Triste destino le ha tocado al fútbol con el transcurso de las muchas décadas, hablamos de esa metamorfosis que va desde el deporte de empatía generalizada por antonomasia tanto en el Tercer Mundo como en el Primero, popularidad basada por un lado en su simpleza y agilidad todo terreno y por el otro en la efusividad de las competencias y aquella mitología de ascenso social sin pérdida de contacto por parte de los jugadores para con los orígenes humildes que los vieron nacer y mutar en atletas profesionales, hasta el negocio globalizado y completamente repugnante en el que la disciplina se transformó desde la década del 90 en adelante, ya plagado de jugadores millonarios, necios, intercambiables y “pechos fríos” que dejaron toda pasión nacional de lado y lo único que desean es alejarse del pueblo y jugar en Europa para encerrarse en sus torres de cristal, evadir impuestos, recibir diversos premios, firmar contratos con marcas de ropa y calzados, invertir en el mercado de la especulación, codearse con el jet set de la oligarquía capitalista y las putas descerebradas y complacer en todo a la FIFA o Federación Internacional de Fútbol Asociación, una organización mafiosa y corrupta que amparó a dictablandas, como la del Partido Revolucionario Institucional con motivo de la Copa Mundial de Fútbol de 1970 de México, y a dictaduras genocidas, como el Proceso de Reorganización Nacional en ocasión de la Copa Mundial de Fútbol de 1978 de Argentina, y en el Siglo XXI incluso apoyó a una monarquía absoluta de Medio Oriente a través de la Copa Mundial de Fútbol de 2022 de Qatar/ Catar, un país oscurantista que prohíbe la homosexualidad, favorece la mano de obra esclava y una generosa red de trata de personas, no garantiza ningún tipo de libertad de expresión y para colmo es adepto a aplicar la flagelación como castigo estatal, amén de aceptar la lapidación en tanto pena de muerte. Aquella épica maradonaiana de los jugadores del pueblo, los de la marginalidad y el olvido, fue desapareciendo para dejar paso al achatamiento estéril y comercial de la posmodernidad de estos “jugadores productos”, tan anodinos como derechosos, que ya nada tienen que ver con sus admiradores, un público que por cierto a diario suele dejar en evidencia su idiotez y los esfuerzos ridículos que sigue haciendo para aún identificarse con este estado de cosas.
En términos cinematográficos el fútbol sinceramente no ha tenido mucha suerte ya que el grueso de las películas que lo tuvieron como protagonista se centraron en relatos y clichés de iniciación de corte melodramático baladí, modelo “jugador que crece progresivamente a escala profesional y humana”, o en epopeyas costumbristas apuntaladas en el fervor de los fanáticos, todo encarado desde la tragedia o quizás la comedia aunque siempre subrayando que la “barra brava” o los hooligans o los hinchas más agitados/ peligrosos/ extasiados/ ortodoxos son capaces de vender a su esposa/ novia -pero no a la madre, por supuesto- con tal de que el equipo de sus amores salga campeón. Desde ya que tampoco ayuda la vieja noción de la crítica y el público de que el cine deportivo de disciplinas de equipo es, de hecho, anticinematográfico y que el deporte por antonomasia del séptimo arte es el boxeo, el de la gesta individual, planteo al que se suma el adagio comparativo, imperial y clasista británico prejuicioso que asevera que “el fútbol es un deporte de caballeros jugado por bestias y el rugby uno de bestias jugado por caballeros”, no obstante sí existe un film que genera consensos sobre su condición de mejor película de la historia en lo que al balompié se refiere, Escape a la Victoria (Victory, 1981), de John Huston, uno de los tantos opus inspirados en el Partido de la Muerte del 9 de agosto de 1942, en el contexto de la Ucrania ocupada por los nazis de la Segunda Guerra Mundial, entre Flakelf, el equipo de la Fuerza Aérea Alemana o Luftwaffe, y FC Start o Football Club Start, aquel representante local conformado en su mayoría por jugadores del Fútbol Club Dinamo de Kiev, match en el que estos últimos derrotaron a los germanos 5-3 y que venía precedido de una extensa serie de debacles deportivas para los nacionalsocialistas que más adelante serían utilizadas como herramienta de propaganda por las autoridades soviéticas de la posguerra, mitologizando el encuentro y demonizando a los alemanes y sus “venganzas” cuando en realidad el destino trágico de los triunfadores -arrestos, torturas, reclusión y muertes varias de por medio- tuvo que ver con el mismo conflicto bélico y las acciones paranoicas y represivas de la Gestapo y el estalinismo, éste un régimen que acusó de colaboracionismo a unos cuantos jugadores.
