y El Coleccionista las verdaderas “primas” de Horas Desesperadas porque las tres forman parte de una trilogía tácita del espacio cerrado y la claustrofobia del mítico director, en términos de un encierro nocivo que puede ser forzado o autoimpuesto.
Así como casi toda la narración de La Antesala del Infierno se concentraba en el Precinto Número 21 de la Policía de Nueva York de aquel protagonista bien desaforado, el Detective James McLeod (Kirk Douglas), y El Coleccionista prácticamente no salía de esa casona bucólica que Freddie Clegg (Terence Stamp), un aspirante a asesino en serie, compraba en las afueras de Londres para retener a la estudiante de arte Miranda Grey (Samantha Eggar), Horas Desesperadas se consagra casi por completo a la linda residencia en los suburbios de Indianápolis de una familia burguesa compuesta por el patriarca Daniel Hilliard (Fredric March), un ejecutivo de una tienda por departamentos, su esposa Ellie (Martha Scott), una ama de casa, y los dos vástagos de la pareja, el purrete en edad escolar Ralphy (Richard Eyer) y la jovencita Cindy (Mary Murphy), quien trabaja y está de novia con el abogado Chuck Wright (Gig Young). Las tres delincuentes que escapan de prisión son Glenn Griffin (Humphrey Bogart), el sagaz líder de la pandilla, su hermano menor Hal (Dewey Martin), el infaltable “corazón sensible” del equipo, y Sam Kobish (Robert Middleton), un gigantón sin demasiados escrúpulos como Glenn, éste un señor obsesionado con vengarse del sheriff adjunto Jesse Bard (Arthur Kennedy), el cual cuatro años atrás le rompió la mandíbula en una pelea luego de un tiroteo, y con sentarse tranquilo en la morada del clan Hilliard a la espera de un dinerillo que traerá su novia para facilitar la fuga, una tal Helen Miller que es arrestada en camino a Indianápolis por una patrulla local por pasarse un semáforo en rojo mientras estaba siendo vigilada por otros policías, lo que la obliga a mandarle el efectivo a Griffin a través del correo y a la oficina de Daniel. Entre desacuerdos entre los malhechores e intentonas de escape de los cautivos o para hacerse del control de la situación, todo se complica con la llegada de Wright, de una maestra del mocoso, la Señorita Swift (Beverly Garland), y de un sujeto que se lleva los periódicos viejos de la parentela, George Patterson (Walter Baldwin), amén de la idea de Hal de marcharse cuanto antes por un pánico tenaz.
Wyler, un verdadero camaleón del cine de la época que sabía adaptarse a las necesidades de cada proyecto, adopta un esquema narrativo muy desnudo y frugal que deja de lado todo preciosismo inofensivo e hiper tontuelo del Hollywood Clásico, tanto la hipotética música invasiva de Gail Kubik como el hipotético enfoque profundo o deep focus de la fotografía de Lee Garmes, nada menos que la herramienta visual favorita de William, por ello aquí nos topamos, en cambio, con un silencio permanente y unas tomas amplias sin demasiados cortes que funcionan de maravillas a la hora de incrementar la tensión aunque sin tampoco homologar el asunto a lo que podría llegar a ser una versión maquillada del teatro filmado, planteo retórico de nerviosismo in crescendo que ya había aplicado en La Antesala del Infierno y a posteriori retomaría en ocasión de El Coleccionista. Horas Desesperadas cubre todas las situaciones posibles en materia de los secuestros y enfatiza el sustrato impiadoso en general del ser humano cuando se ve acorralado, por ello la familia Hilliard demuestra ser traicionera y revanchista así como la policía es pérfida y contradictoria y los mismos delincuentes resultan imprevisibles porque no sólo pretenden huir sino compensar el tiempo perdido -alcohol, hembras, dólares y asesinatos contra figuras de autoridad- a instancias de la lacra institucional de esos “mamones respetables” de la burguesía en las elites del poder público. El duelo actoral entre el eficaz March y el enorme Bogie, aquí en su anteúltima película porque luego llegaría La Caída de un Ídolo (The Harder They Fall, 1956), de Mark Robson, para de inmediato fallecer por cáncer de esófago en 1957 a sus 57 años, es genial porque el primero representa al establishment cobardón y parasitario y el segundo a un vendaval marginal ampuloso que se remonta a El Bosque Petrificado (The Petrified Forest, 1936), joya de Archie Mayo con otro memorable Bogart como villano, Duke Mantee, por ello su Glenn de Horas Desesperadas anhela su novia, su desquite y su dinero y ya no se contenta con escapar con lo puesto y nada más, como pretenden aquellos que le dan caza…
Horas Desesperadas (The Desperate Hours, Estados Unidos, 1955)
Dirección: William Wyler. Guión: Joseph Hayes. Elenco: Humphrey Bogart, Fredric March, Arthur Kennedy, Martha Scott, Dewey Martin, Gig Young, Mary Murphy, Richard Eyer, Robert Middleton, Walter Baldwin. Producción: William Wyler. Duración: 113 minutos.