América X (American History X)

De la programación a la desprogramación

Por Emiliano Fernández

En la época del estreno de América X (American History X, 1998) sus detractores solían aseverar que Hollywood una vez más había derrapado en otro de sus reduccionismos y en esencia nos presentaba la historia de un neonazi, Derek Vinyard, que se reforma no por un proceso psicológico/ ideológico/ actitudinal sino por una simple y llana violación en las duchas de una cárcel, y si bien decir cosas así equivale también a caer en una simplificación semejante a la del mainstream promedio yanqui algo de ello es irremediablemente verdad. El principal problema de la película, de todos modos, no pasa por la orientación o el marco narrativo porque están bastante bien el devenir y la contextualización del relato dentro del ecosistema de las pandillas de Venice, en Los Ángeles, sino por el sustrato sobreestilizado que el director de turno, Tony Kaye, le imprime a la trama, constantemente apelando a una música pomposa wagneriana de Anne Dudley para enfatizar la tragedia presente, futura o pasada, invirtiendo el planteo estético de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming, ya que ahora la “tierra mágica” de la panacea del racismo de los flashbacks es en blanco y negro y el color se reserva a un presente muy gris sin militancia psicópata, y finalmente recurriendo a una puesta en escena que simula de modo intermitente ser sutil, intimista, improvisada y documentalista con un aparente objetivo de desnudez cassavetiana que a fin de cuentas lo único que consigue es subrayar la distancia entre la impostación en pantalla y el querido cine de John, éste sincero en serio, amén de cierta tendencia de Kaye a sobreutilizar el ralentí, la cámara en mano y los primeros planos de índole preciosista que se explica por su pasado como director especializado en publicidades y videoclips, aquí para colmo debutando en el entramado hollywoodense y enfrentándose sin más a la estrella, Edward Norton, y al productor, John Morrissey, quienes en un caso muy raro en la historia del séptimo arte optaron por imponer un corte 24 minutos más largo que el del realizador.

 

Más allá de los delirios del tremendo Tony, después director de una película ficcional que quedó inédita e incompleta por la bancarrota de la productora y la batalla campal entre los financistas, Tránsito de Aguas Negras (Black Water Transit, 2009), y un par de propuestas más en las que asimismo abusaba de la cansadora estilización de la fotografía al punto de licuar el contenido concreto del film, hablamos de Lago de Fuego (Lake of Fire, 2006), un documental sobre el eterno debate alrededor del aborto, y Desapego (Detachment, 2011), un estudio solapado sobre el sistema educativo yanqui a través del periplo de un docente sustituto, Henry Barthes (Adrien Brody), faenas en ocasión de las cuales fue directamente tachado de lunático por parte de un guionista sin acreditar de Tránsito de Aguas Negras, Doug Richardson, y por uno de los actores principales de Desapego, Bryan Cranston, a lo que se suman las historias -hoy de resonancias míticas- en materia de su pelea tontuela con Norton y Morrissey, exigiendo que se le brinde una autonomía equivalente a la de Stanley Kubrick o dando un golpe contra un muro que le destrozó la mano o apareciéndose en una negociación con un sacerdote católico, un rabino y un monje tibetano o entablando una demanda por 200 millones de dólares contra la productora/ distribuidora, aquella New Line Cinema, o pretendiendo que su nombre desaparezca de los créditos para ser reemplazado no por el seudónimo habitual en estos casos, Alan Smithee, sino Humpty Dumpty, un famoso huevo antropomorfizado de una canción infantil británica, la verdad es que América X por un lado conserva una gran vigencia en el Siglo XXI, donde la derecha sigue culpabilizando de todo a cualquier chivo expiatorio racial, sexual, religioso, nacional y/ o de clase social, y por el otro lado arrastra el encanto de la imperfección, sin nunca decidirse del todo entre el cine independiente de influjo arty noventoso, el exploitation de pretensiones testimoniales ridículas y el melodrama identitario y familiar que demoniza al loco para luego redimirlo.

 

El guión de David McKenna, otro debutante que después se volcaría a la maravillosa Blow (2001), de Ted Demme, y a una retahíla de bodrios que incluyó a Cuerpos Salvajes (Body Shots, 1999), de Michael Cristofer, El Implacable (Get Carter, 2000), de Stephen Kay, Bully (2001), de Larry Clark, S.W.A.T. (2003), de Clark Johnson, y El Combate (Embattled, 2020), de Nick Sarkisov, está repleto de diálogos sonsos y situaciones estereotipadas pero por lo menos mantiene el asunto en marcha hacia la rauda condena del odio fetichizado y la destrucción e ira que desencadena en todo el círculo familiar: en una situación fuera de pantalla e involuntariamente graciosa, un bombero llamado Dennis Vinyard (William Russ) es asesinado por un negro mientras apagaba el fuego en su hogar, lo que transforma al hijo mayor del clan, el Derek del sublime Norton, en el nuevo patriarca porque la madre, Doris (Beverly D’Angelo), es un cero a la izquierda con un aparente cáncer de pulmón que se dedicó a parir a los tres hermanos del protagonista, la púber progresista Davina (Jennifer Lien), una nena chiquita e insípida y otro varón de menor edad, Danny (Edward Furlong), que idealiza a Derek a medida que se transforma en reclutador para Cameron Alexander (el Infierno bendiga al glorioso Stacy Keach), el líder del grupo neonazi Discípulos de Cristo, basándose en el germen racista que ya estaba en aquel progenitor fallecido, lo que deriva en asaltos a supermercados por parte de los supremacistas blancos, la continua antagonización con las pandillas negras, la expulsión del hogar del novio docente y judío de mami, Murray (Elliott Gould), y el asesinato brutal de dos morochos que una noche quisieron robar el auto de Derek, por ello recibe una condena de tres años de cárcel en los que se hace amigo de un ladronzuelo afroamericano, Lamont (Guy Torry), y efectivamente es violado por sus pares de la Hermandad Aria cuando les falta el respeto en público al verlos comercializar droga en sociedad con los mafiosos mexicanos, logrando sobrevivir por la protección de Lamont.