Si bien Escape a la Victoria tiende a considerarse una remake de la versión cinematográfica más famosa del Partido de la Muerte, Match en el Infierno (Két Félidö a Pokolban, 1961), genial faena del húngaro Zoltán Fábri que a su vez retomaba la demonización pomposa de los nazis a instancias de la historiografía oficial comunista, lo cierto es que el film también tiene presente la acepción rusa del asunto, la también literal El Tercer Tiempo (Tretiy Taym, 1963), de Yevgeni Karelov, y las otras dos exégesis anglosajonas, las más tangenciales y/ o lejanas Golpe Bajo (The Longest Yard, 1974), del gran Robert Aldrich, y Los Chicos de la Compañía C (The Boys in Company C, 1978), obra muy poco vista de Sidney J. Furie, un entramado de propuestas con el mismo latiguillo que luego inspiraría a otras tantas en línea con Un Héroe en la Universidad (Necessary Roughness, 1991), de Stan Dragoti, Tiro Penal (Mean Machine, 2001), de Barry Skolnick, Golpe Bajo: El Juego Final (The Longest Yard, 2005), remake de Peter Segal, Match (2012), de Andrey Malyukov, y aquella Capitán Masr (Captain Masr, 2015), del egipcio Moataz El Tony. Mucho más cerca del tono afable de Infierno 17 (Stalag 17, 1953), de Billy Wilder, El Puente sobre el Río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), de David Lean, y El Gran Escape (The Great Escape, 1963), clásico de John Sturges y quizás la principal referencia espiritual de Escape a la Victoria, que de la idiosincrasia circunspecta de Un Condenado a Muerte se Escapa, o El Viento Sopla Donde Quiere (Un Condamné à Mort s’est Échappé, ou Le Vent Souffle où il Veut, 1956), el opus de Robert Bresson, Kapò (1960), de Gillo Pontecorvo, y la misma Match en el Infierno, a la que sigue muy de cerca aunque cambiando muchos detalles coyunturales y sustituyendo el desenlace funesto por uno feliz pero en la tradición peculiar y/ o sorpresiva de Huston, la odisea que nos ocupa cuenta con un guión de Yabo Yablonsky y Evan Jones, este último un socio de larga data de Joseph Losey y responsable además de Funeral en Berlín (Funeral in Berlin, 1966), de Guy Hamilton, Despertar en el Infierno (Wake in Fright, 1971), de Ted Kotcheff, y Una Hora en la Noche (Night Watch, 1973), de Brian G. Hutton, que gira en torno a un partido amistoso de fútbol entre un equipo alemán auspiciado por el Mayor Karl von Steiner (Max von Sydow), oficial que descree del nazismo y ama al deporte en sí, y un conglomerado internacional de prisioneros de guerra capturados por el Tercer Reich, el cual tiene de director técnico al Capitán John Colby (el querido Michael Caine), un inglés que jugó en el West Ham United, y de entrenador a Robert Hatch (ese eficaz Sylvester Stallone, muy fuera de su zona de confort habitual y justo antes de reinventarse de la mano de John J. Rambo), un yanqui bobalicón que servía en el Ejército Canadiense y que prefiere el fútbol americano antes que al mentado “soccer”, considerándolo en primera instancia apenas una excusa para intentar fugarse lo más pronto posible y a posteriori tomándole cariño cuando descubre que es un arquero decente por su tendencia a utilizar las manos en vez de los pies.
