El Prodigio (The Wonder)

Muerte por inanición cultural

Por Emiliano Fernández

El grueso de las películas producidas y/ o distribuidas por Netflix son literalmente basura aunque de vez en cuando aparecen anomalías que quiebran la maloliente racha como las recientes Las Leyes de la Frontera (2021), de Daniel Monzón, Rubia (Blonde, 2022), de Andrew Dominik, Sin Novedad en el Frente (Im Westen nichts Neues, 2022), de Edward Berger, y la propuesta que nos ocupa, El Prodigio (The Wonder, 2022), dirigida por el realizador chileno Sebastián Lelio e inspirada en aquella novela homónima del 2016 de la escritora irlandesa/ canadiense Emma Donoghue, una mujer que por cierto ya había sido trasladada a la pantalla en ocasión de La Habitación (Room, 2015), estupenda epopeya de Lenny Abrahamson con Brie Larson y Jacob Tremblay a partir del original del mismo título del 2010. El Prodigio es una amalgama bastante extraña de tres ingredientes distintos o recursos retóricos que no suelen ser precisamente “populares” o siquiera tenidos en cuenta en el lamentable séptimo arte contemporáneo desde hace ya bastante tiempo, primero una preocupación fellinesca por la importancia de los relatos en la vida cotidiana de los sujetos en tanto marco educativo y reafirmativo/ condenatorio de la propia existencia, en segundo lugar una suerte de antropología cultural digna de Werner Herzog centrada en las riquezas y limitaciones de determinada concepción comunal que corresponde a tal lugar y tal tiempo, enfoque narrativo e ideológico que le escapa al maniqueísmo barato modelo hollywoodense y juzga a las personas como contradicciones vivientes con diversos pros y contras, y tercero un interés bressoniano o bergmaniano para con la dialéctica de la fe por un lado, léase los misterios del creer en lo mágico sin evidencia empírica ni cientificismo burgués ni razón instrumental, y los sinsabores de la convivencia por el otro lado, planteo que por supuesto tiene que ver con la parentela, sus compulsiones y el círculo de afectos cercanos en general.

 

Luego de una apertura en un set de filmación en la que, precisamente, se nos invita símil (1963) o Y la nave va (E la nave va, 1983) a sumergirnos en esa sutil y paradigmática suspensión de la incredulidad del espectador moderno, el guión de Lelio, Donoghue y Alice Birch, esta última aquella de la excelente Lady Macbeth (2016), de William Oldroyd, y la floja Primavera en Beechwood (Mothering Sunday, 2021), de Eva Husson, sitúa la acción en el período posterior a dos debacles de mediados del Siglo XIX, la Guerra de Crimea (1853-1856), enfrentamiento entre británicos/ franceses/ turcos y rusos/ griegos, y la Gran Hambruna Irlandesa (1845-1849), un cuasi genocidio provocado por los muchos latifundios ingleses, el liberalismo económico y la enfermedad de la patata o tizón tardío. La enfermera londinense Elizabeth “Lib” Wright (Florence Pugh), quien viene de servir en la Guerra de Crimea y de “enviudar” luego de que su marido se largase -o muriese, no se sabe a ciencia cierta- cuando su beba fallece después de apenas tres semanas y dos días de haber nacido, llega en 1862 a un pueblito rural de Irlanda para una vigilancia de dos semanas sobre una adolescente llamada Anna O’Donnell (Kíla Lord Cassidy) que aparentemente lleva cuatro meses sin comer aunque goza de buena salud, hermana de Kitty (Niamh Algar) y vástago de unos beatos cristianos, Rosaleen (Elaine Cassidy) y Malachy (Caolan Byrne). Mientras comienza una relación romántica con un periodista del Daily Telegraph cuya familia murió en la Gran Hambruna, William Byrne (Tom Burke), Wright trata de aplicar la objetividad y la rigurosidad en una tarea de espionaje que comparte con una monja, la Hermana Michael (Josie Walker), y que lleva adelante para un comité improvisado por la oligarquía, ese del Doctor McBrearty (Toby Jones), el Padre Thaddeus (Ciarán Hinds), el anciano del pueblo, Sir Otway (Dermot Crowley), y el infaltable terrateniente, John Flynn (Brían F. O’Byrne).

