Roger Corman, perteneciente a la aristocracia freak de la Clase B del cine de los márgenes de la segunda mitad del Siglo XX, fue uno de los directores, guionistas y productores que mejor entendió aquella dinámica compensatoria que se movía por detrás -y cíclicamente reproducía- el underground de la época porque dicho segmento constituía un mercado en el que se consumía todo aquello que el Hollywood inflado y todopoderoso dejaba de lado en materia de productos efusivos, farsescos, truculentos, eróticos, delirantes, furiosamente entretenidos, satíricos y cómicos chabacanos volcados a la anarquía aunque siempre vía un marco de latiguillos comerciales porque el grueso de estos films atesoraba la paradoja de la diferenciación estilística pero desde pilares semejantes a los de ese cine mainstream de presupuestos abultados e incluso compartiendo sus mismos objetivos, léase la meta de la mayor llegada al público que resulte posible. Esta dialéctica simbólica de complementación estaba sostenida en la necesidad de mantener los recursos alineados porque la “cadena de montaje” era permanente y la distribución de las películas operaba como un lobo insaciable que siempre exigía más y más productos para ganarle a las salas comerciales tradicionales ofreciendo numerosos títulos para una única sesión maratónica en la que los espectadores podían ingresar cuando quisiesen, un adorable y caótico sistema de exhibición que marcó a fuego a varias generaciones de espectadores desde la década del 50 hasta entrados los años 80, cuando la concentración de salas, la masificación del video hogareño en todo el planeta y la infantilización terminal del aparato de los grandes estudios minaron en su conjunto las posibilidades de la pequeña industria de la Clase B de continuar compitiendo contra los gigantes de yanquilandia, esas productoras que de repente empezaron a realizar a montones -al punto de especializarse en ello y descartar el “cine serio” de antaño- propuestas cada vez más tontuelas para el segmento pueril/ adolescente/ de adultos lobotomizados del público más macro y televisivo, invirtiendo la dinámica del mercado de décadas previas y poco a poco destruyendo en gran medida a aquellos artesanos independientes del cine de género.
Ahora bien, Corman durante la primera etapa de su trayectoria como director y productor, desde mediados de los años 50 hasta comienzos de los 60, entregó una enorme cantidad de películas en géneros como el western, el horror, la ciencia ficción, las aventuras, el film noir, el cine de acción, los dramas criminales, la fantasía, el musical, las biopics, el péplum y las propuestas bélicas, logrando brillar en clásicos trash como Day the World Ended (1955), It Conquered the World (1956), Attack of the Crab Monsters (1957), Not of This Earth (1957), Sorority Girl (1957), Machine-Gun Kelly (1958), I Mobster (1959) y The Wasp Woman (1959), todos títulos que prepararon el terreno para aquel salto cualitativo del director de la mano de su ciclo de ocho películas a partir de relatos de Edgar Allan Poe, ese que empieza con House of Usher (1960) y se extiende a través de las geniales Pit and the Pendulum (1961), Premature Burial (1962), Tales of Terror (1962), The Raven (1963), The Haunted Palace (1963), The Masque of the Red Death (1964) y The Tomb of Ligeia (1964). Las grandes anomalías de la primera etapa son las tres comedias que Roger encaró con su guionista habitual de los comienzos, el inefable Charles B. Griffith, hablamos de A Bucket of Blood (1959), La Tiendita del Horror (The Little Shop of Horrors, 1960) y Creature from the Haunted Sea (1961), las dos primeras excelentes y la tercera una linda bazofia: la trilogía mantiene la misma estructura porque en las tramas constantemente nos topamos por un lado con un personaje central bufonesco, el ayudante de camarero Walter Paisley (Dick Miller), el florista Seymour Krelborn (Jonathan Haze) y aquel agente secreto XK150 alias Sparks Moran (nada menos que Robert Towne, guionista de Chinatown, la joya de Roman Polanski de 1974), respectivamente, y por el otro lado con una fuerza asesina imparable, en A Bucket of Blood el propio Paisley porque convierte en “esculturas” a sus víctimas para ganarse el respeto de beatniks y del circuito artístico, en La Tiendita del Horror una planta que se mofa desde la flora de los animales homicidas del cine de terror y en Creature from the Haunted Sea un feo engendro de ojos saltones que se burlaba de los films de monstruos.
