La Bella y la Bestia (Panna a Netvor)

Pero no intentes verme

Por Emiliano Fernández

La versión más popular hoy en día de La Bella y la Bestia (La Belle et la Bête) es aquella resumida por Jeanne-Marie Leprince de Beaumont para su antología El Almacén de los Niños (Magasin des Enfants, 1756), pero a decir verdad el relato se remonta a la tradición oral europea, incluye variaciones en todo el planeta y la misma acepción de Beaumont era un subproducto de la escritura de otra fémina, Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve, quien incorporó una interpretación muy extensa y enrevesada de la historia en su libro El Joven Americano y los Cuentos del Mar (La Jeune Américaine et les Contes Marins, 1740), primera versión moderna de la que se tenga conocimiento aunque nuevamente inspirada en trabajos bastante previos, específicamente en ingredientes varios de Cupido y Psique de Apuleyo, correspondiente al volumen El Asno de Oro (Asinus Aureus, Siglo II) alias Las Metamorfosis, y de El Rey Cerdo (Il Re Porco) de Giovanni Francesco Straparola, aquel de Las Noches Agradables (Le Piacevoli Notti, 1550), este último un compilado de relatos orales que sería fundamental para trabajos futuros del mismo rubro de Charles Perrault, Giambattista Basile, Jacob y Wilhelm Grimm, Carlo Gozzi y Marie-Catherine Le Jumel de Barneville alias Madame d’Aulnoy. Si bien a posteriori hubo otra célebre relectura, aquella de Andrew Lang aparecida en El Libro de las Hadas Azules (The Blue Fairy Book, 1889), el grueso de las traslaciones cinematográficas de La Bella y la Bestia retoma el texto macro de Beaumont y suele condimentarlo con alguna que otra pincelada de la hilarantemente compleja acepción de Villeneuve o quizás de otra fábula semejante, La Cenicienta, cuyas interpretaciones más famosas son la de Basile de 1634, la de Perrault de 1697 y la de los Hermanos Grimm de 1812, todos autores europeos que a su vez se vieron influenciados -a la hora de construir sus compilaciones de cuentos de hadas y/ o entretejer cada uno de los relatos- por el Decamerón (1353), de Giovanni Boccaccio, y Los Cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales, 1400), de Geoffrey Chaucer, entre otros clásicos de la literatura.

 

Por supuesto que la adaptación de La Bella y la Bestia más respetada por los cinéfilos es aquella de 1946 de Jean Cocteau con Jean Marais como el monstruo con corazón de poeta y Josette Day como la ninfa celestial del título, una maravilla sin igual del cine surrealista y fantástico en general, y que el opus más conocido por el “público menudo” internacional es aquel de 1991 de Gary Trousdale y Kirk Wise para la Walt Disney Pictures, versión muy lavada/ inofensiva/ infantilizada que incorporaba muchos elementos aislados del film de Cocteau, sin embargo es posible enumerar otras lecturas -decididamente inferiores en lo que a calidad se refiere- que demuestran la popularidad y valía del cuento en sí, como la de 1962 de Edward L. Cahn, la de 1987 de Eugene Marner, la del 2011 de Daniel Barnz y esa del 2014 de Christophe Gans, amén de excepciones muy interesantes como La Florecilla Escarlata (Alenkiy Tsvetochek, 1952), mediometraje animado ruso de Lev Atamanov, La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, 1987-1990), recordada serie de Ron Koslow para la CBS con Linda Hamilton y Ron Perlman, Belle (Ryû to Sobakasu no Hime, 2021), una reinterpretación en clave de anime de Mamoru Hosoda, e incluso Piel de Asno (Peau d’âne, 1970), convite de Jacques Demy que adaptaba el trabajo homónimo de 1694 de Perrault aunque asimismo incluía muchas referencias al opus de Cocteau de la década del 40. Por suerte en nuestro Siglo XXI va ganando paulatinamente popularidad una exégesis de lo más particular que sinceramente no tiene nada que envidiarle a la joya del amigo Jean, hablamos de La Bella y la Bestia (Panna a Netvor, 1978), una insólita odisea fantástica del cineasta eslovaco Juraj Herz que en cierta medida viene a completar su trilogía implícita vinculada al horror y sus comarcas retóricas aledañas, esa además compuesta por la comedia negra El Incinerador de Cadáveres (Spalovač Mrtvol, 1969) y el thriller gótico Morgiana (1972), rarezas absolutas producidas y estrenadas en medio de la censura, las persecuciones y los exilios forzados de la Checoslovaquia comunista posterior a la Segunda Guerra Mundial.

