Mira al Pasado con Rencor (Look Back in Anger)

Las causas perdidas

Por Emiliano Fernández

Hubo un breve período posterior al traumático final de la Segunda Guerra Mundial en el que se intentó regresar en buena parte de Occidente a una versión lavada de la sociedad tradicional previa a la contienda bélica, algo así como un “borrón y cuenta nueva” que hiciese de cuenta que nada había pasado y que realmente era posible retomar las estructuras férreas de antaño como si el fariseísmo diplomático y las masacres generalizadas hubiesen sido una “desviación” de un esquema cultural inmaculado basado en la patria, la familia y la confianza irrevocable en el Estado y en los valores religiosos más conservadores, no obstante aquella utopía de rasgos oportunistas, que se extiende aproximadamente entre 1945 y mediados de la década del 50, demostró ser un fiasco porque la hipocresía de fondo ya no calzaba en la angustia permanente de la Guerra Fría, el lento ascenso de la juventud al candelero internacional y el declive de por sí de unas elites dirigentes que por cinismo, inacción, maquiavelismo o franca estupidez habían permitido la eclosión de los fascismos y habían oxidado ya irremediablemente a democracias cada día más farsescas que ya no inspiraban el respeto ni el entusiasmo de nadie, crisis cíclicas económicas e ideológicas de por medio. Los beatniks y el jazz primero y aquella contracultura y aquel rock después se transformaron en símbolos de una arremetida que poco a poco se fue generalizando en todo el globo a través de distintas vanguardias sociales de izquierda que propusieron una alianza entre trabajadores, estudiantes, campesinos e intelectuales que por supuesto lejos estaba de funcionar del todo pero logró espantar profundamente a la derecha en el poder al extremo de provocar un contraataque que se sentiría con todo desde la mitad de la década del 60 en adelante, llegando durante los 70 a un punto de quiebre porque el movimiento juvenil deja de lado las nociones idealizadas del hippismo y pasa a la violencia política para contestarle al aparato represivo con sus mismas herramientas y armas. La derrota subsiguiente nos ha condenado al patetismo desde los 80 hasta el Siglo XXI de autoconciencia abúlica y baladí.

 

Aquel primer proceso cuestionador de la sociedad demacrada de posguerra -y su intentona de duplicar el baluarte ingenuo de la preguerra- tuvo diferentes encarnaciones según cada país pero la influencia central vino del imperialismo variopinto anglosajón y sobre todo norteamericano, así el jazz y algo de la filosofía beatnik fueron a parar a un Reino Unido cuya cultura oficial era un buen ejemplo de todo lo que la juventud de izquierda detestaba, pensemos en la separación hiper taxativa de clases sociales, el racismo de corte imperial muy anacrónico, la miopía o claustrofobia doctrinaria, ese humor ramplón o inexistente, el chauvinismo petrificado de siempre, la infaltable represión sexual, el carácter presumido y necio de los sectores acomodados, la incapacidad del pueblo para concebir otro “estado de cosas” o una alternativa a lo dado, la enorme mojigatería del mainstream capitalista, la poca efervescencia espiritual general y finalmente las impostaciones diarias tanto de hombres como de mujeres, cuyos “buenos modales” sumergían a la comunidad más y más y más en la hipocresía. El primer signo de cambio a escala artística llegó de la mano de los jóvenes enojados/ “angry young men”, un grupo de escritores y dramaturgos que atacaron al statu quo y estaba compuesto por Harold Pinter, John Braine, Kingsley Amis, John Wain, Arnold Wesker, Alan Sillitoe y John Osborne, este último precisamente el autor de la puesta teatral que patentó el realismo de fregadero de cocina/ “kitchen sink realism”, Mira al Pasado con Rencor (Look Back in Anger, 1956), obra que nació en el Royal Court Theatre de la mano de un Tony Richardson que rápidamente debutaría como realizador cinematográfico en la reglamentaria traslación a la gran pantalla, asimismo un pivote excluyente de lo que daría en llamarse Nueva Ola Británica, movimiento de idiosincrasia obrerista y contracultural que en esencia funcionaba como la pata ficcional de una corriente anterior especializada en documentales, el Free Cinema, ramas de un único árbol que englobaba a Lindsay Anderson, John Schlesinger, Bryan Forbes, Karel Reisz, el primer Jack Clayton y nuestro Richardson.

 