La obra maestra cómica de Roger es La Tiendita del Horror, filmada casi por completo a lo largo de dos jornadas porque ese era el plazo antes de que los sets reutilizados de A Bucket of Blood fuesen destruidos, ya que esta última está muy bien y se mofa con inteligencia del arte moderno, la generación beat y las películas hollywoodenses sobre adolescentes pero su leitmotiv, el asesinato en serie estándar por parte de un pobre diablo en busca de fama y/ o respeto social, es un poco convencional, amén del hecho de que Creature from the Haunted Sea es demasiado kitsch y tontuela para tomársela en serio o provocar verdaderas risas, ya sea de las voluntarias o las involuntarias símil “es una experiencia cinéfila tan mala que termina siendo buena”, además conviene tener en cuenta que el mismo guión había sido utilizado -retoques más, retoques menos- en ocasión de Beast from Haunted Cave (1959), de Monte Hellman, y Naked Paradise (1957), del mismo Corman, y que el film forma parte de la llamada Trilogía de Puerto Rico junto a Battle of Blood Island (1960), de Joel Rapp, y Last Woman on Earth (1960), asimismo de Roger, tres opus producidos en la isla caribeña con recursos limitados mediante la primera compañía del señor con su hermano menor Gene Corman, The Filmgroup, empresa que se disolvería en 1968 para dar nacimiento en 1970 a la mucho más conocida New World Pictures, la cual a su vez desaparecería en 1997. La Tiendita del Horror, escrita por Griffith con aportes sin acreditar del realizador, se basa en historias previas de plantas carnívoras que adoran la deliciosa anatomía humana de H.G. Wells, John Collier y Arthur C. Clarke y se centra en un estrambótico Krelborn, sin duda muy cercano al slapstick y el carácter torpe de Jerry Lewis, que trabaja en la floristería de un judío tacaño pero de buen corazón, Gravis Mushnick (Mel Welles), junto con una bella e ingenua compañera, Audrey Fulquard (Jackie Joseph), que también atiende a los diversos clientes como por ejemplo Burson Fouch (Miller, actor fetiche de siempre del realizador), un desquiciado que gusta de comer flores, y la Señora Siddie Shiva (Leola Wendorff), una fanática de los funerales que vive victimizándose para solicitar descuentos. Continuamente a punto de ser despedido por su ineptitud, Seymour pretende ganarse el “visto bueno” de su jefe ofreciéndole una planta bizarra que podría atraer a la clientela y que sembró a partir de unas semillas misteriosas que le vendió un horticultor japonés, no obstante el raro vegetal, bautizado Audrey Junior por el cariño de Krelborn hacia Fulquard, resulta ser parlanchín (voz de Griffith) y tener un gran apetito por la carne humana sirviéndose cual asistente de un Seymour al que primero le concede el éxito comercial y a posteriori extorsiona e incluso hipnotiza, así las víctimas se acumulan y abarcan a un empleado ferroviario borracho (Jack Griffin), un dentista muy sádico, el Doctor Phoebus Farb (John Herman Shaner), un ladrón nocturno (Griffith de nuevo) y una prostituta algo insistente, Leonora Clyde (Meri Welles).
En sintonía con la fábula faustiana y todo contrato tácito con una fuerza maquiavélica que en un principio otorga la gloria deseada y después se cobra el favor con unos intereses que superan por mucho la gracia recibida, la obra representa la quintaesencia del humor negro de Griffith y Corman, uno subversivo al extremo del surrealismo y siempre imaginativo, sensato e incluso sagaz, consagrado a explotar esa zona limítrofe en la que lo juzgado a priori positivo muta hacia algo no sólo incontrolable sino hasta maligno porque “crece como herpes en el labio”, en palabras más que ilustrativas de ese Mushnick del perfecto Welles, intérprete que se roba muchas escenas por su caricatura hebrea y los graciosos y mordaces diálogos que acumula el personaje a contrapelo del aire cándido de la parejita principal, aquella de las criaturas de los también espléndidos Haze y Joseph. Considerando que hablamos de una película filmada con una dinámica casi de TV -con pocas cámaras y sin segundas tomas- y de apenas 72 minutos totales, llama mucho la atención la riqueza de los secundarios, tanto los ya nombrados, Fouch y la Señora Shiva, como otros varios como la progenitora hipocondríaca, alcohólica y fanática de la automedicación del protagonista, Winifred (Myrtle Vail), quien le prepara a los enamorados un banquete ultra horrendo, la mandamás de esa Asociación de Observadores Silenciosos de Flores de California, una burguesa presumida llamada Hortense Feuchtwanger (Lynn Storey) que pretende otorgarle a Seymour el premio al horticultor del año, el dúo de policías estúpidos que investigan las muertes/ desapariciones, el Detective Frank Stoolie (Jack Warford) y el Sargento Joe Fink (Wally Campo), parodias con patas del Oficial Frank Smith (Herb Ellis y Ben Alexander) y el Sargento Joe Friday (Jack Webb) de Dragnet (1951-1959), la famosa serie de Webb para la NBC, y desde ya el masoquista por demás ridículo de Wilbur Force (una de las primeras intervenciones actorales de Jack Nicholson, otro colaborador asiduo de Roger), un demente que confunde a Krelborn con el Doctor Farb y se deja destrozar los dientes por el joven florista en una de las escenas más memorables del cine independiente norteamericano. La Tiendita del Horror inspiraría en 1982 una puesta musical homónima en el off-Broadway a instancias de Alan Menken y Howard Ashman, éste a su vez encargado de escribir la rauda adaptación hollywoodense de 1986 de Frank Oz, faena con un “final feliz” que negaba las muertes masivas del musical y el fallecimiento de Seymour en la obra de Corman mientras trataba de destruir a Audrey Junior con un cuchillo de cocina, entramado discursivo que siempre nos regresa a la metáfora del film original, una polirubro que puede servir para el sustrato chupasangre del capitalismo, la paternidad, las mascotas, la dependencia afectiva, la esclavitud laboral, el parasitismo gigantista, la codicia, las adicciones, el canibalismo promedio comunal, el vampirismo y este paradigmático devenir de los psicópatas seriales…
La Tiendita del Horror (The Little Shop of Horrors, Estados Unidos, 1960)
Dirección: Roger Corman. Guión: Charles B. Griffith. Elenco: Jonathan Haze, Jackie Joseph, Mel Welles, Dick Miller, Myrtle Vail, Leola Wendorff, Lynn Storey, Jack Nicholson, John Herman Shaner, Meri Welles. Producción: Roger Corman. Duración: 72 minutos.