La Hora 25 (La Vingt-cinquième Heure, 1967), gran obra de Henri Verneuil ubicada entre David Lean y El Conde de Montecristo (Le Comte de Montecristo, 1844), de Alejandro Dumas, es una película muy extraña dentro del cine bélico de su época y especialmente ese dedicado a la Segunda Guerra Mundial porque el promedio de los exponentes del rubro repetía los mismos exactos clichés hasta el hartazgo -batallas infladas, misiones secretas de las distintas resistencias, victimización de los judíos y demás estereotipos- y para colmo siempre bajo una idiosincrasia maniquea en la que los nazis eran los únicos malos y el resto de los países y sus habitantes eran “pobres angelitos” que nada tuvieron que ver con las masacres generales, reduccionismo conceptual aplicado tanto por los europeos, a través de sus dramas minimalistas o severos, como por los estadounidenses vía las gestas pomposas de Hollywood, de allí que durante las décadas del 40, 50 y 60 se acumulasen una enorme cantidad de realizaciones semejantes, vanas e indistinguibles -de índole propagandística o autojustificante en materia de la intervención de la nación de turno- ya que aquel conflicto era en esencia interimperialista e involucraba en primer lugar a las oligarquías capitalistas y expansionistas del Primer Mundo. El film del director francés de origen armenio Verneuil, perteneciente a su ciclo de películas en inglés junto a Los Cañones de San Sebastián (La Bataille de San Sebastian, 1968) y El Serpiente (Le Serpent, 1973), se adelanta por mucho a propuestas posteriores que resignificarían el acervo ideológico estándar de la Segunda Guerra Mundial, en línea con La Vida es Bella (La Vita è Bella, 1997), de Roberto Benigni, El Pianista (The Pianist, 2002), de Roman Polanski, y El Libro Negro (Zwartboek, 2006), de Paul Verhoeven, mediante una historia que de tan ridícula y tan contradictoria termina siendo profundamente verosímil porque se engloba en un patetismo que no sólo denuncia el absurdo de la contienda en general sino que piensa a lo colectivo o social como una cárcel a cielo abierto que condiciona a los sujetos asignándoles categorías cada vez más grotescas.
Basado en la novela del mismo título de 1949 del rumano Constantin Virgil Gheorghiu, quien trabajó entre 1942 y 1943 como diplomático en el Ministerio de Asuntos Exteriores durante el régimen dictatorial de Ion Antonescu, el guión del realizador, Wolf Mankowitz y François Boyer se centra en el periplo de Johann Moritz (Anthony Quinn), un campesino cristiano ortodoxo que en 1939 bautiza a su segundo hijo con la hermosa Suzanna Moritz (Virna Lisi), mujer que a su vez es acosada sexualmente por Nicolai Dobresco (Grégoire Aslan), el capitán de policía del pueblito rústico en cuestión, Fontana. El jefazo del aparato represivo no tiene mejor idea para vencer la negativa de la mujer que renombrar a su esposo Yankel Moritz en un documento público para poder decir que en realidad es judío y así obligarlo a trabajos forzados a la par de todos los otros hebreos del país. Luego de un año y medio de construir un canal que supuestamente está destinado a servir de barrera contra el ataque de los soviéticos, un tiempo en el que el protagonista intenta una y otra vez hacerle entender al comandante (Jan Werich) que no es judío, Johann escapa con unos hebreos ricachones hacia Budapest, Hungría, luego de enterarse de que Suzanna solicitó el divorcio para no perder su casa como le sucede a los miembros de la “raza inferior”, sin embargo el hombre es arrestado, debido a que los hijos de Israel no quieren conseguirle documentos falsos por ser cristiano, y torturado porque la policía húngara lo confunde con un espía de Rumania, así finalmente optan por catalogarlo como “no hebreo” y por enviarlo a un campo de trabajo en Alemania de la industria bélica, donde es esclavizado por dos años y en 1942 un oficial germano, el Coronel Muller (Marius Goring), insólitamente lo toma de ejemplo de una variante de tez oscura de los arios, lo viste con un uniforme de las SS y le saca fotos que van a parar a las portadas de revistas de Alemania y de Europa, convirtiéndose en una celebridad. Johann pasa de prisionero a carcelero a prisionero de nuevo cuando el mismo campo termina en control de los norteamericanos, quienes lo acusan de ser cómplice nazi.