Mucho más cerca de Tennessee Williams que de la Nouvelle Vague y parte constituyente del ciclo terrorista iniciático del director, aquel maravilloso del realismo de fregadero de cocina de El Animador (The Entertainer, 1960), Un Sabor a Miel (A Taste of Honey, 1961) y La Soledad del Corredor de Fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962), etapa a su vez cortada por la eternamente polémica Tom Jones (1963), por sus Oscars a Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guión Adaptado para Osborne y por la apertura del período experimental de Richardson de la segunda mitad de los años 60, ese bizarro aunque aún muy interesante de Los Seres Queridos (The Loved One, 1965), Mademoiselle (1966) y La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1968), Mira al Pasado con Rencor (Look Back in Anger, 1959) cuenta con el mismo guionista de la otra lectura de Tony de una puesta teatral de Osborne, El Animador, nos referimos a Nigel Kneale, famoso por clásicos del cine inglés de género como El Monstruo del Himalaya (The Abominable Snowman, 1957), de Val Guest, Tumulto en Alta Mar (H.M.S. Defiant, 1962), de Lewis Gilbert, Los Primeros Hombres en la Luna (First Men in the Moon, 1964), opus de Nathan Juran, y Las Brujas (The Witches, 1966), de Cyril Frankel, y por haber creado al legendario Profesor Bernard Quatermass para la serie televisiva en vivo de 1953 de la BBC, una obra catalizadora de la saga cinematográfica de El Experimento Quatermass (The Quatermass Xperiment, 1955), Quatermass 2 (1957), Quatermass y el Pozo (Quatermass and the Pit, 1967) y La Conclusión Quatermass (The Quatermass Conclusion, 1979), las dos primeras de Guest, la tercera de Roy Ward Baker y la cuarta a cargo de Piers Haggard. La trama es muy simple y gira alrededor de un matrimonio joven, el de Alison (Mary Ure), una mujer sumisa de clase media, y Jimmy Porter (Richard Burton), un hombre de trasfondo obrero que se graduó en una universidad pero prefiere vender golosinas en un mercado popular de la ciudad de Derby junto a su socio, el afable Cliff Lewis (Gary Raymond), quien vive con la pareja y presencia sus discusiones debido a la apatía de ella y la furia incontrolable de él contra la burguesía remilgada y el culto a la personalidad y a autoridades varias como el inspector/ burócrata Hurst (un genial Donald Pleasence). El arribo de una amiga de Alison, la actriz Helena Charles (gran desempeño de Claire Bloom), modifica la dinámica de la convivencia en un ático destartalado porque el “elemento foráneo” identifica los problemas entre esa ama de casa para colmo embarazada y su esposo, cuya única alegría verdadera pasa por tocar la trompeta en un club de jazz de las cercanías, e insta a la ninfa a abandonar al varón, cosa que Alison hace aunque pronto desencadenando la atracción entre Jimmy y la propia Helena, dupla que comienza un romance mientras el personaje de Ure se marcha a la casona de su madre santurrona (Phyllis Neilson-Terry) y su padre, el Coronel Redfern (Glen Byam Shaw), hoy un anciano y otrora un militar en un puesto colonial de la India.

 

Anticipando la idiosincrasia batallante de las tres propuestas por venir del cineasta que nos ocupa, léase el análisis de la rebeldía y de la crisis identitaria del lumpenproletariado de La Soledad del Corredor de Fondo, la presencia de romance racial mixto, un embarazo púber y hasta homosexualidad en Un Sabor a Miel y en especial la parábola sobre la decadencia del Imperio Británico mediante la desaparición progresiva de la tradición crepuscular del vodevil o music hall bajo la estela de la industria moderna del espectáculo de El Animador, la película de Richardson de igual manera explora primero la pérdida de influencia de parte de Inglaterra en todo el planeta en favor de Estados Unidos, algo que queda de manifiesto en la efusividad inconformista/ beatnik/ iconoclasta y el amor por el jazz de la criatura del extraordinario y siempre explosivo Burton, segundo el conservadurismo y racismo tácito de los británicos a través de la figura de un inmigrante hindú por demás dócil que pretende sumar en la feria un puesto de venta de ropa, Johnny Kapoor (S.P. Kapoor), un sujeto que es echado ya que vende a precios muy bajos en una estrategia desesperada porque sabe que si no fuese así nadie le compraría sus productos por simple y llana xenofobia, y tercero los dilemas de los estratos populares en el marco de la hibridación de la posguerra, donde las particiones por clases sociales ya no son tan inamovibles y por ello resultan viables uniones como esta misma de los Porter, trasfondo paradójico que explica el odio de Jimmy hacia la clase media/ alta de su esposa y el cariño por acostumbramiento y atracción física que siente hacia la fémina, verdadero “saco de boxeo” conceptual para todas las frustraciones y acusaciones del hombre. Mira al Pasado con Rencor, cuyo título iría a parar a célebres canciones de David Bowie, Television Personalities y Oasis, sintetiza de modo perfecto ese instante de transición entre los primeros indicios de sublevación cultural y artística de los 50 y la arremetida ya de frente del grueso del acervo joven de los 60 y 70, como decíamos antes en primera instancia desde el pacifismo naif y en segundo lugar desde el frenesí más iracundo y notorio, por ello las arremetidas verbales del varón contra la anodina Alison, modelo de hembra que estaba desapareciendo ante la más independiente Helena, toman la forma de dardos contra la intelligentsia capitalista, el narcisismo, las injusticias colectivas, la indiferencia, la patética neutralidad -un régimen que suele esconder una complicidad por abulia para con el poder- y cierta tendencia a la banalidad y la victimización de las mujeres cuando así les conviene, sustrato adorablemente misógino que está presente en toda la producción teatral de un Osborne que detestaba a su madre, a la que consideraba una arpía ultra egoísta. Así como Alison en el desenlace pierde al bebé y deja de lado su indolencia y Jimmy abandona la crueldad luego de la muerte de su mecenas, la Señora Tanner (Edith Evans), el film en su conjunto celebra las causas que se saben perdidas pero nos movilizan al punto de salir del soponcio y de militar la autodestrucción y/ o el asalto a los sentidos…

 

Mira al Pasado con Rencor (Look Back in Anger, Reino Unido, 1959)

Dirección: Tony Richardson. Guión: Nigel Kneale. Elenco: Richard Burton, Claire Bloom, Mary Ure, Edith Evans, Gary Raymond, Glen Byam Shaw, Phyllis Neilson-Terry, Donald Pleasence, Jane Eccles, S.P. Kapoor. Producción: Harry Saltzman. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10