 

El genial guión de Herz, Ota Hofman y Frantisek Hrubín, como era de esperar, se mantiene relativamente cerca del planteo estándar de Villeneuve y Beaumont porque arranca con la ruina de un rico mercader sin nombre conocido del Siglo XVIII (Václav Voska), quien por un lado tiene tres hijas, la bondadosa Julinka alias Julie (Zdena Studenková) y las egoístas y superficiales Gábinka (Jana Brejchová) y Málinka (Zuzana Kocúriková), y por el otro lado montó una sociedad algo improvisada con los futuros esposos de estas dos últimas -muchas deudas e inversión totalizadora suicida de por medio- para importar un jugoso y colorido cargamento que abarca espejos de Venecia, encajes de Bruselas, especias de la lejana India, porcelana china, perlas japonesas y brillantes cortados en Ámsterdam, lo que deriva en desastre porque las carretas de turno quedan varadas constantemente, se desata un incendio en el bosque, los caballos se asustan, toda la mercancía se pierde y/ o es destruida en un peñasco pegado a un arroyo y para colmo los cocheros y ayudantes se matan entre sí para robar las sobras. Pronto los dos pretendientes de las hembras desaparecen, uno especialista en joyas y el otro en especias, y el progenitor debe hacer frente a los empréstitos con todas sus posesiones, en esencia una incautación que sólo le deja un retrato de su esposa muerta, una mujer idéntica a Julie, que pretende vender aunque su corcel muere en el camino y así encuentra refugio en un castillo derruido en medio de la espesura verde, donde se le ofrece comida, bebida y distintas gemas. El dueño del lugar, la Bestia (Vlastimil Harapes), se enamora de la fémina de la pintura y se ofende enormemente cuando el personaje de Voska corta una rosa blanca del jardín para llevarla de regalo a Julie, su hija menor, por ello lo insta a entregarle de inmediato una de las hembras si pretende seguir con vida. De vuelta en su hogar, el hombre le comenta el asuntillo a sus vástagos y Julinka decide sacrificarse por su querido padre y se sube al caballo que la Bestia manda para conducirla al castillo, en el cual conversará todas las noches con su anfitrión/ carcelero aunque sin nunca poder verlo.

 

Herz no se anda con muchas explicaciones con respecto a la maldición de la Bestia, apenas alguna que otra referencia a un hechizo diabólico de la antigüedad y a la capacidad de las mujeres de hacer bello al hombre que aman, y se consagra a su extrañamiento lúgubre y grotesco marca registrada y a lo realmente importante a escala del desarrollo general, léase el histeriqueo cruzado entre la ninfa y su amado, una criatura símil ave antropomorfizada que fue creada con maestría y dedicación por el equipo de maquillaje de Jirina Bisingerová, Ivana Frydova Bisingrova y Jiří Hurych, también responsables del aspecto tétrico de los sirvientes de un castillo que a su vez parece una casona bucólica destartalada, como los gnomos/ duendes/ elfos que encienden la chimenea o sirven el vino y los manjares al paso. El realizador recupera la moraleja de siempre del relato, aquello de la belleza interior y la necesidad de no ser unos avaros inmundos que entronizan el hedonismo, la egolatría y la riqueza de la sociedad plutocrática, no obstante se aparta de relecturas previas del cuento de hadas porque no demoniza del todo a las hermanas (apenas si las considera unos bufones de color, de naturaleza narrativa secundaria), enfatiza el sustrato animal de la Bestia (aquí un ser esquizofrénico que habla consigo mismo y sabe que la soledad le garantiza tranquilidad y que comenzar a convertirse en un hombre por el cariño de Julie está homologado a ya no poder cazar ciervos, ser abandonado por sus criados y tener conciencia de su propia muerte) y por sobre todas las cosas simplifica al extremo el remate (las conspiraciones ampulosas de antaño desaparecen y en esta oportunidad tenemos una vuelta transitoria de ella al hogar familiar, donde sus hermanas le roban un vestido y un collar que se transforman en andrajos y barro, antes del reencuentro triunfal reglamentario con su apuesto príncipe). El diseño de producción de Vladimír Labský, la dirección de arte de Josef Pavlík y Vladislav Rada, la fotografía de Jiří Macháne y la partitura de Petr Hapka son en verdad magistrales y calzan perfecto en una versión inmaculada que desparrama sabiduría escénica y melodramática…

 

La Bella y la Bestia (Panna a Netvor, Checoslovaquia, 1978)

Dirección: Juraj Herz. Guión: Juraj Herz, Ota Hofman y Frantisek Hrubín. Elenco: Vlastimil Harapes, Zdena Studenková, Václav Voska, Jana Brejchová, Zuzana Kocúriková, Marta Hrachovinová, Vít Olmer, Jan Preucil, Frantisek Svacina, Milan Hein. Producción: Karel Kochman. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10