Si bien Mario Girotti alias Terence Hill y Carlo Pedersoli alias Bud Spencer se llevaban diez años de edad -el segundo era el mayor- y de hecho tuvieron una vida muy distinta antes de comenzar a trabajar como intérpretes cinematográficos, Hill de madre alemana y siendo descubierto por Dino Risi y transformado en “niño actor” y Spencer abriéndose camino cuando joven como un insólito nadador profesional y jugador de waterpolo o polo acuático en los Juegos Mediterráneos, a decir verdad ambos empezaron a actuar en aquellos comienzos de la década del 50 y por ello se puede decir que experimentaron un desarrollo profesional en paralelo y muy variopinto desde el vamos, el primero trabajando por ejemplo con Georg Wilhelm Pabst en La Voz del Silencio (La Voce del Silenzio, 1953), con Mauro Bolognini en La Vena de Oro (La Vena d’Oro, 1955) y con el mismo Risi en las hoy por hoy desaparecidas Vacaciones con el Gangster (Vacanze col Gangster, 1952) y La Senda de la Esperanza (Il Viale della Speranza, 1953), y el segundo desempeñándose en papeles pequeños y/ o sin acreditar en Un Héroe de Nuestro Tiempo (Un Eroe dei Nostri Tempi, 1955), obra de Mario Monicelli con Alberto Sordi, y en epopeyas hollywoodenses rodadas en Italia como Quo Vadis (1951), de Mervyn LeRoy, y Adiós a las Armas (A Farewell to Arms, 1957), de Charles Vidor. Bud Spencer, seudónimo ideado a partir de la cervecería checa Budweiser y el actor norteamericano Spencer Tracy, y Terence Hill, apodo artístico que surge del nombre de la madre de la esposa de Girotti, Hill, y un libro ignoto acerca de poetas romanos, se conocen en el set de Aníbal (Hannibal, 1959), péplum muy mediocre de Edgar G. Ulmer y Carlo Ludovico Bragaglia en el que tuvieron roles secundarios y todavía aparecían con sus nombres italianos reales, sin embargo es recién en el contexto de Dios Perdona… ¡Yo no! (Dio Perdona… Io no!, 1967), de Giuseppe Colizzi, que nuestra dupla se termina de conformar y se vuelca al género que la haría famosa, aquel querido spaghetti western que solía filmarse en el Desierto de Tabernas, en la provincia española de Almería.
Se podría decir que los ingredientes de la “fórmula ganadora”, una que es tanto comercial como estilística, narrativa y formal, ya estaban presentes en Dios Perdona… ¡Yo no! y sus dos corolarios inmediatos, Los Cuatro del Ave María (I Quattro dell’Ave Maria, 1968), coprotagonizada por nada menos que Eli Wallach, y La Colina de las Botas (La Collina degli Stivali, 1969), con Woody Strode y el tremendo George Eastman, todas dirigidas por Colizzi y haciendo las veces de una trilogía explícita por la presencia repetida de Hill como Cat Stevens y Spencer en la piel de Hutch Bessy, no obstante todavía restaba un verdadero catalizador para llevar al estrellato al dúo de turno ya que sinceramente las tres propuestas mencionadas eran un tanto erráticas y aquel salto de la seriedad de Dios Perdona… ¡Yo no! hacia la comedia de La Colina de las Botas y Los Cuatro del Ave María -esta última sin duda alguna la mejor del lote- no fue administrado del todo bien porque en ocasiones se sentía un tanto brusco o quizás forzado. A pesar de que el exponente más interesante de este formato cómico/ autoparódico situado en el Lejano Oeste no es precisamente del dúo sino de un Hill muy inspirado y en soledad que por cierto siempre se tomó mucho más en serio su trayectoria que Spencer, hablamos por supuesto de Mi Nombre es Nadie (Il Mio Nome è Nessuno, 1973), la joya de Tonino Valerii y Sergio Leone con una participación crucial del enorme Henry Fonda en un papel muy distinto al de su legendario villano de Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968), también de Leone, el espantoso Frank, la verdad es que la película que popularizó la fórmula y la pulió al nivel de una cuasi perfección es Me Llaman Trinity (Lo Chiamavano Trinità, 1970), obra de Enzo Barboni, un trabajo que fue en igual medida un éxito internacional de taquilla y un gran triunfo artístico porque supuso la evidente complementación de los arquetipos principales de la mano de Hill en el rol de Trinity, pícaro hedonista, sonriente y muy veloz con el revólver, y Spencer como Bambino, grandulón arisco de buen corazón y amante de los mamporros en la cabeza.
