La Verdad Desnuda (Primal Fear)

Dejarse engañar

Por Emiliano Fernández

El thriller jurídico y su pata un poco más “seria”, el courtroom drama, tienen su origen en la conjunción de política, teatralidad extasiada y martirio religioso de La Pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928), aquella obra maestra de Carl Theodor Dreyer que desencadenaría de a poco una retahíla de películas consagradas a las distintas vertientes del formato o intereses conceptuales, rango que va desde el díptico iniciático hollywoodense, ese del melodrama de triángulo amoroso de Agonía de Amor (The Paradine Case, 1947), de Alfred Hitchcock, y el ecosistema militar de El Motín del Caine (The Caine Mutiny, 1954), de Edward Dmytryk, hasta el debate agitado del jurado de 12 Hombres en Pugna (12 Angry Men, 1957), de Sidney Lumet, el vértigo de las revelaciones y/ o sorpresas de Testigo de Cargo (Witness for the Prosecution, 1957), de Billy Wilder, toda la ambigüedad moral de la prodigiosa Anatomía de un Asesinato (Anatomy of a Murder, 1959), de Otto Preminger, el alegato contra la pena de muerte de Compulsión (1959), propuesta de Richard Fleischer inspirada en el caso de Nathan Leopold y Richard Loeb, y las causas de interés nacional o incluso internacional de Heredarás el Viento (Inherit the Wind, 1960), de Stanley Kramer, El Juicio de Núremberg (Judgment at Nuremberg, 1961), otra de Kramer, y Matar a un Ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962), de Robert Mulligan. Durante los años 70 el rubro desapareció en el ámbito anglosajón, volcado más al contubernio por fuera del aparato institucional explícito, y recién durante la década siguiente el esquema renació de la mano de aquel sustrato de redención crepuscular de El Veredicto (The Verdict, 1982), también del gran Lumet, los pormenores alrededor de la violación en grupo de Acusados (The Accused, 1988), de Jonathan Kaplan, y las tramas superpuestas de corrupción y amores ilícitos de Se Presume Inocente (Presumed Innocent, 1990), de Alan J. Pakula, revigorización progresiva que calaría hondo en Hollywood porque el formato se adapta de maravillas a presupuestos bien bajos y garantiza relatos de suspenso con giros argumentales a la vuelta de la esquina.

 

Ya para la década del 90 se terminarían de definir las variantes posmodernas de lo judicial bombástico en la gran pantalla mediante una complejización que muchas veces se sentía algo impostada -o quizás redundante- al subrayar de forma involuntaria cada uno de los latiguillos y clichés del rubro, no obstante hubo propuestas muy rescatables que volvieron a poner el acento en la pluralidad de tópicos y perspectivas, pensemos en las conspiranoias cruzadas y semi verídicas de JFK (1991), film de Oliver Stone, los castigos extrajudiciales y mortíferos de Cuestión de Honor (A Few Good Men, 1992), de Rob Reiner, los devaneos éticos de Tan Culpable como el Pecado (Guilty as Sin, 1993), de Lumet, aquella conciencia social en torno al SIDA y la homofobia de Philadelphia (1993), de Jonathan Demme, la denuncia contra la brutalidad y ceguera del sistema jurídico y carcelario de Asesinato en Primer Grado (Murder in the First, 1995), de Marc Rocco, el ataque contra el racismo de Fantasmas del Pasado (Ghosts of Mississippi, 1996), otra de Reiner, y los complots varios y esas investigaciones convulsionadas de la catarata de adaptaciones de novelas del célebre John Grisham, en sintonía con las recordadas Fachada (The Firm, 1993), obra de Sydney Pollack, El Informe Pelícano (The Pelican Brief, 1993), asimismo de Pakula, El Cliente (The Client, 1994), de Joel Schumacher, El Secreto (The Chamber, 1996), de James Foley, Tiempo de Matar (A Time to Kill, 1996), otra de Schumacher, El Poder de la Justicia (The Rainmaker, 1997), film de Francis Ford Coppola, y Hasta que la Muerte nos Separe (The Gingerbread Man, 1998), de Robert Altman. Sin lugar a dudas una de las grandes joyas de la época es La Verdad Desnuda (Primal Fear, 1996), en simultáneo la ópera prima del hasta entonces realizador televisivo Gregory Hoblit, una de las mejores actuaciones del ya veterano Richard Gere y el debut del genial Edward Norton en un año que también lo tuvo en Todos Dicen te Quiero (Everyone Says I Love You, 1996), de Woody Allen, y Larry Flint: El Nombre del Escándalo (The People vs. Larry Flynt, 1996), de Milos Forman.

 