La película, sin ser una maravilla porque forma parte de ese conjunto de films no del todo inspirados de la última etapa de la carrera del legendario cineasta estadounidense, aquel de El Emisario de Mackintosh (The Mackintosh Man, 1973), Fobia (Phobia, 1980) y Annie (1982) que se contrapone al grupito sublime de Ciudad Dorada (Fat City, 1972), El Juez del Patíbulo (The Life and Times of Judge Roy Bean, 1972), El Hombre que Sería Rey (The Man Who Would Be King, 1975), Sangre Sabia (Wise Blood, 1979), Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984), El Honor de los Prizzi (Prizzi’s Honor, 1985) y la despedida definitiva, Desde Ahora y para Siempre (The Dead, 1987), funciona como una propuesta disfrutable debido a su naturaleza heterogénea aunque coherente cual combo de faena bélica, epopeya deportiva, espionaje modelo Resistencia Francesa, exploitation de fuga de presidio, gesta testimonial antipropaganda -tanto la nacionalsocialista como la aliada- e incluso melodrama del corazón porque Hatch experimenta un principio de romance con una linda francesa de la militancia clandestina parisina, Renée (Carole Laure), a la que conoce por el fetiche para con el sabotaje y la evasión del jefazo de los británicos a merced de los nazis, el Coronel Waldron (Daniel Massey), quien auspicia el plan del yanqui de escaparse del campo de prisioneros de turno bajo la condición de que viaje a la capital gala para “tramitar” ante la Resistencia la fuga de todo el equipo de Colby durante el partido en el estadio Colombes de París. Entre un soundtrack inflado y de vieja escuela cortesía de Bill Conti, un trasfondo narrativo mixto de índole lúdica/ seria y la participación de muchos jugadores profesionales de las décadas del 70 y 80, entre los cuales se destacan el argentino Osvaldo Ardiles y el brasileño Edson Arantes do Nascimento alias Pelé, ya para entonces retirado luego de dos décadas de vida deportiva profesional entre 1956 y 1977, aquí respectivamente en los roles de Carlos Rey y Luis Fernández, Escape a la Victoria fue defenestrada de manera muy hilarante por casi todos los involucrados, ninguno demostrando interés en la realización en sí sino en algún otro factor, así Huston estaba enamorado del cheque del productor Freddie Fields, el ególatra de Stallone sólo deseaba trabajar con el mítico Huston, Caine anhelaba encontrarse con Pelé y finalmente éste y su colega argentino sentían mucha curiosidad por el circo cinematográfico montado por los anglosajones, por supuesto el más grande -y con más recursos- de todo el planeta y en esta ocasión trasladado a Budapest, sede principal del rodaje junto con París. Llama mucho la atención la capacidad de adaptación de Huston y su director de fotografía, Gerry Fisher, a las necesidades de filmación del fútbol y lo mucho que logran en general con una premisa tan sencilla y encima rematada con el anticlímax de una fuga final pacífica después de un empate 4-4 con mucho juego sucio de parte de unos alemanes que controlaban al árbitro, en suma una experiencia simpática que sitúa al deporte entre la dignidad, la supervivencia, la propaganda, la alegría y la competencia más cruda…
Escape a la Victoria (Victory, Estados Unidos/ Reino Unido/ Italia, 1981)
Dirección: John Huston. Guión: Evan Jones y Yabo Yablonsky. Elenco: Sylvester Stallone, Michael Caine, Max von Sydow, Daniel Massey, Pelé, Osvaldo Ardiles, Bobby Moore, Paul Van Himst, Kazimierz Deyna, John Wark. Producción: Freddie Fields. Duración: 117 minutos.