 

Si bien a rasgos generales El Prodigio podría haber sido mucho mejor de lo que termina siendo y para colmo arrastra algunos inconvenientes típicos del cine de nuestros días, como escenas alargadas sin sentido, chispazos de contemplación arty baladí, cierta indecisión retórica esporádica, algunos personajes poco desarrollados y un nudo con baches varios en cuanto a la dinámica a priori misteriosa del relato, asimismo vale aclarar que la odisea de Lelio se las arregla de maravillas para construir primero a una protagonista fascinante, esa Elizabeth que suele drogarse con láudano y que descubre que la madre de la mocosa le pasa comida mediante un beso diario en la boca que incluye un bolo bautizado “maná del cielo”, y segundo a un ecosistema social claustrofóbico en el que los popes del comité sólo están interesados en la confirmación de sus ridículas teorías, como las del médico que piensa que la joven milagrosa puede convertir la luz solar en energía o quizás domina el magnetismo, y en el que el resto del pueblo pretende la rauda ratificación del accionar de una santa católica entendida en términos clásicos, en suma una conjunción de esperanzas y pareceres opuestos que provoca el rechazo de la verdad cuando ésta llega por parte de la enfermera, la cual a su vez ve con desesperación cómo nadie hace nada para detener un delirio que efectivamente comienza a matar a Anna una vez que Wright prohíbe todos los encuentros con Rosaleen y la misma chica revela que no quiere comer nada porque su óbito salvará del Infierno a su hermano fallecido, quien la violó y la indujo a “casarse” con él antes de sucumbir por una enfermedad enigmática que la matriarca atribuye a la influencia corruptora de la ninfa. La metáfora permanente de la inanición, una que es tanto cultural como alimenticia, subraya el secretismo de una comunidad sometida al olvido completo del Estado británico, un régimen de explotación agraria cuasi feudal y el fetiche de buscar indicios religiosos en todas partes.

 

Dejando de lado una autoremake redundante para el mercado anglosajón, la innecesaria y ya lejana Gloria Bell (2018), hoy Lelio vuelve a confirmar que es un experto en el análisis minucioso de contextos asfixiantes, opresivos, castradores o limitantes porque aquí hace con el oscurantismo religioso de la Irlanda del Siglo XIX lo que hizo anteriormente con el Chile retrógrado en Una Mujer Fantástica (2017) y Gloria (2013), ésta la piedra angular de la propuesta citada con Julianne Moore, y con la lacra judía ortodoxa en Desobediencia (Disobedience, 2017), su debut en inglés a posteriori de su sociedad con un Pablo Larraín que por un lado ofició de productor en Gloria, Una Mujer Fantástica y la primigenia El Año del Tigre (2011), parte constituyente de aquella trilogía inicial y poco interesante de Sebastián que incluyó otros dos dramas indies, La Sagrada Familia (2005) y Navidad (2009), y por el otro lado también saltó del país transandino a Hollywood mediante Jackie (2016) y Spencer (2021), biopics acerca de las figuras de Jacqueline Kennedy y Diana Frances Spencer alias Diana de Gales alias Lady Di, respectivamente. La película maneja bien el viejo latiguillo cinematográfico del personaje ninguneado, refutado o subvalorado de manera compulsiva por su entorno que eventualmente se los “come” a todos, en este caso una Elizabeth que rescata a O’Donnell secuestrándola y simulando su fallecimiento en un incendio, y en última instancia ofrece otra de las magníficas actuaciones de Pugh, sin duda alguna una de las mejores intérpretes de la actualidad como pudo chequearse en obras maravillosas como la mencionada Lady Macbeth, Luchando con mi Familia (Fighting with my Family, 2019), de Stephen Merchant, y Midsommar (2019), de Ari Aster, y en algunos films fallidos en sintonía con Mujercitas (Little Women, 2019), de Greta Gerwig, y No te Preocupes, Cariño (Don’t Worry, Darling, 2022), el mega mamarracho de Olivia Wilde…

 

El Prodigio (The Wonder, Irlanda/ Reino Unido/ Estados Unidos, 2022)

Dirección: Sebastián Lelio. Guión: Sebastián Lelio, Emma Donoghue y Alice Birch. Elenco: Florence Pugh, Kíla Lord Cassidy, Toby Jones, Ciarán Hinds, Brían F. O’Byrne, Josie Walker, Elaine Cassidy, Caolan Byrne, Tom Burke, Dermot Crowley. Producción: Tessa Ross, Andrew Lowe, Juliette Howell y Ed Guiney. Duración: 110 minutos.

Puntaje: 7