Basado en la novela de 1993 de William Diehl, aquel de La Brigada de Sharky (Sharky’s Machine, 1981), la mejor faena por lejos de Burt Reynolds en modalidad director, el guión fue firmado por dos profesionales poco prolíficos que estaban en extremos opuestos de su carrera, Steve Shagan, con un largo derrotero detrás suyo que incluía a Sueños del Pasado (Save the Tiger, 1973), de John G. Avildsen, Destino Fatal (Hustle, 1975), del inefable Robert Aldrich, El Viaje de los Condenados (Voyage of the Damned, 1976), de Stuart Rosenberg, La Fórmula (The Formula, 1980), también de Avildsen, y El Siciliano (The Sicilian, 1987), de Michael Cimino, y la bisoña Ann Biderman, quien venía de Copycat (1995), obra de Jon Amiel, y eventualmente saltaría a Smila: Misterio en la Nieve (Smilla’s Sense of Snow, 1997), de Bille August, y Enemigos Públicos (Public Enemies, 2009), de Michael Mann, antes de pasarse al ecosistema televisivo de manera definitiva de la mano de Southland (2009-2013) y Ray Donovan (2013-2020). La historia de La Verdad Desnuda gira alrededor de un talentoso abogado de alto perfil de Chicago, Martin Vail (Gere), que trabajando para la fiscalía del corrupto John Shaughnessy (John Mahoney) experimentó una crisis de conciencia que lo llevó a renunciar y pasarse al sector privado, donde defiende a acusados con generoso poder adquisitivo y/ o cobertura mediática como el narcotraficante latino Joe Pinero (Steven Bauer). Ayudado por sus asistentes, la especialista en burocracia Naomi (Maura Tierney) y el ex oficial de policía Tommy Goodman (Andre Braugher), Vail decide oficiar de abogado ad honorem de Aaron Stampler (Norton), monaguillo acusado de asesinar salvajemente al Arzobispo Rushman (Stanley Anderson), por un lado un pederasta y fanático del porno casero protagonizado por sus acólitos, a quienes extorsionaba para que participen en orgías filmadas a cambio de seguir bajo el cuidado católico, y por el otro lado un desarrollador inmobiliario vía una fundación en la que participa Shaughnessy, furioso porque el arzobispo detuvo un plan de gentrificación en los suburbios pobres de Chicago.

 

Como todo buen thriller legal, La Verdad Desnuda construye y entrelaza subtramas que suponen el carácter híbrido y las contradicciones de una praxis cotidiana en la que nada es tan sencillo como parece y los puntos de vista y egoísmos en choque responden a diversas dialécticas del poder público y privado, por ello el film va desde lo romántico, esquema centrado en la condición de ex amantes del personaje de Gere y la fiscal designada al caso, Janet Venable (una excelente Laura Linney, siempre muy cerca de Meryl Streep), pasa por el entramado mafioso de la metrópoli, fauna en apariencia dominada por Shaughnessy ya que es el único que sobrevive de las tres cabezas visibles de la connivencia de turno, siendo las otras dos Rushman, a quien encubrió en una denuncia de 1985 de abuso sexual, y el posteriormente asesinado Pinero, y llega hasta el caso específico en sí, a través del cual por supuesto se cuestionan las diferentes interpretaciones de los hechos, la ilusión escurridiza de “verdad final” y la lógica argumentativa cuasi maquiavélica que justifica todo el aparato jurídico en función del absurdo de fondo de las opiniones contrastantes y la manipulación verbal más burda, emporio al que la película accede mediante un doble leitmotiv, primero la determinación del móvil del crimen que también puede generar simpatía hacia el acusado por los abusos que padeció, algo condensado en un video porno “dirigido” por el arzobispo y protagonizado por Stampler y dos jóvenes más, Alex (Jon Seda) y Linda Forbes (Azalea Davila), y segundo el hecho de dejarse engañar a escala afectiva e intelectual porque Vail, un cínico por naturaleza que sin embargo considera que las buenas personas son capaces de barbaridades, termina creyendo en la inocencia del monaguillo a partir de su tartamudeo, timidez y una segunda y violenta personalidad, llamada Roy, que surge en las sesiones del reo con la neuropsicóloga de la defensa, la Doctora Molly Arrington (esa querida Frances McDormand), trastorno de identidad disociativo que en última instancia le ahorra el juicio por homicidio y decanta en un invento del muchacho para salirse con la suya en eso de matar a la desaparecida Forbes y al mandamás de la diócesis católica de Chicago, vuelta de tuerca que por cierto recuerda a los desenlaces entre irónicos y amargos de Anatomía de un Asesinato y Se Presume Inocente. Hoblit nunca fue un director brillante aunque siempre se abrió camino como un artesano correcto y/ o eficaz del cine de género, detalle demostrado por opus dignos y tantas veces olvidados como Poseídos (Fallen, 1998), Desafío al Tiempo (Frequency, 2000) y Crimen Perfecto (Fracture, 2007), no obstante en su ópera prima sí logró descollar por un excelente manejo del suspenso y por un desarrollo de personajes que le escapa a la clásica caricatura hollywoodense y sus reduccionismos, aquí enfatizando con sutil sabiduría que nadie está exento de ser víctima ingenua en el “juego” de verborragia, tecnicismos y distracciones en el que supuestamente es experto, sorpresa de por medio que en primer lugar trae a colación la insólita química actoral entre Norton y Gere, éste todavía trabajando en Hollywood antes de la expulsión a raíz de sus arremetidas contra China -uno de los principales mercados cinematográficos de la industria estadounidense- en relación al control del Tíbet, y en segunda instancia simboliza la última etapa de integridad artística del mainstream yanqui en detrimento de un “final feliz” bobalicón, de allí que la desolación de Vail de las postrimerías del relato, cuando descubre el embuste de su defendido después de la victoria legal, aun hoy se sienta fuerte en los huesos y en las entrañas del espectador…

 

La Verdad Desnuda (Primal Fear, Estados Unidos, 1996)

Dirección: Gregory Hoblit. Guión: Steve Shagan y Ann Biderman. Elenco: Richard Gere, Edward Norton, Laura Linney, John Mahoney, Frances McDormand, Andre Braugher, Steven Bauer, Stanley Anderson, Maura Tierney, Terry O’Quinn. Producción: Gary Lucchesi. Duración: 131 minutos.

Puntaje: 10