La historia, firmada por un Barboni que empezó en el mundo del cine en los años 60 como director de fotografía, respeta los lineamientos paradigmáticos del spaghetti western de impronta farsesca y de lo más irónica: Trinity viaja por el desierto durmiendo en un travois de caballo cual cama y rescata en una cantina a un mexicano herido (Michele Cimarosa), acusado de abalanzarse contra un gringo que intentó abusar de su esposa, de un par de cazarrecompensas que pretendían entregarlo a las autoridades, sujeto que termina siendo curado por el hermano del protagonista titular, Bambino, el cual trabaja de sheriff en un pueblito mugroso aunque en realidad es un cuatrero que después de fugarse de la cárcel de Yuma le disparó a un hombre que creía estaba siguiéndolo aunque sólo recorría el mismo camino, precisamente el nuevo sheriff, por ello lo reemplazó a la espera de la llegada de sus secuaces, Comadreja (Ezio Marano) y Tímido (Luciano Rossi), con vistas a robarle al mega oligarca ganadero y mafioso de la región, el llamado Mayor Harriman (Farley Granger), unos corceles muy valiosos que tiene cerca de la frontera con México, animales que aún no puede traer debido al asentamiento improvisado de una populosa comunidad de mormones pacifistas encabezados por Tobías (Dan Sturkie), quien a su vez resiste los embates bien violentos de un Harriman que se termina aliando con su enemigo, Mezcal (Remo Capitani), líder desquiciado de una banda de cuatreros mexicanos que suelen robarle caballos y a los que contrata para asesinar a los mormones de una buena vez para así ocupar el terreno que reclaman como propio porque ya están construyendo barracas y una iglesia, panorama que deja todo servido para que Bambino y Trinity se transformen en los “campeones” de los religiosos, el primero con el interés de llevarse todos los corceles del mayor y el segundo porque simpatiza con la causa de estos fundamentalistas cobardones y sobre todo por la presencia de dos putillas rubias que pertenecen a la comunidad en cuestión, Sarah (Gisela Hahn) y Judith (Elena Pedemonte), las cuales lo tientan a casarse y a dejar su vida errante.
El gran mérito de la realización de Barboni alias E.B. Clucher, incluso arrastrando algunos problemas típicos de las colaboraciones entre Spencer y Hill como una duración inflada y diversos baches en el desarrollo dramático, no puede subestimarse debido a que Me Llaman Trinity redondea la química existente entre las dos estrellas y -como decíamos antes- ayuda a delinear esta doble rusticidad de fondo de influjo slapstick aunque también cercana a la autoconciencia metadiscursiva posmoderna, una sustentada en las piruetas existenciales acomodaticias de Terence y la colección de golpes, palizas y silencios/ miradas fulminantes del amigo Bud, entendimiento mutuo que llegó al extremo de una especialización que no sólo abarcó a los dos actores sino también al mismísimo Barboni, cuya trayectoria estuvo casi completamente dedicada a la dupla o a alguno de los dos por separado, pensemos en productos como la secuela directa, la también muy disfrutable Me Siguen Llamando Trinity (Continuavano a Chiamarlo Trinità, 1971), o Y Ahora me Llaman el Magnífico (E poi lo Chiamarono il Magnifico, 1972), Incluso los Ángeles Comen Frijoles (Anche gli Angeli Mangiano Fagioli, 1973), Dos contra el Crimen (I due Superpiedi quasi Piatti, 1977), Dos Locos con Suerte (Nati con la Camicia, 1983), Dos Puños contra Río (Non c’è due senza Quattro, 1984), El Renegado (Renegade, 1987) y aquella Un Pie en el Paraíso (Un Piede in Paradiso, 1991), casi todos clásicos del dúo -cruzas de comedia con western, film noir, espionaje o cine de acción- que se cortan con un intento trasnochado de reemplazarlos vía Heath Kizzier y Keith Neubert en Los Hijos de Trinity & Bambino (Trinità & Bambino… e Adesso Tocca a Noi!, 1995), fiasco que cierra la carrera y trilogía de Barboni. Me Llaman Trinity sintetiza de maravillas el trazo grueso que tan bien manejaban los italianos en los 60, 70 y 80, no sólo por el quid caricaturesco de las criaturas de los geniales Hill y Spencer sino asimismo por el energúmeno de Mezcal y la hipocresía de un Tobías hippón que se queda con los caballos del villano, ese Harriman soberbio que no es nada sin sus esbirros…
Me Llaman Trinity (Lo Chiamavano Trinità, Italia, 1970)
Dirección y Guión: Enzo Barboni. Elenco: Terence Hill, Bud Spencer, Farley Granger, Dan Sturkie, Ezio Marano, Luciano Rossi, Gisela Hahn, Elena Pedemonte, Remo Capitani, Michele Cimarosa. Producción: Italo Zingarelli. Duración: 115 minutos.