A pesar de que los datos históricos están un poco falseados para “encajar” las piezas del rompecabezas del derrotero del campesino rumano, sobre todo en materia de la ausencia de Antonescu en el relato porque de aparecer sería una movida autoincriminatoria por parte de un Gheorghiu que de hecho fue partícipe de la dictadura del militar pronazi y luego lavó su conciencia con la novela, la película explora la incómoda y poco considerada psicología de la víctima apática y le permite a Verneuil, cuya familia escapó del genocidio armenio a instancias del execrable gobierno de los Jóvenes Turcos del Imperio Otomano, construir en simultáneo una parábola del inocente, un alegato antibélico y una metáfora kafkiana sobre el rol del Estado y las corporaciones en la modernidad: la propuesta en primer lugar se mete con la ingenuidad casi siempre optimista de un Moritz que no descifra la telaraña del poder en la que cayó, por ello su analfabetismo político lo lleva a la humillación repetida y a transformarse en un significante vacío que es llenado por las distintas fuerzas que lo toman como prisionero o esclavo, en segunda estancia el film puede interpretarse también como una denuncia de la futilidad absoluta de la guerra ya que todas las directrices de las cúpulas son burdamente caprichosas y obedecen a enemigos elegidos a dedo como si se tratase de bandos o peones de ajedrez que resultan intercambiables porque responden a un consenso entre partes pretendidamente opuestas que se sitúan cada una en su posición del tablero de juego, y finalmente la epopeya asimismo arrastra mucho de anomalía lunática o adefesio kafkiano aunque sin caer del todo en la comedia sarcástica o paródica plena más allá de la graciosa y eficaz escena del coronel alemán de Goring -recordado por sus colaboraciones con Michael Powell y Emeric Pressburger, Escalera al Cielo (A Matter of Life and Death, 1946) y Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, 1948)- y esos postulados vinculados a la frenología, siendo Johann en el fondo un equivalente rumano de la época al protagonista de El Proceso (Der Prozess, 1925), Josef K., un triste recluso de esta burocracia de la muerte.
Gran parte de la eficacia del martirio retratado, uno en verdad gigantesco que involucra a múltiples locaciones y muchos extras y nos permite celebrar un tiempo en el que odiseas tan inconformistas como la presente conseguían un financiamiento más que importante, hoy cortesía del productor italiano Carlo Ponti, radica en la actuación del querido Quinn, un experto todo terreno en personajes rústicos como lo demuestran sus legendarias criaturas para La Strada (1954), de Federico Fellini, y Zorba, el Griego (Alexis Zorbas, 1964), de Michael Cacoyannis, Zampanò y el susodicho Alexis Zorba, en esta oportunidad luciéndose como un rumano de un look latino un tanto improbable aunque atravesado por un verosímil humanista como sólo los actores de raza de antaño conseguían imponer, amén de la ayuda adicional de la espléndida Lisi, contraparte femenina del calvario, el farsesco Aslan, cuyo Dobresco es el típico funcionario público mierdoso que abusa de su poder, Liam Redmond en el rol del Padre Koruga, religioso de Fontana que trata de ayudar al matrimonio, Michael Redgrave como el abogado defensor de Johann en aquellos Juicios de Núremberg de 1945 y 1946 y hasta Serge Reggiani como el vástago escritor del clérigo, Trajan Koruga, quien termina suicidándose en el desenlace ante las negativas de los yanquis a liberarlos después de 19 meses de encierro y de legarnos el título, esa hora extra del día que enfatiza el fracaso de todo lo que el ser humano pudo hacer con las 24 previas. Señalando la falta de piedad en conjunto de rumanos, húngaros, alemanes, estadounidenses e incluso unos soviéticos que violan en grupo a Suzanna y le generan un tercer hijo que un Moritz ya colapsado acepta en el final, la película se asemeja a una fábula del delirio institucional cosificante y por cierto es muchísimo mejor que otras faenas inspiradas en la inconclusa El Día que el Payaso Lloró (The Day the Clown Cried, 1972), de Jerry Lewis, como la citada La Vida es Bella o Una Señal de Esperanza (Jakob the Liar, 1999), de Peter Kassovitz, y Adam Resucitado (Adam Resurrected, 2008), convite de Paul Schrader que respetó esta estela tragicómica…
La Hora 25 (La Vingt-cinquième Heure, Francia/ Italia/ Yugoslavia, 1967)
Dirección: Henri Verneuil. Guión: Henri Verneuil, Wolf Mankowitz y François Boyer. Elenco: Anthony Quinn, Virna Lisi, Grégoire Aslan, Michael Redgrave, Jan Werich, Liam Redmond, Serge Reggiani, Marius Goring, Marcel Dalio, Alexander Knox. Producción: Carlo Ponti. Duración: 127 minutos.