 

El detalle realmente curioso de América X es que la pugna de fondo entre el controlador compulsivo de Norton, siendo este su “bautismo de fuego” al respecto, y el chiflado de Kaye, quien para colmo gastó cien mil dólares de su propio bolsillo para pagar múltiples publicidades denunciando la interferencia de la estrella y ese corte -como decíamos antes- más extenso basado en el material que él mismo rodó, no afectó demasiado a la película porque dejando de lado algunas escenas demasiado largas e inconsistentes, desde ya las que traen a colación el lucimiento actoral del intérprete protagónico como la de la visita de un amigo de los varones, Seth Ryan (Ethan Suplee), luego de la liberación de Derek o esa del almuerzo con toda la parentela, el personaje de Gould y la novia también fascista del joven, Stacey (Fairuza Balk), el grueso del metraje está bastante bien aunque siempre se nota la inexperiencia del director, su incapacidad a la hora de controlar a -o por lo menos negociar con- un Norton “roba cámara” y este choque señalado entre la literalidad de la moraleja integracionista del guión de McKenna y el enfoque expositivo demasiado engorroso que se eligió, léase la cruza entre un blanco y negro estilizado para la etapa previa a la cárcel y el encierro en sí, cuando la utopía skinhead aún prometía que todos los problemas sociales se resolverían con un genocidio de minorías -o ya mayorías- raciales, y un color consagrado al trasfondo santurrón e invasivo de la figura que reemplaza a Alexander, el director negro del colegio de los muchachos, Bob Sweeney (Avery Brooks), quien aparece de la nada para solucionar las dificultades como si docentes así existiesen en la realidad. Entre el discurso integracionista naif del acervo artístico del Sidney Poitier de los 60 y un entramado digno del cine sobre sectas, en la tradición de las injustamente olvidadas Pasaje al Cielo (Ticket to Heaven, 1981), de Ralph L. Thomas, e Imagen Dividida (Split Image, 1982), de Ted Kotcheff, América X ofrece una segunda mitad sumamente interesante -el segmento de la redención- y retoma lo visto en realizaciones previas -y bastante más erráticas- acerca de esta misma temática de los adeptos al desprecio necio compulsivo contra todo lo diferente, como Traicionados (Betrayed, 1988), de Costa-Gavras, Romper Stomper (1992), opus de Geoffrey Wright, y Duro Aprendizaje (Higher Learning, 1995), de John Singleton; por cierto generando muchísimas propuestas similares en línea con El Creyente (The Believer, 2001), de Henry Bean, Neo Ned (2005), de Van Fischer, Las Manzanas de Adam (Adams æbler, 2005), film de Anders Thomas Jensen, Esto es Inglaterra (This Is England, 2006), aquella joya de Shane Meadows, Pies de Acero (Steel Toes, 2007), de Mark Adam y David Gow, Hermandad (Broderskab, 2009), de Nicolo Donato, La Guerrera (Kriegerin, 2011), de David Wnendt, Corazón de León (Leijonasydän, 2013), de Dome Karukoski, Sangre Francesa (Un Français, 2015), de Patrick Asté alias Diastème, Imperium (2016), de Daniel Ragussis, Skin (2018), del israelí Guy Nattiv, Maestro del Crimen (Shot Caller, 2017), de Ric Roman Waugh, y Farming (2018), de Adewale Akinnuoye-Agbaje, entre tantas otras películas que en algún punto jugarían con la dialéctica mental e ideológica que va de la programación a la desprogramación, algo siempre candente en tiempos como los nuestros en los que el antiintelectualismo, la vagancia escapista, la idiotez, el mainstream cultural planetario lavacerebros y la ausencia de pensamiento crítico hacen que las mayorías caigan con una enorme facilidad en discursos maniqueos de impronta autoritaria y demagógica…

 

América X (American History X, Estados Unidos, 1998)

Dirección: Tony Kaye. Guión: David McKenna. Elenco: Edward Norton, Stacy Keach, Edward Furlong, Elliott Gould, Beverly D’Angelo, Jennifer Lien, Ethan Suplee, Fairuza Balk, William Russ, Guy Torry. Producción: John Morrissey. Duración: 119 minutos.

Puntaje: 7